martes, 30 de octubre de 2007

Aeropuertos


Me gustan los aviones, me gustas tú…
Manu Chao

…soñando con el pie en la escalerilla.
Yo, en “Candela como el macao”


Me encantan los aeropuertos. Hay, en medio de las muchedumbres que los recorren y los constantes anuncios de los altavoces, espacios de libertad, de autoconfort, donde encuentro soledad y silencio interior para mi alma. Inquietudes paso, no lo niego. Formada en la cola de documentar, siempre me carcome el temorcillo, sembrado en el fondo de mi ser, de que haya algún inconveniente: que no esté confirmada la reservación, que esté mal mi visa, que se acaben los asientos, que la maleta pese más de lo que deba… Y suelo recordarme en la sala de vuelos internacionales de Rancho Boyeros —el aeropuerto de La Habana— el 10 de febrero de 1992, con veinte dólares metidos en el zapato —¡mi única fortuna… e ilegal! (portar dólares todavía era penado por ley)—, con el sobresalto de que en cualquier momento nos dirían que no podíamos abordar. Agustín y yo no queríamos respirar fuerte para pasar inadvertidos, ni pensar… no fuera a ser que alguien nos leyera la mente.
Superada esa inquietud viene la otra: esconder el cortaúñas. Quienes me conocen, saben de la espantosa manía. ¿En la maleta de abajo?, ¿en un resquicio de la bolsa?, ¡en el bolsillo no!... que me acusarán de amenazar al piloto con mocharle las pestañas —chac chac chac— en un intento de secuestro para quedarme en el aire para siempre.
Pero del otro lado del aparato de rayos equis, respiro profundo y ya soy robinsona entre desconocidos que pasan apurados y tenderas que sonríen a lo lejos, invitándome a cruzar el umbral de alguna librería donde suelo tener la calma que no tengo en el ritmo alucinante de una ciudad donde no quedan tiempo ni ánimo para ir a ningún lado. En las librerías de los aeropuertos me entero de las novedades editoriales, puedo asombrarme con los precios —¡qué recaros están los libros dondequiera!—, acariciar las páginas del tomo, leer las primeras oraciones y dejarme transportar adonde quiera el autor llevarme.
Y como ahora hay que esperar una eternidad, a veces más tiempo del que duran los vuelos, después de las consabidas compras de cremas caras, perfumes tax free y recuerditos autóctonos a precios de oro, todavía tengo tiempo de anotar en mi libreta versos como éstos:

Compro baratijas para ti
en los aeropuertos
muñequitas de folclor
tazas de letras
cántaros pequeños y vacíos
que llenaré de luz
para echarla en tus manos
y que así me acaricies
luminosa
espléndida invención de tus dedos
mi cuerpo.


Y si disfruto las terminales, no quiero decirles los aviones… Los miro pasar desde la ventana de mi casa y corro, desde donde esté, dejando lo que estuviera haciendo, cuando escucho, como canto de sirenas, la turbina de uno enorme, como esos Jumbo de Lufthansa o KLM. Y sé perfectamente los horarios en los que sobrevuelan la ciudad de México, a punto de aterrizar. Lo único que odio de esos gigantes son los asientos del medio en las filas de tres. A quién se le ocurre que puede uno comer —¡empuñando tenedor y cuchillo!— con las manos apretadas al ancho del cuerpo o tratar de dormir apuntalada por los codos de ambos vecinos, que se disputan con malsana fruición el descansabrazos.
Pero una ventanilla es el lugar más cercano a la Gloria —así, con mayúscula—. Desde ellas observo, con asombro de niña, todas las maniobras del despegue y del aterrizaje, esa inigualable postal que es la vista del Popocatépetl y el Iztaccíhuatl nevados o la enormidad sin horizontes de la ciudad de México, las caprichosas formas que hacen las nubes blanquísimas sobre el tope del cielo, la maqueta del mundo que se ve desde arriba, la sombra diminuta del avión sobre los campos o el mar, el humito que sale de las llantas cuando tocan la pista. Desde ellas me pregunto —y me respondo— qué son las turbulencias sino Dios jugando como un gato con un haz de luz.
Desde una ventanilla, en un vuelo de regreso de Nueva York, fui testigo, una tras otra, de la más impresionante y rojísima puesta de sol y de la más aterradora tormenta eléctrica. Ese día anoté:


El duende del terror
relampagueando
dibuja en la ventana la silueta de un ángel
jinete al rojo vivo sobre el azul rielado
sombra chinesca en la fragua de Vulcano.



