martes, 15 de diciembre de 2009

Crónica casi anunciada de una muerte inevitable





Cualquier parecido con la realidad es justamente eso.


Hubo en cierta ocasión, no hace tanto, un ratón al que llamaremos John Doe porque nadie supo —ni él mismo— cómo apareció de pronto, de la nada, en una oficina universitaria. Quienes allí trabajaban intuyeron su presencia cuando escucharon el ruido de sus uñitas en el cartón y vieron moverse misteriosamente unas cajas apiladas y polvorientas entre las que él campeaba por su respeto, tranquilamente, feliz, porque como en aquel recinto se suspendieron —nadie puede precisar por qué ni desde cuándo— las fumigaciones sistemáticas que en otro tiempo hubo, John Doe no temía por su vida en medio de aquel muladar, aderezado con la mugre enjundiosa que crecía como hiedra entre las cajas, tras y dentro de ellas, donde decenas de viejos componentes de computadoras se hacían más y más inservibles y miles de libros dormían un injusto sueño sin que nadie se ocupara en sacudirlos o acomodarlos en mejor sitio.
Las mujeres, angustiadas ante la insolencia del intruso, pusieron el grito en el cielo y se escuchó —cómo no— hasta la mismísima Dirección, pero allí no causó inquietud alguna: quién va a preocuparse por un ratón cuando hay tanto presupuesto por ejecutar… Ya se moriría el pobre. O se cansaría y huiría. “Un gato, lo que necesitan es un gato”, gritó una visitante, pero los directivos pensaron de inmediato en la perra a la que llaman La Tamba —porque parece un tambo— que deambula, siempre muerta de hambre, por el enyerbado patio, presta a cazar cuanto animalillo atraviese, desprevenido, su camino.
John, que no imaginaba que su destino había quedado prefijado, seguía ingiriendo el rico papel envejecido y, tras la natural digestión, dejaba su huella escatológica encima de los escritorios, detrás de los CPU y los monitores, en la canastilla de los vasos de papel del despachador de agua, entre los fólders que se desparramaban en los entrepaños. Sentía seguridad al ver que los oficinistas, aunque se pasaban la vida quejándose de todo y echando pestes de sus respectivos jefes, tampoco movían un solo dedo —por no hablar de otras áreas anatómicas más aposentadas— para resolver absolutamente ningún problema, por sencillo que pareciera.
Como todo individuo necesitado de un lugar en su universo, John trató de establecer en qué mundo estaba. En el mural que observaba en lontananza haciendo gala de agudeza visual, convivían, entre otra colección de hojas amarillentas y desteñidas, la convocatoria a un concurso de ensayo en 2003, los resultados del escalafón sindical y el cartel del Encuentro de Escritores de Dos Mundos de 1997 con una circular de cómo evitar el contagio del AH1N1, la lista de los cumpleaños de marzo y un anuncio de reventa de boletos para un partido Pumas-América.
Lo embargó cierta incertidumbre ante tal confusión temporal, pero lo que le hizo pensar por primera vez en la migración ―o incluso el suicidio― fue la música. Durante el día, mientras aprovechaba para echarse largas siestas por las dificultades que cualquier traslado implicaría con la oficina llena, una amalgama de sonidos a un volumen atronador lo regresaba del sueño a la pesadilla: la Leona Dormida, el Príncipe de la Canción y el Divo de Juárez confraternizaban con K-Paz de la Sierra, Mónica Naranjo, Paquita la del Barrio, lo mejor de la salsa y el reggaetón, Julieta Venegas, los Fabulosos Cadillacs, Intocable y toda una sesión interminable de ponchis ponchis, es decir, música electrónica. Y aunque trató de devorar los transistores de los equipos de música, no consiguió más que su sustitución por otros de mayor potencia.
Pensó instalarse en el baño, al arrullo de las aguas que parecían cascadas, un surtidor que tranquilizaría sus alterados nervios, pero las condiciones de aquel lugar le parecieron tan insalubres y antihigiénicas que tratando de controlar las arcadas, desesperado, se arriesgó a cruzar el patio, aprovechando que La Tamba estaba en la caseta de los vigilantes, degustando con ellos los manjares sustraídos subrepticiamente de entre las golosinas que los más confiados u olvidadizos dejaban en los escritorios, sin poner a buen recaudo bajo llave. Cuando entró en la biblioteca le pareció un paraíso: por aquellos anaqueles correría a su gusto y cataría el bouquet añejadito de aquellos libros de la pasada centuria. Con la boca abierta y babeante y los ojos desorbitados, John pensó que nunca había sido tan feliz.
Y aunque su destino estaba echado como un manojo de cartas, ni siquiera lo presintió cuando traspasó la puerta de vidrios para adentrarse en la oficina del centro de información, tapizada de archiveros desvencijados repletos de expedientes antiquísimos, llenos de todo el polvo que en ellos pudo acumular la última mitad del siglo XX. Se veía a la legua que por allí no pasaban un trapo ni un plumero desde hacía décadas. Qué dichoso era John, cuánta envidia le tendrían sus congéneres…
Sólo le faltaba conocer a una linda ratoncita que lo aceptara como padre de sus hijos. Y, engalanado, salió a buscarla sin imaginar siquiera lo que encontraría: una catrina de Posada, tamaño natural, con sombrero alón y luengo vestido, olvidada en una esquina desde quién sabe cuántos Días de Muertos, lo observaba inquisitiva y demandante con sus ojos huecos. Tan alegre iba John que no la vio hasta que tropezó con ella y el cartón cayó al piso estrepitosamente. Tal fue el susto, que corrió despavorido a ocultarse en la ranura que quedaba entre dos archiveros. La observó, aterrado, toda la noche sin atreverse a salir de su escondite.
Allí lo sorprendió el día. Tan desorientado que, sin percatarse de lo que hacía, anduvo como un autómata por el pasillo hasta la puerta que, en ese mismo instante, se abrió de par en par y delante de él apareció —lo hubiera jurado— una bruja con cara enfurruñada y ojos echando fuego, tal vez la misma calaca de la noche anterior, pero ahora se movía. Y no sólo caminaba, sino que empezó a gritar como poseída corriendo de un lado a otro sin control. Aturdido, John regresó a su escondite y consiguió meterse dentro de una gaveta agujereada. Sintió cómo se le nublaba la vista y le faltaba el aire. Poco a poco fue perdiendo el conocimiento, despidiéndose del mundo.
A pesar de que la licenciada enamorada de un imposible reportó haber visto un ratón, nadie le hizo caso hasta que días después el olor reveló que no mentía. Entonces volvió a la carga, pero el responsable del área de limpieza y recursos materiales le exigió que vaciara todos los archiveros para, entonces, poderlos mover. “¡Inadmisible usurpación de funciones!”, le advirtió, aguerrido, con el dedo bien parado el secretario general del Sindicato: el contrato colectivo de trabajo sólo autoriza a vaciar los cajones a un archivista y en aquella dependencia no había ninguno; únicamente personal de limpieza podría mover los archiveros para encontrar al cadáver y esa mañana sólo había mujeres, las cuales no cuentan con la fuerza necesaria para tales menesteres.
Y como era viernes, todos se fueron alegres de fin de semana sin poner asunto a cómo se descomponían los restos mortales de John Doe. Pero al llegar el lunes no había quien entrara a la oficina. “No toquen nada que les da leptospirosis y se mueren”, alertó el responsable de la biblioteca y corrió a advertirle a su superior jerárquica que no volverían al trabajo hasta que el occiso fuera debidamente retirado. Ante los oídos sordos de la Dirección y la indiferencia del responsable de recursos materiales, supieron que el camino más seguro para ser escuchados era, le pese a quien le pese, la delegación sindical.
Todos los compañeros afiliados desfilaron, uno a uno, y deslizaron sus narices entre los archiveros. Y luego de pintar unas pancartas que colocaron en la entrada del edificio exigiendo la destitución inmediata del director, la administración y todo el personal de confianza por haber dejado morir a un supuesto ratón inocente —aunque también podría ser una ardilla o una mezcla de ambos animales cruzados en noches de fogaje o toda una descendencia de criaturitas del señor—, dieron la queja al frente de salud e higiene universitaria y redactaron un oficio, con copia al rector, dejando claro que el patrimonio de la Alta Casa de Estudios estaba en riesgo ante la fauna nociva que proliferaba (y sospecho que no se referían precisamente al roedor).
La reacción no se hizo esperar: un destacamento de aseadores inundó la oficina del apestado centro de información y encontraron el cuerpo despanzurrado de John Doe soltando fluidos encima de una carta manuscrita de Octavio Paz, de su puño y letra, con todo y firma, fechada en 1964. Mientras, por vigesimoquinta vez sonaban desde el escritorio de la licenciada enamorada de un imposible las notas de “Te mando flores que recojo en el camino, yo te la mando entre mis sueños porque no puedo hablar contigo”…
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado… al menos de momento. No sin antes dejarnos la clara moraleja: aunque desde fuera parezca muy bonito y prometedor, ¡no te metas ahí!

