martes, 29 de julio de 2008

Fiebre de sábado en la noche y domingo al mediodía

Éste era la imagen de la camiseta que me regalaron
en 1978 mis primas de la comunidad



Me fui de vacaciones a uno de esos hoteles de playa all inclusive, tan estandarizados que siempre parece que se está en el mismo, con su plan de ruidosas actividades alrededor de la piscina diseñado para que nadie pueda descansar, sus bufetes temáticos y sus espectáculos nocturnos. Uno de ellos, dedicado a la música disco, me trasladó a aquellas noches de los setenta, de las fiestas de la secundaria y el pre, de una música que conocíamos como en sueños.
Porque cuando empezamos a oír a Silver Convention, KC and the Sunshine Band, Donna Summer o los Bee Gees no sabíamos cómo se bailaban esos ritmos y les inventamos nuestras propias coreografías, sin más nociones que la creatividad propia de la juventud. Dábamos una serie de saltos consecutivos que no eran, ni con mucho, parecidos al flotar de los danzantes de la disco music. Saturday night fever (1977), Grease (1978) o Fame (1980), aquellas academias fílmicas, nunca pasaron en los cines cubanos y las vimos en televisión ya bien avanzados los ochenta.
La música era un poco más fácil de conseguir, pero siempre con ese hálito de complicidad y contrabando. Quienes tenían amistades en las emisoras de radio, podrían gestionar que les hicieran alguna copia en aquellas enormes grabadoras de carretes; ésas siempre quedaban mejor que las que copiábamos directamente del aparato de radio en rudimentarias caseteras, artefactos de lujo a los que no todos podíamos aspirar. Y como estábamos en la edad del entusiasmo hormonal, nunca faltaban las malísimas canciones románticas de José Augusto, los Pasteles Verdes o Roberto Carlos, prohibido por entonces vaya usted a saber por qué. Así, de mano en mano, se iban haciendo las copias y armando las fiestas de los sábados en la noche.
1978 fue el escenario de dos sucesos fundamentales en la inopia insular: negociaciones entre Jimmy Carter y el gobierno de la isla permitieron el regreso de los cubanos asentados desde hacía más de una década en Estados Unidos, con los cuales habíamos tenido tácitamente prohibida toda comunicación. Con el retorno de los parientes de la comunidad llegaron —además de otras cosas deslumbrantes y exóticas como tenis, pantalones de mezclilla y equipos de música— los discos de moda: a nosotras, las primas de Miami nos llevaron un long play de los Bee Gees; Manolito y Violeta tenían Rivers of Babylon de Bonnie M; Adita y Sara, una recopilación de lo mejor del disco con Tavares, los Bee Gees, Barbra Streisand y Barry Gibbs, entre otros miles de artistas a los que amábamos. Los amigos de Piri tenían grabaciones de Michael Jackson y Kool & the Gang y hasta había adaptaciones al español-cubano de algunas de aquellas canciones que se gritaban a coro en las fiestas, como la que decía: “Eh, pa’ la USA/ a comprar pitusa/ y popis también”... Se había despertado nuestro espíritu consumista. Traducción: pitusa llamamos a los jeans; popis a los zapatos deportivos.
El segundo suceso ocurrido ese año fue el inicio de un programa —tal vez sería más apropiado decir un fenómeno— que reuniría a la familia cubana todos los domingos a las dos de la tarde ante la televisión: Para bailar. Sobre la base de una simple competencia de baile, había demostraciones y clases rápidas de los ritmos “desterrados”. En este país en el que me ha tocado vivir, siempre me asombra, como al Beny, la soltura con que bailan los mexicanos el danzón, el mambo o el chachachá. Los cubanos nacidos con la revolución no supimos danzar esos ritmos —y solíamos despreciarlos— hasta que surgió Para bailar.
Porque hasta eso pareció querer quitarnos la adustez de la dirigencia política. Como dice una de mis mejores amigas: los tiranos no saben bailar. No se sueltan, no se divierten, les parece ridículo. Y así parecieron sancionarlo los de mi país cuando declararon “impropia” toda gozadera —a no ser la que ellos autorizaran— y hasta el bolerístico sufrir de la tradición musical cubana anterior a 1959. Hace unos meses mi amiga salvadoreña Dina Posada me mandó una presentación en Power Point dedicada a recordar a grandes cantantes cubanos; la mayoría de ellos (Xiomara Alfaro, Zoraida Marrero, Fernando Albuerne, Desi Arnaz, Enrique Chia, Guillermo Portabales Olga Choens y Tony Álvarez) eran completamente desconocidos para mí, proscriptos como fueron. Justo eso pasó con los viejitos del Buena Vista Social Club: tuvo que irlos a “rescatar” Ry Corder del sepulcro en vida en que vegetaban.
Ayer mismo, después de leer la entrevista a Olga Guillot que anda circulando por internet desde hace unos días, Maya se asombraba de saber que a la gran santiaguera no la programan las emisoras cubanas. Ni a Celia Cruz, querida Maya, ni a la Sonora Matancera, ni a Rolando Laserie, ni a ninguno de los gusanos traidores y apátridas que se fueron después del ‘59... Y si se portaban mal, ni a Barbarito Diez ni a Joseíto Fernández, que al fin y al cabo “La guantanamera” la canta hasta Rosita Fornés.
Ahora —ya lo he dicho en otras ocasiones—, nos es fácil entender que muchas de aquellas “prohibiciones” deben haber respondido, más que al aspecto puramente político, a una imposibilidad de pagar los derechos de reproducción y distribución que exigen las empresas disqueras y los agentes artísticos en el resto del mundo. Pero, lógicamente, aquel orgulloso prefería hacer ver que él prohibía a los enemigos que confesar la otra verdad, que hubiera sido como aceptar públicamente que no éramos el ombligo del mundo, como nos hacían creer, sino sólo una islita dejada de la mano de Dios con un cancerbero muy gritón. Musicalmente hablando, no olviden aquello de “odio quiero más que indiferencia/ porque el rencor duele menos que el olvido”...
Para bailar fue, entonces, un parteaguas. Con sus lógicas limitaciones, porque era un programa con supervisión estatal, como todos los canales de televisión —es decir los dos que había: el 6 y Tele Rebelde—, que eran —lo son aún— monopolio del gobierno. El equipo de conductores fue excelente: Salvador, Cary, Lili, Albertico y Néstor eran cinco muchachos simpáticos, alegres, de sangre ligera. A ellos se le unieron —o llegaron luego en sustitución de los que salían— Mara y el pesado de Carlos Otero. Allí se bailó y se enseñó a bailar de todo: desde guagancó hasta charleston, desde areíto hasta ruedas de casino y música disco.
Toda Cuba bailaba entonces. Como las discotecas tampoco existían más que en los hoteles, limitada la entrada a los huéspedes, las fiestas eran en nuestras casas. Cada viernes se preguntaba: “¿adónde es fiesta?”, y siempre había quién tenía la lista de todas las que habría en la ciudad. E íbamos aunque no fuéramos invitados; incluso aunque no conociéramos al dueño de la fiesta. Se hacían molotes de muchachos en las puertas de las casas y, como en todas las discotecas del mundo, se reservaba el derecho de admisión. Si no nos permitían el acceso o ya no había cupo en la más popular, siempre habría otras dos o tres a las que acudir.
Ya adentro, tomábamos sólo agua o alguna bebida preparada con alcohol de 90° robado de algún hospital, rebajado con agua en una proporción de 50/50 o, en el mejor de los casos, mezclado con extracto de menta robado en alguna fábrica de licores, o un chorrito de café que le diera sabor. Generalmente no se ofrecía nada de comer —quién podría alimentar y emborrachar a tal cantidad de muchachos, la mayor parte de ellos desconocidos—. Eran espacios sólo para bailar. Porque el cubano no concibe una fiesta donde no haya baile. Fiesta y baile son sinónimos.
Muchas veces, como estábamos en esa ya referida etapa del descocamiento y los cubanos solemos ser bastante precoces y procaces, después de una primera tanda de brincos simiescos y profuso sudor, acabábamos apretando en lo oscurito con los novios al amparo del gato que está triste y azul o de los riquísimos gemidos calenturientos de love to love you baby... Entonces venía el verdadero show: las mamás encendiendo la luz y los hijos apagándola, una y otra vez, hasta que las más puritanas o autoritarias terminaban la fiesta de un solo alumbrón.
Last dance, last chance for love… canta dentro de mi cabeza aquella negra portentosa del veraniego apellido. Let’s dance toooniiiiiiiiight… le contesto, me enredo en la nuca el brazo de Tony Manero, el personaje de Travolta en Saturday night fever, y doy vueltas y vueltas mientras la bola de vidrio echa puñales de colores resplandecientes a nuestro alrededor.

