miércoles, 20 de mayo de 2009

Carta abierta de apoyo al escritor cubano Ángel Santiesteban





El laureado escritor cubano Ángel Santiesteban, residente en La Habana, dice sentirse muy orgulloso de esos colegas intelectuales que le enviaron su apoyo desde muchas ciudades del mundo.
El domingo 17 de mayo, en el Vedado, Ángel Santiesteban fue provocado, amenazado y golpeado por dos desconocidos. Con un brazo fracturado, heridas leves de la navaja que esgrimió uno de los agresores cuando Santiesteban intentó defenderse, y numerosos hematomas a causa de los golpes, tuvo que permanecer escondido varios días previendo nuevos ataques, hasta que decidió asumir todos los riesgos y seguir su vida como cualquier ciudadano normal y como intelectual.
Todos los análisis llegados desde La Habana, y las declaraciones del propio Santiesteban, apuntan a que se trata de un mecanismo demasiado repetido en la historia de las represiones que se han sucedido en la isla hacia aquellos que intentan, simplemente, hacer uso de sus derechos ciudadanos mediante un pensamiento distinto al pensamiento oficial. Otra vez asistimos a la escena de un cubano que, luego de ser “aconsejado de que abandone sus posiciones críticas”, es interpelado por un supuesto rufián, provocado, insultado y agredido. Otra vez asistimos a la escena en la cual, cuando el agredido intenta defenderse, observa cómo el agresor es apoyado por otro rufián que, coincidentemente en todos los casos registrados, sale de un auto Lada, generalmente armado con un tubo metálico. Otra vez asistimos a la golpiza que, bochornosamente, aunque sea pública nadie osa interrumpir. Como ha sucedido otras veces, tal vez en los próximos días Santiesteban reciba la visita de algún miembro de los órganos militares que, según la propaganda oficial “velan por la tranquilidad ciudadana”, y es casi seguro que ese militar le repita las mismas palabras que otros cientos de cubanos agredidos han escuchado: “te lo dijimos, ´Santiesteban, pero tú quisiste meterte en las patas de los caballos”, así, sin decir directamente “fuimos nosotros quienes te apaleamos allá en el Vedado”. Y también seguro después llegan las mismas palabras que esos hombres-sombra “que nos protegen de los enemigos del país” han dicho a cientos de otros agredidos, incluso, en ese tono de complicidad que usamos los cubanos: “de verdad, compadre, no le hagas el juego a quienes quieren joder a esta país, a ti no te hace falta”, y luego, la coletilla trágica: “pórtate bien, compadre, vas a salir mejor”.
Pero Ángel Santiesteban dice que está dispuesto a asumir todos los riesgos: primero decidió crear su blog, decir su opinión, y eso le costó que las autoridades culturales, en gesto que debía avergonzarles, le retiraron el correo electrónico con el cual enviaba sus escritos a la persona que hizo su blog “Los hijos que nadie quiso”, luego de que esas mismas autoridades le dijeran a Santiesteban que “lamentablemente no tenemos la estructura necesaria para que puedas tener tu blog acá”. Poco después, cuando apenas habían sido colgados tres o cuatro escritos, llegó la citación oficial para que acudiera a una oficina policial donde se le “aconsejó” pensar bien en lo que estaba haciendo y diciendo. Y de pronto, ante su tozudez y la fuerza de denuncia de sus escritos, viene la agresión, en una escena repetida miles de veces en los últimos 50 años.
Contra esos métodos que intentan coartar las libertades de expresión (en este caso de un prestigioso narrador cubano, galardonado con los más importantes premios literarios del país y del continente latinoamericano), y contra la posibilidad de que estos actos puedan seguirse repitiendo en un momento en que Cuba necesita abrirse al diálogo y a la aportación de todos los cubanos, estén donde estén y sean cuales sean sus posiciones políticas, han llegado estas firmas que aquí colocamos. Es un simple gesto de dignidad, de unidad, que ojalá crezca.

FIRMAS DE APOYO
(1) Amir Valle, escritor, Berlín.
(2) Ladislao Aguado, escritor, Madrid.
(3) Sindo Pacheco, escritor, Miami.
(4) Luis Pérez-Simón, escritor salvadoreño, París.
(5) Odette Alonso Yodú, escritora, México D.F.
(6) Armando de Armas, escritor, Miami.
(Nótese que yo me refiero a todos los espacios del poder político y militar en Cuba por el último medio siglo, el manado de la dictadura comunista de los hermanos Castro).
(7) Rafael Rojas, historiador, México
(8) Eliseo Alberto (Lichy) Diego, escritor, México
(9) Jorge Luis Arzola, escritor, Köln-Alemania.
(10) Michi Strausfeld, editora, Berlín.
(11) Carlos Alberto Montaner, escritor, Madrid.
(12) Jorge Ferrer, escritor, Barcelona.
(13) Madeline Cámara, escritora y crítica, Riverview, Florida.
(14) José (Pepe) Triana, escritor, París.
(15) Jorge Luis Arcos, escritor, Madrid.
(16) José Prats Sariol, escritor, México.
(17) Rolando Sánchez Mejías, escritor, Barcelona.
(18) Emilio Ichikawa, escritor, Miami.
(19) Pío Serrano, escritor y editor, Madrid.
(20) Félix Luis Viera, escritor, México D.F.
(21) Dean Luis Reyes, escritor y periodista, La Habana.
(22) Emilio García Montiel, escritor y profesor universitario, Veracruz.
(23) Rita Martín, escritora y profesora universitaria, Virginia
