miércoles, 13 de marzo de 2013

Habemus ratas

El 161 de East Street Bedminter, en Bristol



Esta mañana, mientras los 1,200 millones de católicos reconocidos, más los arrepentidos, los renegados y los curiosos tenían los ojos puestos en la chimenea de la Capilla Sixtina, recibí un mensaje desde el correo de mi amigo Rolando Córdoba que decía, a la letra:


 Espero que esto te llegue a tiempo, hice un viaje a Bristol, Reino Unido y se me fue robado el bolso con mi Pasaporte Internacional, Tarjetas de Crédito dentro. La Embajada está deseando ayudarme con dejarme tomar un vuelo sin mi Pasaporte, solo que tengo que pagar por el billete y cubrir las cuentas del Hotel. Para mi desgracia, no puedo acceder a mis fondos sin las tarjetas de crédito, ya contacte con mi Banco pero necesitan más tiempo para los procesos y así conseguirme uno nuevo. En esa inoportuna situación he pensado en pedirte un préstamo rápido de fondo que puedo devolverte tan pronto que regrese. necesito como 1200 euros para cubrir mis gastos. Te devolveré todo a mi regreso. Realmente necesito estar en el próximo vuelo. Si puedes obtener los fondos envíalos por Western Union eso será muy bueno porque es la mejor opción que tengo, Puedes Me dieron un carnet temporal en la Embajada así que eso no será un problema si tienes los fondos envíalos a traves de la oficina local de Western Union y en 20 minutos ya lo tendría aquí. es más conveniente para mí y Siento mucho cualquiera inconveniencia que podría causarle esto. Puedo enviarte los detalles en cómo hacer.
Espero ansiosamente tu respuesta.
Saludos.

En los últimos meses a otros cuatro amigos les han hackeado sus cuentas de Yahoo del mismo modo, por lo que no me resultó desconocido ni sorprendente el mensaje. Aunque, para ser justos, éste tiene menos faltas de ortografía y de concordancia; debe ser que los estafadores ya contrataron un asesor hispanoparlante. En ocasiones anteriores, les respondí con un par de blasfemias, pero como hoy la mañana tenía ese hálito de santidad, mientras mis amigos de las redes hacían sus apuestas acerca de la nacionalidad y la etnia del futuro pontífice, respondí a los bandoleros como si lo hiciera a mi amigo: “Rolo, dime adónde tengo que mandarte el dinero”.
En menos de lo que canta un gallo —ya ni digamos los tres gallos de Pedro antes de negar a Jesús—, entró la respuesta a mi bandeja de entrada:

Muchas Gracias. 
Puedes encontrar Western Union en cualquier oficina de banco o la oficina de correos cercano a ti. todo lo que necesitas es mi nombre completo y mi dirección abajo señalada: Aquí está la información que necesitas para
Nombre: Rolando Córdoba
Dirección: 161 East Street Bedminter Bristol, BS3 4EJ
Por favor mantenme informado.
Te estoy muy agradecido por la asistencia.


Como todo cibernauta que se respete, lo primero que hice fue buscar la dirección en los mapas de Google. Parada virtualmente frente a la fachada de ese Budget Boozer de la foto, observando con detalle los negocios aledaños y las ventanas de los pisos superiores —no fuera a ser que detrás de esa cortina corrida apareciera el rostro del malevo—, les respondí: “Dame tu segundo apellido, Rolando, porque no aceptan el depósito con uno solo”.
No tardé mucho en avisarle a la familia —que ya se había percatado del molesto suceso—, mientras les echaba un ojo a las caricaturas de los cardenales jugando a las sillas y del obispo que reclama quién echó a la urna un (premonitorio) voto a favor de Lionel Messi. Cuando volví al correo, ahí estaba: “Rolando Córdoba  fernando”, decía simplemente, minúscula incluida. Al instante respondí: “¿Fernando?... Pero Fernando no es un apellido... y recuerdo que tu segundo apellido era otro. Fernando debe ser tu segundo nombre, ¿no? Rolando Fernando Córdoba. Pero ¿cuál es tu segundo apellido?”
En ese momento salió el humito blanco del ya mencionado chacuaco y anunciaron que “Habemus papam”. Las redes sociales se saturaron de reverencias, bromas y nuevas especulaciones, porque aún tardarían largos minutos en decir el nombre del próximo ocupante del trono de Pedro. Y en lo que el tuit y el post iban y venían, llegó el nuevo mensaje de los chamacos de Bristol. Era contundente: “Este es mi nombre completo: Rolando Fernando Córdoba”.
Pero como para doblegar a un cubano sólo hace falta un equipo de beisbol holandés y estos inglesitos —o nigerianos, según dicen— no lo tenían, volví a la carga: “Pero falta tu segundo apellido, Rolo. Mándame tu segundo apellido que me lo están pidiendo”. Aquéllos respondieron: “segundo apellido : Jorge”. Y yo no me hice esperar: “¡Pero cómo va a ser Jorge un apellido! Jorge es otro nombre... Mira que tú tienes nombres, compadre, abusaron contigo tus papás. Mándame tu segundo apellido”.
En eso me escribió la hija del verdadero Rolando. Mientras me contaba lo disgustado que estaba su papá —el verbo, en cubano, era otro, menos correcto— porque los intrusos borraron su lista de contactos, anunciaron, a toda campanada, que el arzobispo de Buenos Aires, cardenal José Mario Bergoglio —con ese apellido tan indicativo de hacia dónde será conducida la cristiandad en este nuevo período—, se había convertido en Francisco I.
Alharaca mundial (o, al menos, occidental). Nacionalismos y regionalismos ondeando cual estandartes. Injurias y descalificaciones a diestra y siniestra. Esperanzas, decepciones, supuestas fotos comprometedoras y malbecsitos mendocinos. Todos dejando al descubierto su esencial adscripción católica aun desde la fervorosa negación de esa fe. Un Cristo lunfardo cebaba su mate cuando la alarma del correo me advirtió de la llegada de un nuevo texto: “Este es mi nombre completo :ROLANDO CÓRDOBA CABEZA”.
Las mayúsculas bailaron como grito histérico ante mis ojos. Estallé en una carcajada. Cabeza es lo que les falta a estos tipos, me dije y escribí: “¿No era Rolando Fernando Jorge Córdoba?... ¿Entonces ahora es Rolando Fernando Jorge Córdoba Cabeza?... La verdad es que ese nombre suena muy aristocrático”. Respondieron con toda contundencia, seguros de que al fin habían dado en el clavo: “Rolando Fernando Jorge Córdoba Cabeza es el nombre correcto”.
Llegó la hora de la comida y me entretuve entre la ingestión correspondiente y los chismes de la oficina. Los centros de trabajo son como la Curia romana: siempre hay alguien dispuesto a chingarte (joderte, aplastarte, desplazarte, sobajarte, difamarte, despojarte y vaya agregando los verbos que desee), y en el mío, sobran las ofertas y los intentos. Cuando volví a mi pantalla, desde el supuesto correo de Rolando preguntaban: “¿Has Podido enviar los fondos?” Y como ya venía bastante caldeadita, les respondí: “¡Qué descarados son ustedes! ¿Nunca han oído la canción Rata de dos patas de Paquita la del Barrio? Búsquenla en YouTube”.
Al momento en que pongo punto final a esta crónica, no han respondido. Debe haberles gustado la canción de la Paca o andarán buscando quien les traduzca la letra.

domingo, 17 de febrero de 2013

Escritoras latinoamericanas en Minería



(collage: Patricia Toledo)


Ciclo ESCRITORAS LATINOAMERICANAS EN MINERÍA

(coordinadora: Odette Alonso)




Jueves 21 de febrero a las 18:00 hrs. Charla “Escribir el país desde fuera”. Con Odette Casamayor, Aurora Arias y Yosie Crespo. Modera: Odette Alonso. SALÓN FILOMENO MATA.

Viernes 22 de febrero a las 17:00 hrs. Lectura de narradoras latinoamericanas. Con Aurora Arias, Odette Casamayor y Ena Columbié. SALÓN EL CABALLITO.

Viernes 22 de febrero a las 19:00 hrs. Presentación de los libros Una casa en los Catskills de Odette Casamayor y Luces de Ena Columbié. SALÓN MANUEL TOLSÁ.

Sábado 23 de febrero a las 14:00 hrs. Presentación de los libros La ruta del pájaro sobre mi cabeza de Yosie Crespo y Bajo esa luna extraña de Odette Alonso. SALÓN FILOMENO MATA.