martes, 8 de diciembre de 2009

Índigo





Hay quienes dicen que no se acercan a la poesía porque no la entienden… como si la poesía fuera para entenderse y no para sentirse. O peor: como si en este mundo absurdo hubiera algo cabalmente comprensible. Y da dolor que sean los editores, esos seres que a veces suponemos letrados y cultísimos, quienes alcen su dedo índice para hacer la señal de la negación, dando como pretexto que “la gente” no lee.
Por eso siempre es una fiesta ver nacer un poemario como si se echara un barco al mar. Por eso sonreí, feliz, cuando llegaron hasta mi puerta —en un sobre sin remitente, para guardarme la sorpresa— las Letras índigo de Jetzabeth Fonseca. En primerísimo lugar porque a Jetza le tengo un cariño especial. La conocí hace un año, cuando apenas empezaba a juntar los versos que le hicieron ganar el Concurso de Poesía Manzanillo 2008. En la primera noche del festival que cada año se realiza en aquel puerto del Pacífico, Jetzabeth leyó un par de textos en el patio del Starbucks y luego en el bar Botas, anteponiendo la disculpa de que no era poeta. Pero en aquellas líneas asomaba tan evidente ese germen, que más de uno de los participantes nos acercamos a decirle, con seguridad, que sí lo era.
Me lo confirma ahora este libro, suave como el aire de aquellas playas tibias, rotundo como su oleaje feroz. Este libro de versos largos que me hacen dosificar el aliento para llegar hasta la última sílaba. Para pensar, entonces, en el oficio del poeta, en sus aparentemente pocas recompensas, en los enormes horizontes que esconde o que desvela.
La poesía es una capacidad especial, una impronta fisiológica, un don que no está en escribir versos sino en el modo de ver e interpretar la realidad, en la manera de mezclar las palabras para transmitir atmósferas, para crear desde el mundo ese otro mundo que a ratos pareciera mágico, irreal, y que no es más que poético. Este planeta al que llamamos Tierra está lleno de artistas. Y aun dentro de ellos, pocos son los poetas. Porque la poesía no está en el mundo mismo ―por hermoso o dramático que sea―, sino en el ojo que lo observa, en esa especie de lente detrás de la pupila con el que se mira, aunque no te des cuenta, la poesía que a veces vive sólo en el silencio, agazapada.
Reconocerla es también una suerte de don instintivo y, por lo tanto, inexplicable. Así se diferencia al poeta del simple versificador ―aun el mejor―, como se sabe del buen cantante desde que abre la boca y suelta las primeras notas. Eso fue lo que sentí en Jetzabeth Fonseca aquellos días de noviembre y lo que encuentro, con regocijo, en este poemario desde cuyas ventanas se ve el mar en todos sus tonos, hasta llegar al índigo más profundo, el del corazón y el de la entraña.
La semana pasada me preguntaban dos jóvenes colegas cómo encaminar sus esfuerzos para que el “mundo literario” supiera de su quehacer. “No tengo la menor idea”, les dije pensando en mis dos poemarios inéditos que duermen, desencantados y pacientes, entre los circuitos y bytes de la computadora. Muchas veces me pregunto para qué escribimos, para quién. ¿Qué esperanza tiene un poeta de que alguien más lo lea? ¿Sirve de algo la poesía en un mundo de tan falaces cofradías?
A veces lo pedestre de la vida nos hace perder, al menos de momento, esa noción, esa ilusión. Hace unas semanas quería subirme en la torre de alta tensión que está en el patio de la oficina donde trabajo. Un poste enorme que se alza unos veinte o treinta metros hacia el cielo. En su tronco, cementados, hay unos peldaños de hierro que yo soñaba escalar. “Ni se te ocurra que voy a ayudarte a trepar ahí”, me decía Orlando y nos reíamos. Un buen día, descocotada, a punto de atrofiarme las cervicales con tal de observar su altura, comprendí que lo que deseo es mirar al horizonte sin obstáculos.
Lo ratifiqué hace sólo un par de días mientras observaba una foto de La Habana tomada desde el piso 18 del edificio de becados de F y Tercera. Toda la ciudad a los pies y enfrente el mar, siempre el mar, índigo el mar de La Habana, esas aguas que son cárcel y bendición. Así las veía cada mañana a principios de los 90 más allá del convento de las capuchinas y del hospital Ameijeiras, desde aquel tercer nivel adonde llegaba, como un estertor, el ronquido de los barcos que entraban o salían de la bahía. Así las veía en Santiago, tan brillantes que enceguecían, con solo bajar alguna de sus lomas o mirar hacia el sur desde un balcón o una pendiente.
A veces, en la prisa de la cotidianidad, en el dar por sentado que la sensibilidad no trae más que sufrimiento, en el catalogar como absurdo todo impulso no práctico, en el prestar oídos a esa idea generalizada de que la madurez implica superar la ridiculez de perder el tiempo midiendo versos, no nos damos cuenta de cómo van acumulándose muros delante de los ojos. No sólo la fachada anaranjada del vecino o la pared de ladrillos del baño, que es mi horizonte durante las diez horas que permanezco en la inútil oficina. A veces quiero amurallarme el corazón, porque considerar bella a la vida requiere un nivel de optimismo, tolerancia y entusiasmo que se me antoja inaudito.
Entonces llegan, como un regalo, las letras de Jetzabeth, la sonrisa de los amigos, sus mensajes que son abrazos. Entonces digo, como Alejandro Sanz de su música: “no es que sea mi trabajo, es que es mi idioma”. Entonces redescubro que es una percepción personalísima, individual, inagotable, y veo poesía en el azul del cielo despejado de estos días, en esa Luna deslumbrante de diciembre, en la carrera libre de las ardillas por el muro, en el vuelo de los aviones y la celeridad del metro. Y en los trescientos pasos que me llevan a la esquina, en los zunzunes y las mariposas que liban de la bugambilia, en el dolor oscuro de lo perdido, en la bruma de los sueños, en las voces que hablan dentro de mi cabeza. Y también —por qué no— en el modo en que algunos balones se cuelan al fondo de la portería después de describir una elegante y límpida elíptica, o en la manera en que una bola sobrevuela la pizarra del jardín central diciendo adiós, adiós Lolita de mi vida.
Índigo —como las letras de Jetzabeth— o turquesa —como esas playas caribeñas que adornan el “escritorio” de mis computadoras—, así quiero ver el mar adondequiera que pose la vista. Y acaso lo logro si dejo que mi mirada traspase el muro de ladrillos, la fachada de los vecinos, los cerros y volcanes que sitian la ciudad. O si permito, simplemente, que la Poesía me lleve hasta el final de sus versos y desde allí me lo muestre. Siempre… una vez más.


Para más datos sobre los sucesos del 8 de diciembre de 1988 en la Librería “El Pensamiento” de Matanzas: leer aquí

martes, 24 de noviembre de 2009

¿Que veinte años no es nada?

En Miami Dade College durante la Feria del Libro



Me veo claramente si miro detrás…
Silvio


Me veo claramente una noche de principios de los ochenta en la mesa ovalada del salón de juntas de la Facultad de Filología de la Universidad de Oriente. Hay sesión de taller literario y he sido invitada. Es mi primera vez en estas lides. No recuerdo el poema que leo ni quiénes están alrededor. Sólo a Luis Carlos Suárez, quizás porque es el presidente del conciliábulo; tal vez a Radhis en alguna esquina. Lo que sí recuerdo es la tremenda “paliza” de la que no salió ni un verso sano.
Entonces no lo entendí pero ése fue el principio. El salto, el primer paso. El tránsito de los versitos que escribía al final de los cuadernos cuando me aburría en clases hacia el sendero de la poesía. De cualquier modo, no llegó tan rápido. Porque vuelvo a verme años más tarde en el patio de la casa natal del bardo José María Heredia, bajo la luz amarillenta de la galería, en las reuniones del taller literario municipal que coordinaba Aida Bähr, también molesta por las críticas a veces tan despiadadas que parecían cuestión de venganza o de envidia más que de superación.
Pero allí conocí a personas que fueron fundamentales entonces, y ahora. El primero, León Estrada. Pero también José Manuel Poveda, Alberto Garrido, José Mariano Torralba… Empecé a trabajar en Cultura Provincial, me integré a la Asociación Hermanos Saíz, que por esos años se reestructuraba, participé en concursos, conferencias, más talleres… Y en septiembre de 1987 el Festival Nacional de Poesía Joven inundó mi ciudad y, como una de sus organizadoras, conocí a todo lo que valía y brillaba en la poética cubana bisoña y consagrada.
Ese encuentro fue el punto de arranque de muchos caminos. A partir de ese momento mi vida fue otra; los dos años siguientes tuvieron una intensidad que pocas veces se ha repetido. Rompí los límites provinciales y desanduve la isla de punta a cabo —de la punta de Maisí al cabo de San Antonio—, compartiendo con los mejores poetas y aprendiendo de ellos. Empecé a escribir como poseída —que es el modo en que escribo— versos y reseñas culturales de todo tipo. Me veo claramente junto a un grupo de artistas excepcionales y amigos a toda prueba fundando y manteniendo el tabloide Perfil de Santiago, las ediciones Caserón. Eran los tiempos del Parque del Ajedrez, de las Noches del Cabildo, de La Jutía Conga, de las tertulias en la Casa del Caribe, de la Escalera —así, con mayúscula, porque también fue una institución cultural.
A principios de 1989 tenía listos dos libros de poesía: Enigma de la sed salió como parte de las ediciones Caserón; Historias para el desayuno ganó el premio de poesía “Adelaida del Mármol” y fue publicado en Holguín. Entonces me fui a La Habana. De eso hace veinte años. Dos décadas, cuatro lustros. Tiempo relativo que a veces parece eterno y a veces, un suspiro. Veinte años, nueve libros, varias ciudades, otras tantas casas… Debí haberlos celebrado con más bombo y más platillo. Pero éste ha sido el año de Espejo de tres cuerpos y en ese azogue, como pozo sin fondo, se ha hundido casi todo.
Reparé seriamente en la efeméride una tarde de mediados de octubre en Xalapa, mientras paladeábamos un tinto en la mágica casona de Nina Crangle. Y fue en mi más reciente viaje a Miami cuando tomé conciencia. Por eso, a punto de terminar el año, decidí dedicarle a estas dos décadas mi lectura de poesía en Zu Galería y extender el festejo al gran festejo que ya era, de por sí, la presentación —finalmente posible— de Espejo de tres cuerpos como parte del Programa de Escritores Hispanoamericanos de Miami Fair Book International.
Invitada por el Florida Center for the Literary Arts, arribé a la Ciudad del Sol en medio de cerrada nublazón y tremendo friazo. Cosa normal; ya no debiera extrañarme: a dondequiera que llego, el clima suele revolverse de pronto y todos dicen: “aquí nunca es así, no sé qué ha pasado”… Pero el mediodía del sábado 14 hizo justicia al apelativo de Miami: hubo sol. Brillante y tibio. Así nos dio la bienvenida Mariela Gal Lerner en el área de hospitalidad para autores, ubicada en la biblioteca del campus Wolfson, donde abracé una vez más a Teresita Dovalpage, conocí personalmente a mi compatriota Ana Cabrera Vivanco y a la boricua Anjanette Delgado, quienes serían mis compañeras en el panel "Nuevas perspectivas de la narrativa femenina".
Un panel que resultó, para decirlo en buen mexicano, de poca madre. Tere, como presentadora precisa y considerada, nos cedió la palabra; las autoras hablamos acerca de las respectivas novelas y los procesos que nos llevaron a ellas; el público, atento y receptivo, hizo preguntas que nos permitieron ahondar en esas tres visiones de la mujer que plantean nuestras obras, en la literatura escrita por mujeres y su lugar en el contexto actual, en los malabares del mercado y el mercadeo, en nuestros afanes personales y genéricos, similitudes, cercanías, complicidades.
Siempre una feria del libro es eso: una gran fiesta, un manantial de alegrías y satisfacciones. El reencuentro con los viejos amigos; el descubrimiento de los nuevos. Esas sonoridades que por semanas siguen danzándonos por dentro. Límpidas cataratas para ver, muy claramente, qué me gusta y cuánto no. Dos décadas observo desde este promontorio y le pregunto a Gardel: “Decime, che, ¿de dónde sacaste que veinte años no es nada?”…
Hace unas semanas una vieja amiga me reprochó que últimamente paso demasiado tiempo en el recuerdo, como si amasara una bola de pasado que crece como avalancha de nieve. Mi ex cuñado Camilo me contó que los rusos afirman que añorar el pasado es correr contra el viento. En eso venía pensando esta mañana cuando saltó de mi pecho aquella canción de Angelito Quintero: “Soy lo que fui y lo que soy/ es lo que seré mañana también/ porque yo soy solamente una ventana/ que entre la vida y entre la muerte/ abre sus alas”…
Se repitió como disco rayado o trabalenguas dentro de mi cabeza hasta que sentí una voz pronunciar mi nombre. Era Marielena Olivera, esa amiga del alma. Hicimos todo el trayecto del metro mirando hacia el futuro.