(24) Camilo Loret de Mola, abogado, Estados Unidos.
(25) Waldo Pérez Cino, escritor, España.
(26) Katrin Hansing, academica, Estados Unidos.
(27) Gorki Aguila y Ciro Diaz (musicos integrantes de Porno Para Ricardo), La Habana.
(28) Duanel Díaz Infante, escritor, Estados Unidos.
(29) Juan Cueto-Roig, escritor, Miami.
(30) José M. Fernández Pequeño, escritor, República Dominicana
(31) Raúl Tápanes López, escritor, Santiago de Chile.
(32) Antonio Álvarez Gil, escritor, Estocolmo.
(33) Jorge Enrique Lage, escritor, La Habana.
(34) Ernesto Ortiz, escritor, Córdoba-España.
(35) Armando Añel, escritor, Miami.
(36) Sonia Díaz Corrales, escritora, Islas Canarias.
(37) Elvira Rodríguez Puerto, escritora, Munich.
(38) Abel Germán Díaz Castro, escritor y periodista, España.
(39) Carlos A. Aguilera, escritor, España.
(40) Manuel Gayol Mecías, escritor, California.
(41) Héctor García Quintana, escritor, España.
(42) Yomar González, escritor, Barcelona.
(43) Pedro Marquéz de Armas, escritor, Portugal.
(44) Manuel Sosa, escritor, Atlanta.
(45) Ricardo Bada, escritor español, Köln-Alemania.
(46) Jorge Alberto Aguiar Díaz, escritor, La Habana-Madrid.
(47) Enrique del Risco (Enrisco), escritor, West New York.
(48) Carmen Duarte, escritora y periodista, Miami.
(49) Milena Rodríguez, escritora, Granada
(50) Rafael E. Saumell, escritor y profesor universitario, Estados Unidos.
(51) Karla Suárez, escritora, París.
(52) Manuel Vázquez Portal, escritor, Miami.
(53) Odalys Curbelo, periodista, Miami.
(54) Juan Antonio Sánchez, editor y periodista, Miami.
(55) Laszlo Erdelyi, Editor, El País Cultural de Montevideo
(56) Armando Valdés Zamora, escritor, París.
(57) Jorge Salcedo, escritor, Boston.
(58) Joaquín Badajoz, escritor y académico, Miami.
(59) César Reynel Aguilera, escritor, Montreal.
(60) Bernardo Marqués Ravelo, escritor y periodista, Miami
(61) Luis González Ruisánchez, escritor, Santo Domingo, Rep. Dominicana.
(62) Camilo Venegas, escritor, Santo Domingo, Rep. Dominicana.
(63) Margarita García Alonso, Francia.
(64) Alberto Lauro, escritor, Madrid.
(65) José Miguel Sánchez (Yoss), escritor, La Habana.
(66) Alina Brouwer, pianista y compositora, Miami.
(67) Verónica Cervera, editora, Miami.
(68) José Antonio Nicolás Zorrilla, músico y escritor, España.
(69) Fabienne Viala, Profesora de Literatura Comparada, París.
(70) Juan-Sí González, artista plástico, Ohio.
(71) Heriberto Hernández Medina, escritor, Florida, Estados Unidos.
(72) Carmen Karin Aldrey, artista y escritora cubana, Estados Unidos.
(73) Amaury Cabrera Reyes, escritor, Zaragoza, España.
(74) Javier de Castromori, escritor, París-Almería.
(75) Santiago Méndez Alpízar, escritor, Madrid.
(76) María Aurora López, profesora, Chile.
(77) Eduardo Parra Ramírez, escritor mexicano, México D.F.
(78) Leonel Antonio de la Cuesta, historiador, Miami.
(79) Juan (PolO) Avilés Castaigne, caricaturista, Estados Unidos.
(80) René Serrano López, abogado.
(81) William Navarrete, escritor, París.
(82) Juan Antonio Blanco, historiador y politólogo, Canadá.
(83) Garrincha, humorista, Miami.
(84) Yanis Lobaina González, escritora, productora, La Habana.
(85) Claudia Cadelo de Nevi, Blog Octavo Cerco, La Habana.
(86) Ernesto Antonio Rodríguez, escritor, Miami.
(87) José Andrés Matos Alonso (JAMA), artista,
(88) Walter Lingán, escritor peruano, Köln-Alemania.
(89) Raúl Ernesto Colón Rodríguez, editor y traductor, Montreal.
(90) Luis Agüero, escritor, Miami.
(91) Joel Rojas, artista plástico, Miami.
(92) Roberto Jiménez, escritor, Miami.
(93) Reinaldo Hernández Soto, escritor, Carolina del Norte.
(94) Boris Larramendi, músico, Madrid.
(95) Juan Carlos Recio, escritor, Estados Unidos.
(96) Ernesto Menéndez-Conde, New York.
(97) Amaury Suárez, España.
(98) Jaime Gonzalo Cordero, filólogo, España.
(99) Manny López, galerista, Miami.
(100) José Alberto Álvarez Bravo, periodista independiente, La Habana.
(101) Elena María Castro Expósito, escritora, Madrid.
(102) Olga Lastra, especialista en sistemas de computación, Florida.
(103) Yodel Pérez Pulido, Blog Completo Camagüey, Cuba.
(104) Lázaro Tirador Blanco, periodista independiente y escritor, Miami.
(105) Carlos Martínez Rentería, editor
(106) Pablo de Cuba de Soria, escritor
(107) María Benjumea, España.
(108) Omar Mederos, México.
(109) Laura García Freyre, académica.
(110) Niurka Palomino, Miami.
(111) Leyser Martínez, Miami.
(112) Jesús Reyna Carvajal, Estocolmo.
(113) Danilo Delgado, Miami.
(114) Evidio Reyes, médico, Nebraska.
(115) Maité Díaz González, Francia.
(116) Liena Díaz Abreus, Dentista, San Francisco, California.
(117) Frank A. Caner, Miami.
(118) Carlos Vanegas Cassiani, Blogger de Colombia.
(119) Jehan Sandra Salem Bidondo, Kiev-Ucrania
(120) Rogelio Marrero Cano, historiador.
(121) Elvis Lamoru, compositor, Miami.
(122) Rossie Inguanzo, Miami.
(123) Ernesto Lozano, artista plástico.
(124) Arcadio Ruiz Castellano, pintor
(125) Ramon Colás, Fundador de las Bibliotecas Independientes en Cuba
(126) Alen Lauzán, artista gráfico.
(127) David Martínez Beltrán, México.
(128) Olga Flora, lectora del blog “Los hijos que nadie quiso”.
(129) Jaime Gonzalo Cordero, escritor, España.
(130) Diusmel Machado, escritor, La Habana.

