martes, 10 de marzo de 2009

Astillas del mismo palo

Si de guerreras hablamos...



De pronto, entre vasos enjabonados y una torre de platos sucios, mi voz dejó salir del fondo de quién sabe qué agujero de la memoria aquel himno que, allá por los setenta, era la canción tema de la telenovela juvenil cubana El Capitán Tormenta:

Chipre es la isla sitiada
pero nunca vencida será,
aunque vengan soldados mil años jamás
a esta tierra podrán conquistar.
Viva la isla de Chipre,
la consigna es vencer o morir…

Miles de melodías surgen al son de las aguas cantarinas del fregadero. No hace mucho, cuando vine a darme cuenta ya entonaba a voz en cuello, estirando el pescuezo hacia la ventana:

Arriba los pobres del mundo,
de pie los esclavos sin pan
y gritemos todos unidos:
¡Viva la Internacional!


Al contarlo, pareciera que un espíritu beligerante, empeñado en la salvación del proletariado universal, se posesionara de mí en esos momentos de doméstico afán. Pero no siempre es así; a veces canto —y recompongo—, por ejemplo, las tonadas del grupo juvenil RBD:

Y soy rebelde
porque me chingo a los demás
y soy rebelde
porque te quiero atrabancar…


Pero generalmente, más que cantar, pienso, recuerdo, reflexiono. En ocasiones tengo que cerrar la llave, secarme las manos y correr a anotar las ideas en mi libreta porque, de no hacerlo —ya lo sé—, se perderán para siempre con el agua de la tarja. Hace unos días evocaba a mi amiga Bertica del Castillo, que aquellos sábados habaneros, a mediodía, al responder el teléfono siempre decía: “Aquí hija, en las labores propias de mi sexo”.
Con las manos enjabonadas, sonriendo ante esa frase que también repito con frecuencia mientras enfrento mi segunda jornada laboral, vi reinstalarse en mi memoria algunas experiencias recientes en el metro. Como si volviera a vivirlas, me vi saliendo de la estación, caminando entre los puestos de ambulantes y llegando a la esquina de Xola y Anaxágoras. El semáforo estaba en rojo; preferencia para el peatón. Bajé la acera y me disponía a cruzar cuando un carro, como zeppelín inclemente, atravesó el cruce y me dejó detenida en cámara fija, haciendo un arco con todo mi cuerpo. Al mirar el sitio del chofer, regresé a la vieja certeza de que si alguien te echa un automóvil encima sin el menor miramiento, puedes apostar lo que quieras, meter las manos al fuego, jurarlo solemnemente sobre la Biblia: la conductora es mujer.
Como sé que una afirmación así levantará revuelo y escozor dentro del alma feminista —mucho más en las vísperas de los encuentros, autónomo y oficial, que dentro de unos días tendrán lugar en la ciudad de México—, les confieso que he pasado años tratando de probarme a mí misma que me equivoco. Lamento decirles que muy pocas veces, contadas, el resultado ha sido otro, y que antes, durante y después del intento de atropello he tenido clavados sobre mi amenazada humanidad los ojos furibundos de la guerrera de la nave con cara de “quítate, pendeja”.
¿Qué pasó en el metro? Iba yo en un vagón que fue llenándose, de los reservados para mujeres en las horas pico, y cuando me levanté de mi preciado asiento para bajar en Etiopía, ninguna de las señoras interpuestas en mi camino movió ni una sola de sus pestañas enchinadas y enrimeladas por más que les susurraba decentemente al oído: “¿Baja en la próxima?, ¿me da permiso, por favor?” Miraban de reojo como diciendo: “Pos a ver cómo le haces, güerita?”… Y todavía una me gritó: “¡Fíjese!” cuando su bolsa y la mía se enredaron mientras la chicharra anunciaba que de un segundo a otro se cerrarían las puertas.
¿Qué más pasó? Que uno de estos días, cuando cambiaba de tren en Hidalgo, en ese pasillo que se asemeja al peor de los trabajos de Hércules, mientras seguía en fila india a la muchedumbre vi venir a una muchachota que, a todas luces, no tenía el menor interés de evitar el encontronazo. Como era enorme, vista hacia todos los confines, traté de hacerme a un lado lo más que se podía entre esa masa humana y aquélla, mirándome fijamente a los ojos, como para que no hubiera confusión acerca de su intencionalidad, embistiome de tal modo que me hizo girar 360° sobre mi propio eje.
Y dicen que me fue bien, que no debo quejarme. Una amiga cercana fue testigo, en una mañana tumultuosa, de cómo una de aquellas pasajeras que se adueñan de la puerta esperó con el puño cerrado al molote que se abalanzaba irremisible y, en implacable defensa de “su territorio”, se lo clavó en el estómago a una de las que entraba hasta sacarle el aire. E Inesita vio una pelea donde una le partió la boca a su congénere porque le molestaba la mochila de aquélla. “Si te molesta toma taxi”, gritaba enardecida la una mientras la otra agarrábala de las greñas. Historias hay muchas… Si Carlos Marx hubiera visto esas escenas, no tardaría en afirmar que también la mujer es loba de la mujer; aunque a él nunca le importaron demasiado las féminas, a no ser para tenerle su ropita limpia y hacerle de comer. “Labores propias de nuestro sexo”, diría Berta.
Demasiado detergente echo a la esponja y muchas veces resbalan peligrosamente los trastes entre mis manos, como por mi garganta una tonada:

