martes, 24 de noviembre de 2009

¿Que veinte años no es nada?

En Miami Dade College durante la Feria del Libro



Me veo claramente si miro detrás…
Silvio


Me veo claramente una noche de principios de los ochenta en la mesa ovalada del salón de juntas de la Facultad de Filología de la Universidad de Oriente. Hay sesión de taller literario y he sido invitada. Es mi primera vez en estas lides. No recuerdo el poema que leo ni quiénes están alrededor. Sólo a Luis Carlos Suárez, quizás porque es el presidente del conciliábulo; tal vez a Radhis en alguna esquina. Lo que sí recuerdo es la tremenda “paliza” de la que no salió ni un verso sano.
Entonces no lo entendí pero ése fue el principio. El salto, el primer paso. El tránsito de los versitos que escribía al final de los cuadernos cuando me aburría en clases hacia el sendero de la poesía. De cualquier modo, no llegó tan rápido. Porque vuelvo a verme años más tarde en el patio de la casa natal del bardo José María Heredia, bajo la luz amarillenta de la galería, en las reuniones del taller literario municipal que coordinaba Aida Bähr, también molesta por las críticas a veces tan despiadadas que parecían cuestión de venganza o de envidia más que de superación.
Pero allí conocí a personas que fueron fundamentales entonces, y ahora. El primero, León Estrada. Pero también José Manuel Poveda, Alberto Garrido, José Mariano Torralba… Empecé a trabajar en Cultura Provincial, me integré a la Asociación Hermanos Saíz, que por esos años se reestructuraba, participé en concursos, conferencias, más talleres… Y en septiembre de 1987 el Festival Nacional de Poesía Joven inundó mi ciudad y, como una de sus organizadoras, conocí a todo lo que valía y brillaba en la poética cubana bisoña y consagrada.
Ese encuentro fue el punto de arranque de muchos caminos. A partir de ese momento mi vida fue otra; los dos años siguientes tuvieron una intensidad que pocas veces se ha repetido. Rompí los límites provinciales y desanduve la isla de punta a cabo —de la punta de Maisí al cabo de San Antonio—, compartiendo con los mejores poetas y aprendiendo de ellos. Empecé a escribir como poseída —que es el modo en que escribo— versos y reseñas culturales de todo tipo. Me veo claramente junto a un grupo de artistas excepcionales y amigos a toda prueba fundando y manteniendo el tabloide Perfil de Santiago, las ediciones Caserón. Eran los tiempos del Parque del Ajedrez, de las Noches del Cabildo, de La Jutía Conga, de las tertulias en la Casa del Caribe, de la Escalera —así, con mayúscula, porque también fue una institución cultural.
A principios de 1989 tenía listos dos libros de poesía: Enigma de la sed salió como parte de las ediciones Caserón; Historias para el desayuno ganó el premio de poesía “Adelaida del Mármol” y fue publicado en Holguín. Entonces me fui a La Habana. De eso hace veinte años. Dos décadas, cuatro lustros. Tiempo relativo que a veces parece eterno y a veces, un suspiro. Veinte años, nueve libros, varias ciudades, otras tantas casas… Debí haberlos celebrado con más bombo y más platillo. Pero éste ha sido el año de Espejo de tres cuerpos y en ese azogue, como pozo sin fondo, se ha hundido casi todo.
Reparé seriamente en la efeméride una tarde de mediados de octubre en Xalapa, mientras paladeábamos un tinto en la mágica casona de Nina Crangle. Y fue en mi más reciente viaje a Miami cuando tomé conciencia. Por eso, a punto de terminar el año, decidí dedicarle a estas dos décadas mi lectura de poesía en Zu Galería y extender el festejo al gran festejo que ya era, de por sí, la presentación —finalmente posible— de Espejo de tres cuerpos como parte del Programa de Escritores Hispanoamericanos de Miami Fair Book International.
Invitada por el Florida Center for the Literary Arts, arribé a la Ciudad del Sol en medio de cerrada nublazón y tremendo friazo. Cosa normal; ya no debiera extrañarme: a dondequiera que llego, el clima suele revolverse de pronto y todos dicen: “aquí nunca es así, no sé qué ha pasado”… Pero el mediodía del sábado 14 hizo justicia al apelativo de Miami: hubo sol. Brillante y tibio. Así nos dio la bienvenida Mariela Gal Lerner en el área de hospitalidad para autores, ubicada en la biblioteca del campus Wolfson, donde abracé una vez más a Teresita Dovalpage, conocí personalmente a mi compatriota Ana Cabrera Vivanco y a la boricua Anjanette Delgado, quienes serían mis compañeras en el panel "Nuevas perspectivas de la narrativa femenina".
Un panel que resultó, para decirlo en buen mexicano, de poca madre. Tere, como presentadora precisa y considerada, nos cedió la palabra; las autoras hablamos acerca de las respectivas novelas y los procesos que nos llevaron a ellas; el público, atento y receptivo, hizo preguntas que nos permitieron ahondar en esas tres visiones de la mujer que plantean nuestras obras, en la literatura escrita por mujeres y su lugar en el contexto actual, en los malabares del mercado y el mercadeo, en nuestros afanes personales y genéricos, similitudes, cercanías, complicidades.
Siempre una feria del libro es eso: una gran fiesta, un manantial de alegrías y satisfacciones. El reencuentro con los viejos amigos; el descubrimiento de los nuevos. Esas sonoridades que por semanas siguen danzándonos por dentro. Límpidas cataratas para ver, muy claramente, qué me gusta y cuánto no. Dos décadas observo desde este promontorio y le pregunto a Gardel: “Decime, che, ¿de dónde sacaste que veinte años no es nada?”…
Hace unas semanas una vieja amiga me reprochó que últimamente paso demasiado tiempo en el recuerdo, como si amasara una bola de pasado que crece como avalancha de nieve. Mi ex cuñado Camilo me contó que los rusos afirman que añorar el pasado es correr contra el viento. En eso venía pensando esta mañana cuando saltó de mi pecho aquella canción de Angelito Quintero: “Soy lo que fui y lo que soy/ es lo que seré mañana también/ porque yo soy solamente una ventana/ que entre la vida y entre la muerte/ abre sus alas”…
Se repitió como disco rayado o trabalenguas dentro de mi cabeza hasta que sentí una voz pronunciar mi nombre. Era Marielena Olivera, esa amiga del alma. Hicimos todo el trayecto del metro mirando hacia el futuro.




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martes, 17 de noviembre de 2009

Viernes 13 en la Calle 8

En el patio de Manny
(Fotos de Ena Columbié)



La noche del viernes fue mágica. No por ser viernes 13, esa combinación que los gringos visten de fantasías truculentas, especialmente cinematográficas, sino porque en una casita de la Pequeña Habana, mitad galería de arte, mitad cubanísimo patio, nos reunimos amigos de todas las épocas para celebrar mis veinte años de creación poética. Pero, más que eso, para darnos los abrazos y los besos, contarnos los chismes y tomarnos las cervezas que la distancia geográfica nos dosifica a veces con crueldad.
En Zu Galería, ese espacio en el 2248 SW de la Calle 8 que Manny López le ha regalado a la comunidad artística en Miami, se celebró durante toda la semana pasada una serie de veladas literarias alternas a la Feria Internacional del Libro que organiza cada año el Center for the Literary Arts de Miami Dade College en la Ciudad del Sol. Allí estuvieron György Ferdinandy, Julio Benítez, Elena Iglesias, Carmen Duarte, Teresita Dovalpage y Ana Cabrera Vivanco.
El viernes fue una noche inolvidable. Allí, en Zu Galería, me reencontré con amigos que no veía hace casi dos décadas, como Inés María Véliz, Carmen Duarte, Rebeca Ulloa, Sindo Pacheco o Manolo Vázquez Portal, y “conocí” —¡por fin!— a gente tan cercana como Manny López, Aymara Aymerich, Marta Ramos, Joaquín Gálvez, Joaquín Estrada-Montalván, Leyser Martínez y Niurkita Palomino. Gusto grande fue, como siempre, volver a abrazar a Ena Columbié, Elena Tamargo, Germán Guerra, Carlitos Pintado, George Riverón, Juan Carlos Valls, Heriberto Hernández, Alex Papagayo, Carina Fernández, Carlos del Pino… Y por si fuera poco, hasta tuve una charla telefónica sorpresa y relámpago con mi viejo amigo santiaguero Conrado Pérez.
Bajo el ronroneo constante de los aviones, leí textos de todos mis libros, desde “Balcón al mar”, mi primer poema “en serio”, hasta unos apuntes a propósito de un cuadro de Leonora Carrington que titulé “El beso” y que permanecen escritos a mano en mi libreta de notas. Después de las fotos, las firmas, las conversaciones breves, terminamos en una improvisada tertulia familiar en la que vimos llegar la madrugada y arreciar ese impertinente frío con que me recibió la tórrida ciudad.
Tengo mucho más que contarles pero todavía no he vuelto a mí; en la cabeza siguen valseando rostros y recuerdos, palabras dichas y palabras huidas. Por eso, mientras regreso a una realidad que no admite opciones ―al menos por ahora― y acomodo en el corazón y en la memoria tantas alegrías, les comparto este generoso texto que, para presentarme, leyó mi querida amiga y gran poeta Elena Tamargo la noche del viernes 13 en esa maravillosa Zu Galería.






La única sáfica de nuestras poetas

Elena Tamargo



No hay nada más bello que leer a un buen autor y luego, al conocerlo, comprobar que, además, es una persona buena. Odette Alonso es una mujer muy buena, que desde que hincó en el mundo su mirada de poeta inteligente, supo que la palabra tiene su terrible límite, que más allá de ese límite está el caos y que después del final de la palabra empieza el alarido, porque la escritura intenta retener lo fugitivo, fijar lo inaprensible. Para llegar a esto es imprescindible un rigor extremo, y Odette es un modelo de ese rigor, en su literatura y en su compromiso con sus contemporáneos, con la poesía y con sus amigos. Entre sus grandezas está haber enfrentado su sexualidad sin tabúes y haberla hecho parte de su poética, poética que es su propia vida, porque Odette es capaz de captar las mínimas sensaciones, los mínimos detalles y saber que nada carece de importancia. Con un sentido del humor bastante ausente en la poesía femenina cubana.
Creo que Odette es una mujer tímida y altiva, más solitaria que independiente, que no vivió en ninguna torre de marfil ni ha perdido nunca contacto con su tiempo. Premiada, publicada, muy considerada por la crítica, reconocida entre las más importantes poetas cubanas de hoy, sencilla, adorable y alegre, es una escritora que sabe que escribir es un infierno, que es duro como partir rocas. Pero al mismo tiempo sabe cómo hacer saltar chispas y astillas como aceros pulidos, de firme contorno e insondable profundidad. Su poesía la ha construido de palabras rigurosas, y no ha necesitado el adorno para congelar el instante: escribe simple y desnuda. Y también hiere y conoce el silencio.
Como ningún otro poeta cubano ha demostrado su interés por la promoción de sus contemporáneos, y aunque nunca ha sido publicada, no me explico por qué, Odette ha preparado la más completa antología de poetas en el exilio, Las cuatro puntas del pañuelo, para lo cual les pidió textos a cubanos de todos los exilios.
De lo personal, de lo que aprecio hablar porque creo que hay que dar fe de nuestro tiempo, contar quiénes hemos sido, unos con otros, hoy más que nunca, que el arte mismo es menos importante, a menudo, que la vida de los artistas, en esta época del retorno de la biografía, pues, quiero decir que Odette ha sido una amiga mía grande, importante, que ya está en mi relato. He tenido a Odette al lado en muchos momentos, buenos y tristes, y muy tristes, como familia; ha presentado todos mis libros desde que llegamos a México, en los mismos días de hace ya muchos años; hemos leído versos en las Ferias y en las universidades, en el viejo pueblo de Tlalpan, donde vivieron Martí y Heredia, y en el Centro Histórico de la ciudad; hemos compartido una mesa para celebrar el centenario de Nicolás Guillén y también el de Cernuda. Y compartimos, además, un amor casi irracional por ese país donde hemos sido felices y nuestras obras han crecido. Pero también Odette me acompañó al Cementerio de Dolores con Osvaldo muerto, y luego a entrar de nuevo a mi casa, y luego a un homenaje póstumo, y de todos esos momentos escribió relatos estremecedores. Sin embargo, tengo un recuerdo de mi amiga Odette que no será superado. Fue hace poco más de un año en una cama de hospital, en México; desperté de una larga anestesia y cuando abrí los ojos tenía la cara de Odette pegadita a la mía, y me dijo: “he venido a leerte poemas que les he escrito a mis amantes”.
Gracias amiga, por tu poesía, por tu solidaridad verdadera, por tu amor.






martes, 10 de noviembre de 2009

De pin, queridos amiguitos

Plutarco Tuero, la alcaldesa y Agamenón
en una escena de San Nicolás del Peladero



A mis amigos del Facebook,
a quienes me compartieron las anécdotas.