martes, 19 de mayo de 2009

De ala en ala



Todavía me parece alcanzar con las manos los cerros de Tegucigalpa y ya preveo los de Tijuana, “allí donde empieza la patria”. Mi cuerpo está un poquito cansado pero yo estoy feliz. Lista para el siguiente vuelo porque soy hija del aire y saltar de ala en ala es mi destino. El que he invocado y convocado.
Los invito a acompañarme en las próximas presentaciones de ese Espejo de tres cuerpos que tantas satisfacciones me da y les comparto las fotos de la presentación en Tegucigalpa el viernes pasado, hermosa y entrañable velada por la que agradezco a mis amigas y colegas hondureñas, especialmente a Amanda Castro.



Y el lunes 15 de junio, a las 6 pm:
Dentro del programa de la Semana Cultural Lésbico-Gay
en la Universidad del Claustro de Sor Juana, Ciudad de México

Para comprar Espejo de tres cuerpos
desde cualquier lugar del mundo y galaxias colindantes:


Leyendo en la sede del Proyecto Siguapate en Tegucigalpa

Con las escritoras hondureñas Diana Espinal y Elisa Logan

Autografiando en mis cinco minutos de fama


La alegre convivencia

martes, 12 de mayo de 2009

Señales equivocadas





Cuando se estrenó en 2002 la película Señales de M. Night Shyamalan, algunos amigos se apuraron a advertirme que era, dicho en buen cubano, “un paquetón”. “Mamadas de extraterrestres”, concluyó rotundamente mi cuñado mexicano. No la vi —y no precisamente por las recomendaciones adversas— hasta muchos meses después, tal vez años, cuando la programaron en uno de los canales de televisión local. Entonces me di cuenta que las señales a que se refería ese genio que es Shyamalan no eran las que oían los niños por el intercomunicador ni las que aparecían grabadas misteriosamente en los campos de cultivo, sino las que fue dando segundos antes de morir la esposa del reverendo Hess (Mel Gibson), esos indicios adelantados de que lo que habíamos considerado infortunio o fracaso pueden ser nuestra salvación en el futuro.
Desde Sexto sentido (1999), Shyamalan se convirtió en un transmisor de señales. Las aparentes y las ocultas. A la crítica comercial y al espectador conforme la obra del hindú puede parecerles insulsa. Absurda, sin sentido, traída de los pelos… “un paquetón”. Pero las primeras lecturas suelen ser engañosas. Los que creyeron que en El protegido Bruce Willis era el irrompible (título original en inglés), no alcanzaron a apreciar la verdadera fortaleza en el endeble Mr. Glass (Samuel L. Jackson); quienes estiman que La aldea es la historia de unos lunáticos aislados en un tiempo irreal y de un anormal disfrazado de monstruo, vieron con miopía y con ceguera (que no en balde la protagonista es ciega); quienes afirman que La dama en el agua propone buscar mensajes en las cajas de cereales, no vieron los mensajes.
Sí, me he dicho en estos días, vemos demasiado cine gringo y nos acostumbramos a pensar —y a sospechar— como detectives amateurs, superagentes del FBI, galenos sobredotados e intuitivos, brillantes y patrióticos políticos. Lo malo es que a veces, en ese afán imitativo de la “modernidad” patriarcal anglosajona, desatendemos a nuestros propios instintos.
Desde hace siglos, las explicaciones alejadas de lo racional han sido confinadas a los terrenos desacreditados de la esoteria y la brujería. La ciencia es el único camino aceptado para explicar el mundo; lo demás es pócima aguada de hechiceras extemporáneas huidas de la hoguera. Parloteo de mujeres. Tontería. Y las mujeres, también en un afán de reconocimiento dentro de este mundo masculino, repetimos patrones y a veces olvidamos nuestro lenguaje esencial: el del cuerpo, el de la naturaleza, el de la Madre Tierra, que es hembra.
Aunque los viejos, con su saber ancestral, sostengan que las razones más sencillas suelen ser las verdaderas, los humanos gustamos de los retruécanos. Nuestra capacidad —y necesidad— de fantasear es inacabable e inabarcable, y la sencillez nos parece aburrida. “Antes muerta que sencilla” cantaba aquella españolita llamada María Isabel. No es gratuita la fuerza del melodrama y su lugar de privilegio en nuestra vida sensorial. Desde el teatro griego —¿o antes?—, esos “géneros del entretenimiento” nos aficionaron a enredarlo todo como una madeja descarrillada y a buscarle la quinta pata al más cuadrúpedo de los gatos.
Somos, además, adictos a las calamidades. Y acostumbrados a las grandes catástrofes, las pequeñas nos parecen bobería. Si la pobreza y las mafias matan el doble y los medios de comunicación, regocijados, nos bombardean cotidianamente con cifras de espanto… ¡qué importancia podemos hallarle a 45 muertos de gripe! ¡Qué epidemia tan pinche! No nos dio suficientes gustos y emociones; fue como un coito interrupto. No cabe duda, concluyen algunos: esto ha sido una farsa. Siempre en abril nos agripamos. Entre el calor inclemente, la resequedad del aire y el polvo levantando las cacas de los perros en alegres remolinos, las lluvias que no llegan, la contaminación que se dispara... muchos más de 45 mueren de enfermedades respiratorias cada año por estas fechas…
En un mundo donde ya no hay en quien confiar, un gran coro de ciudadanos desencantados canta: “Nadie me quiere, todos me odian… mejor me como un gusanito”… Porque quién va a concederle mérito a un gobierno plagado —como todos los gobiernos— de oportunistas, trácalas y mentirosos. Da igual que las autoridades o la virgencita de Guadalupe hayan atajado al nuevo virus antes de que nos diezmara; la gente, contagiada de “sospechosismo” —ese término acuñado por el cerebro luminoso de Santiago Creel—, autovictimización y teoría del complot, seguirá pensando que la han timado, que había una maquiavélica estrategia oculta en mandarlos a sus casas y ponerles tapabocas. Que ésas fueron metáforas de lo que el gobierno quiere.
Siglos de soberbia nos han enseñado que siempre habrá una culpa y ésta no debe caer en el suelo. Así, muchas veces nos obsesionamos buscándole sentido a cosas que deben esperar su tiempo para tener explicación. Como las señales de la esposa del reverendo Hess. Humanamente aferrados a que debe haber una, e inmediata, le endilgamos a fuerza la que no es aunque sintamos el rompecabezas chueco y tambaleante.
Cuando los cambios son lo suficientemente lentos, o lo suficientemente micro o macroscópicos, escapan a la conciencia humana. Hay cosas que nos son incomprensibles porque, como “fantaseé” en “Microbios del universo” hace justo un mes —cuando a nadie se le ocurría que ese bichito nos pondría en jaque—, sólo somos parásitos de otros parásitos, virus de otros virus, habitantes de otros universos que nos contienen y no siempre dan explicaciones. Y si las dieran, como animales inferiores que somos en esa perspectiva, no siempre las entenderíamos. Son las razones de la Naturaleza, que es infinitamente más sabia que los políticos y sus interpretadores. “Golpes como del odio de Dios”, diría César Vallejo. Designios que nunca sabremos por qué han empezado ni cuándo acabarán.
En estos días, más atenta que de costumbre a mis hábitos, a los de todos, he comprendido que en esta civilización eminentemente táctil, parlante, afectuosa y sobre todo descreída e indisciplinada, no habrá medida de protección suficiente contra un virus que se transmita por tocar donde otro tocó; mucho menos para uno que volara por los aires de nariz a nariz, de boca a boca. Para algo así tampoco habrá suficiente infraestructura sanitaria ni aquí ni en China ni en el más adelantado de los países adelantados. Ni con todas las farmacéuticas juntas haciéndose millonarias.
En la más reciente película de M. Night Shyamalan, The Happenning [El fin de los tiempos] (2008), un extraño comportamiento se apodera de los habitantes de las grandes ciudades: empiezan a suicidarse en masa. Incapaces de entender lo que sucede, arriesgan las explicaciones que les parecen más “lógicas” y las repiten como papagayos: que los árboles, que danzan al viento con la misma naturalidad de todos los días, expiden una toxina que bloquea los neurotransmisores humanos; que la CIA y el gobierno están probando drogas sicotrópicas y virus de laboratorio; que las especies distintas acabarán matándose silenciosamente entre ellas; que el planeta, en pugna por su supervivencia, tendrá que eliminar a sus insensibles pobladores.
A la mañana siguiente, después de 24 horas de histeria y paranoia inenarrables, como mismo apareció el fenómeno, desaparece. Tan parecido a este virus de una semana y media… Entonces me pregunto: ¿y si estuviéramos concentrándonos en señales equivocadas, aparentes? Esto pudo ser una triquiñuela de Calderón para sentirse Superman, un regalito que Obama nos dejó en el Museo de Antropología, un ardid de las farmacéuticas, la panacea de los partidos en año electoral, un invento del Ejército para dar el golpe de estado, una artimaña del mercado bursátil para reactivar la economía, una estratagema del Congreso para aprobar leyes impopulares (como si no lo hicieran siempre), un pretexto de los científicos para encerrarse tranquilos sin ver a sus hijos ni a sus esposas que ya los tienen hartos, un telón interpuesto por los extraterrestres para que no los veamos llevándose a los elegidos…
Creo que fue, ante todo, una señal de la Tierra. Este planeta, como todo organismo vivo, tiene plazos de autorregulación y el virus A/H1N1 ahí sigue: listo para volver a atacar. Desde hace unos días, coincidentemente, circula una campaña publicitaria de las pastillas Halls cuyo eslogan dice: “Si tú te tomas un respiro, la Tierra se toma un respiro”. La imagen del alivio terráqueo me regresa al deseo ingente de irme a la punta de una loma a vivir una existencia de ermitaño. Lejos de estas ciudades en la que permanecer se ha convertido en un castigo masoquista.
Vuelvo a la película de Shyamalan. “Denme un minuto para pensar” pedía a gritos el que sería, al final, uno de los pocos sobrevivientes. Pensar… una capacidad que hemos olvidado en el afán de creer que estamos pensando. Repetimos patrones sin apenas cuestionarlos; los personajes de la película se suicidaban, automáticamente, cuando veían a los otros hacerlo, sin que en ello influyera realmente ningún factor externo. ¿Qué tendría eso de extraño?, ¿no es, acaso, lo que hacemos cada día inmersos en nuestros autodestructivos y aparentemente insuperables modelos laborales, familiares, alimenticios, consumistas? ¿No vivimos en estas grandes urbes una existencia que linda con la locura y el suicidio, si no es que se asemeja a la muerte misma?
La Tierra necesita un respiro. Y como tiránico gobierno que es, como organismo decidido a sobrevivir, sabe cómo conseguirlo: generando confianza en sus criaturas; desviando la atención de los verdaderos hechos y sus causas; entreteniéndonos. Ella sabe lo que quiere: esto que acabamos de vivir fue sólo un aviso. La verdadera pandemia es la que vendrá cuando más quitados estemos de la pena y del tapabocas.