Sábado 23 de febrero a las 16:00 hrs. Charla “Mujeres que escriben su país”. Con Ena Columbié, Marianela Medrano y Belkys Arredondo Olivo. Modera: Odette Alonso. SALÓN MANUEL TOLSÁ.

Sábado 23 de febrero a las 19:00 hrs. Lectura de poetas latinoamericanas. Con Yosie Crespo, Marianela Medrano y Belkys Arredondo Olivo. SALÓN EL CABALLITO.

Domingo 24 de febrero a las 13:00 hrs. Presentación del libro El arte de lastimar y otros placeres, de Dora González Lima. Con Leticia Romero Chumacero, Ángel A. Salgado y la autora. SALÓN EL CABALLITO.

Domingo 24 de febrero a las 16:00 hrs. Dos voces de la literatura dominicana actual: Aurora Arias y Marianela Medrano. AUDITORIO SOTERO PRIETO.


Entrada general: $20.00
Estudiantes, maestros, Insen (con carné): $15.00


XXXIV Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería
Tacuba 5, entre Filomeno Mata y Eje Central Lázaro Cárdenas
Centro Histórico de la Ciudad de México
Estaciones del Metro: Bellas Artes y Allende

martes, 20 de noviembre de 2012

Última tarde con Elena


En Zu Galería, el Día Mundial de la Poesía,
21 de marzo de 2010



La tarde era brillante y fresca, a pesar del verano. Elena me esperaba en la casa de Kendall donde vivía con la familia de Nazim, su único hijo, la luz de sus ojos. Estaba bien, bonita como siempre. Tal vez un poco más flaca, con el pelo cortito porque iba a recomenzar la quimioterapia, y unos lentes de armazón de pasta, de los de moda. Abrazarnos fue una reconexión, ese saber que seguíamos siendo las mismas.
“Aquí paso la mayor parte del tiempo, Odetta”, me dijo cuando entramos a la habitación. “Aquí y en el jardincito”, agregó señalando hacia el pedacito de verdor que se veía a través de las persianas, “cuidando las flores que le gustaban a Osvaldo”. Hablamos toda la tarde: yo le conté cómo iba mi vida; ella, de los tratamientos que recibía contra el cáncer, de los dolores y la miseria del cuerpo enfermo, de la crueldad de ese segundo exilio, pero también del trabajo de Nazim, de sus nietos, de los amigos a los que adoraba, de lo que estaba escribiendo.
Y recordamos la presentación de su poemario Habanera tú en la Casa Universitaria del Libro y la gran fiesta por el número 0 de la revista Nao —el único que logró salir— en el restaurante La Valentina de Insurgentes Sur. Y los encuentros de amigos en sus casas, la de Olivar del Conde, la de Vértiz casi esquina con Eugenia, la de Gabriel Mancera; ella y Osvaldo, los grandes anfitriones.
“Ahí está Osvaldo”, me dijo en determinado momento, y junto a un cuadro de Yemayá vi la urna con los restos del poeta. La misma que habíamos llevado ella y yo desde el crematorio hasta el departamento de la Condesa. Aquel día de febrero de 2008, Carlitos Olivares Baró me llamó al amanecer para darme la noticia. Cuando llegué a la funeraria de Tlatelolco, Elena estaba sola en medio de la sala. Poco a poco fueron llegando los amigos y entonces la acompañé a buscar el certificado de defunción. Iba contándome los pormenores que antecedieron a la muerte de Osvaldo, tratando de explicárselos ella misma.
“¿Cómo está México?”, me preguntó con la añoranza de quien habla de uno de sus grandes amores. Cuando nos nacionalizamos, en el año 2000, ella fue seleccionada entre todos los nuevos mexicanos para leer un mensaje de agradecimiento ante el presidente de la República, en ese entonces Ernesto Zedillo; su discurso fue de tal altura poética, que más de una lágrima dejó escapar. Éste fue el México de sus glorias, pero también el de sus traspiés. La recuerdo en un cuartito del Centro Médico Siglo XXI, recién salida de una de las operaciones a la que debió ser sometida. “Odetta”, me dijo con un hilo de voz, los ojos perdidos aún entre las brumas de la anestesia; yo la besé en la frente y le leí mi último poema.
Aquella tarde de Kendall recordamos sus vestidos vaporosos, las noches en Zu Galería, los tiempos de la Ibero y del Claustro de Sor Juana, del Tec y Casa Lamm; la sangre súbita, las risas y los llantos, los amores todos. Abrazadas sobre su cama, su cabeza en mi pecho, me contó por primera vez esa historia terrible que no repetiré.
Ya de noche llegó Ena con varias órdenes de pollo para la cena. Comimos junto a sus nietas, en el comedor familiar, y luego nos despedimos en la entrada de la casa. Me dio un beso en los labios, como siempre hacía, y no sé, no recuerdo qué cosas nos habremos dicho antes de que su mano y la mía flotaran sobre el aire denso del sur de la Florida mientras el carro se alejaba.
Es muy difícil escribir acerca de quien se ha querido de veras; miles de cosas se quedan por decir o se refugian en ese sitio de lo que es sólo nuestro. Pero esta mañana, mirando la foto que puso Manny para recordarla en el primer aniversario de su partida, el brillo de su mirada me dijo, desde quién sabe dónde, que Elena está bien. Ella y yo sabemos comunicarnos; siempre supimos.