Compre "Espejo de tres cuerpos" en la FIL de Guadalajara


martes, 17 de noviembre de 2009

Viernes 13 en la Calle 8

En el patio de Manny
(Fotos de Ena Columbié)



La noche del viernes fue mágica. No por ser viernes 13, esa combinación que los gringos visten de fantasías truculentas, especialmente cinematográficas, sino porque en una casita de la Pequeña Habana, mitad galería de arte, mitad cubanísimo patio, nos reunimos amigos de todas las épocas para celebrar mis veinte años de creación poética. Pero, más que eso, para darnos los abrazos y los besos, contarnos los chismes y tomarnos las cervezas que la distancia geográfica nos dosifica a veces con crueldad.
En Zu Galería, ese espacio en el 2248 SW de la Calle 8 que Manny López le ha regalado a la comunidad artística en Miami, se celebró durante toda la semana pasada una serie de veladas literarias alternas a la Feria Internacional del Libro que organiza cada año el Center for the Literary Arts de Miami Dade College en la Ciudad del Sol. Allí estuvieron György Ferdinandy, Julio Benítez, Elena Iglesias, Carmen Duarte, Teresita Dovalpage y Ana Cabrera Vivanco.
El viernes fue una noche inolvidable. Allí, en Zu Galería, me reencontré con amigos que no veía hace casi dos décadas, como Inés María Véliz, Carmen Duarte, Rebeca Ulloa, Sindo Pacheco o Manolo Vázquez Portal, y “conocí” —¡por fin!— a gente tan cercana como Manny López, Aymara Aymerich, Marta Ramos, Joaquín Gálvez, Joaquín Estrada-Montalván, Leyser Martínez y Niurkita Palomino. Gusto grande fue, como siempre, volver a abrazar a Ena Columbié, Elena Tamargo, Germán Guerra, Carlitos Pintado, George Riverón, Juan Carlos Valls, Heriberto Hernández, Alex Papagayo, Carina Fernández, Carlos del Pino… Y por si fuera poco, hasta tuve una charla telefónica sorpresa y relámpago con mi viejo amigo santiaguero Conrado Pérez.
Bajo el ronroneo constante de los aviones, leí textos de todos mis libros, desde “Balcón al mar”, mi primer poema “en serio”, hasta unos apuntes a propósito de un cuadro de Leonora Carrington que titulé “El beso” y que permanecen escritos a mano en mi libreta de notas. Después de las fotos, las firmas, las conversaciones breves, terminamos en una improvisada tertulia familiar en la que vimos llegar la madrugada y arreciar ese impertinente frío con que me recibió la tórrida ciudad.
Tengo mucho más que contarles pero todavía no he vuelto a mí; en la cabeza siguen valseando rostros y recuerdos, palabras dichas y palabras huidas. Por eso, mientras regreso a una realidad que no admite opciones ―al menos por ahora― y acomodo en el corazón y en la memoria tantas alegrías, les comparto este generoso texto que, para presentarme, leyó mi querida amiga y gran poeta Elena Tamargo la noche del viernes 13 en esa maravillosa Zu Galería.






La única sáfica de nuestras poetas

Elena Tamargo



No hay nada más bello que leer a un buen autor y luego, al conocerlo, comprobar que, además, es una persona buena. Odette Alonso es una mujer muy buena, que desde que hincó en el mundo su mirada de poeta inteligente, supo que la palabra tiene su terrible límite, que más allá de ese límite está el caos y que después del final de la palabra empieza el alarido, porque la escritura intenta retener lo fugitivo, fijar lo inaprensible. Para llegar a esto es imprescindible un rigor extremo, y Odette es un modelo de ese rigor, en su literatura y en su compromiso con sus contemporáneos, con la poesía y con sus amigos. Entre sus grandezas está haber enfrentado su sexualidad sin tabúes y haberla hecho parte de su poética, poética que es su propia vida, porque Odette es capaz de captar las mínimas sensaciones, los mínimos detalles y saber que nada carece de importancia. Con un sentido del humor bastante ausente en la poesía femenina cubana.
Creo que Odette es una mujer tímida y altiva, más solitaria que independiente, que no vivió en ninguna torre de marfil ni ha perdido nunca contacto con su tiempo. Premiada, publicada, muy considerada por la crítica, reconocida entre las más importantes poetas cubanas de hoy, sencilla, adorable y alegre, es una escritora que sabe que escribir es un infierno, que es duro como partir rocas. Pero al mismo tiempo sabe cómo hacer saltar chispas y astillas como aceros pulidos, de firme contorno e insondable profundidad. Su poesía la ha construido de palabras rigurosas, y no ha necesitado el adorno para congelar el instante: escribe simple y desnuda. Y también hiere y conoce el silencio.
Como ningún otro poeta cubano ha demostrado su interés por la promoción de sus contemporáneos, y aunque nunca ha sido publicada, no me explico por qué, Odette ha preparado la más completa antología de poetas en el exilio, Las cuatro puntas del pañuelo, para lo cual les pidió textos a cubanos de todos los exilios.
De lo personal, de lo que aprecio hablar porque creo que hay que dar fe de nuestro tiempo, contar quiénes hemos sido, unos con otros, hoy más que nunca, que el arte mismo es menos importante, a menudo, que la vida de los artistas, en esta época del retorno de la biografía, pues, quiero decir que Odette ha sido una amiga mía grande, importante, que ya está en mi relato. He tenido a Odette al lado en muchos momentos, buenos y tristes, y muy tristes, como familia; ha presentado todos mis libros desde que llegamos a México, en los mismos días de hace ya muchos años; hemos leído versos en las Ferias y en las universidades, en el viejo pueblo de Tlalpan, donde vivieron Martí y Heredia, y en el Centro Histórico de la ciudad; hemos compartido una mesa para celebrar el centenario de Nicolás Guillén y también el de Cernuda. Y compartimos, además, un amor casi irracional por ese país donde hemos sido felices y nuestras obras han crecido. Pero también Odette me acompañó al Cementerio de Dolores con Osvaldo muerto, y luego a entrar de nuevo a mi casa, y luego a un homenaje póstumo, y de todos esos momentos escribió relatos estremecedores. Sin embargo, tengo un recuerdo de mi amiga Odette que no será superado. Fue hace poco más de un año en una cama de hospital, en México; desperté de una larga anestesia y cuando abrí los ojos tenía la cara de Odette pegadita a la mía, y me dijo: “he venido a leerte poemas que les he escrito a mis amantes”.
Gracias amiga, por tu poesía, por tu solidaridad verdadera, por tu amor.






martes, 10 de noviembre de 2009

De pin, queridos amiguitos

Plutarco Tuero, la alcaldesa y Agamenón
en una escena de San Nicolás del Peladero



A mis amigos del Facebook,
a quienes me compartieron las anécdotas.


Desencajada por estos friazos árticos que nos hemos gastado la semana pasada en el valle de México, el viernes me quejé de la ambiental gelidez haciendo uso de esa faceta trivial y frívola del Facebook donde, como dice Frank Zárate, la gente suele hacer gala de sus miserias humanas y su dosis de bobería. Puse allí: “Este frío está de la repi…” Los contertulios empezaron a comentar y mi vecino de la niñez y viejo amigo Alberto Contreras nos contó que en Chile lo mismo hace un frío de la “repi” que un calor de la “resin”. Entonces Elia Martínez-Rodarte, mi admirada y regia colega, siempre tan curiosa de los cubanismos desde que su anfitriona de allá le dijo que le haría un arroz con pollo y un potaje que “te cai patrá” [o sea, te caes para atrás], preguntó qué significaban los respectivos apócopes y le fueron aclarados lacónica pero sustanciosamente.
Acto seguido, Contrera engoló su voz virtual, como locutor viejo, y apuntó: “Éste fue el minuto cultural de la mala palabra”. Y automáticamente me acordé de la locutora de la madrugada en Radio Enciclopedia que anunció, con esa voz sexy que suelen tener las cubanas: “A continuación, Water Murphy con El vuelo del moscardón” y sin darse cuenta de que el micrófono seguía abierto, un bostezo descomunal precedió a la frase: “Ay cojones, qué sueño tengo”...
Sin lugar a dudas, el gran hito de las pifias televisivas cubanas fue el de Armando Calderón en La comedia silente. Los domingos en la mañana, como parte de la programación infantil, pasaban en el Canal 6 una serie de cortos del cine mudo que Calderón iba narrando en vivo —no había entonces grabaciones previas ni trasmisiones diferidas—. El hombre se engolosinaba en detalles y ocurrencias con una creatividad y una soltura dignas de asombro. En una de aquellas escenas, algo así como la guerra de los pasteles o un Songo le dio a Borondongo y Borondongo le dio a Bernabé, casi asfixiado por la celeridad que el capítulo le exigía, concluyó: “¡Esto está de pinga, queridos amiguitos!” La frase se insertó en ese mismo instante y para siempre en el lenguaje popular y se repite a diestra y siniestra cada vez que la cosa está que arde —o sea, constantemente.
Para un extranjero, pocas cosas hay tan subyugantes como las expresiones populares de otro país. Cuentan que cuando el actor español Juan Echanove fue al programa sabatino Contacto, Raquelita Mayedo le preguntó cómo se sentía en Cuba y él le soltó, convencido de estar tocando la cumbre del aplatanamiento: “Pues de pinga”. La muchacha trató de explicarle que la expresión —a pesar de Armando Calderón— no era muy apropiada para decirse en público, y menos en televisión, y el hombre respondió: “Bueno, perdón, pero es lo que más he oído desde que llegué a Cuba”.
Nela del Rosario era, por entonces, una señora ya mayor y arregladísima, muy propia, que anunciaba los cambios de programa. Una de aquellas noches, a punto de comenzar la transmisión de una famosa serie, Nela, haciendo un rotundo movimiento de cabeza y hasta una pausa confirmatoria, sentenció: “A continuación, el próximo capítulo de Los Rosenberg… deben morir”... Un segundo después se dio cuenta del terrible error y alargando la mano hacia la cámara e incorporándose a medias intentó corregir: “No, no deben morir, no deben morir...”
A Nela del Rosario la dejaban segundos y segundos con la sonrisa enfriándosele frente a la lente mientras preparaban la entrada del próximo programa. Ella sostenía estoicamente la mirada tratando de que el estiramiento de las comisuras no menguara ni diera cuenta de su molesta situación. Pero del mismo modo en que había esas demoras, solía haber cortes intempestivos que no daban tiempo a ninguna explicación, como le pasó a Miguel Ángel Alea en un enlace del Noticiero Nacional a Santiago de Cuba. Estaba dando las noticias de la zafra cuando le anunciaron que a la transmisión le quedaban sólo unos segundos y el gordo se apuró a decir: "...esto es lo que hacemos los santiagueros para cumplir con la premisa de nuestro Partido de hacer menos con más"... Corte a La Habana, se va el enlace y el pobre hombre se queda rojo como tomate imaginándose el catálogo de regaños y castigos que iba a caerle encima.
Santiaguera era también Sonia Suárez, aquella morenaza que empezó como locutora en Tele Turquino pero, gracias a su simpatía —y quién sabe si a otras mañas—, se la llevaron a La Habana, al Noticiero Nacional. Allí le encargaron las breves internacionales y en una de sus apariciones, anteponiendo, cual es costumbre, el país donde se origina el despacho de prensa, aquélla leyó —que ya había prompter o algo similar—: “Madascagar…” Revolviéndose entre contener la risa, disimular la pena y sacar a flote el asunto, decidió rectificar y repitió contundente: “Madascagar”… ¡Ni modo!, diríamos en México.
Como bien comentó Ana Zilma, hay mucho de leyenda en estas anécdotas que generalmente nadie cuenta de primera mano, como testigo ocular o auditivo, sino por la larga tradición oral que nos hace repetirlas una y otra vez muertos de risa, como chistes de Pepito. Los martes en la noche había en el Canal 6 —el único entonces, porque Tele Rebelde era local— un panel integrado por tres luminarias de la academia cubana: Gustavo Du Bouchet, María Dolores Ortiz y Humberto Galis Menéndez. Los televidentes mandaban nombres, temas, hechos históricos, obras de arte y personajes descollantes de la cultura universal que los doctores adivinaban a través de preguntas que los acercaran al resultado. Sólo podían cometer diez errores y casi nunca llegaban a ese monto.
Hay que apuntar, en este caso, antes de pasar al suceso en cuestión, que como en todas las culturas el 13 está cargado en Cuba de connotaciones “negativas”. Cuando una cuenta llega a ese número, suele decirse 12 + 1 o saltarse del 12 al 14 para evitar que los muchachos bromeen —y se jodan al otro— con un versito rimado que, al decir trece, acota: “si me la mamas, crece”. Supongo que en cierto momento, alguien, en respuesta a esa invitación no pedida y por lo general molesta, le espetara al gracioso, con gesto de “vete al carajo”, la conminación: “¡Tócate!” A partir de entonces, la cuenta numérica solía ser: 11, 12, tócate, 14…
Hablando, pues, de lo posiblemente irreal de estos chuscos acontecimientos televisivos, es difícil imaginar a una mujer tan fina y atildada como la doctora Ortiz —en aquella época, en la que todavía se era bastante celoso con los valores y la propiedad del lenguaje, y en aquel programa especializado en arte y cultura— diciéndole a su compañero de Escriba y lea, quien acababa de adivinar “el número 13”: “Ay, Du Bouchet, discúlpame chico, pero... ¡Tócate!”
Como toda transmisión de la época solía ser en vivo, con actores muy profesionales, curtidos en la improvisación que salvara cualquier pérdida de memoria, y como no existían los “apuntadores” que les soplaran al oído la siguiente frase, abundaban los chascarrillos alejados del guión original, especialmente en los programas de comedia. Uno de los más famosos fue San Nicolás del Peladero, con un elenco de primera y una trama que satirizaba la vida en un pueblo de provincia durante la república —dizque mediatizada—, antes de la revolución. María de los Ángeles Santana, que encarnaba a la alcaldesa del poblado, tenía un mayordomo de nombre Agamenón, al que llamaba con filigranas vocales que asombraban a la mismísima escala musical. Cuentan que en uno de los capítulos, habiéndose tardado Agamenón más de lo previsto, recibió el regaño de su ama: “La próxima vez que te demores en llegar cuando te llamo, se lo voy a decir al CDR”. Y acto seguido, con una risita entrecortada acotó: “Ay no, chico, no… a quien se lo voy a decir es al alcalde, a mi marido Plutarco Tuero”.
Dice Contreras que en uno de los capítulos de Juan Quinquín en Pueblo Mocho, aquellas Aventuras que también se transmitían completamente en vivo, Julito Martínez sacó la pistola para matar a uno de los guardias; el responsable de los “efectos especiales” andaba entretenido o le fallaron los rudimentarios instrumentos con que se remedaban los sonidos, y la pistola no “disparó”. Julito, con su habitual seguridad y entereza, la guardó en su cartuchera, volvió a sacarla e hizo “¡pum!” con su propia boca. Al “caer muerto” el guardia sin mayor dilación; Julito miró a la cámara fijamente y afirmó: “Es que estas pistolas eran del carajo, ¿sabe?”
Y terminemos con una de Radio Reloj, esa estación que da la hora e intercala noticias y comentarios culturales entre minuto y minuto. Por lo general se van alternando dos locutores, para que las voces distintas traten de salvar la insalvable y desquiciante monotonía del concepto en sí. Cuentan que uno de ellos leyó la semblanza de José Raúl Capablanca el día en que se conmemoraba el aniversario de la muerte del magistral ajedrecista. A continuación anuncian el minuto exacto y, accidentalmente, el segundo locutor comienza a leer la misma nota. Al percatarse del desliz, lo repara afirmando con toda seriedad: “José Raúl Capablanca murió... en el minuto anterior... Radio Reloj da la hora...” Tac, tac, tac… clin!