Siento tu mano fría correr despacio sobre mi piel
y tu pecho en mi pecho y tu desnudez
y olvido reproches que imaginé…

Allí mismo, en el metro, aislada en la burbuja que crea un libro abierto, iba enterándome de cómo las cortesanas de la Nueva España, mujeres vulgares y lenguaraces que hacían del escarnio entretenimiento y poder —¡tantas así he conocido!—, se burlaban y agredían a Juanita de Azbaje, recién llegada de Amecameca y ya favorita de doña Leonor Carreto, brillante y tullida según José Luis Gómez en El beso de la virreina (México, Planeta, 2008) y cómo ella —ramita de jazmín, turpiala de oro, rasgueo de nítidas guitarras— se defendía no sólo con doctos argumentos que aquéllas no entenderían, sino también con venenosas y vengativas mañas y marañas.
“Entre nosotras todo se vale”, dice siempre una vecina de 82 años que sonroja por igual a hombres y a mujeres con atrevidísimos piropos que estoy segura de que no diría si tuviera 30. Pero no: no se vale todo, pienso mientras recuerdo aquel anuncio de la obra teatral Entre mujeres en que mi paisana Raquel Olmedo, con esa voz profunda, aseguraba: “Entre mujeres nos podemos destrozar, pero nunca nos haremos daño”… ‘Tá clarísimo: después del destrozo, poco daño más se podrá registrar. Bien afirman los viejos que no hay peor astilla que la del mismo palo.
¿Qué nos pasa?, ¿estamos muy estresadas o es nuestra humana y dual naturaleza? Porque suele ser mujer la primera enemiga de otra mujer; nuestra primera rival de amores (y las siguientes); la piadosa amiga que “para no vernos sufrir” nos hace el favor de venirnos con el chisme; la que le fue con la queja al jefe para hundirnos y quedar ella bien; a la que le molesta que chatees o revises el correo en la oficina; la que critica tu vestuario y a tus parejas; la que decide, sin consultar, qué le conviene más al grupo o a la familia. Pero, al mismo tiempo, son nuestras amigas y hermanas las que nos acompañan en los caminos áridos, en las decisiones difíciles, en las etapas de llanto y de dolor y también en las de destrampe y fiesta. Son ellas las que nos alertan, nos aconsejan y nos apapachan; las que extienden su mano y abren sus casas y sus corazones para sufrir o alegrarse por nosotras, para luchar juntas y revueltas.
Imbuida en ese temperamento bipolar que parece caracterizarnos, doy vuelta a la llave y sumergiendo las manos en el agüita templada, me dejo cantar con el mismo sentimiento del Charro de Huentitán:

Mujeres, oh mujeres tan divinas,
no queda otro camino que adorarlas…

9 comentarios:

Anónimo dijo...