jueves, 11 de octubre de 2012

Casa que ya no es

Balcones de Centro Habana




La de la esquina, una de aquellas casonas señoriales de la Narvarte Poniente, semioculta por una barda cubierta de enredaderas y bejucos, con gran portón de fina madera labrada, acaba de ser tirada a mazazos para construir un edificio de apartamentos.
Quienes pasamos diariamente por allí vimos caer, en sólo un par de semanas, las ventanas, los robustos muros, los arcos ornamentales. Cada día, mientras escudriñaba entre las maderas que los albañiles acomodaron en lugar de la fachada, me volvía el recuerdo del ruinoso edificio frente al que vivíamos en Centro Habana muy a principios de los noventa: la marca de los viejos lavabos, los bellísimos azulejos decolorándose al sol y al sereno.
Y pensaba en cuántos meses, años, décadas, tardó en ser levantada, equipada y acondicionada esa casa de la esquina; en cuánto de la familia que la habitó se derrumba con sus muros. Porque las paredes oyen, sienten; en ellas se quedan grabados la risa y los lamentos, la sangre y los humores, toda la angustia. No en vano el paso del tiempo se lee y se calcula sobre las capas sobrepuestas de sedimentos geológicos.
El derrumbe de esa casa me parece un símil de la vida: el envejecimiento inevitable de todo, la necesidad del cambio, la muerte, el renacer. Tal vez así hubiera querido ver —o al menos saber— la casa donde crecí, con sus fantasmas añejos, la mugre en los rincones, la invasión de gatos, el techo a medio desprenderse, el costurón de cemento mancillando los mosaicos de la sala, los trebejos guardados —para qué, para cuándo— en el cuarto de desahogo. Casa metáfora de un país que también se caía a pedazos.
Siempre quise tener una casa nueva, limpia y recogida, pequeña e iluminada, como aquel apartamento de mis primos frente al teatro Aguilera, que se quemó —un atentado, dijeron— y nunca volvió a construirse; en la enorme explanada hicieron un parque y un espacio para ferias, otra metáfora del país. Me hubiera gustado que se construyera algo nuevo —lo que fuera— sobre las ruinas de mi casa de Santiago. Tendría al menos la sensación de que el tiempo no se detuvo para siempre en un macabro punto sin regreso ni futuro.
La casa de la esquina será un edificio. En dos o tres meses lo veremos elevarse sobre el recuerdo de lo que un día fue. Nuevos vecinos se amarán, llorarán y harán planes en espacios recién hechos para ellos. Los amueblarán y decorarán a su gusto y la luz entrará por las ventanas relucientes. Tendrá escaleras pulidas y hasta un elevador con espejos. Pondrán banderitas de colores de un lado a otro de la calle anunciando su venta. Lo miraré con un poco de envidia cuando pase en las mañanas y sé que sonreiré sabiendo que hay esperanza, que ese edificio es la metáfora de un país que sigue vivo.