martes, 1 de julio de 2008

Los amigos perdidos

Aquiles y Patroclo, amigos en la eternidad



Escribir este blog me ha costado algunas amistades. No ocasionales o coyunturales, como suele ser la amistad en algunas de sus variantes, sino de las viejas y profundas, de las del corazón y las entrañas. Al menos cuatro personas se han alejado tajantemente sin decir razones. Las intuyo, porque al buen entendedor, pocas palabras, sobre todo tratándose de los amigos: mi insistencia en hablar de Cuba y de la homosexualidad —esas dos esencias— con términos cuestionadores. Yo digo que no era para tanto, que había lazos más importantes que preservar entre nosotros, pero cada quien tiene sus propios límites y son absolutamente respetables.
Aunque en cuestiones íntimas o domésticas suelo ser dócil y evitar problemas, en los ámbitos públicos siempre fui muy lenguaraz. Retadora. A veces más de la cuenta. Quienes me conocen desde chiquitica saben, además, que aunque a ratos huraña, siempre he sido muy amiguera. Estas pérdidas me dejan, entonces, un tanto descalabrada, cantando como Alberto Cortés: “Cuando un amigo se va/ queda un espacio vacío/ que no lo puede llenar/ la llegada de otro amigo”.
Que si he olvidado que mi padre fue combatiente de la clandestinidad, dijo hace unos días a propósito de algunos relatos y reflexiones de este Parque del Ajedrez otro amigo santiaguero queriendo escarbar “hondo allá en lo blando”, como diría Silvio el viejo. Cómo habría de olvidarlo imbuido en el entusiasmo de su generación y de su tiempo, con la barba crecida a lo Camilo Cienfuegos en las zafras del pueblo, entonando para mí como canciones de cuna el Himno invasor, De pie, América Latina o La Internacional. Lo recuerdo perfectamente; pero ésa fue su causa, no la mía. Cuando nací, la revolución ya estaba ahí, hecha, servida en bandeja de plata, jodiéndonos o salvándonos la vida, según fuera el caso. Porque para “salvar” a mucha gente hay que joder a la otra mitad; no es de otro modo. No conocí las “desgracias” anteriores y aunque me las contaran, no eran las mías. Tendría otras “desgracias” de las que quejarme. Lo que para la generación de mi padre fueron logros, para mí era la vida normal.
Días después, a través de un compatriota que reside en España, protestó otro viejo amigo de la infancia: que es inconsistente y parece rabia de frustrados que hable de torturas y no mencione más que el apodo de Peteco; que los chilenos y argentinos de las dictaduras militares siempre dieron los datos de sus verdugos y se hallaron huellas físicas, fosas comunes que no podrán encontrarse en Cuba porque es falso lo que digo/decimos los de afuera. Este muchacho que consulta la prensa cubana como única fuente de información no puede conocer noticias como, por ejemplo, el reciente informe del Consejo de Relatores de Derechos Humanos en Cuba, que reporta, con nombres y apellidos de cada una de las víctimas, más de cuarenta muertes documentadas de presos en cárceles de la isla en lo que va de año. No debidas a lo que tradicionalmente se conoce como torturas, es cierto; sí por "suicidios, infartos y otras enfermedades generadas por la subalimentación, mala asistencia médica, infrahumanas condiciones de vida, palizas y otros malos tratos carcelarios". Justo lo que solapan todas esas cartas firmadas por mundiales intelectuales de izquierda que obstaculizan la visita de cualquier relator de la ONU, veedor de derechos humanos, a cárceles de la isla.
Tampoco ha de conocer mi aguerrido amigo, más que tal vez a modo de rumor que corre, bajito, de oído a oído, la represión de que fue objeto la marcha del orgullo gay que pretendían hacer desde el Parque del Quijote hasta el Ministerio de Justicia un grupo de homosexuales en La Habana, donde evidentemente sólo las “acciones reivindicativas” del grupo de Mariela Castro son permitidas y aplaudidas. Para el resto nada ha cambiado: siguen sin derecho de expresión ni de manifestación.
Que no siga hablando tanta cascarita ‘e piña, dice, y que los ayude a comprender cosas importantes, como por ejemplo las UMAP (unidades militares de apoyo a la producción). Qué querrá comprender que sea distinto a lo de siempre: el autoritarismo rampante que dispone de la vida del resto como si fueran sus soldaditos de plástico. Qué quiere que le explique, qué podría explicarle si entonces yo era tan niña como él y de las UMAP se hablaba menos que de Dios, que también estaba prohibido. Lo que he sabido lo supe después y no me fue difícil comprenderlo porque así eran los planes escuela al campo a los que fuimos; sólo que entonces ya no nos sacaban de las casas a la fuerza en aquellos camiones de la madrugada, sino que íbamos mansamente, de propia voluntad. Así curtió siempre el gallego a sus criaturas: a sol y a sereno, a paso de conga.
Que si todo fue malo, pregunta; que si no hubo nada bueno. La respuesta aceptaría dos perspectivas: lo que nos pareció bueno allí y lo que a estas alturas, visto desde esta (no tan) sana distancia, nos lo sigue pareciendo. Para no complicarnos demasiado le contesto que sí, claro que hubo cosas buenas: las pizzas de La Fontana, los copelitas de los primeros tiempos, aquella carne rusa uruguaya de los mercaditos de los ochenta, las fiestas de Manolito y Violeta, las de Heriberto y las mías, los sábados en Caletón Blanco, los regalos —descubrimientos para nosotros— que llevaron los parientes de la comunidad, La Escalera, las noches culturales del Cabildo, el Parque del Ajedrez, la Casa del Joven Creador… Los amigos, todo ese inmenso universo-mundo aparte que se llama los amigos.
Y dentro de él, el arte que nos dejaron hacer mientras no molestábamos. Porque en cuanto empezamos a cuestionar… ¡todos p’afuera! Con la fachada del gobierno magnánimo que no negaba ni un permiso de salida con tal de que los jóvenes creadores dieran a conocer el arte de la revolución por todo el mundo… ¡Pinga! Todo estaba fríamente calculado: los revoltosos lejos, para que no nos sonsaquen al resto y, de paso, que mantengan al país —media familia afuera, media familia adentro— mientras se desbarranca el heroico campo socialista que nos mantuvo por décadas como a hijos bobos, mientras acaba de desmantelarse la industria azucarera y se consolida la del turismo sexual. Fue una gran jugada. De las mejores.
Pero hablaba de los amigos, del dolor que constituye su pérdida, de la confusión que siembra. Suelo usar con facilidad y soltura la palabra amigo. Algunos dirían que con ingenuidad; creo que más bien con naturalidad. Para mí no es un simple deseo aquella canción de Roberto Carlos y Valladares: Yo quiero tener un millón de amigos y así más fuerte poder cantar… ¡Yo tengo un millón de amigos! Y le doy gracias a la Vida por ellos y, sobre todo, les doy gracia a ellos. A ustedes, mis amigos.
Y con ésta me voy de vacaciones, que ya hace falta darle un poco de aire a este Parque antes de que se vuelva irrespirable. Nos vemos a fin de mes o iniciando agosto, cuando este espacio cumple un año de existencia. Les dejo este poema, hasta ahora inédito.