Desencajada por estos friazos árticos que nos hemos gastado la semana pasada en el valle de México, el viernes me quejé de la ambiental gelidez haciendo uso de esa faceta trivial y frívola del Facebook donde, como dice Frank Zárate, la gente suele hacer gala de sus miserias humanas y su dosis de bobería. Puse allí: “Este frío está de la repi…” Los contertulios empezaron a comentar y mi vecino de la niñez y viejo amigo Alberto Contreras nos contó que en Chile lo mismo hace un frío de la “repi” que un calor de la “resin”. Entonces Elia Martínez-Rodarte, mi admirada y regia colega, siempre tan curiosa de los cubanismos desde que su anfitriona de allá le dijo que le haría un arroz con pollo y un potaje que “te cai patrá” [o sea, te caes para atrás], preguntó qué significaban los respectivos apócopes y le fueron aclarados lacónica pero sustanciosamente.
Acto seguido, Contrera engoló su voz virtual, como locutor viejo, y apuntó: “Éste fue el minuto cultural de la mala palabra”. Y automáticamente me acordé de la locutora de la madrugada en Radio Enciclopedia que anunció, con esa voz sexy que suelen tener las cubanas: “A continuación, Water Murphy con El vuelo del moscardón” y sin darse cuenta de que el micrófono seguía abierto, un bostezo descomunal precedió a la frase: “Ay cojones, qué sueño tengo”...
Sin lugar a dudas, el gran hito de las pifias televisivas cubanas fue el de Armando Calderón en La comedia silente. Los domingos en la mañana, como parte de la programación infantil, pasaban en el Canal 6 una serie de cortos del cine mudo que Calderón iba narrando en vivo —no había entonces grabaciones previas ni trasmisiones diferidas—. El hombre se engolosinaba en detalles y ocurrencias con una creatividad y una soltura dignas de asombro. En una de aquellas escenas, algo así como la guerra de los pasteles o un Songo le dio a Borondongo y Borondongo le dio a Bernabé, casi asfixiado por la celeridad que el capítulo le exigía, concluyó: “¡Esto está de pinga, queridos amiguitos!” La frase se insertó en ese mismo instante y para siempre en el lenguaje popular y se repite a diestra y siniestra cada vez que la cosa está que arde —o sea, constantemente.
Para un extranjero, pocas cosas hay tan subyugantes como las expresiones populares de otro país. Cuentan que cuando el actor español Juan Echanove fue al programa sabatino Contacto, Raquelita Mayedo le preguntó cómo se sentía en Cuba y él le soltó, convencido de estar tocando la cumbre del aplatanamiento: “Pues de pinga”. La muchacha trató de explicarle que la expresión —a pesar de Armando Calderón— no era muy apropiada para decirse en público, y menos en televisión, y el hombre respondió: “Bueno, perdón, pero es lo que más he oído desde que llegué a Cuba”.
Nela del Rosario era, por entonces, una señora ya mayor y arregladísima, muy propia, que anunciaba los cambios de programa. Una de aquellas noches, a punto de comenzar la transmisión de una famosa serie, Nela, haciendo un rotundo movimiento de cabeza y hasta una pausa confirmatoria, sentenció: “A continuación, el próximo capítulo de Los Rosenberg… deben morir”... Un segundo después se dio cuenta del terrible error y alargando la mano hacia la cámara e incorporándose a medias intentó corregir: “No, no deben morir, no deben morir...”
A Nela del Rosario la dejaban segundos y segundos con la sonrisa enfriándosele frente a la lente mientras preparaban la entrada del próximo programa. Ella sostenía estoicamente la mirada tratando de que el estiramiento de las comisuras no menguara ni diera cuenta de su molesta situación. Pero del mismo modo en que había esas demoras, solía haber cortes intempestivos que no daban tiempo a ninguna explicación, como le pasó a Miguel Ángel Alea en un enlace del Noticiero Nacional a Santiago de Cuba. Estaba dando las noticias de la zafra cuando le anunciaron que a la transmisión le quedaban sólo unos segundos y el gordo se apuró a decir: "...esto es lo que hacemos los santiagueros para cumplir con la premisa de nuestro Partido de hacer menos con más"... Corte a La Habana, se va el enlace y el pobre hombre se queda rojo como tomate imaginándose el catálogo de regaños y castigos que iba a caerle encima.
Santiaguera era también Sonia Suárez, aquella morenaza que empezó como locutora en Tele Turquino pero, gracias a su simpatía —y quién sabe si a otras mañas—, se la llevaron a La Habana, al Noticiero Nacional. Allí le encargaron las breves internacionales y en una de sus apariciones, anteponiendo, cual es costumbre, el país donde se origina el despacho de prensa, aquélla leyó —que ya había prompter o algo similar—: “Madascagar…” Revolviéndose entre contener la risa, disimular la pena y sacar a flote el asunto, decidió rectificar y repitió contundente: “Madascagar”… ¡Ni modo!, diríamos en México.
Como bien comentó Ana Zilma, hay mucho de leyenda en estas anécdotas que generalmente nadie cuenta de primera mano, como testigo ocular o auditivo, sino por la larga tradición oral que nos hace repetirlas una y otra vez muertos de risa, como chistes de Pepito. Los martes en la noche había en el Canal 6 —el único entonces, porque Tele Rebelde era local— un panel integrado por tres luminarias de la academia cubana: Gustavo Du Bouchet, María Dolores Ortiz y Humberto Galis Menéndez. Los televidentes mandaban nombres, temas, hechos históricos, obras de arte y personajes descollantes de la cultura universal que los doctores adivinaban a través de preguntas que los acercaran al resultado. Sólo podían cometer diez errores y casi nunca llegaban a ese monto.
Hay que apuntar, en este caso, antes de pasar al suceso en cuestión, que como en todas las culturas el 13 está cargado en Cuba de connotaciones “negativas”. Cuando una cuenta llega a ese número, suele decirse 12 + 1 o saltarse del 12 al 14 para evitar que los muchachos bromeen —y se jodan al otro— con un versito rimado que, al decir trece, acota: “si me la mamas, crece”. Supongo que en cierto momento, alguien, en respuesta a esa invitación no pedida y por lo general molesta, le espetara al gracioso, con gesto de “vete al carajo”, la conminación: “¡Tócate!” A partir de entonces, la cuenta numérica solía ser: 11, 12, tócate, 14…
Hablando, pues, de lo posiblemente irreal de estos chuscos acontecimientos televisivos, es difícil imaginar a una mujer tan fina y atildada como la doctora Ortiz —en aquella época, en la que todavía se era bastante celoso con los valores y la propiedad del lenguaje, y en aquel programa especializado en arte y cultura— diciéndole a su compañero de Escriba y lea, quien acababa de adivinar “el número 13”: “Ay, Du Bouchet, discúlpame chico, pero... ¡Tócate!”
Como toda transmisión de la época solía ser en vivo, con actores muy profesionales, curtidos en la improvisación que salvara cualquier pérdida de memoria, y como no existían los “apuntadores” que les soplaran al oído la siguiente frase, abundaban los chascarrillos alejados del guión original, especialmente en los programas de comedia. Uno de los más famosos fue San Nicolás del Peladero, con un elenco de primera y una trama que satirizaba la vida en un pueblo de provincia durante la república —dizque mediatizada—, antes de la revolución. María de los Ángeles Santana, que encarnaba a la alcaldesa del poblado, tenía un mayordomo de nombre Agamenón, al que llamaba con filigranas vocales que asombraban a la mismísima escala musical. Cuentan que en uno de los capítulos, habiéndose tardado Agamenón más de lo previsto, recibió el regaño de su ama: “La próxima vez que te demores en llegar cuando te llamo, se lo voy a decir al CDR”. Y acto seguido, con una risita entrecortada acotó: “Ay no, chico, no… a quien se lo voy a decir es al alcalde, a mi marido Plutarco Tuero”.
Dice Contreras que en uno de los capítulos de Juan Quinquín en Pueblo Mocho, aquellas Aventuras que también se transmitían completamente en vivo, Julito Martínez sacó la pistola para matar a uno de los guardias; el responsable de los “efectos especiales” andaba entretenido o le fallaron los rudimentarios instrumentos con que se remedaban los sonidos, y la pistola no “disparó”. Julito, con su habitual seguridad y entereza, la guardó en su cartuchera, volvió a sacarla e hizo “¡pum!” con su propia boca. Al “caer muerto” el guardia sin mayor dilación; Julito miró a la cámara fijamente y afirmó: “Es que estas pistolas eran del carajo, ¿sabe?”
Y terminemos con una de Radio Reloj, esa estación que da la hora e intercala noticias y comentarios culturales entre minuto y minuto. Por lo general se van alternando dos locutores, para que las voces distintas traten de salvar la insalvable y desquiciante monotonía del concepto en sí. Cuentan que uno de ellos leyó la semblanza de José Raúl Capablanca el día en que se conmemoraba el aniversario de la muerte del magistral ajedrecista. A continuación anuncian el minuto exacto y, accidentalmente, el segundo locutor comienza a leer la misma nota. Al percatarse del desliz, lo repara afirmando con toda seriedad: “José Raúl Capablanca murió... en el minuto anterior... Radio Reloj da la hora...” Tac, tac, tac… clin!