Bueno, amiga, no sé qué decirte. Primero celebro tu texto ágil y travieso. Después me alegro de no vivir en el DF. Y por último, no sé si alegrarme de no ser mujer... Pues sí, me alegro, pero no por lo que cuentas --aunque tengas más razón que un santo-- sino porque desde la acera de enfrente la perspectiva es otra: Son tan distintas, tan amables... ¿Incomprensibles? Tal vez. ¿Imprescindibles? Seguro. El beso de siempre, con su abrazo.
Jorge

Anónimo dijo...

pues sí, ya debes suponer lo que pienso al respecto, será por eso que siempre me es más fácil entablar una plática con un hombre?
sabe...pero de cualquier comodo, aunque haya muchas a las que les gusta destrozar, bendigo a todas aquellas que han sido y son una mano en donde sostenerse (por supuesto como vos).
saludos
jetzabeth

Anónimo dijo...

Gracias, Odette, disfrute muchisimo tu cronica.
Dia de la Mujer, son todos los dias, ahi te va mi abrazo.

LA REDACCIÓN dijo...

De acuerdo, queridísima Odettica. Recuerdo las jornadas de "mala leche" en cierta oficina de Avenida Chapultepec donde conocí la mueca de dolor en una cara que, invadida por la envidia, me observaba desde el escritorio de enfrente...
Pero, para qué traer a colación un cesto de basura cuando se lee tu prosa lúcida. En contraste con los fardos humanos, existe gente como tú, capaz de iluminar el mundo con palabras.
Leticia Vaninna.

Anónimo dijo...

Chica, ¡magnifico post, como todos! Oye, ¿qué tendrá esa pegajosa melodía de El Capitán Tormenta? A cada rato me viene a la cabeza a mí también. Aunque no cuando estoy fregando, jajaja, evito las "labores propias de mi sexo" lo más posible.
Oye, pero qué cosas horribles pasan en el metro. Me resulta difícil conciliar esa imagen de las damas belicosas con la de los súper amables defeeños que conocí, hombres y mujeres.
Cariños desde Taos...

Anónimo dijo...

Te faltó una referencia literaria: la de "La Inmortalidad" de Kundera (último capítulo, si no me equivoco...): la frase aquella de que "si las guerras las hubieran dirigido las mujeres, no habrían quedado supervivientes", o algo así. :-))

Margarita Garcia Alonso dijo...

Cosas tiene esta Odette. He comenzado por reirme a carcajadas, imaginando como cantas y los temas que escoges, mientras friegas y compones poemas y he terminado por asustarme con ese metro feroz repleto de lobas al asalto de una plaza. Genial.
He visto magnificas fotos del encuentro en Minas , Teresita me las mostro. Felicidades.
a ver como consigo ese libro, a ver...

el goty dijo...

mientras mas pasa el tiempo y mas mujeres conozco mas cuenta me doy de lo bruto que somos los hombres, que no nos damos ni puta cuenta que los valores que atezoran las feminas son las que las convirerten en el verdadero sexo fuerte, por eso es ; segun un buen amigo gay; que a muchos hombres les fascinan los transexuales porque: reunen los atributos fisicos de las mujeres con las debilidades de los hombres; yo, sin comentarios y siempre fascinado con tu prosa, hago como mis antepasados cavernicolas: me voy de caza.

Anónimo dijo...

Uno de los grandes problemas que ha enfrentado el feminismo es el dilema de si la mujer es enemiga de la propia mujer. En mi modesto punto de vista no lo creo así, sólo que muchas mujeres adoptan el patrón masculino como formas de actuación; date cuenta que una mujer jefa quiere ser más exigente que un hombre para poder hacerse valer y demostrar su eficencia, por eso nos la encontramos tan crueles.