jueves, 16 de agosto de 2012

Mis lecturas del verano



Cristina Rivera Garza
El mal de la taiga
México, Tusquets, 2012


¿Cuántas veces, ante una situación adversa, decimos: “Quisiera irme ahora mismo al fin del mundo”? ¿Cuántas veces soñamos con huir? Eso es la novela más reciente de Cristina Rivera Garza, El mal de la taiga: el viaje de búsqueda ―y de autobúsqueda― de quien ha decidido “irse muy lejos”, un diario en el que se alucina y se inventan un bosque, otra mujer, tres astronautas. En la taiga, ese sitio donde algo muere, la cabaña sucia y maloliente es nuestro propio cuerpo con los huesos rotos y un hilo de sangre que sube hasta el cielo gris tormenta. Allí todo es símbolo: los niños mínimos, el vómito, el ojo acuciante del observador, el feral adolescente, los leñadores, el antro, la noria inútil, el agua sucia y las arenas movedizas. No en vano se cuestiona la aparente ternura de las fábulas infantiles: el lobo ―dice la autora― “no sólo triunfa, sino que lo hace de la manera más atroz”. ¿Acaso Hansel y Gretel querían regresar a la crueldad? ¿Qué diferencia puede haber entre la taiga y una ciudad cualquiera? En la respuesta está la clave, el hilo de Ariadna que pudiera desentrañarnos esta enorme alegoría. “Todos llevamos un bosque dentro […]. Un cielo gris. Las cosas que no cambian”, eso dice la autora antes del salto definitivo.




Yosie Crespo
Solárium
Miami, Ediciones Baquiana, 2012


“De ciertos enigmas despierto”, anuncia el cuaderno inaugural de Yosie Crespo, que obtuvo el año pasado el primer premio del concurso Nuevos Valores de la Poesía Hispana otorgado en Miami por el Centro Cultural Español y Ediciones Baquiana. Y agrega: “He aquí el hilo negro de sombras/ que delata mi amor”.
Habrá una luz, se vislumbra, pero todo empieza antes. “Cierro la noche y me trago su llave”, dice Yosie y se dispone a explorar la oscuridad. Incluso, y sobre todo, la de “aquella adversa/ que refugia en metáforas su propia vida”. “Ella con su soledad de pájaros/ llegaba cada noche”. Temblando frente al mar, en medio de este mundo de inútiles urgencias, la poeta repara en que no hay fuego en la desnudez ni en el secreto más profundo. Le duele “el vacío terrible de la eternidad”. Tampoco en el espejo encuentra una esperanza. Ni en el verso del suicida. Sólo algo en el horizonte pudiera ser puro todavía; Yosie propone alcanzarlo y despliega sus alas a pesar de la tormenta.
Solárium es un vuelo poético del despertar a la despedida; como el amor, esa “rama oscura” que llega y al final, irremediablemente parte. Pasado y presente fundidos en un punto que lo es todo. Versos en los que son recurrentes el deseo y la lluvia, la noche y luego, el sol, “los minutos que cría el viento en su viejo reloj”. Porque este libro es eso: un refugio donde esperar la luz.




Sandra Lorenzano
Fuga en mí menor
México, Tusquets, 2012


Una noche de septiembre de 1944 avisaron a Nina que Giulio no regresaría de la guerra. Ella echó alguna ropa en una maleta, tomó la fotografía que estaba más a mano y emprendió la huida hacia un país, al otro lado del océano, donde poder darle al pequeño Leo una vida mejor. Leo, que tenía tres años, no recuerda a su padre. Ni su cara, ni su figura, ni los cariños que le prodigaba, ni sus interpretaciones en el violonchelo cada tarde al regresar del trabajo. “¿Se puede tener nostalgia de algo que no conocemos?”, se pregunta durante más de medio siglo, huérfano de padre y de patria, arrancado de sus raíces, sin poder hallar firmeza o seguridad en ningún sitio, y se impone como misión hallar “las huellas de una sombra”, inventarse un lugar al que pertenecer.
 “Nunca cargaré el cuerpo de mi padre anciano. Nunca podrá él sostenerme”, se lamenta y entonces, durante un año rehace con sus propias manos a su padre en forma de violonchelo mientras deshoja su vida contándosela a un viejo lutier también llegado de otras tierras. Éste es un libro sobre las migraciones, sobre la vida y la muerte, sobre las decisiones que llevan a los humanos hacia uno u otro lado. Una épica sin héroes, sin grandilocuencia ni protagonismos. Y sobre todos, como un manto, la sombra de la guerra y del exilio. Tres veces extranjero, Leo acaba abrazado a ese chelo sobre las ruinas de su propia historia. Una pregunta queda volando al final de la lectura: ¿Es inexorable el destino? 