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Cibercutara

Una de las fotos de la campaña publicitaria realizada por
Ogilvy & Mather para International Society for Human Rights
que ganó medalla de bronce en los Premios Clio 2009 en Nueva York



Hace unos días Rafael Hernández, profesor de la Universidad de La Habana y director de la revista Temas, en el marco de una conferencia que dictó en la Universidad Internacional de la Florida, al responder a una pregunta del auditorio acerca del blog Generación Y de Yoani Sánchez, consideró que hay mucho de ciberchancleteo en el tratamiento de los temas relacionados con Cuba en internet, porque son enfocados más como catarsis que como análisis serios. Y al unísono, convocada por la poco catedrática afirmación, toda la blogósfera cubana estalló en un decidido y orgulloso cutareo, como diríamos en mi tierra oriental a esa acción de sonar la chancleta.
Chancleteo es, en nuestro argot, no precisamente catarsis —que es una palabra griega, finísima—, sino chusmería, bajeza, vulgaridad, desahogo visceral, chisme de barrio, de solar, de cuartería, de vecindad. Que la blogósfera cubana sea un cibersolar es algo simplemente idiosincrásico, porque así somos los cubanos: breteros, buscapleitos, cabeza dura y malapalabrosos. Y en esos cuartos reducidísimos de multiviviendas compartidas se hablan, muchas veces, las cosas más serias que a la nación competen. Por ejemplo, las miserias y la libertad.
Claro, que en la respuesta de Hernández hay un valor agregado: tratar de restarle importancia, desmoralizar al contendiente ha sido una de las prácticas más frecuentes del gobierno cubano como lo es —no nos engañemos— de la política “democrática” que conocemos en el resto del mundo. El detalle, en el caso cubano, es desentrañar —y la mayor parte de las veces no hay que profundizar mucho— qué tanto estos personajes hablan realmente por sí mismos y cuánto por no perder las posibilidades del viajecito al extranjero, que les permitirá comprar a su familia ropitas y regalos que no hay en Cuba o, incluso, equipos profesionales de trabajo como una computadora o bibliografía imposible de encontrar en la isla de los libros prohibidos. Qué tanto expresan sus propias convicciones y cuánto dicen por órdenes de otros, o por mantener estatus y prebendas a su regreso.
Ciberpayasa le llamó a Yoani hace unos días M. H. Lagarde, esa especie de paparazzi socialista que ha convertido a la bloguera en su “contenido de trabajo” y que suele acusarla de algo que le pega mucho mejor a él: de mercenaria. Pareciera que el enemigo número uno del gobierno cubano ya no son el imperialismo yanqui y los ciclones sino una simple internauta, y que sus mejores torpederos están enfocados a su desprestigio. Todo porque ella se ha dedicado a retratar en su blog la cotidianidad cubana y ha tenido la osadía de desafiar a las autoridades migratorias para que le expliquen por qué le prohíben la salida del país, aun para viajar a las entregas de los premios internacionales que le han sido conferidos. Si Yoani fuera realmente tan poca cosa, tan insignificante, tan payasa y chancletera, ¿cuál sería el peligro de que abriera la boca? Si ni siquiera el pueblo cubano tiene acceso a internet ni puede leer sus posts
Pero si no bastara con los ideólogos, han grabado y difundido una serie de videos en los cuales unos pioneros, criaturas de 12 años, la acusan de haber intentado adoctrinarlos, de violar sus derechos humanos. ¿Qué podrán saber esos niños de una doctrina que no sean el miedo y la obediencia?, ¿qué sabrán de derechos humanos?
Lógicamente nadie les ha explicado que ese concepto se mueve en las lindes de la actuación del Estado y su estructura institucional en contra de la población y no corresponde a acciones entre particulares. De tal modo que quien ha violado sus derechos —de ellos y de los más de diez millones de cubanos— constante y consuetudinariamente es el gobierno que nunca nos permitió —y por lo tanto no aprendimos a hacerlo— pensar, decir o escuchar algo distinto a lo establecido en los lineamientos del Partido, a riesgo del más infame, maquiavélico e inhumano catálogo de amenazas y represalias.
Eso que ahora padece Yoani Sánchez es lo que nos han hecho a todos por décadas. Porque todos, el pueblo entero, hemos sido su laboratorio de perversiones y, en definitiva, sus enemigos. Por eso nos convertimos, a la larga, en esta mezcla de impotencia y prepotencia pataleante que —sí, tiene razón Rafael Hernández— hemos hallado en internet un medio de desahogo y, más que eso, de unión, comunicación y denuncia.
Hubo allá, en “la tierra”, una danza tradicional —de aquellas prácticas culturales nacidas de la precariedad y que pareciera que esta “nueva precariedad” echa al olvido— llamada el baile de las chancletas. Un grupo de danzantes provistos de cutaras de palo —como diríamos en Oriente— llevaba con los pies el ritmo de la pieza que danzaban. La blogósfera cubana, este cibersolar, es eso: una virtual danza de las chancletas que hace demasiado ruido en los tímpanos del gobierno y sus secuaces. Que habla “muy rápido”, o sea, sin miramientos ni temores.
Internet, por muy limitado que tengan el acceso, es actualmente un tremendo enemigo del gobierno cubano. De modo que la única estrategia que les queda es demeritar a quienes hacemos uso de esta herramienta para, entre otras muchas cosas, abogar por la libertad de Cuba y de todos los cubanos. Porque las fuentes primeras de esa libertad son el libre acceso a la información y la posibilidad de estar de acuerdo o de disentir abiertamente. El día en que en Cuba pueda haber un periódico contestatario —como, por ejemplo, La Jornada en México— o comunicadores que desde los medios oficiales puedan separarse de la línea oficial; es más, el día en que los medios dejen de ser todos oficiales, estaremos en el camino de la democracia. Y ese sendero es el que hemos inaugurado —gústele a quien le guste— los blogueros de afuera y de adentro y todos los cubanos agrupados en las redes sociales de internet.
Porque si bien el blog, como género o espacio, fue concebido como bitácora personal, como anotación de diario íntimo, en el caso de los intelectuales cubanos ha venido a suplir las columnas de opinión que no existen en los periódicos nacionales. Y si bien las redes sociales —Facebook, Twitter, Hi5— fueron creadas para intercambiar frivolidades, trivialidades, boberías de muchachos, desde ellas los cubanos hemos desplegado más de una campaña virtual mundial —planeadas y estructuradas, o espontáneas— por los derechos y libertades en la isla, como lo hacen también, defendiendo sus propias causas, venezolanos y hondureños. Todo esto con el tremendo potencial de la inmediatez que propician las nuevas tecnologías.
Por eso pudimos saber al instante de las detenciones de los músicos Gorki Águila o Aldo el cantante de Aldeanos, incluso del mismísimo personaje bautizado como Pánfilo, y no subestimemos el papel que en sus respectivas liberaciones tuvo el grito alzado desde estos espacios por el exilio cubano. Porque la lucha ideológica, queridos camaradas, eso que allá se ha llamado batalla de ideas, tiene hoy matices internéticos y se libra también desde la virtualidad.