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Cibercutara

Una de las fotos de la campaña publicitaria realizada por
Ogilvy & Mather para International Society for Human Rights
que ganó medalla de bronce en los Premios Clio 2009 en Nueva York



Hace unos días Rafael Hernández, profesor de la Universidad de La Habana y director de la revista Temas, en el marco de una conferencia que dictó en la Universidad Internacional de la Florida, al responder a una pregunta del auditorio acerca del blog Generación Y de Yoani Sánchez, consideró que hay mucho de ciberchancleteo en el tratamiento de los temas relacionados con Cuba en internet, porque son enfocados más como catarsis que como análisis serios. Y al unísono, convocada por la poco catedrática afirmación, toda la blogósfera cubana estalló en un decidido y orgulloso cutareo, como diríamos en mi tierra oriental a esa acción de sonar la chancleta.
Chancleteo es, en nuestro argot, no precisamente catarsis —que es una palabra griega, finísima—, sino chusmería, bajeza, vulgaridad, desahogo visceral, chisme de barrio, de solar, de cuartería, de vecindad. Que la blogósfera cubana sea un cibersolar es algo simplemente idiosincrásico, porque así somos los cubanos: breteros, buscapleitos, cabeza dura y malapalabrosos. Y en esos cuartos reducidísimos de multiviviendas compartidas se hablan, muchas veces, las cosas más serias que a la nación competen. Por ejemplo, las miserias y la libertad.
Claro, que en la respuesta de Hernández hay un valor agregado: tratar de restarle importancia, desmoralizar al contendiente ha sido una de las prácticas más frecuentes del gobierno cubano como lo es —no nos engañemos— de la política “democrática” que conocemos en el resto del mundo. El detalle, en el caso cubano, es desentrañar —y la mayor parte de las veces no hay que profundizar mucho— qué tanto estos personajes hablan realmente por sí mismos y cuánto por no perder las posibilidades del viajecito al extranjero, que les permitirá comprar a su familia ropitas y regalos que no hay en Cuba o, incluso, equipos profesionales de trabajo como una computadora o bibliografía imposible de encontrar en la isla de los libros prohibidos. Qué tanto expresan sus propias convicciones y cuánto dicen por órdenes de otros, o por mantener estatus y prebendas a su regreso.
Ciberpayasa le llamó a Yoani hace unos días M. H. Lagarde, esa especie de paparazzi socialista que ha convertido a la bloguera en su “contenido de trabajo” y que suele acusarla de algo que le pega mucho mejor a él: de mercenaria. Pareciera que el enemigo número uno del gobierno cubano ya no son el imperialismo yanqui y los ciclones sino una simple internauta, y que sus mejores torpederos están enfocados a su desprestigio. Todo porque ella se ha dedicado a retratar en su blog la cotidianidad cubana y ha tenido la osadía de desafiar a las autoridades migratorias para que le expliquen por qué le prohíben la salida del país, aun para viajar a las entregas de los premios internacionales que le han sido conferidos. Si Yoani fuera realmente tan poca cosa, tan insignificante, tan payasa y chancletera, ¿cuál sería el peligro de que abriera la boca? Si ni siquiera el pueblo cubano tiene acceso a internet ni puede leer sus posts
Pero si no bastara con los ideólogos, han grabado y difundido una serie de videos en los cuales unos pioneros, criaturas de 12 años, la acusan de haber intentado adoctrinarlos, de violar sus derechos humanos. ¿Qué podrán saber esos niños de una doctrina que no sean el miedo y la obediencia?, ¿qué sabrán de derechos humanos?
Lógicamente nadie les ha explicado que ese concepto se mueve en las lindes de la actuación del Estado y su estructura institucional en contra de la población y no corresponde a acciones entre particulares. De tal modo que quien ha violado sus derechos —de ellos y de los más de diez millones de cubanos— constante y consuetudinariamente es el gobierno que nunca nos permitió —y por lo tanto no aprendimos a hacerlo— pensar, decir o escuchar algo distinto a lo establecido en los lineamientos del Partido, a riesgo del más infame, maquiavélico e inhumano catálogo de amenazas y represalias.
Eso que ahora padece Yoani Sánchez es lo que nos han hecho a todos por décadas. Porque todos, el pueblo entero, hemos sido su laboratorio de perversiones y, en definitiva, sus enemigos. Por eso nos convertimos, a la larga, en esta mezcla de impotencia y prepotencia pataleante que —sí, tiene razón Rafael Hernández— hemos hallado en internet un medio de desahogo y, más que eso, de unión, comunicación y denuncia.
Hubo allá, en “la tierra”, una danza tradicional —de aquellas prácticas culturales nacidas de la precariedad y que pareciera que esta “nueva precariedad” echa al olvido— llamada el baile de las chancletas. Un grupo de danzantes provistos de cutaras de palo —como diríamos en Oriente— llevaba con los pies el ritmo de la pieza que danzaban. La blogósfera cubana, este cibersolar, es eso: una virtual danza de las chancletas que hace demasiado ruido en los tímpanos del gobierno y sus secuaces. Que habla “muy rápido”, o sea, sin miramientos ni temores.
Internet, por muy limitado que tengan el acceso, es actualmente un tremendo enemigo del gobierno cubano. De modo que la única estrategia que les queda es demeritar a quienes hacemos uso de esta herramienta para, entre otras muchas cosas, abogar por la libertad de Cuba y de todos los cubanos. Porque las fuentes primeras de esa libertad son el libre acceso a la información y la posibilidad de estar de acuerdo o de disentir abiertamente. El día en que en Cuba pueda haber un periódico contestatario —como, por ejemplo, La Jornada en México— o comunicadores que desde los medios oficiales puedan separarse de la línea oficial; es más, el día en que los medios dejen de ser todos oficiales, estaremos en el camino de la democracia. Y ese sendero es el que hemos inaugurado —gústele a quien le guste— los blogueros de afuera y de adentro y todos los cubanos agrupados en las redes sociales de internet.
Porque si bien el blog, como género o espacio, fue concebido como bitácora personal, como anotación de diario íntimo, en el caso de los intelectuales cubanos ha venido a suplir las columnas de opinión que no existen en los periódicos nacionales. Y si bien las redes sociales —Facebook, Twitter, Hi5— fueron creadas para intercambiar frivolidades, trivialidades, boberías de muchachos, desde ellas los cubanos hemos desplegado más de una campaña virtual mundial —planeadas y estructuradas, o espontáneas— por los derechos y libertades en la isla, como lo hacen también, defendiendo sus propias causas, venezolanos y hondureños. Todo esto con el tremendo potencial de la inmediatez que propician las nuevas tecnologías.
Por eso pudimos saber al instante de las detenciones de los músicos Gorki Águila o Aldo el cantante de Aldeanos, incluso del mismísimo personaje bautizado como Pánfilo, y no subestimemos el papel que en sus respectivas liberaciones tuvo el grito alzado desde estos espacios por el exilio cubano. Porque la lucha ideológica, queridos camaradas, eso que allá se ha llamado batalla de ideas, tiene hoy matices internéticos y se libra también desde la virtualidad.

martes, 3 de noviembre de 2009

Invitación a mis presentaciones en Miami



Viernes 13 de noviembre, 8:00 pm:
Lectura de poemas en Zu Galería, Fine Arts
presentada por Elena Tamargo
2248 SW 8th Street, Miami