Mi poema Óleo

Composición gráfica de C-Queer Laboratorio Corporal

jueves, 2 de agosto de 2012

La vida, este obituario






En memoria de todos ellos



El domingo amanecimos con la terrible noticia del fallecimiento en Honduras de dos sobrinos de Patty. Si la muerte de personas mayores conmueve, aun cuando ese final sea esperado, natural, la de dos jóvenes menores de 20 años desmorona. ¿Cómo enfrentar un suceso tan inesperado, fulminante, irreversible? ¿Cómo entender que alguien se adjudique la prerrogativa de segar otra vida y sumir a una familia —y a todos sus allegados— en la impotencia más indescriptible?
En medio de ese doloroso desconcierto, el martes se cumplió el primer año de la muerte de Eliseo Albeto, nuestro Lichi Diego. De ese 31 de julio de 2011 a la fecha, hemos visto despedirse, en una sucesión que a ratos llega a parecer macabra, a Puchi Fajardo, Ileana Alonso, David González Lago, Elena Tamargo, Vicente Revueltas, Humberto Arenal, Ramiro Herrero, Heriberto Hernández Medina, José Ramón Morales, José Nicolás, Ernesto Lozano, Zenaida Manfugás, Javier Fernández Jure, Jenny Beltrán y Hamlet Casals. Personas conocidas, cercanas, admiradas o queridas; con muchos compartí versos y proyectos, cálidas noches del trópico; algunos eran aún muy jóvenes para la idea que tenemos de que la muerte es cosa de viejos.
A veces pensamos que nos han acostumbrado a convivir con la muerte las noticias de los medios, que se han convertido en una sempiterna nota roja; pero no: si la muerte se acerca, no hay palabras que alivien suficiente. El espectáculo de la guerra —¿alguien duda que vivimos tiempos de guerra mundial?— suele parecernos ajeno y lejano hasta que nos toca. Y la muerte, la simple, la de todos los días, nos toca siempre y nos deja heridos.
“La vida se ha convertido en un obituario”, me dijo Minerva, con esa exactitud de los poetas, el lunes en la noche cuando se supo de la muerte en Miami de Antonio El Niño Conte. Y ayer, al abrir el correo, encontré el mensaje de Rotmi Enciso avisando del deceso de Tatiana de la Tierra, esa mujer alegre y luchadora con la que tuve el privilegio de compartir y con quien publiqué mis primeros textos de tono lésbico en Conmotion, una revista que fundó en Miami.
"Aunque sabemos que quienes se van es porque ya cumplieron lo que venían a hacer, no deja de ser humano el dolor", me dijo ayer una amiga muy querida y me dejó pensando, a pesar de que comparto esa opinión (a excepción lógica de quienes deciden por voluntad propia irse antes o de quienes les es arrancada la vida). Los que me conocen saben que tengo una idea de la muerte y una relación con ella un poco distinta a la “normal”, pero lo cierto es que sólo sabremos qué es la muerte cuando nos ocurra. Cualquier apreciación desde este lado resulta aventurada, infundada, y en momentos como éste acaso sirve, cuando más, para darnos consuelo, el soporte necesario para seguir andando hasta que nos llegue la hora de despedirnos también.
Cuenta la familia que el lunes, al momento en que entregaban los cuerpos de Kevin y Katherin a la tierra generosa, en el cielo, sobre el pequeño camposanto, se elevó la curva perfecta y luminosa de un arcoíris. ¿Hace falta decir más?

jueves, 5 de julio de 2012

Los olores del cuerpo


Con Bladimir Zamora en la presentación de su libro


(Texto leído en la presentación del poemario Los olores del cuerpo, de Bladimir Zamora, el miércoles 4 de julio de 2012 en la Casa del Poeta, ciudad de México, actividad que dedicamos a la memoria de nuestro amigo el trovador santiaguero José Nicolás, recientemente fallecido en Barcelona)