martes, 3 de noviembre de 2009

Invitación a mis presentaciones en Miami



Viernes 13 de noviembre, 8:00 pm:
Lectura de poemas en Zu Galería, Fine Arts
presentada por Elena Tamargo
2248 SW 8th Street, Miami



Sábado 14 de noviembre, 2:00 pm:
Presentación de mi novela Espejo de tres cuerpos
comentarios de Teresita Dovalpage
Miami Fair Book International
Miami Dade College, Wolfson Campus,
300 NE 2nd Avenue, Downtown Miami
Salón 3313-14, edificio 3, tercer piso
Para ver el programa: www.miamibookfair.com



martes, 27 de octubre de 2009

Alí Babá y los cuarenta ladrones




Por los mismos días en que el Ministerio del Interior de Cuba le negó el permiso de salida del territorio nacional a la blogera Yoani Sánchez para ir a recibir el premio “María Moors Cabot” que le otorgó la Universidad de Columbia en Nueva York, también les fue negado el permiso de viaje a mis tíos, quienes visitarían en Colombia a uno de sus hijos. Los señores, mayores de sesenta años, jubilados ambos, viajaron desde Santiago de Cuba a La Habana, con todo lo que de odisea tiene un traslado interprovincial en la isla, y durmieron en los portales de la embajada sudamericana para “sacar el turno” que les permitiera tramitar sus visas, las cuales finalmente obtuvieron.
Pero su ilusión duró poco: la oficina de Migración del MININT les comunicó que tenían prohibido salir de Cuba hasta el año 2011. ¿La razón? Que el hijo al que visitarían “traicionó la misión” —o sea, no regresó, “se quedó”, “desertó”—, por lo que se hizo acreedor a un castigo de varios años sin poder entrar a Cuba, extensivo a toda su familia, que no podrá salir de allí a ningún lugar del mundo durante el mismo período de tiempo. O sea, que el castigo es expansivo y se reparte como escarmiento.
Esos vetos pueden ser tan estrictos que, desde Celia Cruz hasta cualquier anónimo médico familiar, todos conocemos a más de un compatriota que no ha podido regresar a ver morir a sus seres queridos ni solicitándolo como “caso humanitario”. Pero también pueden ser muy laxos a conveniencia: yo, por ejemplo, también fui sancionada de manera similar a principios de siglo cuando decidí renunciar a mi “permiso oficial” y convertirme en “emigrado”, pero pude ir antes de los cinco años porque como nuestros consulados son una caterva de rateros autorizados, el de México tenía vaya usted a saber qué acuerdo con una de esas agencias de viaje operadas por cubanos bajo la venia y protección de la embajada, la cual tramitaba con el MININT —no sé si oficialmente o por debajo el agua— los permisos de entrada de los “castigados” a cambio de 80 o 100 dólares, una fortuna en comparación con los 25 que cuesta la visa para cualquier extranjero.
En aquel entonces, ya me había nacionalizado. México aún no admitía la doble nacionalidad y, para recibir la carta de naturalización, era requisito indispensable que entregáramos el pasaporte y firmáramos una declaración jurada en la que renunciábamos a nuestra nacionalidad anterior. Pero como el gobierno cubano jamás prescindirá del control de sus súbditos, hagan lo que hagan o se vayan a donde puedan irse, en cuanto recibíamos los documentos de identificación mexicanos debíamos presentarnos a la embajada de Cuba donde nos elaboraban un nuevo pasaporte. Sólo así podríamos volver a la isla, porque para una persona nacida allí es absolutamente imposible entrar con documentos expedidos por algún otro país. Abundan las anécdotas de “ex cubanos” regresados en el mismo avión en que llegan por no llevar el isleño pasaporte.
Lógicamente este procedimiento era clandestino porque, como ya dije, México no aceptaba que sus ciudadanos tuvieran otras nacionalidades ni documentos de otros países. Por lo cual, para volver a la isla había que “hacerle trampa” a México: en los mostradores del aeropuerto Benito Juárez enseñábamos el pasaporte mexicano y en los de la isla, el cubano, arriesgándonos a las consecuencias —nefastas— que aquello pudiera tener si los aztecas “se daban cuenta” del “engaño”.
Si bien hay una clara intención de control por parte del gobierno cubano que no quiere perder de vista a sus borregos, vayan adonde vayan, la función primera y fundamental de la estructura migratoria del Ministerio del Interior y de los consulados cubanos en el exterior es sacarles el dinero a los traidores gusanos. Sablazo a sablazo lo hemos interiorizado y aceptado —mal que nos pese— durante décadas. El negocio mejor planeado y más visionario de la revolución fue la división de la familia: la mitad fuera, la mitad dentro, lo cual garantizó el subsidio involuntario que los emigrados —tan vapuleados y denigrados— hemos otorgado a la economía nacional por medio de viajes a, o desde, la isla y remesas familiares.
Por eso dejaron salir con tanta complacencia —aunque la dibujaran de otras reacciones más aguerridamente revolucionarias— a los miles del Mariel, los miles de la gran migración de intelectuales y artistas de principios de los 90, los miles y miles desde la crisis de los balseros hasta hoy, sin importarles cuántos sean alimento de tiburones en el estrecho de la Florida o el golfo de México. Por eso se hacen de la vista gorda con las cartas de invitación “falsas”, la trata de personas y las lanchas que llegan “ilegalmente” a buscar gente a las mismísimas costas de la isla. Porque uno que se vaya mantiene a los que se quedan. Y ese dinero sólo puede ingresar a las arcas estatales porque en Cuba no hay otro tipo de propiedad que no sea la del Estado. Y no hay principios ni decencia: poderoso caballero es Don Dinero.
