martes, 18 de diciembre de 2007

Alerta: ciclón


Olga, como la de los tamalitos, una tormenta tropical fuera de temporada, acaba de azotar a La Española. Consecuencias del cambio climático, el calentamiento global, el efecto invernadero o la modificación en la inclinación del eje de la Tierra, estas irregularidades meteorológicas son prueba y refrendo de que la naturaleza no tiene calendarios, estipulaciones ni parámetros y que cuando menos la esperas, te cae en la cabeza la cubetada de agua helada sin que puedas ni chistar.
Ahora que los veo sólo por televisión —transmisiones en vivo que se han convertido en el deporte nacional de los noticieros—, las imágenes de los preparativos, la espera, las ráfagas cada vez más fuertes, finalmente el diluvio y los daños posteriores siempre me regresan a los recuerdos de la infancia.
Lo mejor que tenían los ciclones era que no íbamos a la escuela por tres o cuatro días. Mi abuela Cristina preparaba pan tostado con aceite y ajo, y café con leche condensada rusa, dulcesita, como nos gustaba a Piri y a mí —la de vaca nos parecía nauseabunda—, y contaba mil veces la historia de cuando el Flora —icono huracanesco para el oriente de Cuba— se llevó las láminas de zinc del techo de los vecinos y las fueron a encontrar por la Plaza de Marte, llegando a Garzón.
Lo peor, que como la casa tenía demasiados años sin reparación —como casi todas las casas cubanas—, las goteras fueron en aumento proporcional con las temporadas ciclónicas y con el tiempo, las palanganas, cubos y jarritos no daban abasto para cubrir lo que ya eran cascadas. No en balde abundan en el cine y el teatro nacional las escenas en que los personajes caminan esquivando recipientes llenos de agua de lluvia.
Para los niños —y supongo que no sólo los cubanos—, un ciclón es un acontecimiento emocionante. No es difícil verlos en los noticieros de televisión o en las fotos de los periódicos disfrutando de lo lindo, chapoteando en las inundaciones, sonrientes encima de los botes que recorren las calles anegadas. Mi sobrino Camilo me relató como una aventura extraordinaria cuando después del Wilma, que hizo saltar el agua por encima del muro del malecón habanero, Piri, burlando a la policía que cerraba el paso a transeúntes y curiosos, lo llevó hasta donde llegaba el mar —cuadras y cuadras dentro de la ciudad— y él pudo meter los pies y mojarse las manos.
A nosotras, armadas de dos escobas despelucadas, nos encantaba sacar el agua que el caño del patio no podía tragar y desbordaba hacia el comedor y la saleta. Trabajo bastante inútil cuando el aguacero no cejaba y el alcantarillado era insuficiente. Tiempo después, se rompió y acabó cayéndose el codo de la canal del patio y por el hueco caía un chorro divino. Ahí nos bañábamos, ya grandes, con todo y ropa, para mitigar el calor del eterno verano santiaguero. Al menos ése era el pretexto para empaparnos y reír como niñas.
En la excitante espera, mientras el licenciado Rubiera o la Defensa Civil daban los partes meteorológicos y los reportes trágicos de las desgracias que el huracán ocasionaba en otras islitas del Caribe, era emocionante pegar papel precinta en las ventanas de vidrio —que no había entonces, esas planchas enormes de playwood que cubren los ventanales de los hoteles o las casas de la Florida y Cancún—, haciendo asteriscos y figuras geométricas. Mi papá era el encargado de esas funciones y nosotras lo ayudábamos de muy buena gana.
Pero tal vez el ciclón que más recuerdo fue el que esperamos Marta Mosquera y yo tomando café con licor de menta en “La Isabelica” mientras Santiago se quedaba completamente desolado como pueblo fantasma —¡perdón, ciudá!— y los primeros vientos agitaban los árboles del Parque de Dolores. Mil años después, recordando esa noche, escribí:



En la baranda tus ojos hipnotizan
hipnotiza tu voz
cuatro gotas de acíbar.
El aire es un lamento
no es normal el reflejo del neón en el agua.
Frente a la sombra de la noche
los presagios
ciclón el de los jugos
el del licor que mojará tus labios.



No estábamos esperando el ciclón, por supuesto… ni que fuéramos tan temerarias o tan meteorólogas. Quién sabe qué chisme o qué pócima cocinábamos mientras Isolina, la dependienta, nos echaba cada retorcidón de ojos… pensando seguro hasta qué hora íbamos a estar emborrachándonos a traguitos, sin dejarla huir a ella antes que se soltara el vendaval.
Ahora que sólo veo los ciclones por televisión, decía, la Piri —con ese buen humor, optimismo sin límite y excelente ánimo que la caracterizan— me cuenta cómo el viento parece arrancar la puerta carcomida del patio del diminuto apartamento de Centro Habana —ya no aquella casa enorme y disfrutable como parque de diversiones del centro de Santiago— y dice mi madre que por poco la aplasta, hace sólo unas semanas, un pedazo de cornisa reblandecida que se vino abajo, como en novela de Agatha Christie, justo un segundo después de que ella entrara a la cocina.
Y ésos no son los peores ciclones… Hay los que nos dejan como la palma de la fotografía, sin saber qué milagro nos sigue manteniendo en pie... Pero aquí me despido, para que los vientos huracanados se lleven lo oxidado que le quede al 2007 y nos dejen en el 2008, sin mucho escombro, la calma que le sigue a las tormentas. Que pasen ustedes, queridos amigos, un feliz fin de año. En el próximo nos seguiremos viendo aquí, en este parque que es, también, la casa virtual de todos ustedes. Muchas gracias por su apoyo, sus comentarios, su lectura, su amistad. Reciban un abrazo sincero y mis mejores deseos en estos días del fin… y del reinicio.

martes, 11 de diciembre de 2007

8 de diciembre de 1988

Puente sobre el río San Juan, Matanzas, Cuba


Mis recuerdos, a 19 años


El 8 de diciembre de 1988, en un recital en la librería “El Pensamiento” de la ciudad de Matanzas, Teresa Melo leía “Otros les afilan las navajas”. El poema, icónico de la lírica cubana de finales de los ochenta, era su catarsis después de que un delincuente la asaltara una madrugada frente a la emisora CMKC, en pleno centro de Santiago de Cuba, y para tratar de quitarle lo poco que llevaba, le asestara una cuchillada en la cabeza.
Con Teresa estaban León Estrada y algún otro compañero de generación. Entre los asistentes, Carilda Oliver Labra, poeta matancera de reconocido prestigio internacional. En el público también, en primera fila, un poeta mediocre cuyo nombre no quiero recordar, que acto seguido de escuchar a Teresa pidió la palabra y cuestionó el poema, señalándolo como contrarrevolucionario. No era normal que en un recital —que no un taller— se sometieran a debate las piezas leídas, sin embargo, ponentes e inquisidor se enfrascaron en abierta polémica, cada uno defendiendo sus respectivas posiciones.
La estética de la llamada generación de los ochenta llevaba años provocando reticencias. Su discurso revisionista, irreverente y criticista, y su comportamiento arrogante y exhibicionista habían molestado a más de uno. A esas alturas de la década, esos muchachos se habían convertido en una verdadera preocupación, mucho más porque su ímpetu alcanzaba ya a todas las manifestaciones del arte, la literatura y la difusión cultural.
Tal calor tomó la discusión —bizantina, por supuesto— aquella tarde en “El Pensamiento”, que Teresa se retiró del salón y emprendió el regreso hacia La Habana, sólo segundos antes de que en la librería irrumpiera un comando de boinas rojas (tropas de ataque) que apagaron las luces y, amparados por la oscuridad, la emprendieron a golpes y patadas contra quienes allí permanecían. Hubo varios detenidos y lesionados, entre ellos Carilda, quien siendo ya una persona de más de 60 años, tuvo que recibir un severo tratamiento médico por el fuerte golpe que le propinaron en el tórax.
Los detenidos permanecieron encerrados e incomunicados durante tres días, mal alimentados y sometidos a frecuentes interrogatorios en los que, con lujo de intimidación y chantaje, se les trataba de hacer confesar que eran contrarrevolucionarios —entonces no se usaba el término disidentes— y se insistía en que acusaran a los organizadores de la lectura como sus cabecillas. Sin cargos fueron liberados porque no había delito que imputarles. Y porque un escarmiento no requiere cargo alguno, se basta por sí mismo.
Cuando llegó a Santiago, presa de un terror indescriptible y en el pecho estampada la huella de una bota militar, León me hizo acompañarlo sigilosamente hasta un parque en un barrio alejado del centro de la ciudad. Parque es un decir; era un solar yermo —o al menos así lo recuerdo— con un banco pintado de azul chillón. Sólo entonces pudo relatarme lo que he resumido en los párrafos anteriores.
Lo que siguió fue el miedo, la incertidumbre y el desamparo más atroces. La posibilidad de nuevas represalias o la concreción de las amenazas, incluso las no dichas, flotaban silenciosamente por doquier. Si sentía acercarse un jeep del ejército, mi amigo se encogía como si quisiera desaparecer y se ponía pálido, sudoroso y helado como un témpano.
Días después, se celebraba en Santiago el encuentro nacional de narradores. Había actividades en varias sedes, entre ellas la sala del Teatro Guiñol Santiago, en donde se realizaban sesiones de lectura y debate de cuentos. Allí estábamos León y yo una mañana, sentados en la última fila de butacas, cuando Jorge Luis Hernández y José Manuel Fernández Pequeño leyeron el comunicado oficial de la UNEAC nacional (Unión de Escritores y Artistas de Cuba) acerca del hecho, que trascendió porque Teresa presentó una queja a Abel Prieto, por entonces presidente de ese organismo artístico, y se había abierto una investigación.
Haciendo acopio de valor, León dijo públicamente que la referencia que en el comunicado se hacía del suceso era inexacta e incompleta. Lo hicieron subir de inmediato al escenario y en el proscenio, bajo la luz del seguidor, como un trovador sin guitarra contó los detalles que me había relatado a mí en aquel parque perdido. La indignación fue inmediata y generalizada. Esa noche firmábamos, en la sede provincial de la UNEAC, un pronunciamiento que, en un acto de coraje y dignidad inédito —pocos se atreven en Cuba a meterse en camisa de once varas—, habían preparado los organizadores del encuentro de narradores. En el documento se repudiaba la agresión y se exigía que la investigación fuera llevada hasta las últimas consecuencias.
Entonces, ya puesto en la palestra de tal forma, no pudo ocultarse, distorsionarse ni camuflarse el hecho aunque, lógicamente, nunca tuviera espacio en la prensa ni se hablara de él con carácter oficial. Como consecuencia de la solicitud de la UNEAC, fueron sancionados y despedidos —eso nos dijeron— los directores del Ministerio del Interior en varias provincias, entre ellas, por supuesto, Matanzas. Esto, que en medio de la beligerancia de aquellos tiempos podía parecer una victoria de los jóvenes artistas, fue, como ya lo he dicho otras veces, la marca de fuego de la generación, el momento en que terminaron la inocencia y la confianza. La misma Teresa lo dijo entonces: “Hemos tenido uniformes escolares/ una casa en una calle de un barrio en un país del mundo [...]/ inocencia ya no/ la inocencia es para los ángeles/ Los ángeles no existen.”
Nunca antes me atreví a contar esta historia por no hacerle daño a León, a Teresa, a los amigos que siguen en Cuba. Ahora lo hago, quizás, porque la semana pasada un grupo de muchachos que pedía la libertad de un disidente preso se refugió en la iglesia de Santa Teresita en Santiago de Cuba; los agentes policiales que los perseguían no tuvieron el menor reparo en irrumpir con gases lacrimógenos en el templo, donde se estaba oficiando misa, y sacarlos a patadas. Ahora lo cuento porque antier el pueblo enardecido agredió a las Damas de Blanco —grupo de madres y esposas de presos políticos— y otras mujeres extranjeras que las acompañaban frente a la iglesia de Santa Rita de Casia en Miramar, y ayer fue reprimido un grupo de disidentes frente a la Oficina Regional de la UNESCO en La Habana, mientras el Granma afirmaba que se había celebrado el Día Mundial de los Derechos Humanos “con la frente en alto”.
Estas patadas me recuerdan las otras; tal vez por eso lo cuento hoy.

martes, 4 de diciembre de 2007

Oficio: poeta




Esta mañana, de las bocinas de los vendedores del metro salía la voz de Silvio Rodríguez haciendo una vieja pregunta:


Compañeros poetas,
teniendo en cuenta los últimos sucesos en la poesía
quisiera preguntar, me urge,
qué clase de adjetivo se debe usar para hacer
el poema de un barco sin que se haga sentimental
fuera de la vanguardia o evidente panfleto.
Si debo usar palabras como Flota Cubana de Pesca
o Playa Girón.