Cuando Omar Mederos me entregó este ejemplar del libro de Bladimir Zamora y leí su título, Los olores del cuerpo, el olor que evoqué fue, sin embargo, el del gas doméstico e industrial que flota sobre La Habana. Ése era el primer olor que sentía el viajero cuando la guagua interprovincial llegaba a los barrios de la periferia; ése era EL “olor de La Habana”, aquella Habana que fue, en los años ochenta del siglo pasado, punto común donde confluimos tantos escritores, artistas e intelectuales.
En aquella década ―sin dudas prodigiosa―, ésta que aquí les habla con cualquier pretexto inventaba un viaje a la capital, en ocasiones hasta dos veces al mes: que a ver a mi hermana, que estudiaba en el ISA; que a visitar a una novia o a la otra; que a recibir algún premiecillo; que a tal o cual festival o congreso... Muchas de esas veces llegaba a la redacción de la revista cultural El Caimán Barbudo, emblema también de aquellos años, donde trabajaba y aún trabaja Bladimir Zamora, y no pocas de esas veces acabábamos, junto a un puñado de amigos, sentados en el parquecito de Paseo y 23 tomándonos una botella de ron que pasaba de mano en mano y nos la empinábamos ávidamente sin ningún protocolo ni solemnidad.
El último año de esa década, decidí trasladarme definitivamente a la capital y entonces nuestros encuentros fueron más frecuentes. Nos unió el proyecto de la Casa del Joven Creador y la Asociación “Hermanos Saíz”, la poesía y la cultura recorriendo la isla de punta a cabo en la voz, la obra y los afanes de la entonces más joven generación de creadores; nos unieron la palabra, los afectos, los amigos.
Dos momentos recuerdo especialmente. Uno, el día en que en La Gaveta, como llamamos cariñosamente a su cuartito en las lindes de La Habana Vieja, en un edificio de la calle Monserrate, Bladimir me contó de un “almuerzo cubano” compartido con Gastón Baquero, me describió el apartamento del gran poeta en Madrid, lleno de libros y símbolos patrióticos ―almuerzo y poeta al que dedica uno de los poemas reunidos en este libro, “cetro de la imaginación”―, y después me dejó escuchar, por primera vez en mi vida y un tanto clandestinamente, la voz de Celia Cruz en un disco ―o ahora no recuerdo si era casete― que había comprado en España. El otro fue una noche de sábado en el patio de la Casa del Joven Creador de la Avenida del Puerto, mientras esperábamos el inicio del BarTolo; alrededor de la mesa, él, Camilo Venegas, Sigfredo Ariel y yo; en el aire las notas de Mesié Julián en la voz inconfundible de Bola de Nieve.
Al abrir este libro, que es una antología personal, reencontré algunos de sus poemas de entonces y otros más recientes. Allí me volví a topar, por ejemplo, con aquel verso: “donde la noticia zumba como un ángel oscuro”, que me sirviera para encabezar mi “Poema para la indecisión y una muchacha” a finales de los ochenta. Allí, entre esas páginas, está el río Cauto de sus primeros años, el olor de la tierra, la ceiba que era el ombligo del mundo, los caballos, la mazorca, las yerbas medicinales. Allí están la madre y el padre, el abuelo, los amigos. Por allí pasan “los que van manchados de camino”, ésos que señalaban una ruta, un más allá.
Y luego está La Habana, esa “cuarentona oronda” ―como le llama Bladimir―, ese mundo colectivo de Bítles y revolución, esa “rutina de locura común” donde “un hombre que necesita flores” se duele y se regocija, se rebela o se deja llevar por “el impertinente animal de la belleza”. Un hombre que amontona palabras mientras ve “a la noche soltar con elegancia/ la pesada oscuridad de sus vestidos”. 
Y está la música como telón de fondo, ésa que nunca falta en los papeles ni en la vida de Bladimir Zamora. Ahora se estila ―moda reciente en cierta narrativa― agregar al final del texto el playlist, es decir, los temas musicales que oía el escritor mientras hilvanaba sus historias. En el caso de Los olores del cuerpo, las melodías ―¡y el ritmo!― se desgranan desde adentro, desde la misma entraña: Sindo Garay y la vieja trova, los danzones, los sones, la guaracha, los boleros, los Beatles y hasta el tango forman la banda sonora que acompaña, ineludible, la lectura de estos versos. 
Leo ahora a Bladimir, a esta distancia ―veinte años, que dijo Gardel que no eran nada; incluso un poco más de tiempo― y puedo ver cuánto de él, de sus versos, hubo en los míos, en los de muchos de mis contemporáneos. Ese cierto modo de decir y de jugar con la palabra; esa cadencia a veces abrupta, a veces como son de palma al viento; esa manera de separar las frases, de ahuecar el poema como un queso Gruyere o un campo minado. Ese humor ácido y esa soberbia de los pocos años, cuando nos creemos ―y acaso lo somos― dioses. Aunque Bladimir dijera, precisamente por eso, nunca es en vano lo dicho: “nadie/ si presume de dios/ toque a mi puerta”.
Han vuelto con este libro, con Bladimir, algunas noches tibias, el olor del mar, aquellos días que tenían, como él mismo menciona, “el signo de la eternidad”. Son pájaros que vuelan ahora mismo alrededor nuestro. Fragmentos de conversaciones, los ecos de su voz, el fuego de los años en que éramos promesa. Y los amigos. Los que todavía están allá, en la isla; los que estamos acá, en todas las orillas de este mundo; los que emprendieron antes que nosotros el último viaje. Ellos, nosotros, todos, estamos aquí en esta sala hoy celebrando este libro donde Bladimir dice ―y repito, nada está dicho en vano―: “qué buen invento los amigos”.