Pero dicho así, sin mucho detalle, pareciera que los cubanos, al margen de esas molestias referidas, pueden salir de su país sin mayor problema. Y no. Para que alguien trascienda los límites geográficos del archipiélago, debe haber recibido previamente carta de invitación de una persona o institución radicada en el extranjero que se comprometa expresamente a costear todos los gastos de viaje. Porque —no está de más decirlo— con aquellos salarios nadie podría hacerlo: los mayores sueldos ascienden a 400 pesos (unos 16 dólares al mes) y un boleto al lugar más cercano no costaría menos de 400 dólares.
Cuando el supuesto ciudadano recibiere la mencionada carta de invitación —notariada por la embajada respectiva y que en México cuesta poco más de 2,000 pesos— inicia el calvario de los permisos: tiene que tramitarlos ante el centro laboral o de estudios, ante el ministerio correspondiente, solicitar la visa del país en cuestión y finalmente, pedir la tarjeta blanca, o sea, el permiso de salida de Cuba. Los dos últimos peldaños (visa y tarjeta blanca) con un alto costo que, por supuesto, también suele sufragar quien extendió la invitación, al igual que el monto del boleto aéreo y la manutención durante la estancia. Esto sólo cambia en los casos de personas que se dediquen a algún negocio ilícito que les permita un ahorro de divisas o en el caso de funcionarios del gobierno que reciban los viáticos correspondientes.
Y como para salir, también hay que pedir permiso para entrar. Cuando las cosas empezaron a ponérseles feas en la Comisión de Derechos Humanos de la ONU por los cuestionamientos a la violación del derecho universal de libre tránsito, el gobierno cubano inventó una modalidad llamada “Habilitación”, que recibimos, en primer lugar y de manera gratuita, los artistas e intelectuales, todos esos que nos pasamos la vida soltando la lengua. Ese otro “permiso” confiere entradas y salidas múltiples siempre que no se exceda la cantidad de 21 días de estancia en la patria querida. Porque al día 22, tendrá usted la patrulla en la puerta de su casa para llevarlo al aeropuerto.
El golpe económico resultante de esa gratuidad debe haber sido fuerte —ya no podrían cobrarnos el permiso de entrada—, pero un verdadero revolucionario no se amilana y convierte los reveses en victoria: inmediatamente empezaron a cobrar la prórroga de los pasaportes cada dos años. O sea, que usted paga 2,800 pesos mexicanos por la confección de un pasaporte por seis años, pero cada dos tiene que desembolsar 1,400 pesos para las actualizaciones parciales, sin las cuales no podrá entrar a Cuba de ninguna manera. De tal modo que el documento con vigencia de seis años cuesta nada más y nada menos que 5,600 pesos, o sea, unos 430 dólares. ¿Habrá alguno más caro, pero sobre todo más mañoso, en todo el universo, incluidas las galaxias circundantes?
Si piensa usted que ahí terminaron los malabares del viajero y los abusos del Estado socialista, se equivoca totalmente. El familiar o amigo que viene a visitarle debe pagar a la embajada cubana 560 pesos (unos 40 dólares) por cada mes de estancia, o sea, una especie de alquiler por estar fuera de Cuba. De no cubrir ese arancel, no podrá subirse al avión de regreso.
Además, los cubanos residentes en el extranjero debemos pagar a la entrada a la isla el exceso de equipaje que llevemos, aunque ya lo hubiéramos abonado a la línea aérea que nos transportó. Como si la isla se fuera a hundir con el peso de más. Y ni hablar de los impuestos por ingreso de efectos electrodomésticos o artículos personales porque eso cambia cada día, cada mes, cada vez que les convenga, a gusto y antojo del gobierno y, sobre todo, de los ladronzuelos de toda laya vestidos de militar del aeropuerto internacional “José Martí” y otros del interior, como cuenta el cantante popular Cándido Fabré en el video que aquí les dejo.


martes, 20 de octubre de 2009

Un buchito de café en Santiago




El domingo Camila Remón, hija de mis queridos amigos de toda la vida Viky y Ramiro, me mandó por Facebook esta foto donde, apenas salvándose de la aplastante imponencia del hotel Imperial, asoma la esquinita del santiaguero Parque del Ajedrez en la confluencia de Enramadas y Santo Tomás; aquella cafetería donde, como ya he recordado tantas veces, a finales de los ochenta pasábamos horas Inés María, Orlando, Raúl, Rafelito Fleitas y otro puñado de amigos y contertulios que allí nos dábamos cita a media mañana o a la salida de las respectivas oficinas para tomar un poco de fresco ―casi una ilusión― y un buen café de 40 centavos al que todos llamaban “café caro”, nombre que incluso se hizo extensivo al establecimiento.
Ayer en la mañana, como si se hubieran puesto de acuerdo, Inés María me mandó esta imagen tomada durante su más reciente visita a la isla. En ella se ve, además de la desafiante modelo, el “interior” del café, las mesas de granito con el tablero pintado, la ventanilla por donde salían los pedidos del humeante líquido.