martes, 5 de mayo de 2009

Las otras epidemias

El mosquito Aedes aegypti, transmisor del dengue



A mis compatriotas, sobrevivientes de todas ellas


Especialistas en endemias y pandemias hemos sido siempre los habitantes de este calientito e intertropical Tercer Mundo en el que nos tocó nacer. Hoy la palabra de moda vuelve a ser influenza, que no quiere decir otra cosa que, simple y llanamente, gripe. La diferencia la hace el apellido que se le dé, aunque ha sido igualmente mortífera y depredadora a través de la historia humana, desde las primeras registradas en el Medioevo, cualquiera que fuere, entonces o ahora, su clasificación.
“Pon una bolsita con alcanfor entre tu ropa”, ordenó mi mamá al teléfono y me explicó que ése fue uno de los remedios preventivos durante la gran influenza de 1918, producida por el H5N1, primo de este nuevo AH1N1, y en las décadas siguientes, cada vez que se anunciaban en Santiago de Cuba los frecuentes brotes de poliomielitis, viruela, malaria, sarampión, paperas, etcétera, etcétera, etcétera. “El alcanfor espanta a los malos espíritus y a los gérmenes”, concluyó mi progenitora. Remedio de viejos, me dije, seguramente más efectivo que las vacunas. Y ese olor fuerte, penetrante, fue el primer jalón hacia el pasado. Era el olor de la casa de mis abuelos, donde había alcanfor y naftalina en los armarios para que trazas, polillas y comejenes no devoraran las telas, las maderas, el papel.
Fue allí, en aquella casa, que tuve mi primer encuentro con los artilugios artesanales para el control y exterminio de plagas: mosquiteros y matamoscas, chuchazos de luz brillante en las cuevas de las hormigas o en el agua para trapear, bombas para flit, bolitas de ácido bórico con leche condensada para engañar cucarachas hipoglucémicas y ratoneras donde amanecían prensadas criaturitas de cuerpos milimétricos y larga cola.
Pero si de epidemias hablamos, epidemias en serio de las que asolaban aquella islita, la sempiterna fue el dengue, que en su variante hemorrágica mató, en cada aparición, a un número infinitamente mayor de cristianos ―en aquel caso socialistas― que los que este AH1N1 se ha ajusticiado hasta ahora en todo el mundo. A su transmisor, el Aedes aegypti ―ese mosquito precioso, estilizado, de patas y trompa larguísimas― se le perseguía como a Billy El Niño o cualquier otro bandido del Viejo Oeste, con todo y cartel de Se Busca.
Las revisiones domiciliarias dieron trabajo y entretenimiento a miles de brigadistas de grises uniformes que, mochila al hombro y linterna en mano, se metían hasta debajo de las camas, no fuera a ser que por ahí hubiera quedado olvidada una lágrima furtiva donde las mosquitas pudieran echar sus huevos. Cualquier posible continente de agua debía ser vaciado: las palanganas del patio, los búcaros de las flores, los vasos para que los espíritus se elevaran, las cubetas y barriles que solíamos acumular en un país donde el agua escaseaba consuetudinariamente. Hasta las cáscaras de huevo debían ser quebradas, apachurradas, antes de echarlas a la basura.
Cada cierto tiempo nos sacaban de nuestras casas por una hora y echaban dentro aquel humo apestoso que, bromeábamos, sólo servía para engordar a los insectos. Y después de cada uno de esos eventos, llegaba un supervisor que revisaba que vigilantes y fumigadores hubieran registrado su visita en una tarjeta pegada detrás de la puerta de cada domicilio u oficina, local, empresa, fábrica, restaurán, tienda o cafetería. Sobre quienes no cumplieran esas precisas orientaciones sanitarias, pendían multas y castigos como espadas de Damocles.
No se le daba cuartel al mosquito y, sin embargo, aquello duró meses, años. Se superaba la epidemia, pero regresaba al poco tiempo. Era parte de nuestra vida. Y la música, ese componente fundamental de la vida nacional, le otorgó el sitio que merecía. “Malanguitas en el agua, no no no…/ recipientes en el patio, no no no…/ el mosquito aedes aegypti, ¡no!” cantaba la publicidad gubernamental ―la única que existía― para alertar sobre las posibles vías de proliferación, transmisión y contagio, mientras que el genio de Juan Formell escribió para Los Van Van, cronistas también sempiternos, aquel songo sabrosón que se tituló “Eso que anda”.
Hablando de fumigaciones, recuerdo las que hacíamos contra las cucarachas, animales implacables en los climas húmedos. A mi abuela Cristina, sus marchantes clandestinos ―no se conseguía “oficialmente”; sólo en el mercado negro― le llevaban botellas de un líquido blanco que mezclaban con agua, en la misma proporción, y se echaba en todos los rincones de la casa. Era fascinante el espectáculo que encontrábamos la mañana siguiente. Una alfombra de animales patas p’arriba que barríamos hasta el patio. Yo me sentía cochero de carromato medieval recolectando cadáveres de la peste. Y evocaba a Nerón cuando mi abuela, en tiempos en que faltaba todo tipo de producto sanitario, luego de que alguien extraño a la familia hubiera pasado al baño, le echaba alcohol y prendía fuego a la taza para eliminar los posibles gérmenes.
Después del dengue ―o antes… o durante, fueron tantas veces…―, padecimos la fiebre porcina. Pero la de los “machos”, como llamamos a los cerdos en la región oriental cubana. Ésa se transmitía a través de las heces del animal que los guajiros, clasificados así todos los provincianos, en masa, aunque viviéramos en la ciudad, podíamos llevar pegadas a las suelas de los zapatos ―¿y por qué no los habaneros?―. Entonces, cada vez que subíamos a un avión o cruzábamos de una población a otra, de una a otra provincia, había retenes militares donde teníamos que bajarnos del medio de transporte en el que viajáramos y caminar sobre unos sacos empapados del insecticida que, supuestamente, mataba al virus. Además, los guardias nos sometían a estrictas revisiones de equipaje, no fuera a ser que a alguien se le ocurriera llevar carne de cerdo contaminada. Esa epidemia también duró siglos.
La primera vez que me invitaron a Honduras, a la XV Conferencia de la Asociación Internacional de Literatura Femenina Hispánica, Tegucigalpa estaba en medio de una epidemia de dengue. “Traigan repelente para mosquitos”, sugería Amanda en las instrucciones generales. Y Marithelma llevó unos comprados en aquel Macy’s de frente a Colombus Circle, tan coloridos y sofisticados, que los mosquitos catrachos, en vez de huir, se juntaban para olfatearlos, fascinados de conocer los aromas del imperialismo, como los cubanos cuando llegaron los parientes de “la comunidad”, hasta entonces gusanos y traidores, con aquellos divinos olores extranjeros desconocidos para nosotros que inundaron las casas y las ciudades.
Siempre vivimos entre epidemias, plagas, calamidades, miseria bíblica. Y aumentaron en la misma proporción en que desaparecían los productos de higiene. Hongos, caries, roñas, piojos, ladillas, sarna… Giardias, oxiuros, estafilococos y cándidas clamidias… Otras, más o menos endémicas, nos persiguen a todos alrededor de este globalizado y estandarizado mundo: la intolerancia, la pérdida de valores, la desinformación, el miedo y el silencio, el sobrepeso, los chismes de la farándula, la simpleza y la indiferencia, el esmog, el consumismo… ¡el reggaetón! A todas ésas digámosle, como a las malanguitas en el agua: no no no.

martes, 28 de abril de 2009

Animales sin alma




A Dora.
En agradecimiento a los amigos, tan alertas y cercanos.