Y recordé el entorno en extremo riguroso en el cual crecí, poéticamente hablando. Primero, Santiago de Cuba y aquel mítico taller literario tutelado por Aida Bähr, donde me codeé con lo mejor de la poesía joven en la provincia: León Estrada, Radhis Curí, José Mariano Torralbas, Alberto Garrido. Luego, en La Habana, al lado de Sigfredo Ariel, Soleida Ríos, Teresa Melo; cerca de Damaris Calderón y María Elena Hernández, de los muchachos de Vigía, de Nelson Simón, Wendy Guerra y Norge Espinosa, de Agustín Labrada, Camilo Venegas y Jesús David Curbelo, de Fowler, García Montiel, Fernández Larrea, Rodríguez Tosca, Dopico, Ponte, Carlos Alfonso, Bladimir Zamora y la gente de El Caimán Barbudo.
Aunque estuviéramos emborrachándonos con chispa’e tren o inventando un arroz aroma —creación de Soleida que lo único que tenía era olorcito... pero sabía a gloria en medio de aquella hambre—, aunque nadie profiriera un verso ni una cita clásica, allí circulaba la poesía. Era el aire que respirábamos. Y cuando nos mostrábamos los poemas, éramos implacables. Odio desde entonces los talleres literarios. Pero ellos —los talleres y los amigos— me enseñaron el rigor de orfebre con que se teje la poesía.
En los últimos tiempos, muchas veces me he preguntado dónde está la poesía, ese hilo sutil que nombra al mundo y a las cosas que lo pueblan, en medio de recitales y congresos llenos de señoras con estolas y pañuelos multicolores que leen versitos inflamados de pasión o combatividad, en los que dicen coger, vulva, vagina y acepciones menos científicas que describen con saña, o dan prosaicos vivas a la revolución universal y a la liberación femenina.
La lírica atraviesa un mal momento, pienso. La mayor parte de las editoriales se niegan a publicarla por no considerarla un negocio redituable; su público es cada vez más escaso; sus cultores sucumben aplastados por esa fauna de performistas que se hacen llamar poetas y creen reivindicar el género “actualizándolo” a los tiempos que corren.
Hace poco más de un año, después de ofrecer un recital en una plaza comercial en San Salvador, la poeta catalana Neus Aguado me decía que, a su entender, lo único que puede esperarse de las lecturas públicas de poesía es que algún verso, uno entre mil, como un flashazo, provoque una emoción, una reacción, un destello en alguno de los oyentes, aunque sólo sea momentáneo, aunque al instante se pierda y no se perciba, tal vez, más que una sensación, un presentimiento, algo registrado de manera absolutamente inconsciente, imposible de recordar.
Lo visual y lo auditivo, mezclados con las artes del espectáculo, incluso —y sobre todo— llevados al extremo de la vulgaridad, la banalidad o el circo, tienen más posibilidades de ser recordados que ese destello del que habla Neus. ¿Ya no le bastará a la poesía ser un género de “sólo lectura” (como algunos archivos cibernéticos)? En una estrategia ya no simplemente “de mercado” sino de sobrevivencia, ¿debe, entonces, transitar hacia el performance o la multidisciplinariedad para superar el olvido y la indiferencia? ¿Eran así, acaso, los aedas: un poco narradores orales, un poco actores, un poco bufones? ¿Hubo en los tiempos idílicos bardos solemnes que cantaran con todo respeto y compostura las glorias de los héroes y los dioses, y audiencias que les escucharan fascinados, imaginando los escenarios arcádicos y elegiacos, bucólicos o propicios al amor engalanado de doncellas y pajes que les describían aquéllos? ¿O fue ésa una fábula creada por los propios poetas en un afán de trascender, asidos a esas divinas ilusiones?
Y reflexiono, a la par de Martínez Estrada, que “la total impregnación del alma en las lecturas, es lo que fortifica los órganos del sentir y el pensar; la lectura activa es uno de los secretos del desarrollo y temple de los grandes espíritus”. Planteaba el filósofo argentino que en quien lee, el cerebro está entrenado en las rutinas del pensamiento y éste surge como un ejercicio gimnástico. Quien no lee, entonces, tendrá un cerebro fofo y sedentario, del que no podrá emerger la misma calidad y estructuración de reflexiones e ideas. ¿Será ese páramo el lugar donde deambulen los poetas del futuro? ¿Habrá poetas como tradicionalmente lo concebimos? ¿Alguien allí pensará en la poesía y encontrará en ella aliento?
No es fácil la vida del bardo, esa criatura endeble, en un mundo insensible e irracional; como tal vez ha sido siempre el mundo. Bien lo dijo Baudelaire, siglos ha: “Siempre será difícil ejercer, noble y fructíferamente a la vez, la condición de hombre de letras sin exponerse a la difamación, a la calumnia de los impotentes, a la envidia de los ricos […], a las venganzas de la mediocridad burguesa”.
El creador —sobre todo el que sufre la desdicha de tener que trabajar en una oficina gubernamental o administrativa— siempre es sospechoso de estar haciendo otra cosa. Indebida, por supuesto. Y es doblemente vigilado porque no limita su vidita al chisme o la grilla sindical y porque puede ser “reconocido” por los resultados de ese otro entretenimiento; es decir, su obra. La envidia y la mala fe florecen como plantas silvestres porque, como dijo Víctor Hugo: “el ultraje es un viejo hábito humano; lanzar piedras complace a las manos holgazanas; ¡ay de todo aquel que rebase la altura!”
Y suelen hacernos saber ese desprecio de las maneras más sutiles y también de las más burdas. Por sólo citar un triste ejemplo, en abril pasado me invitaron a celebrar el Día Mundial del Libro en Barcelona con la presentación de mi cuaderno de poesía El levísimo ruido de sus pasos. Pero mis jefes me negaron el permiso para ausentarme, aun cuando laboro en la editorial de la universidad que se precia de ser la más prestigiosa no sólo de América Latina, sino de toda la hispanidad. Que acomodara mis actividades literarias en las semanas de vacaciones, me dijeron, como si, para esperarme, el Sant Jordi catalán pudiera posponerse hasta mediados de julio, o fuera posible persuadir a los organizadores de los festivales, congresos poéticos y ferias del libro de concentrar sus actividades en las últimas semanas del año, de preferencia después de Navidad.
Cuenta Vicente Quirarte que Alí Chumacero suele decir a sus discípulos que el poeta sólo tiene una obligación: escribir. Y en una de las cartas recogidas en el Borges de Bioy Casares, el autor afirma: “Uno debe escribir los libros, y ninguna excusa es válida para no hacerlo. No tiene sentido decir que se presentó tal cosa o tal otra. Hay que escribir lo que uno tiene que escribir. Es el único deber; es el deber no sustituible por excusas”.
Pero trabajo en medio de un pasillo con tránsito constante, en unas caballerizas —esos gabinetes concomitantes de un metro cuadrado, sólo separados por medias paredes de vidrio y cartón piedra—, con el dispensador de agua a mi espalda y el único teléfono del área sobre la caja negra de mi CPU. A la intemperie; especialmente cada vez que alguno de mis compañeros, mientras llena su recipiente o llama a su familia, clava su mirada en la pantalla de mi computadora. Documentos en revisión, mensajes de correo, conversaciones de chat, consultas en Google o en el diccionario de la Real Academia y este mismo texto han sido inspeccionados en reiteradas ocasiones por sus insistentes ojos. ¿Cómo voy, así, a cumplir a cabalidad la obligación que señalaran don Alí o el viejo Bioy?
Cuando Oliverio, el protagonista de la segunda parte de El lado oscuro del corazón, la película de Subiela, afirma: “Yo tengo un oficio: soy poeta”, su mujer, que le ha estado buscando trabajo en los anuncios clasificados del periódico, le responde contundente: “¿Qué oficio es ser poeta? ¿Dónde dice aquí: Se busca poeta, buena remuneración?”
“¿A qué te dedicas”, me preguntó en cierta ocasión un vecino. “Soy poeta”, respondí. “Ajá —insistió—, eso haces en tu tiempo libre… pero ¿en qué trabajas?, ¿cuál es tu oficio?” Y aun siendo Cuba el escenario de esta anécdota, lugar donde todavía se respeta un poco a los poetas y a la literatura, el individuo en cuestión no hubiera quedado satisfecho si le respondía: “Oficio: poeta”.