Desde una de Air France vi la silueta de Irlanda en un amanecer de otoño, y desde otra de TACA, tocando en mi bolsillo al Elegguá viajero que siempre me acompaña, escribí de un tirón “Hija del aire”:


Hija del aire
hacia el aire voy
en el aire sostengo las palabras
con alfileres invisibles
con cintas de papel
que el aire desperdiga.
Encima de las nubes
danzo
como un corcel sin riendas
libre al fin.



Nada en la tierra se le compara: lo que veo desde arriba es lo mismo que ve Dios. Su mirada en la mía. Un momento Kodak de la Divinidad.

8 comentarios:

Anónimo dijo...

Odette:
Qué alivio es encontrar un alma gemela a quien le gusten tambien los aeropuertos. Y las librerias de los aeropuertos y comprar porquerias caras y meterse en las tiendas de duty free... Miau. Mi mariduchi no entiende por qué me hacen gracia, el los detesta. Pero ahora, leyendo tu articulo, pienso que es un sindrome del cubano escapado...
Teresita
www.dovalpage.com

mabel dijo...

Mi querida... un hermoso texto que daria patidifusos a los semioticos que se han hartado de decir que los aeropuertos son NO LUGARES, lugares que al ser igual en todas partes, hacen perder el referente, el sabor diferenciado, en fin, metatrancas... paso por las mismas angustias posteriores al vuelo, excluyendo claro esta lo del cortauñas... ultimamente me toca los ovarios que me quiten la botella de agua, pero ya ni caso... cuando regresamos del cañon del colorado, Maya y yo nos zampamos unos yogures en la cola antes del scanner porque no nos daba la gana que nos los quitaran... aparte de que tragar es lo nuestro... hermosos poemas que no conocia... te mando un beso fuerte... linda la foto que colgaste en el blog... gracias...

Anónimo dijo...

Y yo que pensaba que era la única que soñaba mientras volaba...
Mary Carmen

Anónimo dijo...

Me siento fuera de lugar: odio los aviones. Trato de pensar porqué.

En primer lugar, no se puede saludar por la ventanilla. A mi me gusta saludar, pero no como uno de esos escandalosos que agitan todo el cuerpo: me gusta hacerlo como la Reina de Inglaterra, ya sabes, el brazo ligeramente levantado e inmovil, y un movimiento rotacional en la mano que gira unos pocos grados, los dedos juntos, especialmente el pulgar. Una vez lo hice en un avion, mientras se movia lentamente por la pista para despegar, y un tipo con cosas en la orejas me mostro su dedo corazón amistósamente (creo).

Me fastidian los aviones porque mataron a King Kong encima de aquel edificio tan alto, lo hicieron caer como un mono muerto, a King Kong, que sólo quería observar un atardecer por última vez. Eso no se hace, francamente.

Me molesta mucho, no que la carne sepa a pollo, algo que podría tolerar bajo ciertas condiciones, sino que el arroz sepa a pollo; o a carne. Esto me desconcierta.

Odio los aviones porque en uno de ellos me alejé de quien quería a una velocidad que no podía comprender.

Finalmente me desagradan los aviones porque me recuerdan a un supositorio muy mal diseñado. Dolorosamente mal diseñado.

Pues eso.

No me gustan los aviones: me gustas tu

Odette Alonso dijo...

Mabel, lo interesante es comprobar que a mucha más gente de la que uno piensa realmente le agradan los aeropuertos, los vuelos, los traslados. Mira lo que dice mi prima Astrid:

Ayer recibi el envío número 13, el de los Aeropuertos, fabuloso!, tal parece que son mis pensamientos, pues mira que lo que más disfruto del viajar, no es llegar al destino, sino es estar en un aeropuerto, me siento en la mismísima gloria, aunque tal cual como te sucede a ti, siempre tengo la incertidumbre de si los documentos estarán en regla, etc, etc.
Fijate que a la sra. Maria, la dueña de la casa donde estoy viviendo, cómo y dónde la conocí?, pues nada más y nada menos que en un aeropuerto, en las largas espera de los vuelos de Montego Bay a Stgo. de Cuba y como yo soy a ratos un poco parlachina entablamos una amistad de inmediato.