Anoche Susana, en uno de esos actos de solidaria responsabilidad que ella acostumbra, se desvió de su ruta habitual para dejarnos lo más cerca de nuestras casas a otros tres compañeros. Avanzamos sobre Tlalpan hacia el Centro, mientras oíamos las interminables noticias de la epidemia, que han suplantado totalmente a las acciones del narcotráfico, como si las mafias también se hubieran declarado en cuarentena en todo el país hasta el próximo 6 de mayo.
Con nuestros tapabocas embozados, veíamos el movimiento en la calle. De pronto parecía que todo era normal, pero las noticias recordaban que la Organización Mundial de la Salud había subido el nivel de alerta de 3 a 4 y que había posibilidad de que cerraran el metro y las fronteras, a pesar de que los empresarios, temerosos de las pérdidas que se les vienen encima —la verdadera crisis—, presionaban a las autoridades para evitar cierres masivos de empresas productivas.
A menor escala, en los ámbitos más domésticos, la visión es otra. Las compras de pánico ya afectan el abasto de los supermercados, sobre todo en productos higiénicos, antisépticos y alimentos empaquetados. Ni qué decir de las farmacias, donde ya no hay cubrebocas. Y los que antes del viernes costaban 50 centavos, son vendidos ahora entre siete y 15 pesos. En el metro, sin embargo, sólo un 10 o 15 por ciento los usa; especialmente los hombres, que han de sentirse menos machos con el hocico tapado.
“Allí vivía Orlandito”, señalé cuando desembocamos en la Calzada Chabacano casi a la altura de La Viga. “Y allí nosotras”, mi dedo apuntaba al edificio de ventanas cerradas donde habitábamos hace doce años Dora y yo. Era el viejo barrio: la farmacia de la esquina, la Mega Comercial, la entrada del metro, el Vips, el parque con sus grafitis pandilleros…
Subiendo al puente llegó el mensaje: a las 7:30 de la noche el director reunió al personal en su oficina, sin atender al llamado de no provocar aglomeraciones humanas, para comunicarles una instrucción que había recibido desde las tres de la tarde y quién sabe por qué postergó hasta entonces (posiblemente para retenernos): que la dependencia no cerraría sus puertas porque el Gobierno Federal no lo había autorizado; muy curiosa justificación cuando la autonomía universitaria es uno de los grandes blasones que enarbola esta alta casa de estudios. Y más, cuando todas las escuelas, facultades, institutos y espacios culturales pertenecientes a la UNAM están cerrados desde el viernes y todo el personal de base sindicalizado fue mandado a su casa ayer.
Seguimos por el Eje 3 Sur hasta llegar al Centro Médico. “Cuauhtémoc está hasta la madre; mejor me voy por mi súper atajo, que nos saca a Heriberto Frías”, propuso Susana y nos internamos a la colonia Roma Sur por la calle de Tehuantepec. Unas cuadras más adelante, fue ella quien señaló una casa anaranjada: “Ahí viví yo hasta que me casé”. “Este regreso ha sido como un paseo por el ayer”, me asombré y ella, imitando la voz de una de sus tías, me dijo: “¿Por qué será?, ¿por qué será?”
Entonces pensé que cuando el presente se complica, uno vuelve al pasado de una u otra forma; a buscar el origen, a “hacerse uno”, como dijo hace unos días Lili Rentería. Y recordé otros jefes que he tenido: Omar Mederos, el doctor De la Barreda, Ildefonso García… hombres de razón y de conciencia, gente con criterio y valentía, capaces de tomar las medidas que fueran necesarias a su debido tiempo, aun a costa de buscarse enemistades y problemas. Aun a costa de su propia libertad. Recordé, incluso, a Oscarito Ruiz Miyares, con quien tuve las más rotundas divergencias, pero que era un líder. Hasta llegué a pensar en aquel de la barba, para quien esta epidemia hubiera sido su sueño dorado.
Ésta es la diferencia entre quienes valoran a sus empleados y subordinados y aquellos para quienes somos sombras, simple número, monigotes, animales sin alma ni provecho que da igual si se contagian o sobreviven. Eso pienso ahora, inútilmente sentada en el medio de mi pasillo, el lugar donde esa misma insensibilidad me ha confinado. ¡Ni qué trabajáramos en el Pentágono! ¿Cuán imprescindible pueden ser un oficinista en una universidad cerrada?
Claro, que pudieran tener razón quienes afirman que si no conocemos a ningún enfermo ―mucho menos muertos―, la epidemia no existe. Que es simple amarillismo televisivo y oportunismo político en año electoral. Que fue un acuerdo entre Calderón y Obama, las farmacéuticas, el Grupo de los Siete y los bancos internacionales. Que lo de la OMS es pantalla. Que el rebaño de tontos del bozal, tan ridículos, avergonzamos al resto. Que cuando uno sale del DF se quitan los síntomas y regresan al volver… Nada, que hay que irse a Acapulco…

Y para que vean que las contingencias no matan el humor, los dejo con un chiste muy actualizado:
¿Saben qué le dijo el DF a la influenza?...
—Uy, que miedo, mira cómo tiemblo…
Y se echó el temblorcito de 5.7 grados que ayer al mediodía llevó al colmo de la incredibilidad a los capitalinos. ¡Na’más falta que nos mee un perro!

martes, 21 de abril de 2009

El libro de las caras




A Tati Canett y Raquel Zozaya, los abrazos más recientes.
A todos los demás.


Mi aventura de Semana Santa fue abrirme una cuenta en Facebook. Siempre me había negado a integrarme a esa enorme comunidad porque sospechaba que no me gustaría —¡esa actitud negativa tan persistente!—, que era “cosa ‘e muchachos”, una especie de “escuela en el campo” perdida no en el monte sino en el ciberespacio. Y no me equivocaba del todo. No en balde cuando te registras y vas preguntándole a los otros miembros, como niño de preescolar, si quieren ser tus amigos, el sistema avisa con la noción de temporalidad del infante que te agarra de la mano y comparte un descubrimiento que se atribuye: “Damaris y Odette ahora son amigas”, “Camilo y Odette ahora son amigos”, “Mabel y Odette ahora son amigas”… y uno siente que debe responderle con maternal condescendencia: “No, cariño, esas personas y yo nos conocemos desde muchísimo antes de que tú nacieras”.
Así, como adolescentes en busca de autoafirmación e identidad, puedes tomar miles de pruebas a las que llaman, muy inglesamente, test o quizz. En ellas averiguarás, con asombrosa rapidez y eficacia, cómo eres en el amor, a qué elemento perteneces, cuál es tu psicopatología, qué estrella de rock hubieras sido, qué autor te elegiría como su protagonista o con cuál personaje te identificas en la saga de El señor de los anillos o cualquier otra por el estilo. Y para colmo de los colmos, también qué tan cubano eres… ¡Sia’cará!
Uno de los mayores entretenimientos es meterte a fisgonear en las páginas de tus amigos. En ellas podrás ver, sin restricción, sus fotos personales, sus enlaces, sus videos favoritos, las canciones que escuchan. Podrás enterarte también de sus pláticas con otros. Para ello hay muros que me recordaron aquel complejo de habitante de las cuevas de Altamira que internacionalizó —eso pensamos los cubanos, siempre tan creídos— La Bodeguita del Medio, según el cual uno registra su presencia por medio de mensajes escritos en la pared: “Aquí estuvieron Chuchita y Pedro”, “Carmelina, yo te amo”, “Cargue con su pesa’o”, etcétera.
Otras paredes atiborradas de palabras me vinieron al recuerdo. La de mi casa de Santiago y la del apartamento de Aristico en la calle Concordia. En ambos muros escribían todos los visitantes. Costumbre milenaria: el ser humano necesita dejar constancia de su existencia y la letra escrita o los ideogramas han sido, hasta ahora, los métodos más perdurables. "Si no estás en Facebook no existes", me había dicho Sergio días atrás. "A quien no se le menciona deja de existir", dijo Wendy hace un ratico. En eso pienso mientras entono en tempo lento y tamborileo sobre el escritorio: “En el tronco de un árbol una niña/ grabó su nombre, henchida de placer”…
Y me interno, curiosa como gato, en la página de uno de mis amigos más jóvenes. Es como entrar a su casa sin pedir permiso. Como aquellos hogares cubanos de puertas siempre abiertas y mesa de dominó en la acera, adonde podía uno llegar en cualquier momento a echarse un buchito de café o una chicha de piña bien fría mientras te balanceabas en la mecedora y te enteraban de dos o tres suculentos o insulsos bretecitos antes de seguir camino bajo el calor que no mengua. No había demasiada prisa entonces… ¿por qué ahora estamos tan apurados?
Volviendo al muro de mi amiguito, puedo ver lo que él ha escrito pero no lo que sus cuates le responden, porque aquéllos lo hacen en sus propios muros, o sea, la portada de su página personal y, además, no son “amigos” míos, lo que no me da derecho a recibir sus palabras. De modo que me encuentro ante una especie de monólogo esquizofrénico; algo así como esto:

T kiero menso
A k hora tunait en tu kasa?
No ay brnka kabn
K supermegawow
No mames güey

[así, sin coma que separe la oración del vocativo, lo cual quiere decir, exactamente ―bueno, al menos en “nuestra época”―, que te quiere así de idiota y que no se te ocurra mamarte a un güey… y el “ay” sin hache es como el grito que da mi alma]