Sábado 14 de noviembre, 2:00 pm:
Presentación de mi novela Espejo de tres cuerpos
comentarios de Teresita Dovalpage
Miami Fair Book International
Miami Dade College, Wolfson Campus,
300 NE 2nd Avenue, Downtown Miami
Salón 3313-14, edificio 3, tercer piso
Para ver el programa: www.miamibookfair.com



martes, 27 de octubre de 2009

Alí Babá y los cuarenta ladrones




Por los mismos días en que el Ministerio del Interior de Cuba le negó el permiso de salida del territorio nacional a la blogera Yoani Sánchez para ir a recibir el premio “María Moors Cabot” que le otorgó la Universidad de Columbia en Nueva York, también les fue negado el permiso de viaje a mis tíos, quienes visitarían en Colombia a uno de sus hijos. Los señores, mayores de sesenta años, jubilados ambos, viajaron desde Santiago de Cuba a La Habana, con todo lo que de odisea tiene un traslado interprovincial en la isla, y durmieron en los portales de la embajada sudamericana para “sacar el turno” que les permitiera tramitar sus visas, las cuales finalmente obtuvieron.
Pero su ilusión duró poco: la oficina de Migración del MININT les comunicó que tenían prohibido salir de Cuba hasta el año 2011. ¿La razón? Que el hijo al que visitarían “traicionó la misión” —o sea, no regresó, “se quedó”, “desertó”—, por lo que se hizo acreedor a un castigo de varios años sin poder entrar a Cuba, extensivo a toda su familia, que no podrá salir de allí a ningún lugar del mundo durante el mismo período de tiempo. O sea, que el castigo es expansivo y se reparte como escarmiento.
Esos vetos pueden ser tan estrictos que, desde Celia Cruz hasta cualquier anónimo médico familiar, todos conocemos a más de un compatriota que no ha podido regresar a ver morir a sus seres queridos ni solicitándolo como “caso humanitario”. Pero también pueden ser muy laxos a conveniencia: yo, por ejemplo, también fui sancionada de manera similar a principios de siglo cuando decidí renunciar a mi “permiso oficial” y convertirme en “emigrado”, pero pude ir antes de los cinco años porque como nuestros consulados son una caterva de rateros autorizados, el de México tenía vaya usted a saber qué acuerdo con una de esas agencias de viaje operadas por cubanos bajo la venia y protección de la embajada, la cual tramitaba con el MININT —no sé si oficialmente o por debajo el agua— los permisos de entrada de los “castigados” a cambio de 80 o 100 dólares, una fortuna en comparación con los 25 que cuesta la visa para cualquier extranjero.
En aquel entonces, ya me había nacionalizado. México aún no admitía la doble nacionalidad y, para recibir la carta de naturalización, era requisito indispensable que entregáramos el pasaporte y firmáramos una declaración jurada en la que renunciábamos a nuestra nacionalidad anterior. Pero como el gobierno cubano jamás prescindirá del control de sus súbditos, hagan lo que hagan o se vayan a donde puedan irse, en cuanto recibíamos los documentos de identificación mexicanos debíamos presentarnos a la embajada de Cuba donde nos elaboraban un nuevo pasaporte. Sólo así podríamos volver a la isla, porque para una persona nacida allí es absolutamente imposible entrar con documentos expedidos por algún otro país. Abundan las anécdotas de “ex cubanos” regresados en el mismo avión en que llegan por no llevar el isleño pasaporte.
Lógicamente este procedimiento era clandestino porque, como ya dije, México no aceptaba que sus ciudadanos tuvieran otras nacionalidades ni documentos de otros países. Por lo cual, para volver a la isla había que “hacerle trampa” a México: en los mostradores del aeropuerto Benito Juárez enseñábamos el pasaporte mexicano y en los de la isla, el cubano, arriesgándonos a las consecuencias —nefastas— que aquello pudiera tener si los aztecas “se daban cuenta” del “engaño”.
Si bien hay una clara intención de control por parte del gobierno cubano que no quiere perder de vista a sus borregos, vayan adonde vayan, la función primera y fundamental de la estructura migratoria del Ministerio del Interior y de los consulados cubanos en el exterior es sacarles el dinero a los traidores gusanos. Sablazo a sablazo lo hemos interiorizado y aceptado —mal que nos pese— durante décadas. El negocio mejor planeado y más visionario de la revolución fue la división de la familia: la mitad fuera, la mitad dentro, lo cual garantizó el subsidio involuntario que los emigrados —tan vapuleados y denigrados— hemos otorgado a la economía nacional por medio de viajes a, o desde, la isla y remesas familiares.
Por eso dejaron salir con tanta complacencia —aunque la dibujaran de otras reacciones más aguerridamente revolucionarias— a los miles del Mariel, los miles de la gran migración de intelectuales y artistas de principios de los 90, los miles y miles desde la crisis de los balseros hasta hoy, sin importarles cuántos sean alimento de tiburones en el estrecho de la Florida o el golfo de México. Por eso se hacen de la vista gorda con las cartas de invitación “falsas”, la trata de personas y las lanchas que llegan “ilegalmente” a buscar gente a las mismísimas costas de la isla. Porque uno que se vaya mantiene a los que se quedan. Y ese dinero sólo puede ingresar a las arcas estatales porque en Cuba no hay otro tipo de propiedad que no sea la del Estado. Y no hay principios ni decencia: poderoso caballero es Don Dinero.
Pero dicho así, sin mucho detalle, pareciera que los cubanos, al margen de esas molestias referidas, pueden salir de su país sin mayor problema. Y no. Para que alguien trascienda los límites geográficos del archipiélago, debe haber recibido previamente carta de invitación de una persona o institución radicada en el extranjero que se comprometa expresamente a costear todos los gastos de viaje. Porque —no está de más decirlo— con aquellos salarios nadie podría hacerlo: los mayores sueldos ascienden a 400 pesos (unos 16 dólares al mes) y un boleto al lugar más cercano no costaría menos de 400 dólares.
Cuando el supuesto ciudadano recibiere la mencionada carta de invitación —notariada por la embajada respectiva y que en México cuesta poco más de 2,000 pesos— inicia el calvario de los permisos: tiene que tramitarlos ante el centro laboral o de estudios, ante el ministerio correspondiente, solicitar la visa del país en cuestión y finalmente, pedir la tarjeta blanca, o sea, el permiso de salida de Cuba. Los dos últimos peldaños (visa y tarjeta blanca) con un alto costo que, por supuesto, también suele sufragar quien extendió la invitación, al igual que el monto del boleto aéreo y la manutención durante la estancia. Esto sólo cambia en los casos de personas que se dediquen a algún negocio ilícito que les permita un ahorro de divisas o en el caso de funcionarios del gobierno que reciban los viáticos correspondientes.
Y como para salir, también hay que pedir permiso para entrar. Cuando las cosas empezaron a ponérseles feas en la Comisión de Derechos Humanos de la ONU por los cuestionamientos a la violación del derecho universal de libre tránsito, el gobierno cubano inventó una modalidad llamada “Habilitación”, que recibimos, en primer lugar y de manera gratuita, los artistas e intelectuales, todos esos que nos pasamos la vida soltando la lengua. Ese otro “permiso” confiere entradas y salidas múltiples siempre que no se exceda la cantidad de 21 días de estancia en la patria querida. Porque al día 22, tendrá usted la patrulla en la puerta de su casa para llevarlo al aeropuerto.
El golpe económico resultante de esa gratuidad debe haber sido fuerte —ya no podrían cobrarnos el permiso de entrada—, pero un verdadero revolucionario no se amilana y convierte los reveses en victoria: inmediatamente empezaron a cobrar la prórroga de los pasaportes cada dos años. O sea, que usted paga 2,800 pesos mexicanos por la confección de un pasaporte por seis años, pero cada dos tiene que desembolsar 1,400 pesos para las actualizaciones parciales, sin las cuales no podrá entrar a Cuba de ninguna manera. De tal modo que el documento con vigencia de seis años cuesta nada más y nada menos que 5,600 pesos, o sea, unos 430 dólares. ¿Habrá alguno más caro, pero sobre todo más mañoso, en todo el universo, incluidas las galaxias circundantes?
Si piensa usted que ahí terminaron los malabares del viajero y los abusos del Estado socialista, se equivoca totalmente. El familiar o amigo que viene a visitarle debe pagar a la embajada cubana 560 pesos (unos 40 dólares) por cada mes de estancia, o sea, una especie de alquiler por estar fuera de Cuba. De no cubrir ese arancel, no podrá subirse al avión de regreso.
Además, los cubanos residentes en el extranjero debemos pagar a la entrada a la isla el exceso de equipaje que llevemos, aunque ya lo hubiéramos abonado a la línea aérea que nos transportó. Como si la isla se fuera a hundir con el peso de más. Y ni hablar de los impuestos por ingreso de efectos electrodomésticos o artículos personales porque eso cambia cada día, cada mes, cada vez que les convenga, a gusto y antojo del gobierno y, sobre todo, de los ladronzuelos de toda laya vestidos de militar del aeropuerto internacional “José Martí” y otros del interior, como cuenta el cantante popular Cándido Fabré en el video que aquí les dejo.


martes, 20 de octubre de 2009

Un buchito de café en Santiago




El domingo Camila Remón, hija de mis queridos amigos de toda la vida Viky y Ramiro, me mandó por Facebook esta foto donde, apenas salvándose de la aplastante imponencia del hotel Imperial, asoma la esquinita del santiaguero Parque del Ajedrez en la confluencia de Enramadas y Santo Tomás; aquella cafetería donde, como ya he recordado tantas veces, a finales de los ochenta pasábamos horas Inés María, Orlando, Raúl, Rafelito Fleitas y otro puñado de amigos y contertulios que allí nos dábamos cita a media mañana o a la salida de las respectivas oficinas para tomar un poco de fresco ―casi una ilusión― y un buen café de 40 centavos al que todos llamaban “café caro”, nombre que incluso se hizo extensivo al establecimiento.
Ayer en la mañana, como si se hubieran puesto de acuerdo, Inés María me mandó esta imagen tomada durante su más reciente visita a la isla. En ella se ve, además de la desafiante modelo, el “interior” del café, las mesas de granito con el tablero pintado, la ventanilla por donde salían los pedidos del humeante líquido.




“Nos vemos en el café caro”, decíamos, y en esos banquitos duros, Conrado Pérez me enseñó con paciencia cómo tallerear un poema y "limpiamos" Marlenys y yo, un mediodía de domingo, después de las MTT, aquel “Dedo que no tapa el sol”. Allí nos advertía Marta, a León y a mí, que si seguíamos comiéndonos las uñas tan frenéticamente, nos quedarían sólo muñones. Allí no sobrevivió títere con cabeza ni estómago rosadito. No sé cómo podíamos dormir en las noches después de tanta taza apurada gaznate abajo, tanto chisme sabroso e inquietante, tantas pasiones juveniles.
Pero a veces me hartaba el Parque del Ajedrez y emigraba a La Isabelica, expendio mucho más tradicional y barato, con mesas y sillas de madera y piso adoquinado, nombrada así en alusión a una de las más prósperas haciendas cafetaleras instalada por los colonos franceses que, huyendo de la revolución de Haití, fueron a asentarse en el Oriente cubano a finales del siglo XVIII.