Anónimo dijo...

Oye Odette; ante todo me encantan estos poemas. Sabes que me gusta mucho tu poesía.
También me gustan los aviones y los aeropuertos, excepto cuando tienes que salir o entrar al José Martí. Y no voy a contar detalles porque sería para no acabar.
La primera vez que cogí un avión fue para venir a España desde la Terminal nº 3 del José Martí y estaba tan borracho, triste y feliz y una mezcla más de sensaciones que nunca he podido describir, que no fui consciente de tal evento. Después de mucho tiempo me entero de que tu hermana y Jorge (Yoyi) estuvieron en el cesped del Aeropuerto hasta que el avión en el que venía pasó por encima de sus cabezas.
Pero ha pasado mucho de aquella primera vez y ahora soy plenamente consciente de cada viaje que hago y lo disfruto muchísimo, desde que empieza la planificación del viaje hasta que llego al destino. Y si es a La Habana me llevo algunas revistas del corazón para dejar allí.
Besitos desde Madrid.
Lázaro.

Anónimo dijo...

Cariño:
Tu sabes que a mi me encantaban los aviones, los viajes y los romances a distancia porque asi encontraba justificacion para cambiar de aires. Si no habia justificacion, pues a meter el cuento de la tia enferma, una licencia sin sueldo y alas que te vieron ir. Un viaje para mi era tan necesario como ir al baño a hacer pis (mira que fina). Para el mismo realizaba todo un ritual, que comenzaba por hacer y deshacer el equipaje tres o cuatro veces antes del dia del vuelo, camuflajear en forma de almohadita el cafe que no me podia faltar, pero sobre todo, elegir la ropa con la que abordaria el pajaro volador para ir y regresar, costumbre heredada de mi abuela que considera que los seres humanos no debemos herirnos las pupilas mirando a otros desaliñados. Me encantaba llegar temprano, ser de las primeras en entrar al salon de espera, conocer a los que me acompañarian ese dia y saborear uno de aquellos ricos flanes de caramelo. Luego el abordaje, la ventanilla y mantenerme perdida en las formas de las nubes. A traves de esos orificios descubri ogros y dragones, centauros y rostros de princesas. Siempre lamente que la gravedad no me hiciera posible el deseo de caminar por aquellas formas muchas veces inexplicables y perderme en ellas y hundirme y volver a salir a flote. En fin, que la hora y cuarenta y cinco minutos que separaban a Santiago de Cuba de La Habana, significaban para mi la paz que necesitaba para recargar baterias.
Pero llegue a Estados Unidos y aqui todo ha cambiado. Ahora no hago planes porque odio los aeropuertos, me molestan las personas en chancletas que mas bien parecen estar lavando ropa en el patio de sus casa que en un salon de espera muchas veces internacional. Ni hablar de los puntos de chequeo que, aunque considero imporantes, muchas veces son excesivos, ridulos y extremistas. Que te parecen ahora los militares vestidos de camuflaje con armas largas recorriendo los salones de las aerolineas? Cuando veo a uno de ellos, ahi mismo me tengo que empujar el primer Zanax y con el embolle que cojo a los diez minutos, no he podido ver hasta el momento ninguna figura en las nubes. Pero lo peor viene si tienes la desgracia de sentarte cerca de adolecentes que para hacerse notar necesitan patearte el espaldar de tu asiento, o lanzar uno de aquellos desagradables sonidos con la boca, que de haber hecho alguno delante de Tete, seguro que me hubiera quemado el hocico, porque eso es cosa de cerdos. Aunque trates de leer algun libro para ver como matas el tiempo en esa especie de encierro, es imposible concentrarte porque te interrumpe la aeromoza milientas veces a hacerte la misma estupida pregunta. Y que me dices del viejo que te toca adelante que piensa que porque pago un pasaje, aquello es el baño de su casa y comienza a bombardear con gases nauseabundos? Mi vida, montar aviones ha perdido el encanto, yo en cualquier momento compro un burro.
Inés

Odette Alonso dijo...

Fin de los comentarios.