No es un diálogo entre sordos sino la charla oída desde un solo lado y en una nueva norma lingüística. Me descontextualiza y me pierdo. Y para mí, quedarme a medio chisme es peor que la gonorrea. Me dan ganas de completarlo a mi manera y escribir una novela sobre la semicomunicación. Por eso se llama Facebook, me digo, el libro de las caras, porque sirve para echar una miradita rápida más que para disertar. ¡Y a quién se le ocurre disertar!, protestarán los jóvenes, el primer público meta de estas redes sociales. ¡Quién se va a sentar a oír/leer a un viejo loco que cada día piensa que es su día con lo apurados y ansiosos que estamos!...
¿Y por qué lo estamos tanto?, vuelvo a preguntarme y a reflexionar acerca de este tiempo de pocas palabras y muchas onomatopeyas. Por ejemplo, el recuadro de “Compartir”, donde escribes lo que quieres decirles a los demás contertulios, tiene una cantidad limitada de caracteres; así que si pensabas echarte una parrafada… ¡estás frito! Te la corta a medio aliento y listo. Quién ha dicho que éstos son tiempos de plática…
Hay un espacio, en la parte superior de la página, donde puedes comunicar tu estado de ánimo, actividades inmediatas o deseos. Unos dicen que hoy están muy contentos o muy nostálgicos; otros, que odian Windows Vista o aman el new age; algunos cuentan que van al súper o regresan de vacaciones; otros avisan que ya es hora de dormir en el Viejo Continente. Hay quien comunica que enseñará el subjuntivo en su próxima clase y quien confiesa que le está costando un huevo preparar la siguiente lección. Todo en unas diez o quince palabras, máximo. Los otros les respondemos con igual concreción o sólo insertamos la imagen de un dedito pulgar levantado en señal de aprobación, a lo Iulius Caesar, que dice “Me gusta” o uno invertido, igual a lo Julio César, que dice “No me gusta”.
¿Qué está pasando? ¿Cómo contener el pensamiento o el estado de ánimo en un número reducido de palabras? ¿Qué hubiera sido de Platón o Aristóteles en esta comunidad? ¿Cómo serían las Catilinarias, La guerra y la paz, La interpretación de los sueños o El capital? ¿Cuántos siglos de historia de la filosofía y el arte se hubieran sintetizado en quince palabras? ¿Al fin estaremos llegando a aquel viejo y socorrido consejo de los profesores de redacción que sugería escribir “claro y conciso”?
También preguntas de anciano mamón, dirá mi joven amigo y estará en lo cierto. Que éste no es el medio para disquisiciones. Hablando de síntesis, aquí la cosa es como sintetizaba mi abuelo hace mil años los asuntos simples: mear y sacudir. Veámoslo positivo: es lindo recordar aquellos tiempos en los que, como dice mi nieto Venegas, éramos “comemierdamente dichosos”, cuando “éramos felices y no lo sabíamos”, al decir Jorge Luis. Y también enterarnos de que Cala volvió a CNN, de que Lili estrenó con Abanico, Xiomara se presentará en Nueva York y Anabell grabó un disco nuevo. De que Hernán se fue a Guadalajara y Bellatin a Paraguay. De que Daniel Almenares tuvo otro vástago, de que Axel Tosca ya es un hombre hecho y derecho, de que Wendy voló a Cartagena de Indias a un encuentro de arte joven.
Hace un par de meses, cuando Eve Gil escribió la trenza sobre Wendy, me preguntaba qué sería de la Generación de los Ochenta cuando ella y Norge, los más jóvenes de entonces, cumplan cuarenta años, para lo que falta realmente poco. La respuesta es ésta: que ahora también somos amigos de los hijos de nuestros amigos —los jóvenes impetuosos de esta actualidad— y que a riesgo de parecer anacrónicos y “no saber usar” el Facebook, nos apropiamos de esta plataforma para reencontrarnos y besarnos y estar cerca, a la vuelta de un mensaje o de un dedito parado. Que como bien decía Yani Canetti hace unos días, son tan reales y tan llenadores esos abrazos, que dejan de ser virtuales.

martes, 14 de abril de 2009

Microbios del universo

La nebulosa del Águila, que parece el hiato estomacal


A Orlando y Frank, después de las fotos en “Las Islas”.
Y a Maya, por su cumpleaños.



La semana pasada me sometí a un tratamiento desparasitante. El segundo día, mientras la tripa se retorcía con singular entusiasmo, pensé en las víctimas del genocidio. Esos raudales de lava que bajaban desde el estómago debían ser para ellos algo así como Sodoma y Gomorra: un suceso sobrenatural e inexplicable, ajeno a sus capacidades y a su voluntad como especie, que arrastraba por igual a beligerantes combatientes de todos los bandos y a inocente población civil.
El día que Marisa me preparó aquella cuba de tres licores que me zampé sin menor conciencia debe haber sido el fin de una era para mis helicobácteres pyloris: la lluvia de fuego que seguramente presagió el Juan de Patmos de mis habitantes íntimos. Segundos después, ríos desbordados los arrastraron, esófago arriba, hacia la nada. Una masacre bíblica a la que pocos sobrevivieron; sólo aquellos elegidos que contarán la historia, generación tras generación, a las camadas de futuros animalitos.
Los bacilos búlgaros que desayuné a la mañana siguiente de las pastillas asesinas fueron, para los sobrevivientes, como la llegada de brigadas internacionalistas de países tan lejanos que no supieron ubicar en el mapa. Algunos microorganismos radicales verán con muy malos ojos el asentamiento en sus comarcas de esos visitantes balcánicos que empezarán a llenar de ideas extranjerizantes las mínimas cabezas de sus jóvenes. Ya ni hablar de la animada celeridad e indiscriminación con que se mezclarán sexualmente, lo que dará lugar a un nuevo tipo de microbios que los investigadores externos ―los terrícolas―, ante la imposibilidad de clasificarlos ―y de paso exterminarlos― con los métodos tradicionales, les llamarán mutantes.
Las diferencias ideológicas darán lugar a cruentos enfrentamientos entre globalifóbicos y globalifílicos que parecieran no darse cuenta de que ambos son productos del mismo proceso, sin el cual no existirían ni unos ni los otros. La imposibilidad de coexistir en armonía y entenderse democráticamente les hará enviar expediciones hacia el exterior, en un desesperado afán de encontrar “inteligencias superiores” que puedan comprenderlos u otros continentes a los que depredar en paz. Porque, se dicen unos a otros, no es posible que vivamos sólo nosotros en tamaño universo.
Y sus navecitas salen por nuestros orificios humanos como de la atmósfera las sondas que mandamos al “espacio exterior” o aquellos ovnis a los que se les ve meterse o emerger de los cráteres de los volcanes o las superficies del océano y que sugieren a algunos la existencia de una civilización intraterrestre, teoría a ratos más lógica que las que pretenden que los aliens vengan desde mundos situados a distancias humanamente inconcebibles.
Pero también hay naves que entran a ese universo de ellos. Cuando me hicieron la gastroscopía, mis helicobácteres vieron clarito en su oscuro cielo un objeto volador tipo La guerra de los mundos —la nueva, la de Tom Cruise— que no sólo echó un espectacular rayo de luz sobre su minúscula vida, sino que tomó muestra para estudios científicos “extraestomacales” y abdujo en ella a varios de sus congéneres. Esa intrusión fue el antecedente de la batalla que marcó el fin de otra de sus eras —ellos viven periodos más cortos que nosotros—: la gran guerra de la claritromicina y el pantoprazol que casi los aniquila como civilización.
Esos microorganismos nuestros no saben —o confunden— las relaciones que existen entre los recipientes en los que viven. Cuando un amigo se acerca a susurrarte un chisme u otro cuerpo se refocila encima —o debajo— del tuyo, los bichitos que habitan nuestra piel, debajo de las uñas, entre los múltiples pelos de nuestro cuerpo, han de explicárselo a sus hijos y registrarlo en sus anales como el paso de un cometa, el choque de un meteorito, las faces de la Luna. Una fiesta en casa de la familia les parecerá una conjunción de astros que puede ser peligrosa, cuando menos amenazante, si acaba en alguno de los acercamientos antes citados. Los agoreros anunciarán el fin de los tiempos en cuanto oigan el tintinear de las cervezas congelándose en el refri y lo interpreten como las trompetas del Juicio.
Para los que viven en el interior, las percepciones son aun más perturbadoras. Los movimientos oscilatorios y trepidatorios del amor, por ejemplo, son como un terremoto con sus réplicas que pueden llegar a predecir por esos sonidos guturales que brotan desde el fondo de su Madre Tierra —o sea, nosotros— segundos antes del evento telúrico. Desconcertados y agónicos, también ellos a veces se amotinan, se aglutinan, se asocian y nos ponen a sudar la gota gorda en fiebres y vómitos que a los doctores, siempre tan despistados, se les dificulta diagnosticar o lo hacen con cualquier buen pretexto que les permita salir del paso. La gripe, por ejemplo.
En el universo que creemos conocer, la Tierra es sólo un microbio del que nosotros somos sus parásitos ególatras y presumidos, con ínfulas de animales superiores aferrados a nuestros irrevocables l.q.q.d. [lo que queda demostrado], aun cuando me ha contado Francisco ―que sí sabe de esas cosas― que hasta las leyes de Einstein han tenido que revisarse y actualizarse por ser demasiado relativas ya para esta época. Tan faltos de humildad, menospreciamos a las especies según nosotros —y sólo nosotros— “inferiores”, cuando somos simplemente una especie más. Un piojo del planeta que es, a su vez, un ácaro de la galaxia que es, a su vez, una ladilla del universo que seguramente es una liendre dentro de los miles de mundos cohabitantes que pueden existir ―¿por qué no?― más allá —y hasta más acá— de los 18 mil millones de años luz, lo más lejos que conocemos. O creemos conocer.
Cuentan en ¿Y tú qué %#$ sabes? (What the Bleep Do We Know!?) que cuando Colón llegó a las islas del Caribe, aunque estaban fondeadas a pocos metros de la costa, los aborígenes no veían las carabelas. Sus brujos, más avezados en el uso y reconocimiento de las percepciones, aunque sentían las ondas energéticas que desprendían esas naves —como cualquier objeto o ser—, tampoco consiguieron verlas hasta después de días de aguzar los sentidos. Entonces les contaron a sus pueblos y aquéllos, ya sabiendo cómo eran y a qué distancia estaban, finalmente pudieron verlas. ¿Por qué sucedía eso? Según los físicos cuánticos de la película, porque el ojo humano no es capaz de “ver” —ni los órganos cerebrales que sustentan la visión de procesar— aquello que no conocemos previamente.
Me pregunto, entonces, cuántas cosas estarán pasando delante de nuestras descreídas, egocéntricas y alzadísimas narices sin que nos demos por enterados…