martes, 27 de noviembre de 2007

Asesinos del mundo




Ay de estos días terribles,
asesinos del mundo.
Silvio Rodríguez


Cuenta una romántica canción ranchera que un charrito montaperros encuentra a su amigo lloriqueando y, presuponiendo que esos dolores se los causa alguna decepción amorosa, le sugiere que para vengar las injurias que “esos seres” les inflingen a los pobrecitos y sufridos machines, se consiga una pistola o una daga y se vuelva asesino de mujeres. Eso lo dice Alejandro Fernández con un sentimiento tan lastimero, que la mitad de las damas que lo escuchan, hijas del maltrato, en vez de la furia instantánea que me posee en cuanto la oigo, seguramente darían lo que fuera por consolar al Potrillo y a su amigo el chillón.
Me indigna la cancioncita porque en este país —y en este planeta— la violencia, doméstica y social, es una realidad de todos los días, especialmente la ejercida en contra de las mujeres y los niños. Sólo en un contexto así puede este tipejo, tan enfundadito en su traje vernáculo, hacer tal proposición y que sea celebrada en las cantinas y en las alcobas como si fuera lo más normal.
Y es que en la historia humana —al menos en la del patriarcado que, viéndolo fríamente, es toda la historia registrada—, la violencia ha sido tan constante y sistemática que pareciera natural. Incluso a mí —que aquí me tienen despotricando contra el Potrillo—, me gustan mucho más los asesinos que las muchachas románticas. Y prefiero a los despiadados, que a los que se demoran dando inútiles explicaciones interminables para dar tiempo a que llegue el detective.
A eso nos acostumbran el cine, la literatura, los noticiarios. Y aunque la mayor parte de nosotros jamás vaya a encontrarse con uno de verdad —¡gracias a Dios!, diría mi abuela Cristina—, nuestras vidas están colmadas de asesinos. De tal modo, lo que en la realidad es inaceptable, se convierte en material de fábula y entretenimiento gracias a la magia del arte y la televisión, gracias a las mentes asesinas de sus creadores y a las mentes asesinas de nosotros, los consumidores.
Y así, nos fascina la destreza de Jack el Destripador, el excelente apetito de Hannibal Lecter, la sangre fría de los personajes de Tarantino (Travolta y Jackson en Pulp Fiction, la Thurman y pandillas en Kill Bill), el ingenio y la creatividad del John Smith de Seven, las idioteces de Freddie Krueger y Jason, los criminales bichos intergalácticos de Alien o Especies, los anormales de Scream y sus parodias, la encantadora y macabra muchachita interpretada por Kate Winslet en Criaturas celestiales, la sensualidad latina de Rosario Tijeras y la sanguinaria locura del Pitt de Kalifornia. Ese Pitt que sí es asesino de mujeres comprobado y confirmado: dejó muerta a la Paltrow cuando se fue con la Aniston, y a la Aniston cuando prefirió a la jugosa Mrs. Smith, o sea, la bembona Angelina. Y es el preferido number one de las damas del orbe. ¡Hiiiijas del maltrato!
En la realidad, en estos días terribles, también pululan. Ahí tiene a los serial killers a la azteca: la Mataviejitos, una ex luchadora de Triple A que se hacía pasar por enfermera antes de aplicarles la quebradora a los ancianos y robarles sus cositas; el Mochaorejas, que no es necesario decirles cuál era su pasatiempo favorito y, más recientemente, el Poeta Caníbal, bardo, dramaturgo, periodista y cheff… todo un artista posmoderno, que desplegaba esas aptitudes para convencer a sus víctimas en los días previos a devorarlas frititas y con limón.
Y si no le bastara con éstos, ahí tiene a los proyectistas de la segunda línea del metrobús de la ciudad de México, que acaban de liquidar toda lógica vial en el Eje 4 Sur Xola; a Mario Aburto, que en 1993 se despachó al candidato presidencial Luis Donaldo Colosio en medio de un acto de campaña, a la vista de todos; al chinito malmodiento que limpió aquel tecnológico gringo hace unos meses; a los guaruras que le metieron el plomazo al ingeniero Belmar en pleno viaducto y hora pico sólo por interponerse entre su carro y el de su boss; al aún desconocido que dejó como colador al conductor televisivo Paco Stanley; a los capos, gatilleros y reinas de los narcocarteles, encomendados píamente al santo Valverde; a los cómicos de la televisión, asesinos del humor; a Juanes y Arjona, homicidas de canciones; a los presidentes y los soldados gringos; a Bin Laden y los rebeldes de cualquier latitud. Y para no pensar en ellos… ¡nos vamos al cine!
Yo no me quedo atrás, lo confieso. Aunque hace unos días, cuando trataba de darle cran a una de esas hermosas mariposas brujas —tataguas se les llamaba en Santiago— le pedí disculpas antes de echarle medio pomo de flit y propinarle dos caritativos escobazos —“Perdóname, vieja”, le dije, “ya sabes que así es esta mugrosa vida… ya te vengarás tú con tus maldiciones”—, he escrito un poema titulado “Las asesinas de la calle del Carmen”, cuyas protagonistas, dos encantadoras jovencitas, se meriendan al niño, a la muchacha de los lentes de botella, al vendedor de enciclopedias y a ellas mismas, una a la otra y la otra a la una.
Y aunque la Villamar dice —no sé de dónde lo saca— que en mi literatura pululan los suicidas, realmente se multiplican los asesinos, encabezados por la mosquita muerta de Mar, que quién hubiera imaginado… (“Un puñado de cenizas”, Con la boca abierta, Madrid, Odisea, 2006). Otros se han de encontrar en los próximos libros, que los dejarán igual de helados y patidifusos.
¿Quieren leer un fragmentito de “Las asesinas…”? Ahí les va, en exclusiva internacional:


Tal para cual
como dos adolescentes entusiastas
salían en las noches.
Nada existía alrededor
más que ellas mismas y su reloj de hambre.
Levantaron la casa en el centro del barrio
y los dedos señalaban
allí viven las brujas
allí
en sus aquelarres
devoraron al niño
a la muchacha
al vendedor de enciclopedias.
Y ellas
tan jóvenes y hermosas
pasaban saludando a todo el vecindario
como si no supieran.
Ebria
la luna se reía entre las nubes.

martes, 20 de noviembre de 2007

Madre alquilada

Mi madre y yo ayer

A Ena y Anielka, con todo mi cariño

Ahí tienen a Istria, mi madre, ayer, recién llegadita de la isla. Por fin, después de un año entero de trámites. Un año, sí… no es exageración. En el taxi, camino a casa, dijo que le parecía mentira estar aquí después de tantas dificultades y obstáculos; que a veces llegó a pensar que sería imposible lograrlo. Y es que salir de Cuba es un via crucis, aun cuando sea por poco tiempo.
El que puede, claro está; el que tiene la oportunidad de que alguien lo invite desde el extranjero y sufrague todos los gastos que ello implica. Porque sin adentrarnos siquiera en el arduo asunto del poder adquisitivo, el cubano común no puede decidir dar un viaje internacional, aunque tuviera la oportunidad de guardar un dinerito para hacerlo. Ni ir a una agencia para cotizar paquetes turísticos o boletos aéreos. Ni presentarse a una embajada a solicitar una visa. Para eso hacen falta miles de artilugios y permisos de toda índole, y luego aprestarse a recorrer un laberinto burocrático barroco e inmisericorde.
Porque como todo lo que habita y existe dentro de los límites de la isla y archipiélago adyacente forma parte del inventario nacional —o sea, es propiedad del Estado socialista de obreros y campesinos—, ningún artículo puede ser extraído del país sin antes haber dado conveniente aviso, solicitado y recibido la debida autorización y pagado el arancel correspondiente. De modo que mi madre —como todo el que pretende salir de Cuba por vías legales— debió presentarse en la oficina de Migración y pedir un permiso de salida por el que pagó 150 CUC (esa moneda inventada de la que ya hemos hablado).
Antes, mucho antes, a mediados de noviembre del año pasado, tuve que presentar ante el consulado cubano en México una declaración jurada —acompañada de 1,800 pesos mexicanos— en la que aseguraba —y demostraba ampliamente con documentos probatorios— que ella es mi madre y que quería invitarla en calidad de turista a pasar unos meses conmigo. Documento absolutamente imprescindible: nadie puede salir de Cuba sin una carta de invitación. Al mismo tiempo, como la cubana es una nacionalidad restringida en México, solicité ante el Instituto Nacional de Migración (Inami) —también con miles de documentos que acreditaran parentesco y solvencia económica— un permiso de internación con el que ella pudiera presentarse al consulado mexicano en La Habana y buscar su visa, siempre y cuando desembolsara sus correspondientes 33 CUC.
Les ahorro el trance de cuando en el Inami se dieron cuenta de que el nombre de mi madre aparece con “I” en unos documentos y con “Y” en otros. Les ahorro el trasiego y el inútil despeluque monetario de un notario a otro, incluido el de la embajada cubana, por supuesto. Sólo les digo que tuve que cancelar el trámite mientras esperaba —cinco meses— a que en Cuba pudieran expedir y legalizar una nueva acta de nacimiento en la cual, para colmo, pusieron OdetteAlonso sin espacio y los del Inami no querían aceptarla, porque de nuevo no coincidía el nombre —ahora el mío— con los otros documentos.
¿Eso le parece ridículo e increíble? Espérese a oír lo siguiente: el permiso de salida de Cuba autoriza a ausentarse del territorio nacional por treinta días, prorrogables a once meses. Pero los 150 CUC sólo amparan los treinta primeros días; a partir del segundo mes, hay que pagar al consulado cubano 12 pesos por cada día que la persona permanezca fuera. Dígame si eso no se llama en perfecto cristiano pagar un alquiler. Y como a todo tienen que sacarle ventaja, aunque esa tarifa es originalmente de un dólar y el equivalente al susodicho son 11 pesos mexicanos, Cuba cobra 12 pesos. Pa’ redondear, digo… por si acaso.
Este proceso se complica y se encarece cuando la persona viaja con categoría superior a la de turista o emigra definitivamente. Un amigo —cuyo nombre ni mencionaré, porque con Cuba uno nunca sabe dónde está el peligro—, invitó a su madre como dependiente económica por los susodichos once meses. El Inami fijó un pago de dos mil y pico de pesos mexicanos, que debía hacerse en la embajada en La Habana. Pero como en La Habana la moneda “oficial” para este tipo de trámites es el tal CUC, y ése es más caro que la moneda azteca, mi amigo tuvo que mandar más de tres mil pesos para cubrir las maquiavélicas equivalencias y conversiones.
Si la salida fuera definitiva, el costo sería mucho mayor, porque si el ciudadano cubano que se va es el dueño de la casa —como sería el caso de mi madre, por ejemplo—, tendría que entregarla al Estado revolucionario de obreros y campesinos sin importar que fuera propiedad de su familia desde el tiempo de la Colonia. La casa y todo lo que contuviera, porque los funcionarios del gobierno irían a hacer inventario y confiscación de lo que encontraran, desde una aguja de coser hasta los aparatos electrodomésticos.
De modo que no me quejo demasiado: la vieja está aquí finalmente. Recapitulando —¡qué costumbre tan fea estar haciendo cuentas!—:



Carta de invitación: 1,800 pesos mexicanos
Trámites ante notarios: no quiero acordarme
Visa: 33 CUC
Permiso de salida de Cuba: 150 CUC
Boleto en Mexicana: 7,300 pesos mexicanos
Gasolina para llegar a Rancho Boyeros: 15 CUC
Impuesto de aeropuerto: 25 CUC
Renta por día: 936 pesos mexicanos


Verla feliz, hablando sin parar,
mirar con nostalgia los Santa Claus del mall pensando en el nieto,
comerse su sanwichito cuando le venga en ganas,
saborear sus chocolates
y pasearse por los quinicientos canales insulsos de la tele:
¡no tiene precio!


Para todo lo demás existe Master Card.


(A los fanáticos de las conversiones: un CUC es poco más que un dólar, poco menos que un euro... ¿No me cree?... ¡No me crea, pero el CUC es la moneda más fuerte del planeta Tierra!)