Nunca me gustó La Isabelica. Era poca la luz que dejaban pasar las dos ventanas coloniales llenas de balaustres; insuficiente a pesar de las dos puertas a la calle. Las baldosas gastadas del piso siempre parecían sucias, polvorientas, y en las mesas Isolina, aquella mulata mal encarada, embarraba las huellas de la tazas con un trapo empapado de otras huellas. Las mesas solían compartirse y entonces, delante de los desconocidos no siempre podíamos seguir arrancándole las tiras del pellejo al que fuera protagonista de la conversación.
Sin embargo, en La Isabelica había otras especialidades, otras combinaciones. Café con licor de menta o de anís o aquellos carajitos, llamados también rocío de gallo para evitar la altisonancia, a los que se le agregaba una porción de ron. Porque he de confesarles que no me gusta especialmente el café; para mí es una bebida social, como las alcohólicas: rara vez me tomo una cerveza si estoy sola; rara vez cuelo si no es para compartir.
Conjugo ese verbo y me acuerdo del colador de tela triangular colocado en aquel artefacto metálico del que mi abuela y mi mamá sacaban el líquido oscuro cada mañana y cada tardecita. El primer buchito, recién colado, y luego al termo que mi papá se encargaba de consumir hasta la última gota. Ése sí era cafetero: bajaba Aguilera o subía Enramadas y se paraba en cada cafetería. Una taza tras otra, miles en el día. Y miles de cigarros entre una y la siguiente.
Digo café y evoco con igual intensidad el aroma del brebaje que el grano virgen que recogíamos en las laderas de la sierra durante los planes Escuela al Campo. Vista Alegre se llamaba aquel campamento en las postrimerías del Tercer Frente Oriental donde nos confinaban por 45 días para que combináramos efectivamente el estudio con el trabajo, principio básico de la educación socialista. Hasta allá no subían más que los camiones militares de potente tracción. Me veo claramente, como decía Silvio Rodríguez, a los 13 o 14 años en el barracón de madera y piso de tierra con un centenar de hamacas de yute por las que se colaba, en las terribles madrugadas, todo el frío de la serranía. Madrugadas en las que nos formaban en la plazoleta bajo la luz de la luna —cuando la había— para dar los resultados de la emulación y enfilarnos trillo arriba hacia el lugar de la recolección.
Como parte de esa red de ¿coincidencias? que suele tejerse ante nuestros ojos cual sorprendentes espejismos, como las ramas y bejucos que a veces ocultaban al Parque del Ajedrez de la vista del transeúnte, el próximo viernes presentaré mi novela en una cafetería, que además es librería y foro cultural: las Voces en Tinta de Bertha de la Maza, donde las esencias del arábigo fruto acarician olfato y paladar en un carrusel de preparaciones; mi favorita, el dulcísimo caramel macchiato con licor de almendras que preparan con destreza Massiel y Valentina.
Por si fuera poco, la semana pasada recibí desde la isla un mensaje de invitación para la próxima sesión del Café Bar Emiliana que conduce mi queridísima Soleida Ríos en el Palacio del Segundo Cabo de La Habana Vieja. Desde entonces tarareo, picarescamente, cual es el tono del estribillo, al ritmo de Carlos Puebla y sus Tradicionales: “Si no fuera por Emiliana nos quedaríamos con las ganas…” Y completo la frase mientras miro, una y otra vez, las fotos que aquí les comparto: “…de tomar café, de tomar café, de tomar café”.

martes, 6 de octubre de 2009

Lenguaje e inteligencia artificial

Leonora Carrington, Templo del Verbo, 1954




El idioma, como todo en esta vida, como la vida misma, es un proceso. Eso me quedé reflexionando después del texto de la semana pasada en este Parque del Ajedrez, de las conversaciones posteriores con varios amigos y de la muerte de esos dos grandes cantores de nuestra lengua que fueron —y serán siempre— Mercedes Sosa y el poeta Cintio Vitier. Un proceso, es decir, según la Real Academia Española, la acción de ir hacia delante, el conjunto de fases sucesivas de un fenómeno natural o una operación artificial. En pocas palabras, algo cambiante e indetenible.
El castellano que hablamos dista mucho —es obvio— de aquel con que Cervantes redactó en el siglo XVII El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Como dista el castellano “culto” del coloquial, el coloquial del marginal, el hablado en España del de América, el de cada país de nuestro continente del que usa su vecino más cercano, el de cada región dentro de cada país, y el espánglich del inglés y del español. Es el idioma, efectivamente, una herramienta de comunicación que funciona mientras cumpla esa primera premisa: comunicar y, en ese sentido, acomoda sus reglas, leyes e inteligibilidad en cada uno de esos contextos.
Las nuevas maneras de comunicarse los jóvenes, que a veces nos escandalizan, están inmersas en procesos mayores, globales: procesos naturales, sociales, tecnológicos. “De la escritura/ sólo el apocalipsis/ nos acompaña” leí en el Haikú del día, una de las mejores aplicaciones de Facebook, poética, para que no se diga que todos son tests tontos y boberías para perder el tiempo inútilmente. Y tal vez es cierto: estamos en la antesala del aparente desplome —o reconfiguración— del concepto de idioma que teníamos hasta ahora. Y no sucede solamente en la lengua de Cervantes sino en todas, porque los mencionados procesos son mundiales.
El futuro de esto que llamamos elegantemente Humanidad parece ser el tránsito inevitable hacia la inteligencia artificial; ésa es la misión del homo sapiens como especie: crear las condiciones que lleven a ese paso, que será la única posibilidad de que los códigos matemáticos en los que se basa el Universo trasciendan su fin y garanticen su ulterior refundación. Lo que antes denominábamos ciencia ficción —de Verne a las odiseas espaciales y la robótica— ya es parte de la realidad aunque a veces nos neguemos a aceptarlo, apegados como estamos a lo que creemos “nuestro”.
Según el budismo, esa milenaria filosofía oriental, la humana es una condición de sufrimiento debido a nuestra dificultad para comprender que todo es transitorio, que la vida es un río que fluye y al que es imposible detener. Esa incapacidad tiene su fuente en los deseos, los apegos, las resistencias, la idea de la posesión. Superarlos, librarnos de ellos, según Siddharta Guatama —o sea, Buda—, es romper el ciclo del sufrimiento y poder aspirar a un estado de total liberación. Claro que a los occidentales, tan cristianos —en todos los sentidos—, nos han enseñado lo contrario: existir es poseer y lo que no se desea, no se alcanza. Y lo que no se defiende, se encadena o se aprisiona, se va… Esfuerzo inútil, porque el destino de todo es irse, deshacerse como las “estelas en la mar” de Machado.
La otra trampa es el ego. ¿De dónde ha sacado el hombre —y la mujer— que es la cumbre de la Creación, el hijo predilecto de Dios? Esa idea del “animal superior” es exactamente igual a la de la “raza aria”, en todas sus connotaciones y consecuencias. Por eso abusa el ser humano de la Naturaleza y se cree un diosecito yuppie que puede despreciar su entorno y a sus compañeros de viaje, que puede parar o acelerar a su antojo el mundo, que puede poseer o desechar a su libre albedrío, tremendo concepto.
Todo tiene fijado su principio y su fin, su alfa y su omega, al menos en este ciclo y en estas dimensiones que habitamos. Incluidos la biodiversidad, la Tierra, la galaxia, el Universo. Lo demás es arena donde llevar a cabo el teatro de operaciones, la película de Dios. Salvando las distancias, cuando concebí “Un puñado de cenizas” —ese cuento tan desperdiciado que es lo mejor que haya escrito en los días de mi vida— o la novela Espejo de tres cuerpos, tenía claros los nudos principales, sabía cómo empezaba y cómo terminaba cada historia. Sin embargo, el resto, el relleno, fue surgiendo en el transcurso de la escritura.
Los personajes nos llevan por sus propios caminos, imprevisibles. Lo mismo ha de pasarle a Dios, al Universo, a como quiera llamársele a esa esencia superior que determina no sólo el camino del Cosmos, sino cada una de nuestras minimérrimas existencias. El Big Bang, como todo comienzo, determinó el final, porque en estos planos de existencia en los cuales se mueve la vida humana, todo lo que comienza irremisiblemente acabará. Y el idioma —ése al que algunos han llamado “nuestra patria”— es una de esas cosas perecederas porque, como dicen en México: “todo, por servir, se acaba”.
Dentro de un tiempo —posiblemente largo—, nadie necesitará comunicarse a través de una lengua sonora, rítmica, pletórica en sinónimos y frases bellas —que entonces serán inútiles, imprácticas, arcaicas—, sino a través de códigos funcionales que ya empezamos a aprender como si fuera un juego. Cuando chateamos, no decimos “qué gracias me da eso” sino que ponemos una carita sonriente o una bolita que se destartala de risa arrastrada por el piso virtual del dibujo que es. Emoticones les llaman. Cuando nos despedimos, ponemos el emoticón con mano que dice adiós o miles de representaciones parecidas que pueden “bajarse” de internet o copiarse de nuestros interlocutores, o sea, los otros chateadores.
“Esto es un guiño”, me dice Gloria y escribe ;) . Yo sé que es un guiño pero todavía me cuesta “verlo”, identificarlo como tal. Cuando nos liberemos de los apegos visuales, podremos mirar con mayor claridad porque la vieja máxima de “Ver para creer” va transformándose en un “Creer para ver”. Entonces, no sólo observaré el guiño de Gloria; también sabré que todas las cosas que no veo están contenidas en mi software —llámese conciencia, alma, inteligencia—; que allí viven y seguirán viviendo aunque los ojos las extrañen.
Tal vez eso que ahora nos parece un galimatías alfanumérico —y que realmente no es tan raro para quienes se especializan en las ciencias exactas— sea sólo una nueva manera de renombrar las cosas, como aprender otro idioma. Con el tiempo, todos sabremos que dos puntos y un paréntesis es una sonrisa; que dos puntos, apóstrofe, paréntesis que abre es llanto incontrolable, y que paréntesis con P mayúscula te saca la lengua. Esto entre miles de comandos que los muchachos (y los no tan jóvenes) repiten ya de memoria, automáticamente, interiorizado, en cualquier mensaje escrito como un idioma nuevo. Dígame usted si no vamos como Juan que se mata —símil cubano de la celeridad— hacia una escritura de otro tipo. Como mutamos, sin apenas percibirlo, para incorporar a nuestra anatomía los cambios necesarios para sobrevivir, por ejemplo, a la contaminación ambiental.
Como la materia, que no se destruye sino que se transforma, así es el idioma. Nada será mejor o peor, simplemente responderá a las funcionalidades de cada época o fragmento social. Yo tengo fascinación por la palabra —eso no es noticia— y creo que todavía, muy a pesar del reggaetón o los mensajes de texto, por muchos años seguiremos tejiendo hermosos trabalenguas, leyendo buena literatura, solazándonos en la sinonimia y la metaforización más dignas. Aunque sea nuestro “placer de viejos” y a los más jóvenes no les transmita mucho. No se agobien de antemano; recuerden que, como dijo el chinito Lao Tsé: “Cuando un camino llega a su término, cambia; después de cambiar, sigue adelante”.

martes, 29 de septiembre de 2009

La lengua de Cervantes





Para mi prima Astrid y para mi mamá,
maestra de español, por su cumpleaños.


Iba yo muy pensativa, con las manos en los bolsillos, caminando hacia el metro. Sentía la llovizna como finos alfileres y recordaba la noche anterior, la peña de Manolito Mulet en la sede del Centro de Intercambio Cultural “José María Heredia” que comanda desde hace más de tres lustros mi queridísimo Rafael Carralero. Avanzaba despacio, sonriendo, cuando algo en el pie me dio un tirón. “Chingá, ya se me desataron las agujetas”. Volví a apretar el nudo sobre mis tenis y sonreí: “A un cubano le costaría entender”, me dije, “allá diríamos: coño, se me desamarraron ―o desabrocharon― los cordones”.
Entonces recordé el texto leído en la víspera por Nacho Martín, mi contertulio gachupín ―o sea, español―, que bromeaba poéticamente sobre su experiencia al respecto en las casi dos décadas que lleva en tierra azteca:


Ya casi no conozco gilipollas
o quizás todos se volvieron pendejos.
El mogollón se está volviendo un chingo
y ahora en vez de resaca tengo cruda.