“Nos vemos en el café caro”, decíamos, y en esos banquitos duros, Conrado Pérez me enseñó con paciencia cómo tallerear un poema y "limpiamos" Marlenys y yo, un mediodía de domingo, después de las MTT, aquel “Dedo que no tapa el sol”. Allí nos advertía Marta, a León y a mí, que si seguíamos comiéndonos las uñas tan frenéticamente, nos quedarían sólo muñones. Allí no sobrevivió títere con cabeza ni estómago rosadito. No sé cómo podíamos dormir en las noches después de tanta taza apurada gaznate abajo, tanto chisme sabroso e inquietante, tantas pasiones juveniles.
Pero a veces me hartaba el Parque del Ajedrez y emigraba a La Isabelica, expendio mucho más tradicional y barato, con mesas y sillas de madera y piso adoquinado, nombrada así en alusión a una de las más prósperas haciendas cafetaleras instalada por los colonos franceses que, huyendo de la revolución de Haití, fueron a asentarse en el Oriente cubano a finales del siglo XVIII.

Nunca me gustó La Isabelica. Era poca la luz que dejaban pasar las dos ventanas coloniales llenas de balaustres; insuficiente a pesar de las dos puertas a la calle. Las baldosas gastadas del piso siempre parecían sucias, polvorientas, y en las mesas Isolina, aquella mulata mal encarada, embarraba las huellas de la tazas con un trapo empapado de otras huellas. Las mesas solían compartirse y entonces, delante de los desconocidos no siempre podíamos seguir arrancándole las tiras del pellejo al que fuera protagonista de la conversación.
Sin embargo, en La Isabelica había otras especialidades, otras combinaciones. Café con licor de menta o de anís o aquellos carajitos, llamados también rocío de gallo para evitar la altisonancia, a los que se le agregaba una porción de ron. Porque he de confesarles que no me gusta especialmente el café; para mí es una bebida social, como las alcohólicas: rara vez me tomo una cerveza si estoy sola; rara vez cuelo si no es para compartir.
Conjugo ese verbo y me acuerdo del colador de tela triangular colocado en aquel artefacto metálico del que mi abuela y mi mamá sacaban el líquido oscuro cada mañana y cada tardecita. El primer buchito, recién colado, y luego al termo que mi papá se encargaba de consumir hasta la última gota. Ése sí era cafetero: bajaba Aguilera o subía Enramadas y se paraba en cada cafetería. Una taza tras otra, miles en el día. Y miles de cigarros entre una y la siguiente.
Digo café y evoco con igual intensidad el aroma del brebaje que el grano virgen que recogíamos en las laderas de la sierra durante los planes Escuela al Campo. Vista Alegre se llamaba aquel campamento en las postrimerías del Tercer Frente Oriental donde nos confinaban por 45 días para que combináramos efectivamente el estudio con el trabajo, principio básico de la educación socialista. Hasta allá no subían más que los camiones militares de potente tracción. Me veo claramente, como decía Silvio Rodríguez, a los 13 o 14 años en el barracón de madera y piso de tierra con un centenar de hamacas de yute por las que se colaba, en las terribles madrugadas, todo el frío de la serranía. Madrugadas en las que nos formaban en la plazoleta bajo la luz de la luna —cuando la había— para dar los resultados de la emulación y enfilarnos trillo arriba hacia el lugar de la recolección.
Como parte de esa red de ¿coincidencias? que suele tejerse ante nuestros ojos cual sorprendentes espejismos, como las ramas y bejucos que a veces ocultaban al Parque del Ajedrez de la vista del transeúnte, el próximo viernes presentaré mi novela en una cafetería, que además es librería y foro cultural: las Voces en Tinta de Bertha de la Maza, donde las esencias del arábigo fruto acarician olfato y paladar en un carrusel de preparaciones; mi favorita, el dulcísimo caramel macchiato con licor de almendras que preparan con destreza Massiel y Valentina.
Por si fuera poco, la semana pasada recibí desde la isla un mensaje de invitación para la próxima sesión del Café Bar Emiliana que conduce mi queridísima Soleida Ríos en el Palacio del Segundo Cabo de La Habana Vieja. Desde entonces tarareo, picarescamente, cual es el tono del estribillo, al ritmo de Carlos Puebla y sus Tradicionales: “Si no fuera por Emiliana nos quedaríamos con las ganas…” Y completo la frase mientras miro, una y otra vez, las fotos que aquí les comparto: “…de tomar café, de tomar café, de tomar café”.