HILOS

Mis amigos habitan en el aire
un hilo los sostiene de la nada
e inventa entre la hondura aquel piélago gris
un murmullo de hijos en forma de poema
una nube flotando.
Mis amigos escapan de la muerte
como de las rutinas
y saltan sobre el fuego y los despojos.
Hermosos como dioses
me escuchan desde lejos
se acomodan al pie de la ventana
brindan a mi salud.
Yo los convoco en la luz
y en las tormentas
les enciendo una antorcha junto a mi corazón.
Son la razón de esta brisa vespertina
mi propia voz que regresa en un eco.

martes, 24 de junio de 2008

Sobre el tejado de vidrio de “Quien Tú Sabes”

Una de sus invaluables lecciones


Los mexicanos dirían que al comandante le ha ido como en feria la última semana allá en su tumba. No le ha escampado sobre su tejado de vidrio al pobre occiso. Lo que pareciera una excelente noticia —el levantamiento de sanciones de la Unión Europea contra el gobierno de la isla y el reinicio del diálogo—, realmente no lo fue tanto para la jerarquía revolucionaria. La liberación de cuatro prisioneros de conciencia —condición de la UE— demostró que en Cuba sí hay presos políticos, es decir, personas privadas de su libertad por pensar distinto a como parametra el comité central del Partido. Eso no es noticia para nadie que tenga dos dedos de frente, pero la (in)justicia revolucionaria se empeñó por décadas en imputarles causas comunes y negar su existencia.
Mientras esto se cocinaba en La Habana, en México un comando de hombres armados y encapuchados —presumiblemente Zetas— se “robaban”, como en película del sábado, una guagua con 33 cubanos, interceptados en medio del mar antes de llegar a Cancún y que eran trasladados, en calidad de detenidos, a la estación migratoria en Chiapas. Esto viene ocurriendo hace mucho y tampoco es un secreto, por más que los involucrados traten de ocultarlo: lanchas rápidas —dicen que yates de lujo— son cargados de cubanos en las costas de Pinar del Río y trasladados a Cancún. Allí los esperan autobuses —dicen que también de lujo— que los llevan hasta la frontera norte, donde se entregan a las autoridades estadounidenses y, acogidos a la Ley de Ajuste Cubano, reciben su documentación legal en cuestión de horas.
“La mafia de Miami”, gritan aquí repitiendo una frase de factura isleña. Lo cierto es que además de las redes de tráfico que cobran a los familiares de Miami por sacar clandestinamente a los suyos de la isla, hay redes coludidas en Cuba, porque cualquiera que conozca aquella realidad sabe que para llegar al extremo occidental, donde los recogen las lanchas, hay que ser trasladados por horas en algún medio de trasporte. Y en Cuba todas las guaguas son del gobierno. Que no se hagan ahora los chivos locos ni digan que es simple tráfico de talentos que "el imperio" malsano les quiere robar. Mucho más cuando la responsable de las cuestiones migratorias de la Secretaría de Gobernación mexicana acaba de balconear que la embajada de Cuba, en lo que va de administración, no ha respondido una sola comunicación de las que les mandan para consultarles la repatriación de los compatriotas ilegales. Un hecho es innegable e inocultable: a las autoridades cubanas les conviene que la gente se vaya porque mientras más estemos de este lado, más remesas llegarán a la isla.
Y hablando de dos dedos de frente, no son gratuitos los cuestionamientos a la veracidad de esas imágenes que transmitió la televisión cubana el pasado 17 de junio de un supuesto encuentro entre Fidel, Raúl y Chávez. "¿Acaso te dejaste engañar por ese video prefabricado?", me echaron en cara unas amigas. “¿Desde cuándo Raúl no usa traje militar?”, dijo una desde Nueva York; “¿no viste a Chávez más flaco que actualmente?”, apuntó la otra desde una latitud más sureña. Y luego, siempre con el mismo mono deportivo…
Picada mi curiosidad, me di a la tarea de revisar todas las versiones del video —que es una sola, por supuesto: la que difundió Cubavisión y que, dicho sea de paso, no aparece en ninguno de los medios cubanos— y no resultó muy sorprendente comprobar que no tiene el sonido original más que cuando Chávez saluda con un “Hasta la victoria siempre, venceremos”. El resto del tiempo, que no es mucho, apenas un par de minutos y medio, sólo se escucha, encimada, la voz del locutor cubano que enlista los temas sobre los que supuestamente departieron. ¿Por qué no habría de oírse la charla si realmente estuvieran tratando asuntos tan actuales como la crisis de los alimentos?
Recordé de inmediato que durante mi último viaje a Cuba, viendo el noticiero del mediodía, Dora, con ese ojo entrenado que su experiencia en la producción de medios audiovisuales le ha dado, saltó en la silla señalando a la pantalla donde una profesora, asistente a uno de los tantos congresos que hacen allá, hablaba de las maravillas y avances de la práctica de la química en la isla. La mujer era colombiana —o sea, hablaba español— y, sin embargo, la voz de una locutora cubana traducía encima del sonido original. Acto seguido, otro traductor interpretaba sobre un audio en taiwanés lo que decía —¡quién iba a entenderlo!— elogiosamente hacia Cuba un dirigente del deporte de la nación asiática. Ninguno de los cubanos presentes —ni yo— reparó en tal incongruencia y pillería hasta que ella nos lo hizo notar.