Bladimir Zamora Céspedes
Los olores del cuerpo
La Habana, Editora Abril, 2009

jueves, 17 de mayo de 2012

Fotografías con Donna Summer






Esta mañana me puse mi camiseta Polo morada para sumarme a la campaña de protesta que convocaron para celebrar el Día Mundial contra la Homofobia y la Transfobia, que conmemora el 17 de mayo de 1990, fecha en que la Organización Mundial de la Salud eliminó la homosexualidad de la lista de enfermedades mentales donde había permanecido por décadas.
Me subí al metro, como cada mañana, pero hoy sentí un aroma especial y recurrente. Supongo que como amaneció nublado y fresco, algunos señores sacaron del fondo de sus armarios —¡qué a propósito con lo de la homofobia!— los suéteres y chamarras que guardaron, a todas luces —y olores— sin lavar, cuando terminó el invierno. Y vine todo el trayecto preguntándome si ellos no se dan cuenta del tufo que despiden o si, acaso, les agrada. Y pensando si las mujeres que los aman —que seguramente las tendrán—, tampoco reparan en ello o cómo hacen para pasarlo por alto.
Llegué a mi oficina —que ya saben que es el medio de un pasillo—, encendí la computadora —que tardó en abrir la misma eternidad de cada día— y cuando después de otra eternidad llegué a Twitter, allí estaba la noticia: Ha muerto Donna Summer. Entonces nada más importó: me trasladé mentalmente al Santiago de los setenta, me puse la manhattan de las palmeras que costuró mi tía Migdalia para mis 15 —o los de Piri—, y me fui a YouTube a ver a la reina viva, cantando On the radio, I feel love, Hot stuff, Love to love you, baby y Last dance tonight, las mismas canciones con las que bailábamos —y/o apretábamos— en las fiestas de entonces.
Todavía empalagados por los panegíricos dedicados desde antier a Carlos Fuentes, algunos amigos sugirieron que hoy todos —incluso aquellos que durante años han criticado la superficialidad de la música disco y los ambientes de la década de los setenta— se pondrían a escribir crónicas o a sacar sus fotos con Donna Summer.
Mis fotografías con Donna Summer —pensé entonces— son todas mentales. Y son muchas. Las salas a oscuras de las casas de mis amigos y de mi propia casa, la música retumbando en las paredes, Manolito y Vicente, algunas muchachas a quienes no debo mencionar. Escaleras, rincones, sudores de la noche tropical. Pantalones de mezclilla, tennis y camisetas que por primera vez usábamos, muy orondos, gracias a las tías del Norte, ésas que antes habían sido traidoras impronunciables. Discos de los Bee Gees y de Tavares, de la Streisand y Bonnie M, de KC, de “Saturday night fever” y de “Hotel California” que nos regalaron esas tías y los primos a los que por décadas tuvimos prohibido escribirles.
Ni siquiera es que haya muerto Donna Summer, a quien hace años no escuchaba con detenimiento, como tal vez ella tampoco cantara en medio de los dolores del cáncer. No es Donna Summer en sí misma: soy yo, somos nosotros, es nuestra juventud. Aquellos años que hoy no son ni fotografías, porque entonces muy pocos teníamos cámaras y muchos de aquellos papelitos se han perdido.
Lo cierto es que esta mañana, cuando leí la noticia, no me importó nada más: ni la camisa morada, ni los tufos del metro, ni los furibundos seguidores de los candidatos a la presidencia, ni el alma del mismísimo Carlos Fuentes. La reina ha muerto… ¡Viva la reina!