martes, 13 de noviembre de 2007

El espíritu de la Navidad


El sábado el escándalo era inusual en esta ciudad de por sí bulliciosa. El camión del agua sonaba como si los garrafones fueran de hierro; en los televisores Chávez interrumpía a Zapatero y el rey Juan Carlos lo mandaba callar; los niños chillaban por doquier, los padres hablaban alto, Juanes enumeraba las razones que lo enamoran y en los altavoces de Gigante, la muchacha de la voz tipluda anunciaba las ofertas con singular galillo. La gente arrastraba los carritos con un ímpetu entusiasta que apenas daba tiempo de apartarse y los demostradores de productos la emprendían para arriba de los clientes con sus bandejas repletas de vasitos y unas sonrisas amenazantes. “O esta gripe me tiene muy sensible o algo raro está pasando”, me decía extrañada y la respuesta fue haciéndose oír a modo de un tintineo que subía de volumen a cada campanada: ¡Ha llegado la Navidad!
Para ser justa, tiene semanas que llegó. Mucho antes de que las brujas emprendieran su vuelo de aquelarre hacia la convención anual en Salem y de que los difuntos vinieran de visita y se regresaran resignados a su morada eterna, las tiendas departamentales y los supermercados se llenaron de un día para otro de esferas, guirnaldas, series de luces, listones dorados y plateados, abetos plásticos, ramos de muérdago, nacimientos artesanales o minimalistas y toda suerte de ridículos adornitos multicolores.
Ya Marisa le regaló a Orlando una bota del gordo de los renos; Dora y Víctor están planeando hacer frutcakes para regalar; la vecina de los altos colgó su Santa Claus polvoso y la de abajo la nochebuena de fieltro, cubriendo onerosamente sendas calcomanías de “Mi presidente se llama Obrador”; Fabi tiene contaditos no sólo los días que le restan al año laboral, sino también los que faltan para Semana Santa, y ya Elsa debe haber encargado las latas de galletas —más grandes o más chiquitas dependiendo de la jerarquía del destinatario— que nos obsequia cada año en víspera de vacaciones.
¡Ha llegado la Navidad! Todo es paz y amor. En cualquier momento empezarán los villancicos que nos recuerdan, año con año, no la alegría del nacimiento del Salvador, sino la verdadera causa por la cual se dejó clavar tan mansamente: debió estar harto de que le taladraran los tímpanos con esa musiquita demoníaca que pretendiendo narrar lo que le pasó a la Marimorena en el portal de Belén —que no era portal sino vil establo— y festejar cómo beben los peces en el río campana sobre campana, realmente tiene como único objetivo enajenar a los oyentes para que compren sin límite, traguen como barriles sin fondo, beban y beban y vuelvan a beber como las acuáticas criaturas ya referidas, y no despierten de ese frenesí hasta que el año nuevo los deje completamente desplumados ante lo que en México se llama cuesta de enero.
Y me quedo pensando que casi tres décadas viví sin Navidad. Mi único recuerdo de esa época en Cuba es adornando un pino natural junto a mi tía Noris; Piri e Isel casi recién nacidas. Es una imagen muy difusa, tal vez retomada inconscientemente de alguna vieja fotografía más que del laberinto de la mente. Era el año 67, 68 tal vez. Después, nunca más volvió a desempolvarse la caja de las esferas —bolas se dice allá—. La Natividad, los Reyes Magos, la Semana Santa… todos fueron desterrados de la vida cubana hasta que llegaron los turistas en los últimos noventa, con sus bolsillitos llenos de dólares, a celebrar en la cálida isla el descanso de fin de año y entonces, con todo y arbolito, resucitó muy convenientemente la Navidad, como el Ungido al tercer día.
Así, nos ahorraron treinta años de regalos y felicitaciones y nos desacostumbraron de musiquitas y lucecitas alegóricas, brindis con sidra y olor a manzanas maduras. Y de paso nos evitaron matinés interminables de “Mi pobre angelito” y “Milagro en quién sabe qué calle”, estampas piadosas de la vida de Jesús y cuentos lacrimógenos del Canal de las Estrellas. ¡Eso sí que fue favor!
La costumbre que no perdimos en Santiago fue reunirnos los últimos minutos de un año y los primeros del otro en el parque Céspedes, centro de la ciudad. Generalmente había allí un espectáculo musical de esos inmetibles, pero justo después de las campanadas de la catedral y antes de los fuegos artificiales, mientras se oía el himno nacional, una bandera enorme era izada en el edificio del Ayuntamiento. Atendiendo a la tradición, según como fuera elevándose, sería el año: si ondeaba, nos sonreiría un poquito la suerte; si subía achurrada, la cosa estaría pa’ los leones. Incluso luego de irnos a La Habana o más lejos —los que nos fuimos—, seguimos en vilo hasta que llamamos a preguntar cómo sube la bandera, cual si la susodicha superchería tuviera alcance extraterritorial.
Pero bueno, como esto ya se va alejando del tema y no quiero anónimos en los comentarios mentándome la madre o diciendo que qué amargada estoy, aquí me callo. Y mientras espero que la antena de Televisa Chapultepec se forre de bailarines bombillitos de colores que se vean desde toda la ciudad, que los árboles de Reforma se vistan de luces y empiece la Navidad Coca Cola, se despide de ustedes con saludos revolucionarios,
su amiga El Grinch


Y ojo, ¡que es martes 13! Ni te cases, ni te embarques, ni de tu casa te apartes.

martes, 6 de noviembre de 2007

Sentados en la escalera

11 de agosto de 1990


1 de julio de 1989


Cual si todo conspirara para que volviéramos allí —como Jack Dawson y Rose al Titanic—, hace un par de semanas Eduardo León de la Hoz me mandó desde Nueva York esa foto del 1 de julio de 1989. Días después estuve en la página (aquí) donde Nicolás, Inés María y Alfredo Quintana —¿por qué nunca hemos podido llamarle Freddy aunque él insista en firmar así?— recordaban aquella época de finales de los ochenta, en la que un grupo de jóvenes santiagueros —intelectuales, artistas, diletantes, faranduleros y fauna que les rodeaba— empezamos a darnos cita cada noche en la escalera del Museo del Carnaval, ubicado en la esquina de Heredia y Carnicería.
Hace como un año, un joven estudiante de periodismo de la Universidad de Oriente quién sabe por qué razón empezó a mostrar interés por recuperar la historia de La Escalera. “¿Por qué se reunían allí?”, me preguntó entonces. No sé, todavía no lo sé; supongo que por privacidad, por tener un lugar nuestro. Porque la casona de la UNEAC, que está enfrente, era de los otros, de los miembros de la UNEAC, y aunque en aquellos balances nos sentábamos a conversar o a tomarnos un trago de La Jutía Conga —el bar instalado en el patio de la casa—, no sentíamos que perteneciéramos allí.
Visto con la perspectiva que dan los años y la distancia geográfica, creo que hacer de la intemperie nuestra sede, sin más protección que las paredes laterales de una escalinata, era símbolo de esa libertad que anhelábamos, de ese desapego o desconfianza en las instituciones tradicionales que nos hizo alejarnos del patio de la UNEAC, incluso del Parque del Ajedrez o La Isabelica, para acomodarnos sobre aquel piso duro y frío pero nuestro. Era un poco la marca de los tiempos: “Mírennos —parecíamos decir, arrogantes, los que no teníamos nada que ocultar o no queríamos hacerlo—, somos los nuevos, la generación de los ochenta”.
Sospecho que el único que sabe exactamente cuándo fue la primera vez que se sentó allí es León Estrada (el de la crecida barba en las fotos), que siempre fue el dueño de La Escalera, el jefe de destacamento. Mi primer recuerdo allí —y no estoy segura de que haya sido la primera vez— fue una noche del otro lado de la escalera —que es de dos alas—, en plena oscuridad, solos él y yo, cuando me enseñó el manuscrito de su revista Tomacorriente. Manuscrito en el más literal sentido de la palabra, porque el único ejemplar era una hoja tamaño oficio doblada a la mitad, escrita, diseñada e ilustrada de su puño y letra, que circuló de mano en mano entre un selecto, y supuestamente discreto, grupo de amigos. Tiempo después nos darían un suplemento mensual en el suplemento cultural Perfil de Santiago, para que acogiéramos en él las propuestas artísticas de los jóvenes creadores santiagueros miembros de la Asociación “Hermanos Saíz”. Como quien dice, para que no anduviéramos haciendo pasquines clandestinos.
La Escalera no era un sitio para debates intelectuales ni teorizaciones, aunque eventualmente los había. No era un taller literario ni un círculo de estudio ni una célula de conspiradores (como algunos acusaron entonces). No mediaba citación ni tenía horarios establecidos. Allí nos sentábamos los amigos a tomar ron y a conversar. Como si fuera un parque, la sala de una casa. Había intrigas, broncas, enamoramientos y desamores, amistades y enemistades que la mayor parte de las veces no tenían que ver con la literatura ni el arte. Ni tampoco con la política, un aspecto en el que generalmente todos coincidíamos.
Evoco un amasijo de noches en el que no puedo identificar unas de otras; un amasijo de amigos, de amores, de sentimientos encontrados. Miles de recuerdos fragmentados como en un nebuloso rompecabezas. Nicolás cantando “Déjate amar” o la “Historia de una santiaguera en La Habana”; Teresa leyendo “Otros les afilan las navajas” justo en aquellos días en que un delincuente la asaltó en plena calle Aguilera frente a la emisora CMKC y le asestó un navajazo en la cabeza; Sergio y Nitza, Jackson, los Poveda, Daniel Almenares, Noelito, Alfredo y Evelyn, Mirna Figueredo, Marcial Escudero, Bárbaro Miyares y Arzuaga, las Arrate, y Marta y yo alejándonos por el callejón de Carnicería la noche en que comprendí por qué los viejos no querían —ni podían— arriesgar lo ganado.
Allí, sentado en los escalones superiores, junto al barandal, veo a Pardo profetizando en una mano los cambios que no tardaron en llegar; a Elizabeth, la directora del coro del conservatorio, con Gustavo Corrales y otra niña muy linda y muy niña cuyo nombre no he podido recordar —¡los años no pasan en vano!—; a la gente del Cabildo Teatral Santiago: Saskia y Ana María, Mercedes, Larduet, Bertot y Dagmara, que era entonces una mulata espléndida y me han dicho que lo sigue siendo allá en Madrid. Y Aquiles y Gaby Soler, y Pequeño, Cos Cause y Jorge Luis alguna noche, y los amigos que llegaban de La Habana o de otras provincias, y los que venían de más lejos, como el novio marinero de Teresa o nuestra hermana mexicana Adriana Naveda y Chávez de Hita.
En el 89 me fui a La Habana, pero cuando regresaba de vacaciones, a visitar a mi madre, La Escalera era punto seguro adonde encontrarnos con los amigos viejos y los que se unieron después. Allí fuimos a recalar, desencajadas, la noche en que un orangután que parecía primo de Esteban Lazo —el entonces secretario del Partido en la provincia—, bajó de un Lada con placas particulares, empujó a Orlando contra la pared en la esquina de San Félix y Aguilera, y lo acusó de jinetear a esas extranjeras, nada más y nada menos que Darsi y yo. Al decirle que éramos cubanas, incrédulo y encabronado nos pidió el carné de identidad y vio en él la dirección de la capital. “¿Y si son de La Habana qué hacen aquí?” nos gritó, como si eso fuera delito. Cuando les íbamos a dar el número de placas, los amigos de La Escalera lo corearon: 9041 (¿era ése?). A todos los había acosado el policía secreto camuflado en el carro particular. Bien cuenta Inés María que cuando llegaba la patrulla, en aquellos tiempos de asustar y de hostigar, sacaban el carné antes de que se los pidieran, para agilizarles el trabajo a los agentes.
No estamos todos en las fotos, ni siquiera la mitad de los que éramos entonces. Ahora, casi dos décadas después, muchos ya no viven en Santiago, otros tantos estamos fuera de Cuba. Pero allí seguimos —estoy segura— como en espíritu, impregnados en esas paredes de un verde sucio, en esos escalones desgastados. León tenía razón: ese tiempo también sería la historia. Por eso lo recordamos independientemente de la tierra en la que nos hayamos asentado. Muchos de los que oímos en La Escalera “El tiempo de los fieles”, ese poema paradigmático de León, seguimos siéndolo —a él, a los amigos, a nosotros mismos y a estas memorias— aunque las mareas nos alejaran en los mapas. O al menos lo hayan pretendido. Porque cuando me encuentro con Nicolás en Barcelona, cuando Teresa se queda en mi casa o nos juntamos en cualquier latitud del planeta, cuando hablo con León desde La Habana riéndonos como si hubiera sido ayer y Nitza va a visitarme a casa de mi madre, cuando me hablan de Bárbaro en Valencia, de Lilita en Londres o de Saskia en Madrid, cuando esas fotos que ven ustedes allá arriba van de correo en correo despertando recuerdos… de algún modo seguimos todos allí, sentados en La Escalera.

martes, 30 de octubre de 2007

Aeropuertos


Me gustan los aviones, me gustas tú…
Manu Chao

…soñando con el pie en la escalerilla.
Yo, en “Candela como el macao”