lunes, 6 de abril de 2009

Ya está a la venta



YA PUEDE PEDIRLA POR INTERNET

Desde cualquier lugar del mundo (incluida la República Mexicana)
puede hacerlo a la siguiente dirección
(que es de toda mi confianza):
LesLibros

Desde México también puede comprarla en la web de la editorial:
Quimera Ediciones

Y en la red nacional de librerías:
Gandhi, El Sótano, Porrúa, Cristal, Gonvill y Educal

Éstas son las palabras que Teresita Dovalpage escribió para la contraportada:

Espejo de tres cuerpos es una novela con ribetes benaventianos en la que el triángulo imposible, el más prohibido de todos, se forma ante los ojos del lector. Pero si desde sus inicios la relación resulta complicada, el hecho de que todas las protagonistas sean mujeres vuelve aun más suculento este ajiaco literario. Ajiaco, sí, porque aunque la trama tiene lugar en México, la gracia caribeña de la autora asoma entre las páginas con un guiñito cómplice... La manera en que se enlazan y desenlazan los tres cuerpos reflejados en este espejo construido de palabras en lugar de azogue revela la maestría de Odette Alonso, capaz de trazar retratos auténticos y vívidos con cuatro pinceladas. Berenice, juvenil y desprejuiciada, tiene algo de sirena y de afrodita. Ante su embrujo femenil caen Ángeles, la al principio estirada profesora... y algunas chicas más. La obra comienza con el protagonismo de Ángeles, pero no se limita a describir el tránsito de la madre-divorciada-y-un-poco-reprimida a la amante apasionada que llega a desbocarse con Berenice en un sofá. Hay mucho más que eso. Espejo de tres cuerpos contiene una propuesta y un sinfín de preguntas. ¿Qué se hace cuando el amor (no importa el rostro... o el sexo con que se aparezca) llama a la puerta? ¿Se le franquea la entrada? Y lo más importante, ¿cómo arreglar la vida cuando el amor decide huir?

martes, 31 de marzo de 2009

En lontananza

Conchero

Ele, para ti y por ti




El jueves pasado algunas gestiones me llevaron al Centro de la ciudad. “Los jueves son días de poder, de Júpiter”, decía mi tía Noris; “cuando tengas que hacer una diligencia realmente importante, que sea un jueves”. Mientras me adentraba en esas hermosas calles flanqueadas de palacios virreinales, me pregunté cómo se volvieron los burgos este gentío descolgado de los cerros. Pensé en sor Juana. Cuántas veces habría caminado por esas calzadas; cuántas arrastró su hábito sobre aquellos adoquines.
Hacía días la jerónima estaba cerca de mi corazón. Me la trajo, a su manera, José Luis Gómez en El beso de la virreina. Llegó entonando la “Romanza de los campos”, la misma que su madre le cantaba para arrullarla allá, a las faldas de los volcanes, en San Miguel Nepantla. Vino acompañada de un coro de mujeres, de una profusión de imágenes. La ergástula negra, la cava de los gusanos, las hogueras del Santo Tribunal, su cuarto de la redención, mi casa de Santiago. Su amiga Marta Portes, vestida de cortesana, mendigando a un lado de la Catedral y como una sombra, la Dama de la Mantilla besándose con la muerte. Todo se encimaba ante mis ojos en el mismo escenario.
Una marcha entraba al Zócalo por Madero. Se escuchaban los gritos de los manifestantes y en medio de la plaza, junto al asta de la enorme bandera, echaban cohetes que explotaban estruendosos, inquietantes, bien arriba, dejando una nubecita de pólvora. Alrededor de la Catedral, un batallón de granaderos aguardaba con sus cascos y sus escudos de plástico, ahogándose en el calor del mediodía, con cara de no querer entablar pelea alguna.
Mientras caminaba a un costado de la iglesia, viendo bailar una coreografía acrobática a un grupo de jóvenes callejeros y a una anciana sacudir su manojo de yerbas para limpiar el aura de otro transeúnte —eso prometía el cartelito escrito a mano—, pensé: “Ya que ando por aquí, debiera hacerle una visitica a Elegguá”. Me refería, por supuesto, al Santo Niño de Atocha, de quien había un cuadro en una de las galerías laterales del principal templo católico de México.
Después de ser revisada por el policía del atrio como si se tratara de un edificio público o una discoteca, entré. Me dirigí al rinconcito conocido desde hace años y… ¡oh sorpresa!, no estaban ni Elegguá ni la Virgen de la Caridad, que allí lo acompañaba como si esa pared estuviera intencionalmente dedicada a los cubanos. En su lugar había sendos óleos de san Francisco y santo Domingo separados —como han estado históricamente sus respectivas órdenes— por una placa de homenaje al Padre Woytila, con su eclesiástico “seudónimo” en resaltadas letras. “Mmm, ya los cubanos pasamos de moda”, me dije mientras deambulaba un rato, como turista y entre turistas, por el recinto.
Finalmente salí a la calle; el escándalo seguía. Un jolgorio similar —quizás un poco menos caótico; tal vez no— a cómo describe Gómez la Plaza Mayor de la Nueva España. El vendedor de aguas las pregonaba a tres por diez pesos. Tamales ofrecía otro. Por encima de sus gritos y de los cohetes resonaban, profundos, los tambores de los concheros, danzantes aztecas que bailan para convocar a los espíritus que tumbarán esa catedral levantada sobre la sangre de sus antepasados y sus sagrados templos.
Me encaminaba a la entrada del metro para hundirme en el inframundo cuando miré hacia la puerta del Sagrario. “¿Y si lo pasaron para acá?”, me pregunté pensando en la criatura divina. Decidida, como casi nunca, traspasé la reja, dejé que me volviera a revisar el otro vigilante y entré por la abertura derecha del portón. De más está decírselos, ya lo saben: lo primero que vi fue la figura del Santo Niño con sus deditos en posición de bendecir y la bolita del mundo en la mano izquierda. Era mediodía y las campanas empezaron a tañer.
Allí me senté, a sus pies, riéndome de su travesura. Ante mí, Nuestra Señora de Guadalupe; al otro lado, san Judas Tadeo. Le eché sus habladas —como dice Ildefonso—, breves, y cuando ya iba a levantarme —¡esas urgencias con que andamos en esta vida “moderna”!—, díjeme: “A ver, Odette, cuál es la prisa… Relájate, disfruta esta paz, este silencio, acuérdate cómo está la cosa allá afuera”. Con reticencia, el cuerpo fue distensándose; hasta empecé a sentir un dolorcito en el omóplato izquierdo. Entonces, la monótona voz del sacerdote que oficiaba misa en la Catedral y se escuchaba en el sagrario gracias al sistema de audio local, dijo que haría unos minutos de silencio para que quienes allí estuvieran se comunicaran directamente con el Padre Eterno.
Como supuse que si todos le hablábamos al mismo tiempo el Señor estaría tan aturdido que no escucharía realmente a nadie, le mandé mensaje con el Niño: “Oye, dile a tu papá…” Cuando empezó la musiquita que indicaba la continuación de la liturgia, me despedí y salí del templo. Iba flotando. Como anestesiada. Oyendo un coro de mujeres que cantaba la “Romanza de los campos”. Adelante iban Juanita y Azucena, las monjas de San Jerónimo, mis amigas del pre, las de la universidad. Isabel Ramírez, mi madre y mi tía Noris. Rodearon la boca del metro mientras iba bajando y fueron escuchándose cada vez más lejos a medida que avanzaba por el pasillo engentado de la estación Zócalo. Así, sigue llegándome su canto. Como la huella de los siglos. En lontananza.