Un chingo sería en Cuba un pocotón. Un montón pila burujón puña’o. Y si bien la cruda es resaca, igual que en España, la borrachera es juma o curda. Y en Centroamérica, borracho es bolo y resaca, goma. Bolos le decíamos en Cuba a los rusos y gomas son las llantas de las bicicletas y los carros, allí donde carro es máquina y me cuentan que no habiendo encontrado una de alquiler que las llevara hasta el hotel en que se alojaban, por las Playas de Marianao, unas mexicanas le decían a su amigo cubano que no se preocupara, que tomarían un camión. Y él, abriendo los ojos descomunalmente y manoteando como pulpo, les grito: “¡Pero cómo van a coger un camión si pueden coger una guagua!”
Guagua es niño pequeño en Sudamérica, bebé, término que en México aplica hasta casi los cinco años, edad en la que ya en Cuba llevarían mucho tiempo siendo vejigos o fiñes. Criatura a la que, de ser niña, nunca se le llamaría en México hembra, que así se habla de los animales, no de las personas. Entonces, recién salida de la panza, a la cría se le dice mujercita… ¡Válgame Dios, qué mujer tan chiquitica! A uno de mis amigos, por preguntar con toda dulzura a una recién parida si el nuevo ser había sido hembrita, se le armó un sal p'afuera, un revolú, un huéleme la colcha, un dale que te pego, un Songo le dio a Borondongo que le costó la amistad de la ofendida madre… ¿Recién parida dije? ¡Ni que fuera una vaca! Lo correcto es recién aliviada, como si la susodicha se hubiera curado de una enfermedad muy dolorosa.
Ni hablar de los límites territoriales y semánticos entre estómago, panza y vientre porque entonces el enredo se tornaría inexplicable para un forastero con otra terminología para los mismos órganos. Y es que la lengua castellana, a la que tantos insistimos en llamarle español a pesar de los reclamos de las otras comunidades ibéricas, tiene tantas palabras para nombrar las mismas cosas y tantas variantes regionales para cada una de ellas, que sospecho que quienes tratan de aprenderla deben quedarse en Babia tan a menudo como los propios hispanoparlantes cuando llegamos a otras zonas o países.
Muchas veces me pregunto qué interpretará un recién avecindado en la capital azteca, por muy latinoamericano o ibérico que sea, al escuchar la Chilanga banda de Café Tacuba… banda, que es pandilla, mara, piquete, palomilla, conjunto musical o simplemente grupo de amigos; chilango(a), casi gentilicio de los nacidos en el Distrito Federal:

Pachucos, cholos y chundos,
chinchinflas y malafachas,
acá los chómpiras rifan
y bailan tibiritábara.

Mejor yo me echo una chela
y chance enchufo una chava,
chambeando de chafirete
me sobra chupe y pachanga.

Mi ñero mata la bacha
y canta la cucaracha,
su choya vive de chochos
de chemo, chupe y garnachas.

Transando de arriba abajo,
ahí va la chilanga banda;
chinchín si me la recuerdan,
carcacha y se les retacha.

Sonrío imaginándome la cara de mis lectores de otras regiones y pienso en el famoso Baile del perrito cuyo estribillo decía: “Papi no sea’ así, no te pongas guapo, que este baile lo bailan todos los muchachos”. Nunca he estado segura de qué entienden los mexicanos —si es que vale la pena el análisis lexicológico— cuando oyen aquello que en el Caribe es casi un ruego para que el padre no salga con un machete y les corte, cuando menos, la cabeza a los atrevidos y pegajosos bailadores. Ponerse guapo allá es enojarse, por decirlo bonito, mientras acá puede ser desde pagar la cuenta o hacer un regalo, hasta acicalarse para volverse bonito de buenas a primera.
Y ya ni meternos en las “malas palabras”… Cuentan de un venezolano que viendo la ciudad de México desde el avión, desbordada e infinita, dejó escapar un instintivo y mascullado veeerrrga que les provocó un delicioso escozor a más de una de las señoronas que venían en la aeronave. Y uno de mis amigos, recién llegado de la isla, le explicaba al taxista el camino que debía seguir: “Coja aquí a la derecha”. Al escuchar la risita burlona del ruletero ―término que, en rigor, debería aplicarse a quien manejara una ruleta―, le espetó: “¿De qué se ríe?, ¿nunca ha cogido aquí a la derecha?”, a lo que el chafirete le respondió, muy mexicanamente, “No, güero, la verdad es que no”. Güero dijo, que en Cuba sería el adjetivo aplicado a un huevo podrido y aquí es rubio o de piel blanca, como chele en Centroamérica si es extranjero. Y en Cuba cheles serían bultos, bártulos, como tiliches en México… “Coge tus cheles y dale” significaría “agarra tus pertenencias y vete de aquí”. ¿Agarrar? ¡ni que tuviera garras!; ¿tomar? ¡ni que fuera a beberse!... ¿coger?...
Decir “en rigor” me recordó la anécdota más extralingüística de un forastero que visitaba Santiago y entró a una de aquellas tiendas caras donde se vendían algunos productos fuera de la libreta de abastecimientos, por la libre. El individuo le preguntó a la dependienta si no tendría un probador, para oler el aroma antes de comprarlo. Ella le respondió rotundamente que no y el hombre insistió: “En rigor, debieran tener un probador”, a lo que la mujer farfulló: “Eso será en Rigor, mijito, pero aquí, en Santiago de Cuba, está prohibido abrir los frascos”.
Todas estas asociaciones iba haciendo, en la exaltación de la sinonimia y la anécdota chusca, mientras continuaba mi camino hacia el trabajo, o sea, hacia la chamba, la pincha, el laburo, el curralo. Recordaba el reclamo de mi prima Astrid por haber usado “linkeo” en el Parque de la semana pasada. “¡Tú, la filóloga, cómo es posible!”, argüía. Es tal el nivel de globalización y asiduidad de las nuevas tecnologías, le expliqué, que la Real Academia Española ya aceptó como verbos, con sus conjugaciones correspondientes, faxear y escanear. Con esa misma sonrisita con que rememoraba en incidente, le dije entonces: “Lo que falta pa’ que acepten chatear, cliquear, linquear es nada, así que modernízate, mi prima, no vayan a llamarte arcaica”.
Como si aquél fuera día de confrontaciones semánticas, al llegar a la oficina me topé de frente con el pastel de cumpleaños de mi compañera Fabiola, una caja anaranjadísima que decía, sin el menor recato: Panificadora El Bollo. Más allá del exquisito nombre del negocio, incuestionable sin duda, en Cuba nunca llamaríamos panificadora a una panadería y mucho menos a una dulcería. Claro que dulcería, aquí, sería donde venden caramelos, nunca panes de dulce. Y siguiendo esa línea de pensamiento, tan carbohidratada y edulcorante, inmediatamente comprendí que no debo leer con tan poética inocencia aquel verso de “La vida es una concha tremendamente hueca”. Mucho menos cuando haya público sureño.
“¿Te gusta chupar?”, me preguntó, recién llegada a estos lares, uno de mis alumnos. “¡Uy, éste qué lanzado!”, pensé… No, realmente no debo haber usado lanzado porque ese término para mí, entonces, no quería decir nada. En última instancia, alguien que fuera expelido a los aires desde la boca de un cañón y eso, verdaderamente, está cañón. Empinar el codo, dirían los viejos en la isla, pero aquí empinarse entra en los peliagudos terrenos del albur y para eso hay que cursar, casi casi, un doctorado, teoría y práctica.
Leí en algún sitio no hace mucho que la lengua de Cervantes, ésa que enarbolamos como estandarte del buen decir, era, en su tiempo, jerga de soldados. Ni sublime ni culta ni elevada ni aristocrática. Algo así como la Chilanga banda de los Siglos de Oro… ¿Quieren algo más elaboradamente barroco en comparación, por ejemplo, con el nuevo programa de concursos que anuncia Televisa para el próximo fin de semana y que se titulará 100 mexicanos dijieron [sic] o cualquiera de esos espacios que regularizan el lenguaje juvenil, marginal, sectorial, etcétera?
Algunas batallas parecieran inútiles. Lamento decírselos con tal crudeza, pero en esto del idioma, tan móvil y cambiante, no hay bastiones inexpugnables ni tienen mucho sentido las fijezas. Si nos abandonamos a la dialéctica como a las mareas, cuando pasen algunas décadas y todo se escriba con “k”, sin vocales ni diéresis ni signos de puntuación, Café Tacuba será como el Quijote de finales del XX, un paradigma del buen español de los abuelos. Porque, al fin y al cabo, mis socios, cuates, valedores, colegas, cúmbilas, consortes, ambias, aseres y moninas, ¿todo pasado no fue siempre mejor?... Y al que no le guste: ¡carcacha y se le retacha!

martes, 22 de septiembre de 2009

Juanes y los milagros

Juanes abraza al cubano que trepó al escenario mientras él y Bosé
cantaban: “Dame una isla en el medio del mar/ llámala Libertad”


La tarde del domingo el cantante colombiano Juanes reunió a un grupo de colegas suyos en un concierto titulado “Paz sin Fronteras” que abarrotó la Plaza de la Revolución de La Habana. Aquello parecía un milagro: aparte del millón de compatriotas que desbordaron la antigua plaza cívica de Paseo y Rancho Boyeros, una cifra similar estábamos pegados a los televisores y computadoras desde cualquier rincón del mundo. Ni qué decir de los isleños, a quienes se lo recetaron como una mesa redonda cualquiera en cadena nacional. Incluso quienes se manifestaban en el corazón de la Pequeña Habana en contra del concierto estaban pendientes del suceso. Cosa inusitada: (casi) todos los cubanos, simpatizantes y detractores por igual, unidos en un mismo momento y por una misma razón.
También les hizo el milagro Juanes, dicho sea de paso, a las cadenas televisivas hispanas que transmitieron en vivo para Estados Unidos —y después dicen que hay bloqueo…—, a los portales de noticias de internet y a los programas de espectáculos que vieron elevarse sus récords de audiencia como por arte de magia a niveles pocas veces logrados.
A los cubanos —niños de isla, al fin y al cabo— nos encantan los heraldos forasteros. Gente que llega sonriente desde lejos, con su ropita nueva y blanquísima, a contarnos cómo es el mundo y cómo nos ven desde allá afuera; gente que viene a hacer de profeta en tierra ajena, a hablar por nosotros, a conseguirnos lo que no podemos, a emprender con altruismo, con valentía y a veces hasta con un poco de lástima, una lucha que no les corresponde precisamente a ellos.
Hace días, en una de esas discusiones bizantinas que se producen a propósito de la idea mundializada de lo bien que vive el pueblo cubano porque tiene educación y salud pública gratuitas (como si no existieran en todos los países sistemas subsidiados para ofrecer esos mismos servicios), el debate se fue radicalizando, como siempre, hasta que el extranjero en cuestión, que nunca ha ido a la isla ni conoce personalmente a ningún cubano, completamente seguro de “matarnos” con el as que se sacaba de la manga, hizo la siguiente afirmación: “Un pueblo decidido a liberarse se libera; a un pueblo en lucha no hay nada que lo pueda vencer; si fuera tan despiadado ese ‘régimen’ que ustedes dicen, el pueblo ya lo hubiera vencido”.
Eso pensé también durante años sin poderme explicar el aguante y pasividad de mi pueblo, hasta que hace un par de meses, escuchando el relato de una víctima de violencia familiar, mi percepción cambió. Contaba aquella mujer que cuando su marido iba a pegarle, conocedor de la mecánica que antecedía a tales sucesos, su hijo subía el volumen de la consola de juegos y parecía concentrarse más en las acciones de la pantalla. Era su mecanismo de defensa para no escuchar los golpes y las ofensas de su padre ni los gritos de una madre a la que no podría defender. Cuando el hombre se encerraba con ese mismo hijo en la habitación a amenazarlo, a humillarlo, posiblemente a violarlo, la madre y la hermana se abrazaban, también indefensas, en el cuarto del fondo.
Fue entonces cuando lo comprendí: el pueblo cubano es un niño maltratado que ha crecido viendo a su padre aplastar implacable e impíamente a la mamá; amenazado y castigado al más mínimo gesto de protesta; expulsado del seno familiar, aislado e incomunicado si insiste en rebeldías. Ese pueblo que a otros les parece tan simpático y bailador, tan alegre y dicharachero, es realmente un pueblo muerto de miedo que cree, como las familias víctimas de violencia, que en el silencio y la obediencia está la única posibilidad de sobrevivir.
Un pueblo victimizado y autovictimizado, castrado y autocastrado —¡qué palabra tan apropiada para el caso!— que aprende a ocultar sus verdaderos sentimientos y hace de la doble moral su lema. Y se acostumbra desde la cuna a leer entre líneas y a hablar en clave. Así, cuando Olga Tañón abrió el concierto del domingo cantando Bandolero, que empieza diciendo “Hay que tener cuida’o con ese tipo” y advierte “Todo el mundo conoce quién tú eres”, media Cuba relacionó la canción con Quién Tú Sabes y de inmediato se produjo la “conexión” que hizo de esa tarde lo que fue.