Como si fueran poco los traspiés internacionales, bien enchilado, dirían mis actuales coterráneos, Reinaldo Escobar, “representando” a su mujer —Yoani Sánchez, la bloguera de Generación Y—, en un enfrentamiento de hombre a hombre —que no en balde a Reinaldo lo apodan Macho Rico— acusó al máximo líder de llenar de medallas con la efigie del Apóstol los pechos de asesinos, corruptos y sinvergüenzas internacionales. “Lo peor que le pudo pasar a Martí se llama Fidel”, remató una de mis amigas. El susodicho había acusado a Yoani de hacer “labor de zapa y prensa neocolonial” al no rechazar el premio “Ortega y Gasset” que le otorgó El País hace unas semanas.
La avalancha de manifestaciones de apoyo y cadenas de emailes no se hizo esperar desde el gran solar de la blogósfera cubana, ese paraíso de la libertad de expresión. Los mismos espacios que mi paisano Eliades Acosta, jefe del Departamento de Cultura del CC del PCC, ha catalogado como “blogs en contra de Cuba”. Ésa ha sido siempre una de las estrategias más fructíferas de la represión y del silenciamiento: la santísima trinidad revolucionaria que ya mencioné hace unos días: igualar al gobierno y a sus cabecillas con la Patria. Si cuestionas a la revolución o a Fidel, estás atacando a Cuba… ¿Por qué, chico?, si Cuba es una isla inocente, pura tierra, matas y ríos, cuya única culpa, la pobre, es lo que de “humano” pulula sobre su superficie.
Pero dígame usted: ¿dónde se ha visto que un jefe de estado (o ex) —suponiendo que haya sido él quien lo escribió o lo dictó desde el más allá—, en el prólogo de un libro biográfico que habla de Bolivia, tenga que emprenderla contra una ciudadana común y corriente, que vive en un edificio de microbrigada y anda en bicitaxis y en camellos —a quien, además, nadie lee en Cuba porque allí está limitado el acceso a internet—, así haya ganado el Pullitzer? Ahí se demuestra lo fuera de perspectiva que está todo en Cuba. ¿Alguien puede imaginarse a Zapatero callando a una bloguera de Extremadura o Valladolid o a Calderón reprendiendo a un indio taraumara por haberse atrevido a decir que en la sierra pasan hambre y frío?
Miren la foto de arriba y díganme cuál jefe de estado en qué lugar del mundo o época histórica ha salido en la televisión mostrando cómo se usa una olla de presión. Eso no es humildad ni cercanía con la gente; no se engañe el mundo: es control. Por eso somos un pueblo torpe, inmaduro, maleducado y dependiente. Cómo podría ser de otro modo, si él ha determinado durante medio siglo hasta lo más insignificante: lo que comíamos; en las cantidades y frecuencia en que debíamos consumirlo; en la olla en que debía cocinarse y con qué combustible. Cómo vestirnos; cada cuándo adquirir ropa, calzado o artículos de higiene —hasta el jabón, el desodorante, las toallas sanitarias—; con qué atuendo entrar a los sitios públicos, restaurantes, cines, espectáculos, y con qué chancletas, shores o largo de mangas era inaceptable, en un país en el cual no hay dónde comprar la indumentaria que exigen.
Asimismo era él quien determinaba qué actos eran constitucionales y cuáles dejaban de serlo en un segundo. Qué culto podíamos profesar; en qué dios podíamos creer y en cuáles no; cuándo en uno, cuándo en otro y cuándo en ninguno. A qué familiares podíamos escribirles y a cuáles no; cuándo podíamos hacerlo y cuándo por nada del mundo; cuándo aceptarles regalos como viles pordioseros y cuándo esos obsequios eran veneno ideológico para nuestras débiles mentes poscapitalistas. Quiénes eran nuestros amigos, quiénes nuestros enemigos y cuándo ese cuadro cambiaba para ser todo lo contrario. A quién podíamos admirar y venerar y cuándo se convertía al héroe en defenestrado. Quiénes se quedan en la patria socialista y quiénes podían irse; quiénes son recibidos y quiénes expulsados.
A qué viajes teníamos derecho y a cuáles ni soñarlo. A qué adelantos tecnológicos podíamos acceder y cuáles eran bloqueados por resultar perniciosos. Cómo debíamos divertirnos; cuándo podías tomarte una cerveza y cuándo no había ni en los centros espirituales; qué música debíamos oír, qué libros podíamos leer, qué caricaturas veíamos en la televisión. De qué temas podíamos escribir y por cuáles caeríamos presos o perderíamos la carrera o el trabajo; qué cuestionar de pronto, cuando él estuviera de buenas, y qué era absolutamente incuestionable. Y, en todos los casos, qué castigos aplicar a quienes contradijéramos cada una de esas disposiciones. La lista podría ser interminable.
Somos un pueblo sobreprotegido y, por tanto, menospreciado. Subestimado e inutilizado. Castrado; que nunca coincidieron mejor un verbo y un apellido. Lleno de miedos que sostienen el gran círculo vicioso: por habernos enclaustrado durante décadas —además del ostracismo y el despiste que constituye de por sí la condición insular—, los cubanos no saben cómo es el mundo, cómo manejarse o sobrevivir en él y, por eso mismo, prefieren mantenerse encerrados. Cualquier psicólogo diría que ésa es una reacción natural: allá adentro sienten protección. Sea como sea, se creen a salvo. Y eso es muy respetable.
Quienes hemos tenido la oportunidad y el privilegio de traspasar horizontes podemos alertarlos, tratar de orientarlos, abrirle los ojos. Pero si con esa necedad gallega que nos corre por las venas prefieren hacer oídos sordos y creer que el futuro pertenece por entero al socialismo, no veo que haya mucho qué hacer que no sea seguir dándole la vuelta al mismo ladrillo. Y yo, al menos yo, no tengo vocación bizantina.