martes, 24 de marzo de 2009

Elegía y valemadrismo

Kingsley y Cruz en Elegy



No me canso de preguntarme quién le pone los títulos en español a las películas gringas, dónde ocurre ese proceso macabro y distorsionador. Con qué criterios, con qué ética, con qué compromiso, con qué respeto al arte, ese funcionario, empleado de distribuidora o comité acometen su materia de trabajo. ¿Nadie los supervisa?
El domingo fuimos a ver La elegida, nueva película de la catalana Isabel Coixet —antes, La vida secreta de las palabras (2005) y Mi vida sin mí (2003), entre otras—, con Ben Kingsley y Penélope Cruz. Lo primero que me llamó la atención mientras buscaba en internet los horarios y cines más convenientes, fue que tiene dos trailers: uno hace énfasis en la vejez; el otro, en la seducción… Y había algo con el título; nos lo advirtió un comentario amigo… Pero en fin, allí estábamos, acomodados en las lunetas de piel del Cinemark. Pasaron casi dos horas interminables, salieron los créditos, bajé los escalones en penumbra y salí a la luz atribulada, confundida. Algo se me había escapado. Qué me quisieron decir. No encontraba los mensajes o eran tantos que no podía diseccionarlos.
La mayoría del gran público no es muy dado a la percepción integradora y analítica. Esa capacidad del cerebro humano se ha ido perdiendo. La gente —no sólo en el cine— mira pero no ve; ríen o lloran pero no se cuestionan las causas. Llegan a creer que lo hacen por “los otros”, los del filme; ni siquiera relacionan esas reacciones consigo mismos. Las imágenes pasan ante sus ojos como aguacero; sin consecuencias. Hablan de los personajes en tercera persona; se quedan con las impresiones más primarias; no reflexionan en los mensajes. Muchos dicen abiertamente que al cine se va a entretenerse, no a pensar.
Así, les da lo mismo que la película se llame La elegida o Recuerdos felices de Constantinopla. No necesitan el título, les vale madres; sólo ven desfilar los planos como autómatas y se los tragan cual agua simple, sin apenas degustar. Pero algunos tenemos la desgracia —¿debería decir suerte?— de “meterle coco” a todo y yo salí de allí sin haber entendido la película. No puede llamarse La elegida, me decía, porque para lo único que ha sido elegida Penélope en los últimos tiempos es para ganarse el Oscar por aquella María Elena, divina y loca, de Vicky, Cristina, Barcelona y no por esta Consuela Castillo, cubanita a medias, empezando por el nombre en femenino.
No pude evitar, antes de dormirme, revisar los dos diccionarios de inglés que tengo en casa, a todas luces muy malos porque el término elegy no aparecía. Entonces, les mandé sendos mensajes a Mabel y Manolo preguntando el significado de esa dichosa palabra en el idioma del enemigo. Como soy obsesiva compulsiva y perfeccionista, y no puede quedarme ningún cabo suelto en esta vida, desperté enganchada en lo mismo. No puede ser La elegida, insistí mientras el agua tibia del baño mojaba mi cabeza dura. Si acaso El elegido. Tal vez El elegido. Porque a David Kepesh, el personaje de Kingsley, lo escogen su alumna y su amante ocasional, su hijo para pedirle consejos, su mejor amigo para que presente su recital de poesía, Consuela para que haga las fotos, el autor de la novela —Philip Roth, El animal moribundo— y la realizadora del filme para que cuente la historia…
De pronto, como si el agua sobre mi cuerpo despertara al fin los sentidos adormilados, resplandeció la idea. ¡Elegía, coño, se llama Elegía!... ¡Claro, elegy es elegía! Entonces todo tuvo sentido, la película se reacomodó en mi cabeza (dura) y todos los mensajes saltaron a la vista. Es eso, una elegía: el tono, el ritmo. Un canto a todas las pérdidas del ser humano: el matrimonio, la juventud, la seguridad, el amor, los amigos, la salud, la integridad del cuerpo. Corrí a la computadora: allí estaban las respuestas de Mabel y Manolo confirmándomelo. Elegía, ¡eso!
Entonces me imaginé a todo el comité traductor preguntándose qué chingados es una elegía y a quién puede interesarle una película que se llame así... “¿Cómo le hacemos, jefe?”, preguntaría el súbdito. Y el gordo, que seguramente lo es: “A ver, ¿no dicen que esa española ojona se ganó un Oscar y que está bien buena?...” Grandes asentimientos de los otros. “Entonces tiene que ser algo que la destaque a ella, que además es latina… ¿Cómo dicen que se llama la película?” “Elegy”… “Ah pendejos, La elegida, a eso suena, ¿no? ¡Vamos a ponerle La elegida! Qué importa si no es ella la protagonista”... Punto final y a echarnos unas chelas… O unas cañas allá en la Madre Patria, donde también se llama La elegida. Que mira que la Pe sí es de ellos… suyita suyita. Y podían haberla llamado Las tetas de Penélope si hubieran querido, así que ya basta de crítica advenediza.
Pues sí, queridos, los que traducen el título de las películas, los que hacen las sinopsis para las cajitas de venta o renta, ni siquiera las ven… o les vale un reverendo cacahuate. Son oficinistas mal pagados y mediocres a los que no les gusta el cine pero ésa es la chamba que les consiguieron. La elegida o Elegía, ¿qué más da? ¿Hay alguna diferencia más que la comercial? Porque, como me decía Manolo, seguramente si traducen Elegía buena parte del gran público se quedaría como pescado en tarima, tentado a no comprar la entrada aunque fuera Penélope.
¡Pues qué vivan el comercio y el valemadrismo! Así vivimos mejor. Sin preocuparnos ni pensar.