Me encantan los aeropuertos. Hay, en medio de las muchedumbres que los recorren y los constantes anuncios de los altavoces, espacios de libertad, de autoconfort, donde encuentro soledad y silencio interior para mi alma. Inquietudes paso, no lo niego. Formada en la cola de documentar, siempre me carcome el temorcillo, sembrado en el fondo de mi ser, de que haya algún inconveniente: que no esté confirmada la reservación, que esté mal mi visa, que se acaben los asientos, que la maleta pese más de lo que deba… Y suelo recordarme en la sala de vuelos internacionales de Rancho Boyeros —el aeropuerto de La Habana— el 10 de febrero de 1992, con veinte dólares metidos en el zapato —¡mi única fortuna… e ilegal! (portar dólares todavía era penado por ley)—, con el sobresalto de que en cualquier momento nos dirían que no podíamos abordar. Agustín y yo no queríamos respirar fuerte para pasar inadvertidos, ni pensar… no fuera a ser que alguien nos leyera la mente.
Superada esa inquietud viene la otra: esconder el cortaúñas. Quienes me conocen, saben de la espantosa manía. ¿En la maleta de abajo?, ¿en un resquicio de la bolsa?, ¡en el bolsillo no!... que me acusarán de amenazar al piloto con mocharle las pestañas —chac chac chac— en un intento de secuestro para quedarme en el aire para siempre.
Pero del otro lado del aparato de rayos equis, respiro profundo y ya soy robinsona entre desconocidos que pasan apurados y tenderas que sonríen a lo lejos, invitándome a cruzar el umbral de alguna librería donde suelo tener la calma que no tengo en el ritmo alucinante de una ciudad donde no quedan tiempo ni ánimo para ir a ningún lado. En las librerías de los aeropuertos me entero de las novedades editoriales, puedo asombrarme con los precios —¡qué recaros están los libros dondequiera!—, acariciar las páginas del tomo, leer las primeras oraciones y dejarme transportar adonde quiera el autor llevarme.
Y como ahora hay que esperar una eternidad, a veces más tiempo del que duran los vuelos, después de las consabidas compras de cremas caras, perfumes tax free y recuerditos autóctonos a precios de oro, todavía tengo tiempo de anotar en mi libreta versos como éstos:

Compro baratijas para ti
en los aeropuertos
muñequitas de folclor
tazas de letras
cántaros pequeños y vacíos
que llenaré de luz
para echarla en tus manos
y que así me acaricies
luminosa
espléndida invención de tus dedos
mi cuerpo.


Y si disfruto las terminales, no quiero decirles los aviones… Los miro pasar desde la ventana de mi casa y corro, desde donde esté, dejando lo que estuviera haciendo, cuando escucho, como canto de sirenas, la turbina de uno enorme, como esos Jumbo de Lufthansa o KLM. Y sé perfectamente los horarios en los que sobrevuelan la ciudad de México, a punto de aterrizar. Lo único que odio de esos gigantes son los asientos del medio en las filas de tres. A quién se le ocurre que puede uno comer —¡empuñando tenedor y cuchillo!— con las manos apretadas al ancho del cuerpo o tratar de dormir apuntalada por los codos de ambos vecinos, que se disputan con malsana fruición el descansabrazos.
Pero una ventanilla es el lugar más cercano a la Gloria —así, con mayúscula—. Desde ellas observo, con asombro de niña, todas las maniobras del despegue y del aterrizaje, esa inigualable postal que es la vista del Popocatépetl y el Iztaccíhuatl nevados o la enormidad sin horizontes de la ciudad de México, las caprichosas formas que hacen las nubes blanquísimas sobre el tope del cielo, la maqueta del mundo que se ve desde arriba, la sombra diminuta del avión sobre los campos o el mar, el humito que sale de las llantas cuando tocan la pista. Desde ellas me pregunto —y me respondo— qué son las turbulencias sino Dios jugando como un gato con un haz de luz.
Desde una ventanilla, en un vuelo de regreso de Nueva York, fui testigo, una tras otra, de la más impresionante y rojísima puesta de sol y de la más aterradora tormenta eléctrica. Ese día anoté:


El duende del terror
relampagueando
dibuja en la ventana la silueta de un ángel
jinete al rojo vivo sobre el azul rielado
sombra chinesca en la fragua de Vulcano.



Desde una de Air France vi la silueta de Irlanda en un amanecer de otoño, y desde otra de TACA, tocando en mi bolsillo al Elegguá viajero que siempre me acompaña, escribí de un tirón “Hija del aire”:


Hija del aire
hacia el aire voy
en el aire sostengo las palabras
con alfileres invisibles
con cintas de papel
que el aire desperdiga.
Encima de las nubes
danzo
como un corcel sin riendas
libre al fin.



Nada en la tierra se le compara: lo que veo desde arriba es lo mismo que ve Dios. Su mirada en la mía. Un momento Kodak de la Divinidad.

martes, 23 de octubre de 2007

Yegua y qué


¡Niurka Marcos está escribiendo un libro! Bien decía aquél —o al menos se le atribuyó— que las putas cubanas eran las más cultas del universo. Un libro autobiográfico, uno de cuyos capítulos se titula “Sí, yegua y qué”… ya podrá usted hacerse una ligera idea. Como dice mi prima Astrid recordando sus tiempos en Jamaica, donde los negros son lores ingleses: Low class, man, low class.
Para quienes no la conozcan, Niurka Marcos es una ex bailarina del cabaret del Riviera que tuvo amores con Héctor Téllez —chisme al margen— y en la gran huida de principios de los noventa vino a recalar en la península de Yucatán donde, haciendo lo que sabe hacer —o sea, bailar en los cabaretes y lo que de ello se derivare—, conoció a un productor de Televisa que la trajo a la capital y la convirtió en vedette.
Desde entonces, Niurka ha sido un fenómeno mediático sin fin ni receso, un genio del marketing: cuando va menguando un escándalo, empieza el siguiente y cuando abre esa boquita, lo que echa por ella es de padre y muy señor mío. Esas desinhibiciones lingüísticas en mexicano y en cubano, encueraciones de toda índole y explicaciones pormenorizadas de cómo se hacía el amor ella solita cuando su marido parecía más interesado en el noticiero de López Dóriga, o de cómo le rascaba los huevitos (sic) al siguiente marido con esas uñas de gavilán que puede verle usted en la foto, o cómo el marido de ahora —un mulato cubano sin oficio ni beneficio— le “llena el tanque por delante y por detrás” (también sic), han sido algunas de las revelaciones que dejan a la audiencia mexicana con palpitaciones.
Pero Niurka no tiene culpa de ser como es: una de las herencias más constatables y detestables que dejará el último medio siglo al pueblo cubano es la vulgaridad. En contraste con la idea mundialmente generalizada de su elevado nivel de instrucción educativa, en el ámbito doméstico y social la bastedad es un cáncer en fase terminal que carcome sin descanso y deja marca.
En la Cuba entusiasta de los sesenta y setenta —época en la que Niurka y yo éramos niñas y luego adolescentes—, el que no dijera malas palabras o gesticulara como orangután poseído era señalado inmediatamente como burgués. En cada escuela, en cada barrio, había dos bandos: los burgueses y los revolucionarios. Vale decir que los burgueses de verdad hacía rato se habían ido a Miami; a quienes se llamaba así solía ser a personas bien comportadas, como diría mi abuela Cristina: decentes y educadas. La turba arremetía contra ellos convirtiéndolos en objetos de burlas, bromas pesadas y hasta actos de saña. Recuerdo todavía con terror a una jabá de ojos verdes —cuyo nombre no mencionaré— que martirizaba con lujo de sadismo a todos aquellos a los que consideraba débiles. De tal suerte, incorporar los modos y costumbres de personas como ella, líderes de pandillas, era un acto de sobrevivencia social.
Así, la pinga y los cojones empezaron a llenar las bocas de las muchachas y muchachos de la isla. Y no sólo en sentido figurado: practicar el sexo desprejuiciadamente y comentar los detalles sin inhibiciones fueron características distintivas de ese fenotipo bravucón del hombre nuevo, a prueba de imperialismo y mariconería ñoña. La que no tuviera un novio —o dos— y no se acostara con él era burguesa y además comemierda. De los varones, ni hablar… Por eso cuando llegaron los extranjeros con sus bolsillitos llenos de dólares, el jineterismo fue una avalancha natural e incontrolable. Ya estábamos entrenados.
Si los cubanos somos de por sí rezongones y respondones, eso se exacerbó. Hordas de hombres sin camisa y mujeres con diminutos atuendos de tela elástica que muy poco dejan a la imaginación recorren gritando las calles de la isla. Si usted los escucha y los ve manotear, le parecerá que están a punto de liarse a golpes, pero no: conversan tranquilamente. Ése es el tono y ésos son los gestos con que se habla en Cuba. Y hasta los más connotados académicos, investigadores, intelectuales y artistas suelen saludar diciendo “qué bolá, asere” (un equivalente de “qué transa, güey” en México o “passa, tron” en España) a altísimos decibeles y nasalizando.
A estas alturas, que usted diga “qué bolá, asere” no lo hace vulgar aunque en su origen esa frase lo fuera; ése es el saludo cotidiano del cubano. A tal punto interiorizado, que cuando les preguntaba a mis amigos los equivalentes en otras partes del mundo, me decían casi “buenos días, cómo estás”. De igual modo, con toda naturalidad, Piri dice comepinga como decir “qué lindas flores” y la hermana de una amiga, para expresar sus disgustos o como muletilla común, grita: morrongón. Normal. Qué tiene eso de raro, morrongón. ¡Qué comepinga eres si te parece vulgar!
Y la cosa no se limita a la altisonancia de los términos, el volumen o la gesticulación. Como buen bailador que es el cubano, los movimientos sexuales más explícitos y exagerados —¿exagerados los cubanos?— se integraron a las danzas populares. Así llenan las plazas públicas o las fiestas privadas meneándose como lombrices contorsionistas reggaetoneras. “¡Qué tiempos aquellos del danzón!”, diría mi abuelo Peruchín. “¡Qué manera es ésa de moverse una muchacha decente!”, protestaría mi abuela Cristina. Pero la decencia, ese término burgués, se fue diluyendo en el camino del todos somos iguales. Personas decentes hay, por supuesto, amigos tengo allá que lo son, pero la inercia elemental, la costumbre cotidiana, les hará saludar diciendo “qué bolá, asere” —sólo por recurrir al mismo ejemplo—, como lo hacía yo entonces, como siguen haciéndolo muchos de los que viven fuera de la isla.
Desde los cinco años nos enseñaron que cuando un compañero de escuela nos dijera: me cago en el coño de tu madre, uno debía responder: me cago en el coño de la tuya. Y como un buen cubano jamás puede quedarse dado (eso sería una muestra de blandenguería burguesa), el compañerito tendría que respondernos: el recoño de la tuya; y uno, entonces: el reconcoño de la tuya. Y él: el recontracoño de la tuya; y uno: el recontrarreconcoño de la tuya… y así hasta el infinito, hasta que sonora el timbre del recreo o hasta que una maestra llegara a regañarlos.
Entonces, no se asombre de que Niurka Marcos no cierre esa boquita sucia que Dios le dio y que ahora, además, lo perpetúe por escrito para que el viento no se lleve sus finísimas palabras. Ésos son los hijos de la revolución. También yo, es cierto; pero —¡oh fracaso de la educación socialista!— no todos somos iguales. Cuando me fui de Cuba, entre las cosas de las que me alegró alejarme fue de esa vulgaridad cabalgante y generalizada, mientras algunos de mis compatriotas —como Niurka— la instauran, la presumen y la ostentan como si fuera una identidad —y acaso lo es— en cualquier lugar donde se asienten.