martes, 6 de octubre de 2009

Lenguaje e inteligencia artificial

Leonora Carrington, Templo del Verbo, 1954




El idioma, como todo en esta vida, como la vida misma, es un proceso. Eso me quedé reflexionando después del texto de la semana pasada en este Parque del Ajedrez, de las conversaciones posteriores con varios amigos y de la muerte de esos dos grandes cantores de nuestra lengua que fueron —y serán siempre— Mercedes Sosa y el poeta Cintio Vitier. Un proceso, es decir, según la Real Academia Española, la acción de ir hacia delante, el conjunto de fases sucesivas de un fenómeno natural o una operación artificial. En pocas palabras, algo cambiante e indetenible.
El castellano que hablamos dista mucho —es obvio— de aquel con que Cervantes redactó en el siglo XVII El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Como dista el castellano “culto” del coloquial, el coloquial del marginal, el hablado en España del de América, el de cada país de nuestro continente del que usa su vecino más cercano, el de cada región dentro de cada país, y el espánglich del inglés y del español. Es el idioma, efectivamente, una herramienta de comunicación que funciona mientras cumpla esa primera premisa: comunicar y, en ese sentido, acomoda sus reglas, leyes e inteligibilidad en cada uno de esos contextos.
Las nuevas maneras de comunicarse los jóvenes, que a veces nos escandalizan, están inmersas en procesos mayores, globales: procesos naturales, sociales, tecnológicos. “De la escritura/ sólo el apocalipsis/ nos acompaña” leí en el Haikú del día, una de las mejores aplicaciones de Facebook, poética, para que no se diga que todos son tests tontos y boberías para perder el tiempo inútilmente. Y tal vez es cierto: estamos en la antesala del aparente desplome —o reconfiguración— del concepto de idioma que teníamos hasta ahora. Y no sucede solamente en la lengua de Cervantes sino en todas, porque los mencionados procesos son mundiales.
El futuro de esto que llamamos elegantemente Humanidad parece ser el tránsito inevitable hacia la inteligencia artificial; ésa es la misión del homo sapiens como especie: crear las condiciones que lleven a ese paso, que será la única posibilidad de que los códigos matemáticos en los que se basa el Universo trasciendan su fin y garanticen su ulterior refundación. Lo que antes denominábamos ciencia ficción —de Verne a las odiseas espaciales y la robótica— ya es parte de la realidad aunque a veces nos neguemos a aceptarlo, apegados como estamos a lo que creemos “nuestro”.
Según el budismo, esa milenaria filosofía oriental, la humana es una condición de sufrimiento debido a nuestra dificultad para comprender que todo es transitorio, que la vida es un río que fluye y al que es imposible detener. Esa incapacidad tiene su fuente en los deseos, los apegos, las resistencias, la idea de la posesión. Superarlos, librarnos de ellos, según Siddharta Guatama —o sea, Buda—, es romper el ciclo del sufrimiento y poder aspirar a un estado de total liberación. Claro que a los occidentales, tan cristianos —en todos los sentidos—, nos han enseñado lo contrario: existir es poseer y lo que no se desea, no se alcanza. Y lo que no se defiende, se encadena o se aprisiona, se va… Esfuerzo inútil, porque el destino de todo es irse, deshacerse como las “estelas en la mar” de Machado.
La otra trampa es el ego. ¿De dónde ha sacado el hombre —y la mujer— que es la cumbre de la Creación, el hijo predilecto de Dios? Esa idea del “animal superior” es exactamente igual a la de la “raza aria”, en todas sus connotaciones y consecuencias. Por eso abusa el ser humano de la Naturaleza y se cree un diosecito yuppie que puede despreciar su entorno y a sus compañeros de viaje, que puede parar o acelerar a su antojo el mundo, que puede poseer o desechar a su libre albedrío, tremendo concepto.
Todo tiene fijado su principio y su fin, su alfa y su omega, al menos en este ciclo y en estas dimensiones que habitamos. Incluidos la biodiversidad, la Tierra, la galaxia, el Universo. Lo demás es arena donde llevar a cabo el teatro de operaciones, la película de Dios. Salvando las distancias, cuando concebí “Un puñado de cenizas” —ese cuento tan desperdiciado que es lo mejor que haya escrito en los días de mi vida— o la novela Espejo de tres cuerpos, tenía claros los nudos principales, sabía cómo empezaba y cómo terminaba cada historia. Sin embargo, el resto, el relleno, fue surgiendo en el transcurso de la escritura.
Los personajes nos llevan por sus propios caminos, imprevisibles. Lo mismo ha de pasarle a Dios, al Universo, a como quiera llamársele a esa esencia superior que determina no sólo el camino del Cosmos, sino cada una de nuestras minimérrimas existencias. El Big Bang, como todo comienzo, determinó el final, porque en estos planos de existencia en los cuales se mueve la vida humana, todo lo que comienza irremisiblemente acabará. Y el idioma —ése al que algunos han llamado “nuestra patria”— es una de esas cosas perecederas porque, como dicen en México: “todo, por servir, se acaba”.
Dentro de un tiempo —posiblemente largo—, nadie necesitará comunicarse a través de una lengua sonora, rítmica, pletórica en sinónimos y frases bellas —que entonces serán inútiles, imprácticas, arcaicas—, sino a través de códigos funcionales que ya empezamos a aprender como si fuera un juego. Cuando chateamos, no decimos “qué gracias me da eso” sino que ponemos una carita sonriente o una bolita que se destartala de risa arrastrada por el piso virtual del dibujo que es. Emoticones les llaman. Cuando nos despedimos, ponemos el emoticón con mano que dice adiós o miles de representaciones parecidas que pueden “bajarse” de internet o copiarse de nuestros interlocutores, o sea, los otros chateadores.
“Esto es un guiño”, me dice Gloria y escribe ;) . Yo sé que es un guiño pero todavía me cuesta “verlo”, identificarlo como tal. Cuando nos liberemos de los apegos visuales, podremos mirar con mayor claridad porque la vieja máxima de “Ver para creer” va transformándose en un “Creer para ver”. Entonces, no sólo observaré el guiño de Gloria; también sabré que todas las cosas que no veo están contenidas en mi software —llámese conciencia, alma, inteligencia—; que allí viven y seguirán viviendo aunque los ojos las extrañen.
Tal vez eso que ahora nos parece un galimatías alfanumérico —y que realmente no es tan raro para quienes se especializan en las ciencias exactas— sea sólo una nueva manera de renombrar las cosas, como aprender otro idioma. Con el tiempo, todos sabremos que dos puntos y un paréntesis es una sonrisa; que dos puntos, apóstrofe, paréntesis que abre es llanto incontrolable, y que paréntesis con P mayúscula te saca la lengua. Esto entre miles de comandos que los muchachos (y los no tan jóvenes) repiten ya de memoria, automáticamente, interiorizado, en cualquier mensaje escrito como un idioma nuevo. Dígame usted si no vamos como Juan que se mata —símil cubano de la celeridad— hacia una escritura de otro tipo. Como mutamos, sin apenas percibirlo, para incorporar a nuestra anatomía los cambios necesarios para sobrevivir, por ejemplo, a la contaminación ambiental.
Como la materia, que no se destruye sino que se transforma, así es el idioma. Nada será mejor o peor, simplemente responderá a las funcionalidades de cada época o fragmento social. Yo tengo fascinación por la palabra —eso no es noticia— y creo que todavía, muy a pesar del reggaetón o los mensajes de texto, por muchos años seguiremos tejiendo hermosos trabalenguas, leyendo buena literatura, solazándonos en la sinonimia y la metaforización más dignas. Aunque sea nuestro “placer de viejos” y a los más jóvenes no les transmita mucho. No se agobien de antemano; recuerden que, como dijo el chinito Lao Tsé: “Cuando un camino llega a su término, cambia; después de cambiar, sigue adelante”.