Malo, descarado, bandolero, brujo,
to’ lo malo tú lo tienes […]
Paga, paga caro lo que hiciste
y siente las heridas que me diste.

Todos tenemos un juicio final.


A Olguita no le bastó. Le transmitió a una muchacha cubana los saludos que le mandaba desde Miami su padre, que no la ve desde hace veinte años —ya se sabe por qué y gracias a quién— y dejó claro, desde el principio, uno de los eslóganes del concierto, frase de una canción de Juanes: It’s time to change.
Todo eso, que a cualquiera en el mundo le puede parecer normal, sin mayor trascendencia, frases inocuas de un concierto de pop, para los cubanos —de allí y de acá— eran claves, dardos clavándose en el monigote del presidente y en el sarcófago de su hermano. Así, interpretamos tal vez mucho más de lo que querían decir y no fue difícil hallar connotaciones distintas a la explícita cuando Víctor Manuel cantó “Cómo olvidarnos de las familias rotas” o cuando Bosé habló de diálogo, dijo que la paz es el primer derecho de todo ser humano y escogió “Partisano”, la canción de ese héroe que se cuestiona la guerra y las “causas de un poder absurdo” del que desertará aunque se le considere cobarde y traidor. O cuando Juanes dedicó uno de sus temas a “todos los que están privados de libertad” y mencionó a algunos de los ausentes en el concierto, como Los Aldeanos o Silvito El Libre, cuyos videos, dos de ellos, les linkeo aquí para que quienes no lo saben se hagan más o menos una idea de lo felices y libres que viven actualmente los cubanos en la isla.
De tal modo, el concierto fue, como lo predijimos, absolutamente político. De punta a cabo. Cómo no iba a serlo si se pidió cambiar el odio por amor, si se clamó por la unidad de la familia cubana y en nuestro caso, el odio y la separación han sido fomentados desde la política. Cómo no iba a serlo si en esa plaza donde durante cincuenta años se ha convocado a la guerra, a la venganza, al abuso, ahora se levantaron las voces del arte por la paz y la solidaridad. Cómo, si en medio del paroxismo Juanes empezó a gritar, como poseído, como quien sabe que está desafiando [ya vimos hoy el video de Bosé diciendo que suspenderían el concierto si los seguían presionando con exigencias absurdas]: “¡Una sola familia cubana! ¡Una sola familia cubana! ¡Una sola familia cubana!”… y no se refería a la familia Castro.
Como decía antier Camilo Venegas, la fiesta ya se acabó. Ahora, al decir de Serrat, “vuelve el rico a su riqueza,/ vuelve el pobre a su pobreza”… Muchos afirman que en Cuba todo seguirá igual porque nada pasó cuando fue el papa. Y nada pasará si no lo hacemos los cubanos. Hay cosas que nos corresponden a nosotros, no a los visitantes, por mucha buena voluntad que tengan. Por ejemplo, gritar libertad y pedir la de los presos políticos. Por ejemplo, decirle al gobierno “ya no aguantamos más”, como lo están haciendo raperos y hiphoperos.
Lo del domingo es parte de la historia; lo que pase hoy y mañana está en nuestras manos. En nuestras gargantas. En nuestros magullados cojones nacionales. No esperemos a que otros lo hagan por nosotros. Si él se ocupó durante medio siglo del “divide y vencerás”, sólo a nosotros nos corresponde el “en la unión está la fuerza”. Ojalá aprendiéramos, de una vez por todas, que ningún gobierno puede callarnos si no queremos. Parafraseando a Niurkita, que el miedo no nos siga corroyendo las ganas de ser libres.
Cualquiera que me conozca medianamente sabe que no doy un kilo —o sea, un centavo— por las canciones de Juanes; es muy mal letrista y eso a mí, como poeta, puede desquiciarme. Pero a Juan Esteban Aristizábal le extiendo la mano: gracias, muchacho, por la ayuda. Pero nadie de afuera nos hará milagros: lo demás nos tocará a nosotros.

martes, 15 de septiembre de 2009

Una casa en la calle Concordia

Centro Habana, lo que queda de lo que un día fue...



A Arístides, Darsi, Pedrito, Piri, Sonia…



Tal vez debí decir apartamento; quizás pude haber dicho cuarto alquilado. Pero no, lo que tuvimos a finales de los ochenta y en los primeros noventa en el 45 de Concordia 613 fue lo más parecido a un hogar y cuando de hogar se trata, uno suele decir casa aunque sea un cuchitril.
Cuchitril tampoco era: sala con vista al mar, balcón tres pisos sobre la calle bulliciosa, dos cuartos de buen tamaño y un bañito intercalado. Y la cocina, pequeño paraíso donde se hablaban las cosas importantes, fueran buenas o malas, brillantes o tenebrosas. Y una pared donde, a semejanza de la Bodeguita del Medio, escribían con plumón todos los visitantes y amigos. Cuando la inauguramos, puse bien arriba: “Yo tengo el fogonazo y no lo suelto”, verso de mi poema “Palabra del que vuelve”, y tiempo después, un fragmento de Silvio: “Yo digo que no hay más canto que el que sale de la selva/ y que será el que lo entienda fruto del árbol más alto”.
Fui allí por primera vez una noche de carnaval de 1989 con Pedrito, a la sazón novio —o algo parecido— de la mejor amiga de Darsi. Acababa de llegar a La Habana y conseguí un alquiler —ilegal por supuesto— en El Sevillano, demasiado lejos, demasiado cruento para una ciudad donde el transporte era una gloria comparado con los tiempos actuales, pero que entonces suponíamos —y cómo no— deficiente. Mientras oíamos a Dan Den —“Yo sé que tú sabes que yo sé”— a un lado del Parque Maceo, Pedri nos contó que la inquilina de su amigo se había ido y tenían un cuarto vacío.
La tarde en que conocí a Arístides, cuando fui a tratar con él la posibilidad y el precio, lo oí echar por primera vez un speech de ésos retruecanientamente barroco que acostumbra, defendiendo la hipótesis de que los seres humanos podían —y debían— amar lo que quisieran; que él, por ejemplo, amaba a un corazón encarnado de porcelana que tenía como adorno en la mesita de centro. A partir de ese momento lo compartimos casi todo... menos las novias y la ropa interior.
Desde el balcón se veía el segundo piso derrumbado del edificio de enfrente, que a juzgar por la estructura, la disposición que podía adivinarse entre los escombros y los bellísimos mosaicos que sobrevivían en el piso y algunas paredes, había sido una hermosa casa devenida cuartería, solar, vecindad. Allá abajo, desde el patio, una oscura beldad rotunda y descomunal entonaba con una voz que ya quisieran Donna Summer y Withney Houston para un día de fiesta: Jesusiiiito… Y como el diablillo enclenque seguía sacando outs en la primera base improvisada de la acera derecha sin atender el llamado materno, aquel grito portentoso, que se oía hasta Malecón y San Lázaro y hasta Zanja y Belascoaín, recorría toda la escala musical: Jesusiiiitooooooo.
Allí en medio de la calle, un poco más atrás del center field del juego de pelota, llegaron los blanquitos que frente a todos los vecinos, incluidos nosotros acodados al balcón como en palco del García Lorca, le dieron el batazo en la cabeza, como de jonrón, y la puñalada en el costado al negrito de la esquina que a los quince días ya andaba recuperado y mataperreando por todo Cayo Hueso. Desde allí mismo vi, estupefacta, a la guaricandilla que agarrándose la entrepierna le gritaba a su congénere de la otra cuadra: “¡Por mi perra papaya!”…
Desde allí escuchaba las roncas sirenas de los barcos entrando en la bahía y la alharaca sin fin de la barriada. Hasta allí nos subían las botellas de chispa e’ tren a cincuenta pesos, un cuarto de lo que era mi salario. Allí fuimos felices, amamos y lloramos, leímos libros clandestinos —Kundera, Cabrera Infante, Padilla, Sartre, la Beauvoir—, vislumbramos los tiempos duros que sobrevendrían. De allí nos fuimos, ya entrados los noventa, a seguir cada cual su propio camino —unos dentro, otros fuera—, a aprender que lejos y cerca son términos muy relativos.
Todo eso recordé esta mañana cuando al mirar a través de la ventana lo más lejano que observé fue la fachada anaranjada de los vecinos y la tienda de don José. Pensé en la oficina: el horizonte es la pared de ladrillos del baño, cinco metros más allá del vidrio por donde se asoman las ardillas, asombradas, preguntándose —como nosotros, cuando niños, en los zoológicos— qué hace tanta gente encerrada en esas jaulas, cuán mal han de portarse para que los confinen durante todo el día y parte de la noche.
Como lo más parecido que tengo al malecón es la pantalla de esta computadora donde puedo encontrarlos a ustedes, mis amigos, corrí al Facebook y escribí: “A veces necesito tanto el mar, esa noción de infinitud”... Y pensé que aunque la condición insular implique ostracismo, cuando uno vive frente al océano supone que más allá debe haber algo seguramente hermoso y grande, tal vez eso a lo que llaman libertad. Si todas las aspiraciones se derrumban unas tras otras, siempre quedan las olas: para sentarse frente a ellas o desafiarlas. Bien decía Serrat que “si te toca llorar, es mejor frente al mar”.
Y mientras recordaba Centro Habana, el olor del salitre, volví a encontrar el cubo forrado de periódicos Granma que es el set del video Decadencia, de Eskuadrón Patriota, ese dignísimo grito en tiempo de rap desde el fondo de la isla, esa “voz de una gran masa, acéfala, vacía, que en silencio se desplaza; se cansaron de llorar y ahora les sangra el alma mientras se preguntan quién controla su esperanza”. Esa denuncia valiente del estado de cosas que se vive hoy en la isla de Cuba.
“Hermanos de pie, no hay nada más hermoso que una nación cuando despierta”, gritan los raperos y yo vuelvo al balcón sobre la calle Concordia. “No soportamos más” grito con ellos como en aquellas noches de apagón y hambre. Y les comparto el video que habla por sí solo.