martes, 16 de octubre de 2007

Allá tú con tu condena


Estoy parada frente al escaparate de los champuses —perdón, champúes— en la más absoluta desorientación. Como en medio de un desierto, sin poder decidir el siguiente paso. Y no por falta de nociones, sino por exceso de ellas. Quiero un champú con el que lavarme la cabeza despreocupadamente, tranquila bajo el agüita, cerrando los ojos y abriendo la boca para que la espuma no me asfixie, pero frente a mí tengo una infinita colección de botellitas y botellones de todos los colores, formas y marcas.
Y esa variedad sería lo de menos, si dentro de cada uno de esos grupos no hubiera incontables posibilidades. Para cabello lacio, rizo, teñido, dañado, opaco, reseco, rebelde, horquetillado. Para calvas y para peludas, para casposas y para grasientas. Divididos por adjetivados tonos: dorados soleados, rojos ardientes, chocolates pasión. Adicionados con proteína de perla, extractos de frutas, omega, ceramidas, silicona, keratina, aminos, filtros UV, aceite de oliva y hasta grumos de placenta.
Tendré que inscribirme a un doctorado en cabellología para poder determinar cuál es mi tipo de pelo o qué debe hacer quien tiene, a la vez, rizos, orzuelas y un poquito de caspa. ¡Pero si sólo quiero un champú normal, de preferencia 2 en 1 para no tener que embadurnarme dos veces! Pues no… tengo delante la misma cantidad y variopinta selección de acondicionadores, tratamientos, cremas para peinarse y para despeinarse, espumas modeladoras, sprays y geles fijadores.
Aturdida —y un poco asustada—, decido ir mejor por la crema, en lo que mi cabeza registra y digiere tanta información. ¡Ilusa de mí! Ahí encuentro ungüentos y pomadas para epidermis seca o grasa, para borrar arrugas o celulitis, para rehidratar y para reafirmar, con reflejos dorados que te hagan parecer una morenaza de revista o si eres una morenaza, sustancias dermatológicamente probadas para ponerte blancusina en tres días, con aloe vera y con Q 10 para sacudirte mil años de encima, con lactonutrientes y colágeno, antialérgicas y antiespasmódicas.
Y al ladito, los desodorantes: antitranspirantes, hipoalergénicos, que no manchan la ropa, que te aclaran el sope… A la vuelta las pastas para dientes sensibles, para blanquear la sonrisa y refrescar el aliento, contra la placa y la gingivitis o a favor de ellas, con saborcitos explosivos y dinámicos como golpe de karate… y flanqueándolas, unos cepillos enormes con mangos aterradores como brazo del ET —ampliamente recomendados por los odontólogos fake de la televisión—, que giran la cabeza como la niña de El exorcista, con aditamentos para raspar la lengua, desatorar la glotis, desempercudirte cada muela y darle brillo a las amalgamas, sacar la mugrita del hueco más escondido y dejarte la quijada como la de la calaca de Scream.
Girando en un caleidoscopio, presa de un principio de psicosis como la de Hitchcock, veo refrescos sin calorías, cervezas sin alcohol, cafés sin cafeína, chocolate sin azúcar, azúcar sin sacarosa, Bayles sin sabor a Bayles, quesos sin grasa, jamones sin sal, mayonesas sin aceite, galletas con poca harina y panes dietéticos. Y yogures y leches deslactosados, descremados y desgrasados para estreñidos, para flojos, para niños, para viejos, espesos, aguados, licuados, integrales, endulzados y agrios… Y en el área de enlatados, cereales y jugos, todo adicionado con vitaminas y minerales, ácido fólico y veinte mierdas que tienen a los niños como elefantes trasgénicos y a todos gordos como cerdos hidropónicos, con las grasas desbordándosenos por encima de esos horrendos pantalones a la cadera tan de moda y tan desfavorecedores… ¡y luego les echamos la culpa a las papas Sabritas y a las hamburguesas gringas!
Desesperada, me pregunto si ya no habrá —nunca más— cosas normales, estándares, para personas normales y estándares. Nada es auténtico ni original, voy rumiando para mí cuando desemboco en el pasillo de alimentos para mascotas y me doy cuenta de que tampoco se libran las pobres bestias: hay croquetas para cachorros, para perros que corren, para perros pasmaos, ancianos, huevones e inapetentes.
En esta era de la globalización, en la que supuestamente todo es tan mundial y totalizado, resulta que cada vez somos más sectoriales y específicos, cada vez más minoría. Y ya no sólo pobres, mujeres, morenos, indígenas, gordos, ancianos, homosexuales, discapacitados y extranjeros, sino también cada vez más individuales y minoritarios según la crema que nos ponemos o el refresco que tomamos.
De regreso ante el estante de los champuses —ya sé, ya sé: champúes… ¡qué champusera estoy hoy!—, pido asistencia al cielo: Ay Dios miíto, chico, anda, no seas malo, échame una luz, cuál tú crees que deba comprar… Y él, como siempre, da la espalda. Allá tú con tu condena, parece decir.

viernes, 12 de octubre de 2007

Sin patria pero sin amo




No siempre las noticias son alegres. A veces no es posible hacer festejos ni en día de festejos. Acaba de llegarme la noticia de la muerte en Miami del narrador cubano Carlos Victoria.
La muerte siempre anda cerca, aunque a veces tome caminos que finjan alejarla o la escondan de la vista por un rato. Pero en los últimos meses pareciera que “esa mujer lo que quiere es que la miren”, como diría aquel guarachero comandante. Hace sólo unas semanas murió en Santiago de Cuba el poeta Jesús Cos Causse y antes, Jorge Luis Hernández, Guillermo Vidal, Joel James… hombres a los que estuve tan cercana en Cuba, amigos a los que quise.
Hace un rato le decía a Ena que a veces no sabe uno a quién decirle: lo siento mucho. Yo no conocí personalmente a Carlos Victoria y sin embargo, siempre lo sentí como a uno de esos amigos con los que coincidíamos en las actividades culturales o en alguna fiesta, o de los que tomaban cervezas en los tiros de la Uneac; de esa gente a quienes respetamos, estimamos y admiramos, aunque sólo saludemos con un gesto de alzar las cejas, una sonrisa o un guiño.
En más de una ocasión, cuando han venido amigos de Miami y preguntan: qué te llevo, he pedido los libros de Carlos Victoria y los he leído como a los de los amigos. Como los de Jorge Luis o Guillermo. Así lo he respetado y admirado.
Hace sólo unos segundos Félix Luis Viera me dijo: “poco a poco nos vamos muriendo lejos de aquella tierra”. Y aunque un amigo me ha espetado, remedando a otros, que “ya basta de acusar de cobardía a los cubanos, que ningún pueblo de la modernidad ha conseguido sacudirse una tiranía sin ayuda exterior”, vuelvo a hacerme la misma pregunta que cuando murieron, lejos de Cuba, Celia Cruz y Jesús Díaz, Cabrera Infante y Benítez Rojo, Heberto Padilla y su hermana Marta, Gastón Baquero, Eliseo Diego y Joaquín Ordoqui, tantos otros: ¿con qué derecho un hombre, tan mortal y tan miserable como cualquier otro, puede negarle a un compatriota la posibilidad de regresar a su tierra natal, de morir en ella, y qué clase de pueblo puede permitir que durante casi cinco décadas un solo hombre decida por él su destino? ¿Qué clase de pueblo permite, tan mansamente, que sus hermanos mueran como parias por el mundo?
Descansa en paz, Carlos. Sin patria pero sin amo.

martes, 9 de octubre de 2007

Mi gran boda cubana

Carlitos Galván en los noventa
Autorretrato pre Photoshop


Una tarde del año 91, sudando la gota gorda, Carlos Galván y yo decidimos casarnos. ¡Estoy hablando en serio! (jajajá) En una mesa del patio de la Casa del Joven Creador de San Pedro y Sol, mientras planeábamos la próxima noche de BarTolo o alguna de las actividades culturales del programa mensual, nos moríamos por una cerveza fría… ¡y decidimos casarnos! A punto estuvimos de salir corriendo para el Palacio de los Matrimonios de La Habana Vieja, si no hubiera sido porque Omar llamó a una de esas reuniones eternas que le fascinan.
¿Casarse para tomar una cerveza?, se preguntarán extrañados y confusos los no cubanos. Pues sí, por esa época del recio período especial un cubano normalito y corriente sólo podía tomarse una cerveza en las bodas. Cuando la futura pareja se anotaba en la lista de matrimonios de la que les contaba hace unos días, ganaba el derecho a comprar —que nada nos regalaron nunca, no les crean a quienes eso dicen— un cake, dos o tres cajas de cerveza, un par de panes de moldes para hacer los bocaditos, un juego de ropa interior y una muda exterior para cada novio y, si estaban de suerte y había, una caja de jabones de olor, un desodorante o un talco, tal vez un perfumito o un juego de sábanas. Y en los mejores tiempos, hasta una semanita de luna de miel en algún destino turístico nacional y para nacionales. Nada de eso podía comprarse en otra tienda que no fuera la destinada única y exclusivamente para surtir a los futuros matrimonios.
Claro, que esto podía tener algunas variantes si los enamorados tenían dólares, euros, yenes o la moneda inventada de turno, ese montón de papelitos de colores fotocopiados que antes se apodaban chavitos y ahora se llaman ceucés (CUC), a veces equivalentes con las extranjeras y a veces —como hoy—, las más fuertes de todo el universo. Porque en el país más equitativo del mundo, donde todos somos iguales, hace poco más de una década circulan, cuando menos, dos monedas de curso legal —el peso cubano y las divisas extranjeras disfrazadas de ceucés o chavitos— que marcan la primera diferencia esencial entre los cubanos: los que las tienen y los que no. Diferencia económica fundamental, rotunda, notable y definitiva… Y bien que nos enseñaron en Economía Política del Socialismo y Comunismo Científico que la economía es la base de toda sociedad; lo demás es superestructura que sobre ella se erige y por ella es condicionada.
Si uno tenía acceso a esas moneditas otras, les digo, las cosas —y las bodas— eran muy diferentes. En el verano del 94 fui invitada al enlace matrimonial de un anciano sueco (de Suecia, aunque también se hacía el sueco, como todo buen extranjero) y una negrita jinetera, retinta como el buen café cubano y con cabeza de María moñitos, que hizo tan buen trabajo que le sacó la boda al temba. La tarde en cuestión, Teresa, Silvita, Piri y yo nos subimos a una guagua que dio rueda por siglos antes de llegar a San Miguel del Padrón, o sea, casa del carajo, fin del mundo, casi monte. Allí vivía la desposada con una familia numerosísima que, por ser invitadas del novio, nos recibieron como a reinas, nos llenaron la barriga de cervezas —que no eran de la lista del Palacio de los Matrimonios sino de la diplotienda, o sea, la que vende en dólares—, nos llevaron al patio de la casa a ver cómo asaban el cerdo —comprado en dólares también— y nos dieron a degustar cueritos del porcino cadáver. Las esmeradas atenciones terminaron en cuanto se empezó a servir la cena. Ahí sí fue de sálvese quien pueda. El animalito fue devorado ipsofactamente por tanto pariente, vecino e invitado, que nosotras sólo alcanzamos una cucharada de arroz con tres frijoles encima y una tripita. Así que regresamos a La Habana medio muertas de hambre pero felizmente borrachas. Creo que hasta cantamos durante todo el trayecto de más de dos kilómetros que tuvimos que caminar desde donde nos dejó la guagua hasta la casa de Concordia.
Pero si de la casa de Concordia y si de bodas se trata, ninguna como la de Arístides y Stina (sueca también, en ambas acepciones). El apartamento estaba lleno como lata de sardinas y los novios disfrazados. Él en short de rayas rosadas y tirantes verdes sobre el pecho desnudo —algunos dicen que no tenía tirantes… ¡qué más da eso a estas alturas!—; ella con una bata como de diosa griega, hecha con la sábana percudida con la que se tapaban —si alguna madrugada soplaba un vientecito—, agarrada a la cintutra con vaya usté a saber qué pedazo de soga vieja. Él llevaba unos tenis bastante sucios —visto el asunto a esta saludable distancia—; ella iba descalza. La notaria que fue a casarlos no daba crédito de lo que veía. Creo que hasta miedo tuvo, porque cuando declaró lo que tenía que declarar, o sea, marido y mujer a aquellos locos, salió corriendo escaleras abajo como alma que lleva el diablo. Justo antes de que empezara el despelote.
¿Qué si había bodas “normales”? Todo depende de lo que se entienda por “normal”. Supongo que sí, pero quién evocaría una boda normal teniendo estos recuerdos… ¿Te imaginas, Carlos Galván, lo que hubiera sido nuestra boda si Omar no nos jode el plan?

martes, 2 de octubre de 2007

Las redes del fin


En los últimos tiempos he tenido que resignarme a ver reírse y hacer gestos de incrédula burla a mis amigos cada vez que aseguro —y sé que no me equivoco— que si algo nos llevará aceleradamente al tan cacareado fin del mundo no serán las guerras o las epidemias, la bomba de plasma u Osama bin Laden, sino la telefonía celular y el internet.
Cuarenta y cinco millones de clientes declara tener Telcel en su más reciente campaña publicitaria, en respuesta a la de Movistar que, con toda arrogancia (que resultó ingenuidad), aseguraba contar con más de dos millones de líneas en México. Sumen y van 47; agréguenle lo de las otras compañías… resultado: ¡la mitad de la población de este país! Imagínense cuántos usuarios más habrá en Estados Unidos y en la India, en China y Japón, adonde les encantan esas curiosidades de la tecnología, o en cualquiera de los países de este abotargado planeta.
A partir de su explosión desmesurada e incontrolable de la última década, la telefonía móvil ha cambiado drásticamente las relaciones personales, familiares, sociales y laborales, contribuyendo a esta carrera sin pausas en la que se ha convertido la vida del homo cada vez menos sapiens contemporáneo en las grandes urbes y también en los pueblos pequeños. A partir de entonces, en el lugar más inusitado y en el momento más inoportuno suena el ridículo timbre —desde el réquiem de Mozart hasta un relincho o una flatulencia— de un teléfono cada vez más compacto, hundido en la palma de la mano de su portador, que pronto tendrá que preocuparse de que el minúsculo artefacto no vaya a resbalársele por el conducto auditivo hasta el mismísimo tímpano.
Cada cosita de ésas hace maravillas: comunica, manda mensajes, tira y guarda fotos, graba videos, reproduce música, navega en internet, almacena recados de voz y juegos de video, sirve como despertador, tiene cronómetro, hace cuentas… nada más le falta disparar misiles. Pero lo peor es que cuándo iba uno a imaginarse que sería localizado en cualquier lugar y a cualquier hora.
Porque vivimos en el reino de la inmediatez. Antes —y no cuando La Pinta y La Santa María sino hace sólo unos años—, la gente tenía que esperar, pacientemente o no, a que uno llegara a la casa o al trabajo para hablar por teléfono; ahora nadie puede aguardar un segundo. Y cuando vas colgando de la puerta de un microbús, con un pie bailando en el vacío y aguantado de una pestaña, un codo clavado en el hígado y una rodilla en el esternón, suena el dichoso aparato. Después de hacer veinte maromas arriesgadísimas consigues apretar el botoncito verde, y todavía tienes que someterte a una masacre de preguntas y sospechas: ¡¿por qué no respondes?!, ¡¿dónde estás?!, ¡¿con quién?!
En estos tiempos en que todo es urgente, Dora siempre ha trabajado en sitios donde creen que la seguridad de los mundos —éste que destruimos y todos los demás— depende absoluta y totalmente de ellos, por lo que su teléfono puede sonar a cualquier hora del día o de la noche, feriados o fines de semana. Para “no molestar”, en las madrugadas no timbra, sino vibra. Así, entre sueños, empiezo a sentir el trepidar de los cascos de los caballos de una tropa mambisa atravesando la sabana camagüeyana. Con todo y Titán de Bronce y aquellos rotundos negros desnudos de La primera carga al machete, la película de Manuel Octavio Gómez. Cuando ya los negros se me vienen encima (en mexicano y en cubano), despierto para comprobar —aliviada en ambos casos— que es el celular.
Así, hay quienes despachan asuntos de negocios en el metro, regañan a los hijos o enamoran a la novia en los lugares más insospechados. Hace un par de días, la compañera que ocupaba el gabinete vecino en el baño de mujeres de mi adorado centro laboral hablaba con toda naturalidad mientras desahogaba los líquidos de su vientre. El chorro de ella y el mío caían al unísono en sonora armonía. No bastando eso, las dos descargamos el retrete al mismo tiempo. ¡El que oía al otro lado de la línea creía seguramente que le llamaban desde las cataratas del Niágara!
Piensen por un segundo: una telaraña de redes invisibles se cierne sobre los cielos. Casi todos tenemos, cuando menos, un celular. Casi todos tenemos, cuando menos, una computadora. De cada aparato sale, cuando menos, un cable virtual que se teje con otros miles de millones sobre nuestras cabezas como una ned cada vez más densa. ¡Que alguien me demuestre que esa cama elástica es inofensiva!
Siempre nos lo dijeron: que el más pequeño enemigo era el más poderoso y que al mundo lo acabaría un minúsculo ser aparentemente inofensivo. ¿Quieren algo más macabro y maquiavélicamente planeado que un tapiz invisible, como un mosquitero de aquellos de cuando éramos chicos, que nos aplasta pero no se ve?
No sé ni pa’ qué hago esta apocalíptica revelación. Ya verán como dentro de unos meses sale una película gringa donde Schwarze-negger, o mejor Bruce Willis —ése me gusta porque fue marido de Demí, oh, Demí—, salta por encima de todas esas redes virtuales y se lleva una colonia de humanos a vivir a la Luna mientras nosotros nos ahogamos de tos. No olviden lo que advierten los frígidos de Sin Bandera —¡que nunca sabe uno quiénes son los elegidos!—: Que to doel mundoca beenel telé fono.
Ríanse, riánse… síganse riendo.

lunes, 24 de septiembre de 2007

Hoteles prohibidos

Hotel Habana Hilton, después Habana Libre
después Habana Tryp... ¿y ahora?

Cuando le mandé a mi amiga española Carmen García del Carrizo el penúltimo borrador de “Un puñado de cenizas” —ese terrible cuento que pueden leer en Con la boca abierta (Madrid, Odisea Editorial, 2006) o pedirme, con toda confianza, para que se los mande por email—, me preguntó, verdaderamente disgustada, por qué Yanela y Mar, las protagonistas, no iban a un hotel en vez de estar haciendo cosas delante de cualquiera.
Inmediatamente recordé a Teresa Melo, quien acuñó que “ser cubano es una tarea”, que incluye —agrego— no sólo ir por el mundo explicando qué tipo de cubano eres y por qué, sino, además, dar detalles de una vida cotidiana que al resto le parece bizarra, inconcebible, invención malintencionada de gusanos y enemigos de la revolución. Pero como sé que Carmen no es de los que así pensarían, le expliqué que en Cuba los hoteles son para extranjeros y se cobran en dólares. La noche cuesta como cualquier otro hotel del mundo, cincuenta o setenta dólares los más baratos, y el salario promedio de un cubano no rebasa el equivalente a quince o veinte dólares al mes.
En los ochenta, la época en que Cuba sonreía —como decía Ariel—, cuando pusieron supermercaditos donde se podía comprar carne rusa uruguaya, repollos búlgaros rellenos y tamal en lata nacional, también proliferaron en La Habana las llamadas posadas, unas pocilgas como la que aparece en la primera escena de Fresa y chocolate, que alquilaban por horas mientras una larga cola de parejas esperaba afuera muertos de pena —todo el mundo sabía a qué iban— o entre chistes y desenfadada convivencia. Y donde, lógicamente, no alquilaban habitaciones a personas del mismo sexo.
Pero en Santiago —cuna y pan— no había posadas. El único hotel de paso que recuerdo era Chapela, un motel en la carretera al aeropuerto, hacia el que echábamos los ojos lo más disimuladamente que podíamos —la discreción en los cubanos es casi un imposible— cada vez que pasábamos en una de las guaguas que llevaban hacia la entrada de la bahía. Nunca vi a nadie saliendo de allí, ni un alma. Parecía más bien un cementerio detrás de la alta barda que sólo dejaba ver los techitos de las cabañas.
Las veces que estuve en un hotel fue durante una Vuelta a Cuba que logró conseguir mi familia cuando cumplí quince años o en algunos encuentros y congresos de artistas. En todos los casos, al registrarse, le entregaban al huésped una tarjeta con su nombre completo, el número de habitación y los días que estaría hospedado. Sólo presentándola se podía traspasar la entrada, en la cual siempre había un portero, o subir al elevador, donde el ascensorista la revisaba cuidadosamente. Si alguien que no estuviera hospedado lograba burlar tantos retenes, incluida la recepción, donde pululaban los ojos vigilantes, es porque era un as de las transfiguraciones y la invisibilidad.
De modo que cuando quería uno conocerse un poco más con alguien, tenía que esperar a que toda la familia saliera (cosa bastante difícil en hogares con ancianos o niños pequeños), buscar un rincón oscuro en cualquier calle —detrás de un arbusto, un automóvil o en una escalera— (situación bastante arriesgada para parejas de cualquier conformación) o pedirle el cuarto a los amigos que pudieran prestarlo (gracias Berthica, gracias Marta Campos, ¡gracias Arístides!). O esperar a que el Sindicato o la Juventud Comunista dieran la posibilidad de alquilar un fin de semana en la playa —premio a la buena conducta del compañero militante o resultado de alguna triquiñuela—, momento en el cual coincidíamos todos los amigos y aquello parecía otra posada en la que también había que esperar turno.
Porque no crea usted que era tan fácil y sencillo como lo es en cualquier lugar del mundo alquilar una casa en la playa o una habitación de hotel. En Santiago de Cuba —y en todas las provincias del interior— había una sola oficina de turismo y no miles de agencias de viaje como en cualquier pueblo del planeta. Esa oficina única —que era, por supuesto, una dependencia gubernamental— ponía a la venta las habitaciones asignadas a la provincia en hoteles de La Habana u otros destinos para el verano o el fin de año siguientes. Para obtener una reservación, el interesado debía marcar un número de teléfono un único día y a una determinada hora. No un conmutador con diez líneas… no, un número único. Quienes tenían el dedo más veloz podían acceder a lo que iba quedando. Dependiendo de su suerte y habilidad dactilar, reservarían una semanita en el Habana Libre, en el lleno de cucarachas Bruzón, en el cayéndose a pedazos Isla de Cuba… o en ningún lado.
Hubo en ciertos años otra variante. Cualquier hijo de vecino hacía una lista adonde se anotaban los futuros viajeros. Eso ocurría dos o tres meses antes del día único de venta en la oficina única de turismo. Cada tarde, los anotados se reunían en algún lugar público de la ciudad para pasar lista. Quien faltaba, quedaba automáticamente eliminado y el siguiente avanzaba a su lugar. Cuando se iba acercando la fecha, la rectificación se hacía dos veces al día. Así, los que conseguían llegar al final, entraban en ese orden a la oficina el día señalado a ver si alcanzaban Habana Libre, Bruzón, Isla de Cuba… o nada.
Para el boleto del avión o la guagua que lo trasladaría a su destino había que hacer otra cola y rectificar otras listas. Así que o se la pasaba uno corriendo de un lado a otro de la ciudad para decir “aquí” en cada una de ellas, o varias personas de la familia tenían que rotarse la responsabilidad. O le pedía a algún amigo que le hiciera el favor, con el peligro de que el susodicho se anotara y le tocara Riviera mientras usted se iba al Isla de Cuba… o a ningún lado.
La otra variante era casarse. Cuando uno se anotaba en la lista de los matrimonios —sí, para todo había listas—, podía, sin hacer la cola de meses, reservar una Vuelta a Cuba o unos diítas en un hotel. Pero como usted comprenderá, nadie puede casarse todos los veranos.
¿Ya ves, mi querida Carmen, por qué Mar y Yanela no pudieron ir a un hotel? O sea que si en 1964, mi año de nacimiento, cuando Nicolás Guillén escribió “Tengo” esta escena era posible:


Tengo, vamos a ver,
que siendo un negro
nadie me puede detener
a la puerta de un
dancing o de un bar.
O bien en la carpeta de un hotel
gritarme que no hay pieza,
una mínima pieza y no una pieza colosal,
una pequeña pieza donde yo pueda descansar.



se convirtió en una soberana mentira con el transcurso del tiempo. Ni negro ni blanco ni mulato ni chino podía entrar a hotel alguno sin tener su reservación de la oficina única. Ni dancing ni bar, que para eso también había que anotarse en la lista, esperar turno y enseñar el carné de identidad en la entrada. Después, con la llegada masiva del turismo —mayoritariamente sexual—, las historias fueron otras; requerirían del espacio de otro Parque. Pero las recientes noticias de protestas universitarias en la isla, una de cuyas quejas es que los cubanos no pueden entrar a los hoteles, no hace más que confirmar lo que he contado.

martes, 18 de septiembre de 2007

El boom de la explicitez



Lo que hace unos años considerábamos vulgar, hoy es digno de una antología de la puerilidad. Recuerdo cómo decía “¡oooh, qué atrevido, qué insinuante!” cuando Lalo Rodríguez cantaba “he manchado mis sábanas blancas/ recordándote”, y “¡uff, qué bajeza!” con El General farfullando: “Bien bien buena, tú te ves bien buena/ parece una botella de coca cola”. Eso es elaborada metáfora, magistral manejo de imágenes, ahora que vivimos el boom de la explicitez.
Y no culpemos al reggaeton, porque antes de que Daddy Yankee pusiera a pedir gasolina, a perrear y a janguear como putas malas a todas las niñas del planeta, ya la Charanga Habanera cantaba aquello de “te di, te di donde te gusta a ti/ ahí, en el centro/ y te dejé con la bala adentro”, los panameños Rabanes alardeaban de que “cuando me lo agarra yo lo tengo tieso”, Illya Kuryaki and The Valderramas invitaban “a mover el culo, a mover el culo” y Molotov le ladraba “perra arrabalera” posiblemente a la misma recogida —o a la prima— a la que Kaos apodaba La Ramera porque “en cualquier tronco se atora”. Y mientras unos suplicaban: “Mueve tu cuchi cuchi, mami, mueve tu cuchi cuchi”, las otras respondían, haciendo ojitos, “no te metas con mi cucu”. Y si a ésas vamos, echando mucho más pa’trás el casete, tampoco era tan sacrosanto, por ejemplo, aquello de “dile a Catalina que se compre un guayo que la yuca se te está pasando” o lo de “quimbombó que resbala pa la yuca seca”.
De modo que no debieran asustarnos ni asombrarnos demasiado las propuestas del reggaeton. Sólo que entonces, aquellas canciones eran picaresca popular, manifestaciones más o menos aisladas de marginalidad o rebeldía, o payasadas de algún maleducado queriendo hacerse el gracioso. Pero ya se ha visto que la globalización no sólo atañe a la economía y las luchas sociales: en lo que va de siglo, un ejército de negros raspita dando saltos simiescos y agarrándose lo que tienen en la entrepierna, y una colección de pelvis descoyuntadas llenan los videos musicales, los ojos y las glándulas —no sólo salivares— de buena parte de los jóvenes que creen que eso es la música chida.
¡Y deja el perreo!, que los bailes, mal que bien, siempre tiene su componente erótico... ¡las letras! ¡Madre del Verbo!, como decía mi tío Pepín. Mi favorita, la que me hace levarme del sofá alzando la bandera de los derechos de las mujeres a la dignidad, es la de Calle 13 y Nelly Furtado que, como buena canadiense, no ha de entender ni la mitad:



Hoy voy a sel tu veterinario,
pa’ tlanquilizalte los ovarios […]
y voy con toa la yuca,
[…]
Mami dale, vamos a conveltilnos en animale,
en sapos y en ranas
y hacer una fiesta con syrop de banana.
Con ganas, rompe las avellana.
Y no me dé tan duro, que se me inflama,
quiero vel to’el panorama,
déjame hacelte un sonograma y chequealte toa,
y comelte toa,
y chupalte como una boa,
mojalte en salsa barbacoa
pa’ dejalte bruta como Rocky Balboa.


Y otra inspirada letra que me provoca una revoltura que sube desde mi área abdominal es ésta:


Cambia esa cara de seria,
esa cara de intelectual de enciclopedia
que te voy a inyectal con la bacteria
pa’ que des vueltas como machina de feria,
señorita intelectual
ya sé que tiene el área abdominal
que va a explotal como fiesta patronal
que va a explotal como palestino.
Yo sé que a ti te gusta el pop rock latino
pero este reggaeton se te mete pol los intestino
pol debajo de la falda como un submarino
y te saca lo de indio taíno.




Porque no basta ser vulgar; hay que ser el mejor de los vulgares, y ahí no tiene competencia el Residente de Calle 13, “el máximo exponente del pecado”, que se llama a sí mismo, con un tino indiscutible, “la araña que el idioma daña”. Ahí, como se diría en Cuba, llegó y paró. Ese jabao es lo más. Y no es que pretenda que la gente escuche en masa a la sinfónica de Viena —que no estaría mal de vez en cuando—, pero una cosa es decir “la rabia, coño, paciencia, paciencia” y otra muy distinta, reseñar cuántos dedos va a meterle a su gata o cómo esa diabla, puesta en cuatro, le chupa el pirulí o tiene tremendo culo.
Y a veces no es siquiera lo que dicen, sino los modos. No quiero parecer santa —que un buen culo intranquiliza a cualquiera—, pero esas muecas, esos gestos y el tono de la voz que al mundo les parecen tan graciosos, me remiten a anécdotas y vivencias de tipos masturbándose en plena calle y persiguiéndote todo el camino, con la cosa afuera, mientras repetían un rosario de eso que llaman piropos, o sea, marraneces.
Por eso no puedo sonreír cuando un reggaetonero manotea y enfurruña la boca para decir: “Súbete la minifalda hasta la espalda” o “quiero ver a to’ los grillos moviendo el fondillo”. O “Mami no te pongas changa, que tú traes tu tanga que te vas a poner pa’ enseñarnos las nalgas” o “Que se preparen que lo que viene es pa’ que le den duro”. Y en esta última tonada, ponga usted atención y júreme que lo que dice no es: “Que se me pare, que lo que viene…” etcétera, etcétera… ¿Ya ve?, si ellos no son lo suficientemente cochinos, los oídos de uno, acostumbrados a sonidos similares de toda la vida, parece que sí.
Sin pretender emular a mi abuela Cristina, que se volvería a morir si los escuchara, esas fusiones urbanas son música de pandilleros, un atentado a la sensibilidad estética de quienes esperamos de la vida —y de la música— un poquito más. Hace un año Leonardo Padura escribió un excelente artículo sobre el tema, “La educación sentimental”, en el cual advertía del, a su juicio, peor legado de esta era de la vulgaridad: “Lo que me duele del reggeatón y sus letras no es tanto lo que provocan ahora entre sus consumidores, sino y sobre todo lo que dejarán en ellos como sedimento cultural, sensorial, afectivo, como sustancia para la evocación cuando los tiempos de hoy ya sean los de ayer.”
Vamos de acuerdo, Padura. Así que zúmbale el mambo pa que mis gata prendan lo motore… que hasta Nelson Ned, José Feliciano y los Pasteles Verdes, juntos, eran mejor que esto. ¡Hasta la Macarena! Porque ahora sí que como vislumbraron, preclaros, Los Van Van: “¡Se acabó el querer!”.

martes, 11 de septiembre de 2007

Mare nostrum

Bahía de Santiago de Cuba

A Piri



Las primeras veces que estuve en el Mediterráneo fue en el cuarto de televisión de mi casa de Santiago oyendo a Serrat en un viejo tocadiscos de aguja. En el mapa europeo del Pequeño Larousse, Piri y yo localizábamos Algeciras y Estambul para tratar de entender de la manera más aproximada “el sabor amargo del llanto eterno” y pensábamos que entre ambas ciudades seguramente habría un poco más de cien pueblos porque, de lo contrario, aprovechaban bastante mal el espacio en Europa.
Cuando en noviembre de 2003 esperé en el balcón de un hotel de Málaga a que el amanecer echara su luz sobre las olas grises del Mediterráneo, azotado por un temporal que mis amigos juraban y perjuraban que era inusual en esa región y en esa época del año, estaba segura de que iba al encuentro con un viejo conocido. Y así fue en ésa y en cada ocasión en que pude estar a su vera, en Alicante, Valencia o Barcelona, con frío, con lluvia o con sol.
Gente de mar, al fin y al cabo, habitantes de isla, eternos robinsones, estamos acostumbrados a que la vida transcurra en las orillas, a que las olas y el azul estén ahí, a la vuelta de la esquina. En la autonombrada capital del Caribe —a veces me pregunto si en Martinica o Guadalupe, por no decir en Puerto Rico o La Española, piensan que Santiago de Cuba es su capital—, en la más caribeña de las ciudades cubanas, es natural ver el mar desde sus empinadas calles. “Como una cicatriz/ los rieles del tranvía parten la calle en dos/ una suave pendiente los arroja hacia el mar/ con destellos que ciegan” dice mi poema “Santiago de Cuba”. Cuando lo escribí, mi cabeza volaba loma abajo por la calle de San Francisco de la mano de Manolito Borja —que Dios sabrá adónde se llevó y por qué.
Desde mi balcón de La Habana, a tres cuadras del malecón, el mar resplandecía a toda hora con ese azul profundo, casi índigo, que no he visto en ningún otro lugar. “El mar es una lástima de azul desperdiciado”, dice mi “Portales de la calle Infanta”. Allí, desde ese balcón de Concordia, oí las roncas sirenas de los pocos barcos que en los principios de los noventa entraban a la bahía. Allí inventé historias que poco duraron. Desde allí anduve todos los caminos posibles y en cada bocacalle podía ver el mar.
Por eso se cuela el viento por las hendijas de mis versos y huele a salitre. Y se van a la playa los personajes de mis novelas y hablan de nostalgia por las mareas los textos literarios que analizo en mis ensayos. Y el primer cuento que escribí empezó cuando la protagonista se tomaba un ron añejo triple mirando la lluvia caer sobre el pueblo marino de Santa Fe.
Por eso cuando Darsi me preguntó cómo me había acostumbrado a vivir en una ciudad sin mar, pensé en la canción de Serrat: “Quizá porque mi niñez sigue jugando en tu playa/ y escondido tras las cañas duerme mi primer amor/ llevo tu luz y tu olor por dondequiera que vaya”. Y en el mediodía mexicano —quién sabe si por efecto del ozono— sentí el olor salobre de los días de la infancia, cuando nos acercábamos a Siboney o Juraguá, o cuando en el camino hacia Caletón Blanco avistábamos los cañones oxidados de los barcos hundidos en la guerra que nos robó la independencia, o cuando mi abuelo José me llevaba a tirarle piedras al mar desde las almenas del Castillo del Morro. Y en el rojo atardecer del valle de los aztecas vislumbro la entrada de la bahía y el cayo Smith como si los mirara desde el acantilado donde colgaron el parque Frank País y, alrededor, como un escudo que me abraza, veo las montañas de Santiago de Cuba.

(Si das click sobre la foto, podrás ver la bahía con todos sus detalles, desde el Morro hasta La Socapa, el cayo en el medio con su iglesia en la punta. Está tomada desde Punta Gorda, creo que desde el parque Frank País; las casitas blancas son las del Barrio Técnico.)