
Anoche, al llegar a casa, busqué ilusionada en el buzón de la correspondencia; estaba vacío. Subí rápido las escaleras, esperando encontrar, pegado sobre la puerta, el aviso de la empresa de mensajería; pero no estaba. Traspasé el umbral con la esperanza de que lo hubieran colado por algún resquicio. “Nada sucede en la víspera”, decía aquel refrán que repetían los abuelos. Y tan cierto, que fue esta mañana cuando el cartero puso en mis manos un sobrecito amarillo con los cinco primeros ejemplares de mi nuevo poemario, Víspera del fuego, que acaban de publicar las Ediciones Intempestivas en Monterrey.
2011 ha sido, sin duda, el mejor año de mi vida, literariamente hablando. El récord de cuatro libros publicados me será muy difícil de romper: en enero pasado se incrustó en los etéricos aires de la red Escombros del alma, un ebook editado por Margarita García Alonso en sus ediciones Hoy no he Visto el Paraíso; una semana después salía en Valencia la Antología de la poesía cubana del exilio que compilé; en mayo presentábamos en la FILU de Xalapa el Manuscrito hallado en alta mar y el 10 de noviembre, según indica su colofón, veía la luz norteña esta Víspera del fuego que hoy ha llegado a mis manos.
Pero si tomamos el año como el tiempo comprendido entre dos aniversarios de nacimiento, todavía falta un libro más: Bajo esa luna extraña, una antología personal, la más completa, que el martes próximo saldrá al mercado en España desde los hornos tibiecitos de Efory Atocha, inaugurando —¡qué honor, Chago!— su colección de poesía hispanoamericana. Un año de poesía ha sido 2011, el regreso a esa Ítaca de versos, mi única tierra firme.
Pero lo que ahora se ve —y a ratos pareciera increíble— es sólo la cosecha de tantos años. Cuando abrí mi nuevo libro esta mañana, uno de los primeros recuerdos fue la recomendación de Barquet, allá por 2004 o 2005, de quitar el artículo en el título original. Porque La víspera del fuego —como entonces se llamaba— empezó a nacer en la última década de la pasada centuria. Entre sus páginas está el inicio de mis enrancias y aun antes, las veladas en el asteroide de Soleida, una tarde de café con menta en La Isabelica, los viajes en el tren lechero hacia La Habana y el espejo que se hizo añicos una noche de febrero del año 91.
21 son los caminos de Elegguá y otros tantos los que transcurren en esta Víspera. Una llovizna con olor a yerbabuena, un dominó en Bizancio, dos estrellas binarias ocultando sus nombres. Y una caja de té, un aeropuerto que son muchos y un tocadiscos de aguja con sones santiagueros. Bajo ese olor a café recién colado hay mil ciudades, ciertas noches desveladas en el cuarto de mi madre, varias mujeres y algunos hombres que me toman de la mano. Y los rieles de un tranvía y el muro de una iglesia y en cada una de sus páginas Cuba, eterna, como un estilete, como una inquietud salobre debajo de la lengua.
El tomo editado por Intempestivas, con la generosidad de Héctor Alvarado y Livier Fernández Topete y el cuidado diseño y diagramación de Alan Flores, tiene cuatro bellísimas ilustraciones de Erika Kuhn. Cuatro mujeres que esperan. Entran y salen pájaros de sus bocas, de entre la tela de sus vestidos. Dos de ellas tienen una expresión sombría; en las otras persiste la esperanza.
La Víspera del fuego es un periplo —o muchos— desde los cantos de sirena hasta los días sin fe. El viaje de este corcel sin riendas, de esta hija del aire que soy. Y al final de ese viaje no estamos intactos. Ojalá esas tempestades no dispersen muy rápido —o muy atroz— ese espejismo de humo que palpita, como despedida, en la contraportada.
Para adquirir el libro siga las instrucciones que se explican AQUÍ.
Víspera del fuego se presentará el domingo 26 de febrero a la 1 de la tarde en la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería.