martes, 30 de marzo de 2010

Livin' la vida, Ricky




En la tarde de ayer no hubo noticia más importante y más leída en los despachos informativos del mundo entero que la aceptación de su homosexualidad por parte de Ricky Martin. “Hoy ACEPTO MI HOMOSEXUALIDAD como un regalo que me da la vida. ¡Me siento bendecido de ser quien soy!” afirmó el puertorriqueño en un documento publicado en Ricky Martin Music, su página oficial en internet, y el planeta se volvió, al instante, un hervidero.
No hubo quien no opinara; hasta los que aseguran que no les importa o que quién no sabía que Ricky era gay. Uno de mis amigos gritaba en el Facebook: “Siempre se los dije y ojo de loca… no se equivoca”. Yo recordé el cuento de la pareja gay que cohabitaba en un solar ―vecindad, cuartería― habanero. Como no querían que en el barrio se supiera de su preferencia, salían y regresaban separados, llevaban amigas para aparentar que eran sus novias, hasta se rascaban la entrepierna y sopesaban lo que allí cuelga, como buenos machos. Pero un día, cuando ellos estaban en el trabajo, cogió candela su vivienda y todos los vecinos, enteradísimos, gritaban: “¡Fuego, bomberos, se quema el cuarto de los maricones!”…
La homosexualidad de Ricky se sabía, desde Menudo, hasta el universo y más allá. Reforzado desde el momento en que decidió ―sin importarle un cacahuate lo que pensaran los demás― tener a sus hijos sin mujer, usando un vientre alquilado, sin boda de mentirita ni simulación alguna. Él, padre y madre. Porque cobarde no ha sido. Esto agregó en la carta de ayer explicando su “tardanza”: “Mucha gente me dijo que no era importante hacerlo, que no valía la pena, que todo lo que trabajé y todo lo que había logrado se colapsaría. Que muchos en este mundo no estarían preparados para aceptar mi verdad, mi naturaleza. Y como estos consejos venían de personas que amo con locura, decidí seguir adelante con mi ‘casi verdad’. MUY MAL. Dejarme seducir por el miedo fue un verdadero sabotaje a mi vida. Hoy me responsabilizo por completo de todas mis decisiones, y de todas mis acciones”.
Y quién puede juzgar esa “demora” ―él dice: “Hoy es mi día, éste es mi tiempo, mi momento”― y querer crucificarlo en Semana Santa cuando, en el medio del espectáculo ―o en la política, o en el deporte―, pocos son quienes se atreven a confesarlo públicamente. Más bien él es de los primeros. La mayor parte se casa y tiene hijos con tal de “taparle el ojo al macho”. Dígame usted quién, en su sano juicio y buena visión, puede creer que Raphael o Camilo Sesto son machos varones masculinos o que Ana Gabriela Guevara o Soraya Jiménez, la levantadora de pesas, son damiselas por mucha falda que les pongan o novios que les inventen. Quién que viera a las locas de Locomía con sayón y abanico podía pensar que eran otra cosa que lo que su nombre indicaba con toda elocuencia…
El asunto no es que todos supiéramos “lo de Ricky” ―también lo sabemos de Juan Gabriel, Bosé, Daniela Romo, Ana Gabriel, Rosana, Pepillo Origel, Monserrat Oliver o Yolanda Andrade… y se rumorea de tantos otros que la lista sería interminable―, sino que para una figura de su dimensión ―no es sólo un cantante pop, sino también filántropo, embajador de las Naciones Unidas para las mejores causas, presidente de fundaciones de ayuda a los desposeídos de este planeta y, además, buena persona y sangre liviana―, lo importante no es que lo supiéramos sino que asumirlo públicamente representa una acción de responsabilidad y compromiso sociosexual. Porque, ¿cuántos jovencitos/as no son todavía discriminados en cualquier país de este mundo por sus preferencias sexuales?, ¿cuántos hombres y mujeres no siguen siendo agredidos, asesinados incluso, por ser homosexuales?, ¿cuántos caminos no nos han cerrado por esa causa?...
Dice Ricky en su declaración de ayer: “…ahora que soy padre de 2 criaturas que son seres de luz. Tengo que estar a su altura. Seguir viviendo como lo hice hasta hoy, sería opacar indirectamente ese brillo puro con el cual mis hijos han nacido”. Y me parece encomiable esta afirmación, porque ¿cuántas veces no hemos sido despreciados y humillados incluso por nuestras propias familias, o se nos ha desposeído y marginado por no ser como ellos hubieran querido?, ¿cuántos no siguen gritando que no tenemos derecho a casarnos y mucho menos a tener hijos y que mejor sería que nos muriéramos?, por citar dos de las más recientes declaraciones de personas públicas a raíz de la aprobación del matrimonio lésbico/gay en el Distrito Federal.
Que Ricky Martin confirme que es homosexual no es una obviedad de feria; es un escalón en la lucha por el derecho a ser como uno sea, sea quien sea. Porque decir “lo que se ve no se juzga”, como respondió Juan Gabriel a Fernando del Rincón en aquella famosa entrevista para Univisión, es evadir la respuesta. No abrir la puerta del clóset sino dejarla entornada, como se decía en Cuba. Y a veces las cosas necesitan ser dichas con todas sus letras.
En la vida de Ricky poco va a cambiar: no será ni más ni menos maricón de lo que ha sido hasta ahora, ni más ni menos acosado por la prensa y por sus fans, ni más ni menos famoso. Cambiará en la del muchacho o la muchacha que, al verlo, comprendan que ser homosexual no es una vergüenza ni una torcedura ni una enfermedad maligna que haya que ocultar y vivir a salto de mata como animal clandestino; en aquel que entienda que aunque es bueno que exista legislación que permita la adopción a personas del mismo sexo como a cualquier otra persona, no es imprescindible ley alguna ni permiso para que tengamos hijos porque nuestros órganos reproductores funcionan a la perfección: los gays tienen la semilla; las lesbianas, el vientre. Cambiará en la vida de aquellas familias que miran hacia los ídolos tratando de justificar o respaldar sus propios caminos.
Más allá del morbo de los medios y la maledicencia de la mayoría, ésta es una excelente noticia. Buena para Ricky, que ya podrá respirar tranquilo, porque cuando uno saca a la luz los secretos ―aunque fueran a voces―, dejan de molestarnos y nos permiten ser más felices; como él mismo dice en su carta: “la verdad sólo trae la calma”. Buena para los que estamos en el camino y muy buena para los que vendrán, que ojalá no tengan que pasar las cosas que nosotros, y sobre todo quienes nos antecedieron, pasamos. Buenísima, porque como dijera Benedetti ―¡que nadie sabe para quién escribe!―, cada vez queda más claro que “en la calle, codo a codo, somos mucho más que dos”.

martes, 23 de marzo de 2010

Vueltas que da la vida

El domingo 21, leyendo en Zu Galería



Marzo ha sido un mes intenso. Un vuelo tras otro —no sólo geográficos—, me dan la sensación de que he pasado todo un año, una vida casi entera como Tarzán, saltando de liana en liana. Inició con los efluvios de la Feria del Libro de Minería, días especialmente hermosos en los que tantas amigas y amigos me acompañan en ese proyecto entrañable que es el ciclo de escritoras latinoamericanas. Semana y media después estaba frente Nueva York, entre un mundo de gente, junto a dos de mis hermanas más queridas: Marlenys Villamar y Mabel Cuesta.
Gracias al empeño de Nayar Rivera, el Instituto Cultural de México en Nueva York y la maestría de escritura creativa en español de New York University auspiciaron que varios autores del catálogo de Quimera Ediciones nos presentáramos en el King Juan Carlos I Center de NYU el jueves 11 y la noche siguiente, propiciado por mi viejo amigo Javier Molea, en McNally Jackson Books, esa lindísima librería de Soho, de ambiente familiar, cálido y acogedor.
Eso me dio la oportunidad de coincidir, además, con el gran festejo por las dos décadas de la antología Poetas cubanas en Nueva York. Allí —tanto en la compilación que publicó Felipe Lázaro hace veinte años en Betania como en la jornada del viernes 12 en Baruch College— se reunieron cinco voces fundamentales de la lírica cubana contemporánea: Magaly Alabau, Alina Galliano, Lourdes Gil, Maya Islas e Iraida Iturralde, poetas queridísimas y admiradas, junto a un nutrido grupo de estudiosas y amigos que disfrutamos de un día mágico donde todo fue perfecto.
Hay un sitio en Miami que desde hace meses es mi lugar favorito en esa ciudad: el patio de Manny López en Zu Galería. Allí me solté anteayer del siguiente bejuco volador para celebrar, en una maravillosa matiné dominical, rodeada de amigos y gente muy querida, el Día Mundial de la Poesía. Dediqué mis versos, mi lectura de esa tarde, a mi hermana Amanda Castro, poeta, hispanista y luchadora social hondureña quien, en las primeras horas del viernes 19 —viernes, bonito día para emprender un viaje— trascendió las limitaciones de su cuerpo físico y voló a esas otras regiones desde donde ahora nos observa sonriente.
Amanda es una persona especial en mi vida. Teníamos que conocernos; estaba marcado en el destino. Bastó que nos abrazáramos aquella tarde de octubre de 2005 para saber que éramos hermanas. “Vos sos bruja”, me decía a veces, mirándome muy fijamente, y cuando le respondía: “Más bruja serás tú”, ella soltaba esa carcajada quedita, como hacia adentro, que le permitía el poco aire de sus maltrechos pulmones.
A poca gente he visto vivir con tanta intensidad, compromiso y entrega: la fundación y mantenimiento de Ixbalam Editores para la enseñanza y promoción de la literatura de mujeres, las luchas por la equidad de género, los encuentros poéticos y feministas por toda Centroamérica, las jornadas de solidaridad con la huelga de hambre de los fiscales, la resistencia contra el golpe. Durante una de mis visitas nos llevó a una casa en un barrio humilde de Tegucigalpa donde quería instalar un centro al que pudieran acceder niñas, mujeres y jóvenes, para que la cultura los alejara de las pandillas, de la droga, de la violencia. Hablaba con tal seguridad, que sobre aquellas paredes y pisos desvencijados casi podíamos ver construidos sus sueños. Patty impartiría los cursos de artes plásticas; Florián, Melissa y ella los de literatura y algunos de género; Astrid los de danza; Karla los de música… Preparó largos y detallados documentos que presentaron a fundaciones y oficinas de cooperación internacional. Ésa fue, sin dudas, la semilla del Proyecto Siguapate, donde tantas mujeres y sus familias recibieron apoyo sicológico, económico y humano contra la violencia, la injusticia y las desigualdades.
El viernes, mientras buscábamos un lugar para cenar, la luna mayamita parecía una sonrisa; la sonrisa de Amanda. El sábado al mediodía, en el minuto exacto en el que entró la primavera, sentí que Amanda respiraba el mismo aire —por fin libremente— y se mojaba los pies en aquella heladísima agua. Caminé hasta el final de la playa y al llegar a la caleta, una muchacha le tomaba fotos a otra, echada sobre la arena, haciendo poses de modelo sexy; en mis ojos, lujuriosos, brillaba la mirada de Amanda.
“Tenés que ser feliz dondequiera que estés”, me dijo, entre otras miles de cosas, aquella tarde de mayo pasado, la última vez que nos vimos, mientras bebíamos un glorioso guífiti, ese licor de hierbas y aguardiente que pidió prestado a las entidades de su altar de chamana para convidarme. Sé que ella está feliz donde las alas de su alma la han llevado. Sé que desde allí nos mira, con esa picardía suya desbordándosele de los ojos, y levanta el pulgar como en la foto. Lo sé, lo siento, me lo dice ese hilo invisible que siempre nos unió, la serena paz de la llama que enciendo para ella.
Cuando dentro de unos días sus amigas más cercanas, diosas y brujas como somos las mujeres, depositen un mechón de sus cabellos en el Yax Ché, sendero de las mariposas de la zona arqueológica de Copán, estaré entre ellas en aquel paraje dedicado a las guerreras aunque sea a esta distancia. Porque, dinos Amanda, ¿existen acaso la distancia, la cercanía, el ayer y el mañana o sólo son estratagemas, simples argucias en estas vueltas que da la vida?

Amanda Castro leyendo su poema "Homenaje ántemo"

(realización: Cattrachas, Honduras, 2010)

viernes, 19 de marzo de 2010

Ha muerto Amanda Castro


Así la recuerdo y la recordaré, cómo si no: riendo siempre, haciendo broma hasta del tanque de oxígeno que la ayudaba a respirar, tejiendo planes y planes y planes, dejando oír su voz.
En los primeros minutos de este día, en los albores de la primavera, voló Amanda Castro hacia esas regiones adonde sé que estará mejor. Ella también lo sabía; durante años preparó este viaje. Para quienes acá nos quedamos no hay peor noticia y sin embargo, sé que el viento está lleno de su poesía, de su legado de coraje y generosidad.
¡Vaya bien, hermana! Por allá nos veremos. De cualquier modo aquí te quedas, entre nosotras, las que te amamos y te admiramos.
Un abrazo largo, Marlenne, Patty, María... Un abrazo a todas las hermanas hondureñas que, en este mismo instante, enfrentan las carroñerías de los vivos.
Luz para Amanda Castro, la misma luz que ella tuvo, la que nos hereda.

Tegucigalpa, octubre de 2005

martes, 16 de marzo de 2010

Navecitas




A mis amigas de Nueva York, por tanta hospitalidad



Cuando el taxi trepó al puente elevado que conduce a la Terminal 2 del aeropuerto, en el horizonte resaltaba la silueta del Ajusco dibujado por el alba, como si la claridad lo empujara por la espalda. Ya en el Food Court, aligerada de peso, paladeo mi carísimo capuchino con sabor a almendras de Starbucks. Sola en esta mesa, rodeada de extraños, no tengo miedo alguno: soy una isla que puede desearlo todo. Éste es el inicio de cualquier sueño, de todos los sueños, de las esperas más esperanzadas. El primer paso de esa andariega que soy. El estado más feliz.
Una hora después me acomodo en el asiento 17A y retomo la lectura de La muerte me da, esa novela —¿es acaso una novela?— de genialidad inenarrable, ese libro maldito de Cristina Rivera Garza. Alguien está matando hombres y castrándolos; echándolos después a cualquier callejón. Alguien está divirtiéndose con ese juego macabro; deja mensajes anónimos que incriminan a Alejandra Pizarnik, a la propia Cristina que es también un personaje de su historia; acaso la protagonista, al menos la testigo ocular, la informante, la descubridora del primer cadáver. Cristina está divirtiéndose con esto, lo sé. Y también sufre, si no habré de saberlo yo...
Una alharaca me roba la concentración: mis vecinas de fila hablan sin parar, durante al menos dos horas, del marido, de los hijos, del jefe, secretarias, sirvientas, empleados, cremas y maquillajes, artefactos y amenidades para que sus gatos —me refiero a sus mascotas— sean felices, el menaje de sus tiendas, sus acciones 25% a la alza en la Bolsa, según ha consultado en su blackberry de pantalla gigante, casi Imax, la que tengo más cerca… ¿Tiendas y acciones?... Las observo con más detalle y parecen cualquier pedorra. Se ha perdido la clase, ya los ricos no se cuidan.
“¿Y no es eso a fin de cuentas escribir?”, pregunta Cristina, “esa malsana curiosidad de mirar dentro”. De abrir la herida, sentarse en sus bordes con las piernas colgando y observar sus propias entrañas como quien ve pasar un torrente hacia el mar. Dice eso y muchas otras cosas la tamaulipeca, pero a mi vera las contertulias dicen también tantos horrores de sus respectivos esposos que me pregunto por qué la gente guarda tal rencor a quien le dio todo el amor que tuvo, todo el tiempo que pudo. ¿Acaso no valdrá de nada? ¿Es simple paja seca, cuentos para olvidar?... O para recordar y retorcerse.
De pronto —¡milagro!, ¡milagro!— a la que lleva la batuta de la inclemente plática se le ha dormido la amiga. Y ella se estruja las manos con ansiedad, no puede concentrarse en la aburrida programación de la tele, me mira de reojo, se para al baño. La abandonada en los brazos de Morfeo abre la boca, hace movimientos como si balbuceara, deja ver adentro de la cavidad la punta endurecida de su lengua.
Ellas, muy nices, rechazaron el vulgar pan con huevo y jamón que nos ofrecieron de desayuno. “Dándole tanto a la sin hueso y sin alimentarse, deben estar hechas trizas, sin una gota de energía”, pienso yo, pero qué ilusa… Más tardo en alegrarme del silencio, que duró un suspiro, que lo que vuelven ellas a la parloteante carga como Agramonte y su tropa mambisa a las llanuras del Camagüey. Con razón Fernando, el marido, según ha referido la propia cacatúa del pasillo, su cónyuge, está tan amargado que acabará yendo al sicólogo. ¡Pobre Fernando!
Me duermo, arrullada por sus cacareos, y detrás de mis párpados cerrados no sé dónde estoy. ¿Qué blanditud es ésta? Floto entre nubes que no veo. ¿Soy Cristina, la Mujer Increíblemente Pequeña, la Detective? ¿Soy Pizarnik, la Viajera del Vaso Vacío, la asesina de los hombres castrados o el limpiador de ventanas con su misión de que “los encerrados puedan tener una visión más clara del exterior”? ¿Acaso soy yo misma? ¿Soy uno de los castrados? Veo una lágrima surcando mi mejilla, una estrella solitaria como la del triángulo rojo de la bandera, una burbuja que se rompe. Veo, como en el viejo danzón, una manita blanca que me dice adiós. Un avión que se desploma y luego la paz más absoluta. Oigo, a lo lejos —o “a lo dentro” o “a lo fuera”— el llanto insistente de un recién nacido. Me llega aquel olor a musgo, a gruta fresca.
Hay versos que se van tan pronto como vienen, sensaciones que son indescriptibles. Esta avidez por alcanzarlo todo. No quiero abrir los ojos, no quiero despertar a pesar del frío en los pies, frío en el paladar, maldito frío. Pero cuando lo hago hay filigranas de hielo en el vidrio de la ventanilla: arañas, mujercitas voladoras, un hipocampo, la pluma de Forrest Gump, un hombre que le dispara a otro, ángeles dibujados por el trazo de un niño, un Cristo y un diablo con su cola.
En pleno cielo, a lo lejos, algo que pueden ser otras navecitas van dejando estelas veloces, blanquísimas, en sentido contrario. La siguiente se monta sobre la anterior, justamente como dicen que hizo el avión de Mouriño. En mi cabeza suena una canción de ABBA. El avión entra al banco de nubes como uno a la alberca, como si diera un saltito y se abalanzara. Abajo hay mucha nieve, un paisaje ralo color ladrillo húmedo. “¿Qué merece conservarse más que el deseo?”, pregunta Rivera Garza, pero ya estamos arriba de Todo. Ahí está el río y allá Manhattan, más gris que la grisura. ¡No aguanto un minuto más sin cortaúñas!

miércoles, 3 de marzo de 2010

(click encima para ampliar la imagen)


También leeré una ponencia en:

Poetas cubanas en Nueva York:
20 años de una breve antología

Viernes 12 de marzo, 10 am
Baruch College
(55 Lexington Ave.)
VC-Room 7-150



¡Están invitados!
(entrada libre a todos los eventos)

XXXI Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería, ciclo Escritoras latinoamericanas en Minería

Con Judith Castañeda y Livier Fernández en la presentación de la Antología mínima del orgasmo



Jueves 25: Presentación de Entre Amoras, lesbianismo en la narrativa mexicana, de María Elena Olivera Córdoba, con la autora y Francesca Gargallo



Jueves 25, más tardecito: leímos cuentos Nadir Chacín, Yamilet García y yo




Viernes 26: Artemisa y yo leímos poesía lésbica, nuestra y de otras anteriores y colindantes. Aquí antes, mientras nos poníamos al día en los chismes






Aquí ya más formalitas... (si es que eso fuera posible)







Ese mismo viernes 26 presentamos la Antología mínima del orgasmo, de Ediciones Intempestivas (Monterrey). Aquí estoy con Elia Martínez-Rodarte, Livier Fernández Topete, Nadir Chacín, Amélie Olaiz





Aquí con Livier, reflexionando muy seriamente acerca del orgásmico asunto




Con Silvia Ethel Matus y Minerva Salado leí poemas el sábado y el domingo moderé su charla sobre poesía de mujeres en El Salvador y el exilio cubano



Silvia dando una entrevista para Radio Educación



(Hay más fotos de Minería en la columna derecha del blog)


martes, 23 de febrero de 2010

Fiesta





Se está arrimando un día feliz,
como hace un barco tras sus meses…

Silvio



Feria hay en mi corazón y carnaval en cuaresma porque pasado mañana comienza, por cuarto año consecutivo, el ciclo Escritoras latinoamericanas en Minería. Treinta y una autoras de once países, colegas admiradas y amigas del alma, me han acompañado en esta aventura, pero sobre todo este empeño, desde 2007. En los imponentes muros del Palacio de Minería, testigos de tantas centurias, se han impregnados nuestras voces, nuestras risas, nuestros sueños y planes; entrar allí, subir las escaleras, desandar los pasillos, es como volver al hogar.
Tengo que confesar que a veces, durante el proceso organizativo, me canso, me desaliento, quiero tirar la toalla. Es triste que a pesar del apoyo incondicional del staff de la Feria con las cartas de invitación, el espacio, la promoción en medios, el alojamiento por un par de días, tantas escritoras tengan que declinar la convocatoria por falta de soporte financiero. Resulta un tanto incomprensible que la Feria más importante no sólo de la Universidad Nacional, sino de la ciudad de México, siga adscrita a una facultad —en vez de a la Rectoría u otra coordinación de mayor rango—, con lo cual los recursos para financiarla y propiciar la mayor participación de invitados extranjeros son en extremo limitados.
Pero todo lo alivian esos cuatro días, el ambiente de la Feria, el abrazo de las amigas, la gentileza del público, el apoyo solidario, paciente, de nuestras parejas, familiares, amistades. Esos días son para mí un "subidón, una inyección de adrenalina”, como cantara alguna vez Fey —me encantan las citas non sanctas.
Belkys Arredondo Olivo me ha dicho que este ciclo de escritoras que organizo es “una comunión con lo que enaltece”. Y porque me han enaltecido con su amistad, y a la Feria con su participación, agradezco hoy —y siempre— a Minerva Salado, Rosamaría Roffiel, María Elena Olivera Córdova, Artemisa Téllez, Eve Gil, Sonia Rivera Valdés, Jacqueline Herranz, Marithelma Costa, Patricia Toledo, Helen Dixon, Chiqui Vicioso, Paquita Suárez Coalla, Margarita Drago, Belkys Arredondo, Jennie Carrasco, Teresa Dovalpage, Eleonora Requena, Ana Franco Ortuño, Reyna Barrera, Carla Patricia Quintanar, Fátima Rodríguez, Olivia Félix, Maricel Mayor Marsán, Rose Mary Salum, Nadir Chacín, Livier Fernández Topete, Yamilet García Zamora, Carola Brantome, Silvia E. Matus y Francesca Gargallo.
Y agradezco —hoy y siempre— al director de la Feria, Fernando Macotela, y a su equipo de colaboradores, especialmente a Esmeralda Murillo, Elías Franco Velarde, Dulce María López y don Ponchito. Qué bueno que en la misma Casa de Estudio donde uno ve —y padece— cada día tanta inexplicable insensibilidad hacia lo artístico, lo literario y lo humano, tanta inconcebible improvisación, inexperiencia y dolo, siga habiendo gente responsable y decente, profesionales a toda prueba.
Y agradezco siempre a Bertha de la Maza y a su hermana Nancy por la ayuda solidaria en la venta y promoción de nuestros libros, y a los medios de comunicación que cada año nos han respaldado.
Les extiendo a ustedes una muy cordial invitación para que nos acompañen este fin de semana en el Palacio de Minería (Tacuba 5, Centro Histórico, metros Bellas Artes y Allende) y en la librería+cafetería+foto cultural Voces en Tinta (Niza 23 A, entre Reforma y Hamburgo, Zona Rosa, metro Insurgentes). Para ello adjunto a continuación el programa de actividades.


ESCRITORAS LATINOAMERICANAS EN MINERÍA
(coordinadora: Odette Alonso)


Jueves 25 de febrero, 14:00 hrs.: Presentación del libro Entre Amoras: Lesbianismo en la narrativa mexicana, de María Elena Olivera Córdova; con Francesca Gargallo, Odette Alonso y la autora. GALERÍA DE RECTORES.

Jueves 25 de febrero, 16:00 hrs.: Lectura de narradoras latinoamericanas, con Carola Brantome (Nicaragua), Nadir Chacín (Venezuela), Yamilet García (Cuba-México) y Odette Alonso (Cuba-México). AUDITORIO CUATRO.

Viernes 26 de febrero, 16:00 hrs.: Sáficas, lectura de poesía lésbica, con Artemisa Téllez, Carola Brantome y Odette Alonso. AUDITORIO UNO SOTERO PRIETO.

Viernes 26 de febrero, 18:00 hrs.: Presentación del libro Antología mínima del orgasmo, editores Livier Fernández Topete y Héctor Alvarado. Con la presencia de las autoras antologadas. AUDITORIO CUATRO.

Viernes 26 de febrero, 19:00 hrs.: Lectura de poesía: Carola Brantome, Silvia E. Matus, Minerva Salado, Odette Alonso y todas las participantes en el Ciclo. LIBRERÍA VOCES EN TINTA: Niza 23 A, entre Reforma y Hamburgo, Zona Rosa.

Sábado 27 de febrero, 12:00 hrs.: Lectura de poetas latinoamericanas, con Carola Brantome (Nicaragua), Silvia E. Matus (El Salvador), Minerva Salado (Cuba- México) y Odette Alonso (Cuba-México). AUDITORIO UNO SOTERO PRIETO.

Domingo 28 de febrero, 14:00 hrs.: Mesa redonda de ensayistas latinoamericanas, con Carola Brantome (Nicaragua), Silvia E. Matus (El Salvador) y Minerva Salado (Cuba- México). Modera: Odette Alonso. AUDITORIO UNO SOTERO PRIETO.

Domingo 28 de febrero, 17:00 hrs.: Presentación del libro Postales en ciudad de arena, de Carola Brantome. Con Odette Alonso y la autora. AUDITORIO CUATRO.

martes, 16 de febrero de 2010

Bajo el signo de Acuario





Dos vidas tengo —círculo dentro de círculo—; ambas iniciadas bajo la líquida catarata que brota del cántaro del Aguador. Una desde aquel 23 de enero en que rompió mis pupilas la deslumbrante luz de Santiago de Cuba; la otra a partir del 10 de febrero de 1992, cuando el avión se elevó sobre La Habana como una baratija y fue dejando la isla cada vez más atrás. Las palmas diminutas, los campos sin cultivo, el mar...
Eso pensaba el miércoles pasado mientras cumplía dieciocho años fuera de Cuba. La mayoría de edad como inmigrante, al decir de mi hermano y compañero de viaje Agustín Labrada. Él lo recordaba mejor —con esa memoria prodigiosa—, en una linda carta que me envió ese día —cual novio eterno— al buzón de la oficina:

“Salimos del aeropuerto de Cancún. Nos esperan Alexis Núñez Oliva, su novia Marisol, la hermana de Marisol, Darsi… en una camioneta que usa la charanga Van Van para esta temporada de actuaciones en la discoteca Azúcar. […] En el hotel Caribe, Tico ha preparado una deliciosa comida. […] Todo es alegría, aunque con un trasfondo de incertidumbre. Sueños y planes con La Habana aún en la respiración. […] Anochece, y vamos a la Zona Hotelera, a la pizzería de Armando, un cubano que “rumia su nostalgia” de exiliado desde que abandonó la isla en 1962. Tico y yo probamos por primera vez los camarones. Marisol pide que no lloremos. Nadie sabe qué pasará, pensamos que seremos eternamente jóvenes mientras cantamos y el mar estalla con furia contra los hoteles.”

Yo había pasado la noche anterior rompiendo papeles, regalando ropa, libros, el ventilador de aspas rusas sostenido ingeniosamente sobre una tapa de olla de presión, adornos, boberías. No se salvaron ni las cartas escritas de puño y letra, con tinta roja simulando el encausto —o la sangre—, en aquellas amarillentas hojas tamaño oficio, que yo, siempre transmutándome, firmé como Gabriel Puente.
Tal vez no lo sabía entonces claramente, pero una etapa de mi vida se cerraba, círculo dentro de círculo. Ya nada sería igual y eso era bueno. Porque además de ser un empeño imposible, ¿quién, en sus cinco sentidos, querría que las cosas permanecieran siempre en el mismo punto? Un universo de posibilidades se abría ante nosotros y era fascinante. Desde los siete colores y el calorcito de la laguna de Bacalar hasta el modo de ser, de bromear, de comer o de hablar de nuestros anfitriones, a veces inesperada e incomprensiblemente distintos. Era un renacimiento. Otra oportunidad de ser felices, con todo y los inconvenientes o readaptaciones que esa novedad acarreara. Incluida la nostalgia.
“Eres una cabrona enciclopedia de lo triste”, me ha dicho Valia hace unos días y me dejó pensando. ¿Por qué sentir que es triste el pasado si nos heredó tantas alegrías que cada vez podemos repasar? Esas evocaciones no necesariamente convocan al llanto: muchas veces volvemos a reír y a palpitar; muchas otras nos alumbran reflexiones que antes se escapaban o veíamos de distinto modo.
“Hay que recordar para no errar”, dijo Omar Mederos lleno de sabiduría —como buen viejo diablo— en los comentarios de la semana pasada. Y ésa ha sido una de las intenciones de este virtual Parque del Ajedrez, una de las tantas: registrar cómo vivimos los isleños ese período llamado Revolución Cubana en los hogares, en las andanzas domésticas cotidianas, más allá —o más acá— del heroísmo, el grito público y la propaganda gubernamental. Hacerlo como testimonio histórico, incluso como denuncia, más que como lamento o queja irresoluble. Aunque parezca —y resulte— labor bizantina tratar de explicarle esos detalles a quienes no lo vivieron.
Varias personas reafirmaron en estos días de celebraciones el dolor de las pérdidas a las que fuimos “forzados”: salir huyendo, desbocados, del país invivible del que en el fondo no queríamos irnos, recalar donde pudimos, donde nos dieron chance y no emigrar como una decisión pensada y deseada… Otros insistieron en que, por esas circunstancias, parte del alma, o el alma entera, se había quedado en Cuba. Y no; hay senderos que pueden confundirme, memorias que duelen, pero una cosa tengo clara: Cuba no me ha robado el alma —y pongo mi mano encima del corazón… qué costumbre—; mi alma está donde sólo puede estar: dentro de mí. Y la ocupan, la inquietan, la alegran o la afligen miles de asuntos de otro tono, banderas de todos los colores, olores de mil latitudes, anhelos y esperanzas… Cuba sólo algunas veces.
Con frecuencia los humanos —esencialmente inconformes— solemos preguntarnos qué cambiaríamos para modificar lo pasado. Nada, es mi respuesta. Ni lo más triste ni lo más duro. Ni los besos que no di, ni lo que di en demasía. Porque un mínimo desliz trocaría lo que aconteció después. Y porque no hay que corregir el rumbo: el rumbo es sólo uno y siempre es el correcto, por doloroso o injusto que pueda parecer a ratos. Nada podremos hacer para evitar lo que en él acontecerá ni para que suceda lo que no corresponde.
Eso iba pensando mientras bajaba la escalera del metro Universidad y, al levantar la vista, la acrtiz Bárbara Mori me miraba desde el autobús en el que anuncia toallas sanitarias. Tenía el índice levantado. No se imagina uno quién ni dónde le confirmará las certezas. “Uno, sí”, le dije cual si le hablara. Sólo hay que seguir andando, dejarse llevar. Como estas vidas mías en signo de aire, balanceándose al viento cual barquita en alta mar. Marcadas por la luz —y por las sombras— de Acuario.

martes, 9 de febrero de 2010

Fotos del siglo pasado




No reconozco a la muchacha de la foto. No preciso el momento en que esa imagen quedó registrada en la película de aquella vieja cámara. Recuerdo perfectamente —eso sí— el reloj en la pared del fondo, el aparador y la reja, el balcón sobre la bulliciosa Concordia y la ropa tendida. Allá, perdido entre esa oscuridad, estaba el mar; a la izquierda, la puerta del cuarto que habité casi tres años y adentro, la cómoda con el espejo que decía “te amo”. En él me miraba cada día y, sin embargo, no recuerdo el reflejo de esa muchacha en el azogue.
Es como si no la conociera. Como si por primera vez viera su piel tersa, la asombrosa delgadez, la abundante cabellera riza, los ojos saltones tras esos espejuelos que parecen parabrisas de guagua interprovincial. No lo niego: hay en ella un aire familiar; a ratos se parece a Camilo. Me pregunto si realmente existió y dónde, que ahora me parece una pieza anacrónica, equivocada, colocada en el lugar donde me sentaba a comer o a conversar, junto a la ventana que daba al cubo de luz.
Debe haber sido 1990 o 91, incluso muy principios del 92. Especialmente por lo flaca, por el hambre de esos años. Los tiempos de la Casa del Joven Creador y La Madriguera, de las noches del BarTolo, del programa de Albis y Joel en Radio Ciudad de La Habana, de las tardes de té, arroz aroma e I Ching en el asteroide de Soleida, del café y la chispa ‘e tren en N y 27… Todo el entorno lo recuerdo menos a esa muchacha. ¿En qué rincón fue a esconderse para que no halle con ella parecido? Sobre todo si nuestros ojos, los mismos, tantas veces se toparon frente a frente, tantas veces se indignaron, rieron o lloraron al unísono.



A ésta sí la recuerdo (y Agustín me ayuda en los detalles). Pinar del Río, noviembre de 1989. Siento, aun ahora, el ambiente de esa tarde en el Museo de Historia, nuestra lectura al aire libre. Nelson Simón, Agustín Labrada, Carmen Duarte y Silvia —la que echó a rodar sus ojos verdes—, Xiomara Laugart, Jorge García —que acaba de adelantársenos en el camino—, Yamira Díaz... Y la noche anterior en el patio grande que albergaba la peña “La Majagua”. A quienes íbamos desde La Habana nos alojaron en los albergues de la escuela provincial de arte. Rememoro con facilidad las paredes pintadas de amarillo, los baños de cemento, los cuartos de pocas camas, nuestros acompañantes, los anfitriones.
Y también esa otra con León Estrada: primero de octubre de 1988 en la terminal de ómnibus de Camagüey. A pesar del gesto, no había cansancio: acabábamos un viaje en el inicio del siguiente. Poblábamos una isla de poemas y de amigos que recorríamos de un lado al otro, una vez y otra vez. De Pinar a Baracoa, de Moa a Sandino. Del verso nuevo al corazón y al sueño.





“Tu destino es cantar llorando”, me dijo el sábado, hablando de poesía, Ana Cabrera Vivanco. Sí, me he pasado la vida escribiendo versos tristes, haciendo el inventario de las pérdidas, acumulando escombros en el alma. Buscando, como los viejos alquimistas, el polvo milagroso que no es más que ensueño y plomo. Convirtiendo cada víspera del fuego en otra hoguera donde bailar a oscuras.
“Ay qué pesado, qué pesado, siempre pensando en el pasado”, escucho a Ana Torroja en algún radio lejano. “Old times all the time”, opinaría, con su tono sarcástico, el doctor Zárate de nuestra fijación con los ochenta, aquellos años tan idílicos como tremebundos. Pero sólo es nuestro lo que ya vivimos. Si algún imperio hemos tenido es el pasado. No hay otro paraíso ni otro edén; por eso siempre nos parece perdido. El presente es ridículamente efímero, apenas existe: es sólo ese segundo que ya se quedó atrás. La oración anterior, incluso esta frase entre comas que ahora escribo, ya son pretérito perfecto, registro akáshico.
Mañana cumplo 18 años de haberme ido de Cuba. Aunque a veces enfoque el catalejo hacia aquellas playas, ni tan lejanas ni tan perdidas, para mí el exilio no ha sido más que ganancia, beneficio, crecimiento. Miles de oportunidades y regalos. Amigos nuevos, viajes, libros, lujos del corazón y la cabeza. Una bendición. Vuelvo a mirar estas fotos del siglo pasado mientras canto, con fondo de tambores y corneta china: “Santiago, cuna y pan, Santiago…” y también —¡cómo no!—, cual si bajara con un mariachi de la Sierra Morena, lógicamente de contrabando: “Ese lunar que tiene, cielito lindo, junto a la boca…”
Un coro me acompaña porque “cantando se alegran, cielito lindo, los corazones”.

miércoles, 3 de febrero de 2010

Desorden del caos





La pantalla se ha vuelto una sonrisa de mil dientes, una mueca de Jim Carrey. En el vaso de vidrio hay un licor espeso. Me lo llevo a la boca lentamente y cuando trato de beberlo, se transforma en una negra mariposa, enorme, del tamaño de la risa que ya desborda la computadora, me cae sobre las piernas, se riega por el piso como un río sin cauce.
Una hormiga trepa por mi brazo. Es un tatuaje y sin embargo, siento su huella conquistándome el hombro como la punta del Everest. Va repitiendo, en sordina, un sonsonete de Manu Chao: Mano Negra, clandestino; peruano, clandestino; africano, clandestino; marihuana, ilegal… De un tirón me saco la faja de cuero cual si la fuera a azotar… ¿A la hormiga o a mí misma?, me pregunto.
Pareciera que hay hielos adentro de mis botas y ratones que se enredan en mis pies, me impiden el paso, echan pestilentes bocanadas. La gente no parece notarlo. Brincan cual si bailaran una danza rusa. Ríen a carcajadas. Se dibuja ante mis ojos —¡tan bella!— la Medusa. Su mirada me deja como estatua de sal. A diferencia suya, con la cabeza calva y una luna dibujada en la mollera. Una luna y una sonrisa de mil dientes.
Como cada noche, voy subiendo la escalera del metro Etiopía. Afuera, en la plaza —llamada ahora De la Transparencia—, hay una pira formada con ejemplares de Espejo de tres cuerpos. Es alta como el faro de Alejandría o como aquella hoguera donde incineraron a Indira Gandhi. Sergio la circunda vaciando alrededor el combustible de un galón plástico. Luego acerca una antorcha y todo arde. Veo estrujarse, ennegrecido, el torso desnudo de la modelo fotográfica de Marta María. El azogue en que se mira es rojo escarlata. Acerco pies y manos; al fin me caliento de mi propio fuego. Y no hallo alivio.
“No tengo fuerzas para seguir luchando”, murmuro apenas y Dora me responde: “Manda todo a la goma”. De pronto estoy echada boca arriba en la piedra de los sacrificios. El verdugo —que es la Medusa– pasa sobre mi cuerpo una pluma de ave. De ave del paraíso. “Sácame el corazón aztecamente” le pido en un susurro y veo alzarse el hachita de obsidiana. Unas letras se dibujan en mi mente; parecen bordadas a mano: “Todas las respuestas te serán dadas al momento de la muerte”. Me fascina la sangre, su color, su borboteo.
Un sabroso y buen danzón, a media luz el corazón… Y en la pista una pareja se vuelve a enamorar… Regurgitan los hornos como un coro de ángeles. Se caen los antifaces cuando me hiere el día. Que en mis palmas abiertas se derrame la luz; que ella limpie mis manos de tantas soledades. Que borre, si es posible, la vieja cicatriz.
Una voz de otro tiempo dice mi nombre, Odette, con la “t” muy bien marcada. Voz de mujer, ajena y familiar. El aspersor rocía mi lengua de amargura, un enredo de alambres tapiando mi garganta. El rostro de un amigo ondea en esa tela que parece una mortaja. La gata blanca y negra me observa desde lejos. De pronto es real y luego artesanía. Tiene, colgada al cuello, una tarjeta que dice “Reservado”. El caos es el orden verdadero, es la marca indeleble de estos días. Es como si esperara cruzar algún umbral y yo fuera la gata, una sonrisa de mil dientes, un garfio en el lugar de la esperanza.