martes, 17 de junio de 2008

Evita Castro

La anuencia



Llegan de Cuba noticias de las que nos dejan, como dirían los mexicanos, con el ojo cuadrado: que en breve se autorizarán las cirugías para cambiar de sexo y que serán costeadas por el Estado.
La jerarquía cubana se enoja con quienes señalan que sus recientes medidas han sido cosméticas. Y lo son, porque la compra de celulares y electrodomésticos, el alojamiento en hoteles y las operaciones de cambio de sexo no constituyen los problemas fundamentales de la nación. Dónde están el cambio del modelo económico, la revaluación del peso cubano, la apertura democrática, la incursión en la vida política de fuerzas y partidos diferentes del PCC, la amnistía para los presos políticos, el respeto al derecho de huelga y manifestación, la libertad de expresión y de prensa, el derecho al libre tránsito que permitiría a un oriental vivir en La Habana sin salvoconducto o a cualquiera de los habitantes de la isla salir de ella sin tener que pedirle permiso al gobierno y desfalcar a sus familiares en el extranjero, que somos quienes pagamos a precio de oro esos viajes y, sobre todo, los engorrosísimos e interminables trámites que conllevan. Dinero con el que ahora el magnánimo Estado socialista se para el cuello y hace caravana con sombrero ajeno al prometer pagar los cambios de sexo con ésos, que son los ingresos reales del país: turismo, prostitución y residentes en el extranjero.
Tan cosméticas han sido sus medidas, que es retórico preguntarse cuántos cubanos se benefician con ellas. ¿Qué ciudadano normal, que no sea traficante, puta o no tenga parientes fuera, puede activar una línea telefónica móvil y sostener el costo sistemático de las tarjetas de prepago?, ¿cuál tiene para comprar un horno o un estéreo?, ¿cuántos caballeros quieren convertirse en señoritas y viceversa? Porque el revuelo mediático de esta última nueva hace parecer que todos los cubanos van a cambiar de sexo en los próximos meses.
No me malinterpreten —que siempre hay quien está dispuesto a tergiversarlo todo—: no me parece mal que a quienes así lo necesiten les sean practicadas esas intervenciones; ése también es un derecho humano. Me parecería genial que la seguridad social cubriera el costo de operaciones tan caras (si no fuera, además, una demagógica artimaña publicitaria). Me parece magnífica la civilizada convocatoria de respeto a las diferencias y a la diversidad, especialmente hacia el homosexualismo, el travestismo y la transgeneridad. Pero repito: ésos no son los problemas esenciales hacia los que deberían enfocarse los cambios verdaderos. Más bien parecieran una alharaca que desvirtúa, que levanta mucha hojarasca para cubrir la otra parte de las cosas: lo que no se ha hecho y posiblemente no se vaya a hacer en los próximos tiempos.
Estas noticias de las operaciones transgenéricas llegan después de la celebración apoteósica, sin precedentes en la isla (a excepción hecha de las Jornadas de Arte Homoerótico organizadas por Norge Espinosa en La Madriguera, entre 1998 y 2000), del Día Mundial contra la Homofobia el pasado 17 de mayo en La Habana, con simposio, lecturas poéticas, exposiciones y show de travestis. Sin pretender demeritar su trabajo, que es verdaderamente loable, las acciones propiciatorias de Mariela Castro Espín, hija del actual presidente cubano, directora del Centro Nacional de Educación Sexual (Cenesex) y organizadora de la gran jornada cultural, llegan cuando ya el terreno está bastante llanito. Digamos, marxistamente, cuando ya estaban dadas las condiciones objetivas y subjetivas para dar el salto de los pasos cuantitativos a los cualitativos. Porque hace al menos veinte años que reprimir homosexuales no ha sido prioridad del gobierno cubano. Y no podría serlo, en tanto que la práctica del sexo, en todas sus variantes, se convirtió en la primera industria nacional y la primera fuente de ingresos para muchas familias con la avalancha de un turismo especialmente interesado en ello. La anuencia gubernamental favoreció, a su vez, su aceptación en una población de mente cada vez más abierta y desprejuiciada.
Con Mariela, lo que era tácito se transforma en oficial. Porque la aprobación viene, entonces, no sólo del organismo que dirige, sino de una integrante de la familia Castro que, nos guste o no, han sido durante medio siglo los dueños de la finca y de sus animalitos. En uno de los videos de YouTube que da cuenta del gran festejo realizado en el Pabellón Cuba, un gay, con lágrimas en los ojos e intensidad histriónica, agradecía a la hija de Raúl como si fuera Santa Juana de América o Evita Castro. Y es que de pronto pareciera que Mariela es la madre de la patria, la vocera del nuevo régimen, el emblema de la transición, la estratega de los cambios, la reina del carnaval.
Nadie como ella —ninguna mujer cubana en la segunda mitad del siglo XX y lo que va de éste— encarna ese espíritu familiar que combina dulzura, comprensión e inteligencia. Los cubanos, acostumbrados a la rígida tiranía encabezada durante medio siglo por un hombre tan recio, encuentran en Mariela una suerte de amable remanso. Pareciera que es ella quien les ha enseñado qué pasa en la pubertad o por qué respetar y tratar como iguales a los homosexuales. Y no habla en representación del gobierno —porque no pertenece a él— y muchas veces tampoco a nombre del Cenesex sino, lo quiera ella o no, a título familiar. Con la fuerza que le da su apellido y el hecho de ser la asesora personal de su padre.
Los isleños la llaman por su nombre de pila. Dicen Mariela y todos saben quién es, como si Mariela hubiera una sola —y única— en toda Cuba. Como quien dijera El Fifo o Raúl que son, en definitiva, parientes con los que hemos convivido por décadas. Como los tíos y los primos, Silvio y Pablo, Pinelli y Consuelito, Juantorena y Capiró. Así somos los cubanos: familiares, confianzudos, sin empaques, protocolos ni solemnidades. Niños de alma tierna y dulce como el azúcar de caña. Y muy ingenuos, aunque nos hagamos los duros y los cabrones.
Y esa inocencia se me revolvió como tocada por un aguijón cuando vi en el noticiero de López Dóriga, el líder de la televisión mexicana, a Fidelito Castro Díaz Balart, aterradoramente exacto a su padre, entre la comitiva que recibió en La Habana a la canciller mexicana Patricia Espinosa, cuya visita, dicho sea de paso, poco encubrió las intenciones del gobierno de México de “ocuparse” de los yacimientos petrolíferos localizados en la costa noroccidental de la isla. A pesar de haber sido por años el responsable del desarrollo nuclear y energético cubano —por eso estuvo tan cerca de la Espinosa en esa ocasión—, Fidelito no ha sido nunca una figura pública. Como no lo fueron jamás Dalia Soto del Valle, la esposa del comandante, ni sus otros hijos. Mucho menos Alina, que es la bastarda. Ni los de Raúl —aunque su vida familiar fuera un poco más abierta y visible— hasta que Mariela se volvió como el arroz blanco (que está en todas partes).
En Cuba se sabe que Fidel tiene mujer e hijos, pero (casi) nadie los vio nunca. Eran un secreto de Estado, sólo un rumor, un chisme que corría de boca en boca pero oculto. A su mujer, madre de sus cinco vástagos menores, la vi por primera vez en unas fotografías que sacó el semanario mexicano Proceso hace un par de años. Ahí mismo la conoció mi mamá, que afirmaba boquiabierta, como ya les he contado otras veces: “Hay que salir de Cuba para saber lo que pasa en Cuba”. Por eso me extrañó, de pronto, ver a Fidelito en televisión. Es cierto que su presencia no es tan abrumadora como la de su prima Mariela —que es la más constante de un funcionario cubano en la prensa internacional—, pero ahí estaba, muy dueño de la situación; Pérez Roque y la Espinosa rindiéndole pleitesía. Vean esta foto de Reuters. “Algo pretenden los herederos”, le dije al día siguiente a uno de mis amigos que de inmediato respondió: “Ay Ode, pero claro, cómo crees que esa gente va a dejarse quitar el poder así como así…"
Que Mariela es la nueva fantasía sexual del exilio cubano decía alguien hace unos días en la Finca de Sosa. A mí Mariela no me para ni un pelo y, al mismo tiempo, me pone todos los pelos de punta. Por más que trato de ser flexible y persuadirme de lo contrario; por más que reconozco que es listísima, simpática, buena gente; por más que sé el valor de su trabajo educativo y de su apoyo, no confío en ella. Siento que detrás de lo que hace hay segundos propósitos, más políticos. Me parece lo que los mexicanos llamarían mustia; o sea, mosquita muerta. Mi abuela Cristina diría: “es de las que hablan blandito pero cagan duro”. Tal vez sea injusto, irracional y paranoico —lo confieso—, pero es el precio de llevar ese apellido. Y de pronto pienso que Evita Castro debiera ser no sólo un mote individual, sino una advertencia que los cubanos tuviéramos muy presente antes que se nos venga encima la nueva castríada.

martes, 10 de junio de 2008

Sólo por hoy

Elenco de la puesta mexicana de Avenida Q



El sábado vi el musical Avenida Q. Una historia de muñecos de peluches manipulados por actores, reminiscencia de Los Muppets o Plaza Sésamo. Eugenio, un joven recién graduado de Filosofía y Letras, renta un apartamento en la Avenida Q porque los recursos que le proporcionan sus padres no alcanzan para los precios y niveles de vida de las avenidas A, B, C, etcétera. Allí, en la Q, un suburbio desde donde se ve en lontananza la gran ciudad, tiene por vecinos a un cómico frustrado y su esposa, japonesa, sicóloga y desempleada; una asistente de maestra de primaria despedida; un portero que fue estrella infantil de tele pero sus padres le robaron lo ganado; un gay de clóset y su roommate, que termina siendo mendigo; un monstruo peludo adicto a la pornografía por internet. Todos, en alegre oppening, reciben a Eugenio con una canción que repite: “Qué pinche ser yo, qué pinche ser yo…”
Para los no mexicanos, digamos que pinche, en esta acepción, vendría siendo algo así como desafortunado. Una mirada rápida al auditorio me hizo ver a muchos sonreídos. Sin embargo a mí, que me desagradan los lastimeros, me estaba disgustando esa alegre mediocridad y me preguntaba si podría considerar así, pinche, mi propia vida; si alguna vez, aun en los peores tiempos, la habría pensado como tal. “Relájate, vieja”, me exigí entonces, “vamos a disfrutar esto, que bastante caro es”.
Que no está mal ser un poquito racistas y reírnos de lo feo que huelen los negros, lo naco que son los nacos y los remamones de los argentinos, dijeron a media obra. Claro, si no eres negro, naco o argentino, pensé acordándome del artículo “El sano e inocente racismo cubano” de Paquito D’Rivera, el gran músico radicado en Nueva York, que plantea: “Es curioso, y hasta digno de lástima, ver cómo tantos cubanos de ambas orillas del estrecho de la Florida estiman ‘graciosos’, desagradables temas raciales que para las demás comunidades de este país se consideran vergonzosos, políticamente incorrectos y sobre todo vulgares y de pésimo gusto”.
No sólo los cubanos, Paquito, ¿ya ves?; es un mal mundial. Y me llama mucho la atención que esto provenga de una obra originalmente gringa. Efectivamente, mucha risa nos da hasta que el susodicho nos riposta: “¿Qué te pasa, blanquito peste a leche?”… Y es que aunque lo “políticamente correcto” suele parecerme extremo y exagerado, casi siempre incorrecto o redundante gramaticalmente, lo cierto es que la gran mayoría somos minoría. Y más de una. Porque hombre caucásico sano y nativo de país del primer mundo son contaditos.
“¡Que te relajes, repinga!”, me insistí como si lo hiciera mi hermana con su boquita sucia, “o atiendes o no vas a saber de qué se trata”. Y así, después de algunas simpáticas peripecias de tono cotidiano y en ocasiones bastante local —o sea, de algún modo, entonces, universal—, matizadas de buena cantidad de expresiones a ratos más vulgares de lo que mi gusto —no tan refinado— aceptaría con tranquilidad, la obra termina un poco intempestivamente —tal vez sólo no tan espectacular como otras del teatro musical—, con una canción que plantea, en resumen, que debes vivir “Sólo por hoy”. Y que si no hallas tu propósito en la vida, esa meta que Eugenio buscó durante toda la pieza, ni te preocupes, que hay miles así y no pasa nada.
Mientras todos ovacionaban a los actores, una inquietud se revolvía dentro de mí. A pesar de que está simpática y bien puesta, con una escenografía bonita y colorida, coreografías sencillas pero bien logradas; a pesar de que las muchachas cantan muy bien y los varones no desentonan demasiado, que todos manejan con destreza los muñecos y actúan al mismo tiempo… algo no me dejaba satisfecha. Algo no anda bien en una obra que empieza diciendo “Qué pinche ser yo” y termina proponiendo que si no tienes objetivo en la vida ni te preocupes.
“Es un canto a la mediocridad, el musical de los jodidos pero contentos”, concluí e inmediatamente me asaltaron las angustias. Oh oh, ¿no estaré demasiado amargada?, me pregunté. Sé que en el mundo abunda el infortunio y no tengo el menor reparo en que el arte lo refleje, que lo ha hecho por toda la eternidad… ¡Pero de ahí a que el mensaje sea que es bueno vivir en la mediocridad!... ¿Estaré muy permeada del realismo socialista y de los happy endings de Hollywood? ¿El mundo ha cambiado tanto como para que la moraleja de una obra sea contentarse con el conformismo?
La semana pasada me encontré, echado en la puerta del Oxxo, a un muchacho entre mendigo y loco que suele deambular, descalzo y sucio de meses, por las calles de mi colonia. Estaba boca arriba, dormido al solecito tierno de las nueve y pico, tapándose la luz con la mano sobre los ojos. Tranquilísimo. Me quedé mirándolo muerta de envidia porque yo iba hacia el banco atolondrada de gripe, como si respirara ácido que corroyera mi garganta en carne viva, tratando de apurar los pasos que se negaban a acelerarse. Iba a pagar las cuentas a punto de vencer, o sea, a que me desplumaran voluntariamente, y luego, a aplanarme las nalgas durante diez horas en una oficina en la que desde hace meses no hay absolutamente nada qué hacer.
“A qué vienes, si todavía estás mal”, me regañó Inesita, mi compañera y vecina de gabinete. Yo pensaba en el muchacho. No te dejes engañar, me dije, ésa es la libertad: un mendigo mugroso durmiendo a media calle cuanto le viene en ganas. La antípoda de la libertad sería la prisión, y todos vivimos apresados en miles de ellas. Las de la moral, las de la salud, las de la educación, las de la conveniencia, las del hastío, las del miedo. Miedo sentí el domingo al pensar en la semana que empezaba a desplegarse ante mis pasos. Una semana más de vacío, perdida miserablemente, como alguna vez me dijo Félix Luis que serían todas las semanas que dedicara al trabajo de oficina.
Sin embargo, cada mañana cuando salgo a la calle un aluvión de imágenes, de ruidos, de impresiones, me dicen que estoy viva, que estoy sana, que soy joven, que tengo un trabajo hacia el que me dirijo. ¿Por qué traigo los dientes y los puños apretados de este modo entonces?, me cuestiono. ¿No debiera agradecer tantas bendiciones? ¿Y el solecito de primavera y el desayuno que acabo de tomar? ¿Será que no me conformo con el simple propósito de existir —subsistir— por hoy, sólo por hoy, aunque éste sea el tono de los tiempos? Y aun así, ¿sería suficiente motivo para cantar “Qué pinche ser yo”?
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Latinamericalandya. En el blog de Iddia Veitía hay una entrevista a Omar Mederos, quien reconstruye buena parte de la historia de la Asociación Hermanos Saíz y la Generación de los Ochenta. Cliqueen —¡qué verbo!— en el link y dense una vuelta por ahí .

miércoles, 4 de junio de 2008

El mejor amigo

Biblioteca de la Universidad de Coimbra, Portugal




Hace un par de semanas, en la mesa de Oportunidades de la librería de Sanborns, encontré una novela de Mayra Montero: Son de Almendra (Alfaguara, 2005). Una historia cubana, de aquella Habana del año 57 que era un hervidero de vida nocturna, vendettas de la mafia y muchachos torturados y asesinados por los casquitos de Batista; aquélla de Tropicana y del Sans Souci, de los restaurantes del Barrio Chino y los Aires Libres frente al hotel Saratoga, del Beny en el Ali Bar y el Bola en el Monseigneur, del Club 21 y los casinos del Hilton y del Capri, de los barbudos en la Sierra y de los leones del zoológico devorando los cadáveres de los muertos.
Nunca había leído a Mayra, aunque mucho he oído de ella. Desde La última noche que pasé contigo que me recomendó Alejandra Leal cuando todavía trabajábamos en la Comisión de Derechos Humanos del DF y que nunca encontré en librerías. Quienes dicen que Mayra no es una narradora cubana porque ha residido toda una vida en Puerto Rico, debieran leer Son de Almendra. ¡Qué comemierdas solemos ser los cubanos; siempre restándoles cubanía a los otros como si eso reforzara la propia! ¡Siempre demeritando a los demás, como si mientras más bobos, brutos o cobardes los consideráramos, menos lo fuéramos nosotros!
El lunes Neus mandó desde Barcelona una frase de Groucho Marx que dice que aparte del perro, el libro es el mejor amigo. Cuando la leí, lamenté que tanta gente se pierda de la oportunidad de conocer esa experiencia. Y casi la había olvidado cuando, ayer, los últimos capítulos de Son de Almendra me sacaron de un tirón del marasmo que no me permitía hilar frase coherente desde hace al menos una semana.
Una de las angustias que padezco con frecuencia es la triste certeza de que nunca serán suficientes los libros que pueda leer; de que todo el tiempo de la vida no me alcanzará para leer y saber todo lo que quisiera. A veces pienso que si hubiera reencarnación, en alguna de las próximas existencias debiera tratar de perder menos tiempos en devaneos amorosos para dedicárselo ermitañamente a leer, a estudiar, a aprender. Claro que no estoy muy segura de poderme cumplir ese proyecto si exigiera renuncias de tal naturaleza.
Sentados en la escalera del Museo del Carnaval, solos él y yo, una noche del año 87 León me prestó, en medio del más impenetrable misterio, el Libro de la risa y el olvido. Tendría que leerlo esa noche y regresárselo la mañana siguiente, a primera hora. Corrí a mi casa y leí toda la madrugada. Pero no era suficiente en ese caso: tan similar era la realidad que describe Kundera a la que vivíamos, que transcribí medio libro en mi libreta de apuntes. En las mismas condiciones de clandestinaje me prestó noches después El justo tiempo humano de Padilla, aquel que fue retirado de las librerías y las bibliotecas cuando al poeta lo acusaron de contrarrevolución. Así, de mano en mano, leídos con celeridad, pasaban los libros prohibidos, los nunca publicados en la isla, los que llegaban camuflados en las valijas de los amigos extranjeros y eran consumidos como pan caliente.
Por entonces, frente a La Moderna Poesía, la más bella tienda de libros de La Habana, había una librería de viejos que era un paraíso. Cada viaje a la capital, que eran muy frecuentes en aquellos años finales de los ochenta, regresaba a Santiago cargada de textos valiosísimos y hermosas ediciones. Esas joyas, que eran mi más preciada posesión, realmente la única, quedaron en la biblioteca familiar cuando me fui a La Habana y luego a México, y se perdieron definitivamente cuando mi madre tuvo que emigrar a la capital y deshacerse de tantos muebles finos y aparatosos que no cabrían en las nuevas y minúsculas viviendas que le tocarían por hogar.
Las mudanzas me reafirmaron el valor transitorio de lo material. En cada traslado se pierde la mitad de lo que se tiene y los míos han sido muchos. Libros fundamentales se han quedado en cada casa que dejé y constituyen mis mayores pérdidas. A veces pienso en ellos, los necesito, con la misma intensidad que a los amigos. Aquella edición de Paradiso, las Obras completas de Martí, La carne de René y las Presiones y diamantes de Piñera, donde la piedra preciosa que acaba en la taza del inodoro se llama Delphi (Fidel al revés), la Historia de la literatura cubana de Salvador Bueno, mi colección del cuento cubano de la revolución, los libros de Sartre y la Beauvoir que teníamos en la casa de Concordia, El monte de Lidia Cabrera, las Órbitas de la Casa de las Américas, El pequeño príncipe, las novelas de Agatha Christie, Conan Doyle, Hilary Queen, Dashiell Hammett, Georges Simenon… Tantos libros perdidos, algunos irrecuperables…
Cuando llegué a México otro clandestinaje, el de la ilegalidad y la falta de permiso de trabajo, me condujo, gracias a la mediación de generosos amigos, a la redacción de la revista esotérica Casos Extraordinarios. Hasta entonces, con esas rígidas enseñanzas cubanas que suelen despreciar lo popular y lo empírico aunque otra cosa digan, siempre había considerado el conocimiento, el saber, como un asunto primordialmente académico, incluso las miradas e incursiones en temas de mediumnidad, espíritus, orishas, cartomancia, reglas de Osha o de Palo, consideradas aún en la Cuba de entonces como manifestaciones folklóricas, oscurantistas, fruto de la ignorancia o, cuando mucho, underground.
Allí, en Casos..., mis horizontes se abrieron a un mundo que desconocía. Y como siempre, esa apertura aconteció a través de mis ojos, de mis lecturas. Antiguas mitologías poblaron mi cabeza fantasiosa. La Atlántida y Pompeya, Madame Blavatski, Egipto, Malaquías y Nostradamus, las culturas mesoamericanas, Stonehenge, Jesucristo y los esenios, los rollos del Mar Muerto, los registros akáshicos, predicciones astrológicas, ciudades invisibles y naves inexplicables. Extraterrestres e intraterrestres de todas las épocas colmaron mis fascinaciones.
Después, el camino que ya estaba marcado se hizo indeleble. Una carrera corrigiendo los libros de otros me ha hecho leer hasta lo inimaginable. Cada uno de esos textos, como un buen padre, tiene un mensaje que transmitir, una enseñanza que fijar para ser utilizada en algún tiempo, cuando menos se le espera. Hasta yo misma me asombro de cómo un tratado de música atonal, unos informes de ingeniería, un manual de matemáticas o de fisicoquímica, que parecieran desentrañables, pueden darnos sorpresas inesperadas.
Cuatro Ojos me decían quienes querían burlarse de mis lentes de alta graduación y por ellos, en las páginas de los libros he observado el mundo con mucho más de cuatro ojos. Siempre hay quien al verme leyendo todo el día me pregunta qué hago para relajarme, para descansar. La respuesta es una: leer. Llegar a la casa y tomar un libro por simple placer. Es entonces que, en ciertas noches de tristeza o impotencia infinitas, salen de entre sus páginas un tiroteo, el rumor del mar, un enigma coqueteando, el ritmo cadencioso de un danzón… y me rescatan.

martes, 27 de mayo de 2008

Cuna y pan

Corneta china en el carnaval santiaguero



Santiago de Cuba, policromada
estampa criolla que derrite el sol…
Beny Moré


En memoria de todos mis muertos.
A mis coterráneos, a mis amigos de siempre.




En una pecera panorámica situada por encima de las cabezas, un pulpo amarillento enreda entre sus tentáculos a Chichí, nuestro gato barcino. Mi padre, al que nunca, ni por error, le interesaron los felinos, me dice orgulloso: “Mira, lo mordió”, pero sé que aquella dentellada de Chichí no lo salvará, que tiene el tiempo contado, que en cualquier momento empezará a convulsionar en medio del patio de mosaicos rojos. Cuando abro los ojos, pasan unos segundos largos antes de que sobre mi ventana actual se disipe la imagen clarísima de las persianas de mi cuarto de Santiago, donde dormí los primeros 25 años de mi vida.
“Tendrás mucho que contar de la casa de Aguilera”, profetizó hace unos meses, cuando abrí el Parque del Ajedrez, mi amiga Inés María. Mucho podría contar y, sin embargo, enmudezco. Aquella casa enorme es el escenario de todas mis pesadillas. O se mueren los gatos, o ha entrado un ladrón que debemos perseguir aterrorizadas, o una presencia oscura se oculta en la penumbra de las habitaciones, o alguien quiere a la fuerza abrir la puerta que ya no podemos sostener. Podría arriesgar algunas explicaciones a este terror onírico, pero sospecho que ninguna sería suficientemente acertada ni convincente. Ni siquiera para mí.
Hace unos meses mi madre, que vive confinada en un diminuto apartamento en una bulliciosa zona de La Habana profunda, me contaba cuánto extraña su casa de Santiago, el lugar que es para ella fuente de recuerdos inagotables, donde acontecieron su infancia y su juventud, la muerte de sus viejos, el nacimiento de sus hijas, y al que tuvo que renunciar, como hacen siempre las madres, para darle una vida más estable a Piri, que deambulaba entre horrores por la capital. Yo, sin embargo, no quiero regresar nunca a aquella casa. Ni en las vidas siguientes. Ya bastante tengo con los malos sueños y con memorias esquivas que suelen asomarse cuando nadie las llama.
Tratando de borrarlas, vuelvo a acomodarme sobre la almohada y entonces, sin abrir los ojos, despierto en una de las banquitas forradas de azulejos del jardín de la Clínica Los Ángeles. Siempre he referido como mi primer recuerdo la entrada de Piri, recién nacida, con esos ojos profundos y las cejas negrísimas, en la sala de la casa de Aguilera; sin embargo, en el fondo de mi memoria hay una tarde nublada de noviembre —que nublada ha de haber sido porque era día de los santos inocentes— en que mi abuelo José y yo subimos, como fugitivos, la oscura escalera de la clínica para ver a mi prima Isel, que nació mes y medio antes que mi hermana.
A la Clínica Los Ángeles me llevaron unos meses después con la mano derecha atravesada por una herida absurda y dos décadas más tarde, allí esperamos a mi madre los tres —Alonso, Piri y yo—, en esos tiempos en que todo se revuelve dentro de una mujer. En la esquina santiaguera donde se ubica ese hospital, se juntan el final de la Carretera Central y Garzón, avenidas que revivo amplísimas a esta distancia. Desde ahí empieza a descolgarse una de las infinitas lomas que suben o bajan en todas direcciones desde y hacia el centro de la ciudad. Ésa, la que se desprende de la carretera central, va a parar a Trocha, la calle emblemática de los carnavales santiagueros.
Y en tarde de carnaval veo bajar al apóstol Santiago en su caballo de madera por la empinada escalinata del Cabildo Teatral. Pomares (†), Meneses (†), Fátima, Caldas, enfundados en sus respectivas caracterizaciones, sacan a la calle el tradicional teatro de relaciones que da vida a personajes y situaciones hilarantes y críticas, carnavalescas. Con ellos van Saskia, Odalis, Dagmara y Mercedes enseñando de nuevo lo que en su Asamblea de mujeres sorprendió a media ciudad. En cualquier momento, por cualquier esquina desembocarán la conga de Los Hoyos o la de San Pedrito, con sus caperos adornados de plumas coloreadas, canutillos y lentejuelas, sus cornetas chinas que erizan la piel y esos tambores que retumban en el centro del cuerpo, en ese espacio entre el estómago y el corazón donde dicen que se asienta el alma.
Un olor a cerveza y orines inunda la ciudad junto a la música irredenta. Cerca del mar, por la estación de ferrocarriles, estará instalada la tribuna desde donde un jurado evaluará el espectáculo que presenten carrozas, congas y comparsas en una competencia que a veces se torna encarnizada. El desfile previo, encabezado por esos muñecones espantosos que tanto miedo le daban a Piri, bajará Aguilera desde la Plaza de Marte, pasando justo frente a la puerta de mi casa. Hacia todos los confines de la ciudad, miles de calles se convertirán en verbenas populares, con quioscos donde se vende cerveza aguada y ron en grandes vasos encerados y hallacas, los tamales santiagueros, mientras en las tarimas las orquestas hacen bailar toda la noche a sus fanáticos.
Por una de esas calles, una mañana límpida, voy de la mano de mi abuelo José que me lleva a montarnos en los trenes, a buscar frutas al Caney, a ver los aviones despegar del aeropuerto, a cruzar el mar en la lanchita que atraviesa la bahía. O con mi abuela Cristina tomamos la ruta 7 hasta la última parada para ir a recoger florecitas en el cauce seco del río Marimón, o la 9 para llegar hasta el zoológico o la loma de San Juan y treparnos en los cañones de la gran batalla en la que se perdieron todos los sueños de libertad.
En vacaciones, mi mamá contrataba aquellas excursiones a la Gran Piedra o el Puerto de Boniato en guagüitas que serpenteaban por los senderos sostenidos en las faldas de las montañas, desde las que veíamos cambiar el clima y la vegetación a medida que subían. Todos esos trayectos me sembraron la noción del viaje, la sed del desplazamiento y del descubrimiento, la certeza de que dejarse encerrar entre límites, los que fueren, es una muerte adelantada, más dolorosa y agonizante que la verdadera.
Todavía afirmo, convencida, que ningún sitio hay tan hermoso como aquel risco donde se alza el Castillo del Morro. Que ningún mar es tan brillante al mediodía. Que no hay balcón que se asome al Caribe con más encanto que aquél. Allí, entre sus muros, entre viejas historias carcelarias, instrumentos de tortura y pozos que van a dar a la fosa de Bartlett, me sentía pirata y era feliz. Como lo era desandando los caminos rodeados de maleza que unen los pequeños poblados costeros. Por allá nos sorprendió muchas veces el anochecer. Al desembocar en alguna de las curvas de la carretera a Punta Gorda, el olor a pescado inundaba la guagua y se impregnaba en la piel. Un olor profundo que no había en las mañanas, cuando sólo olía a mar.
Y si era feliz jugando a ser pirata o mambí y blandiendo como espada el flaco palo de hervir la ropa —¡quién soñaba con lavadoras en aquellos tiempos!—, lo que no me gustaba nadita era ser bombero (believe it or not). Contrariamente a la fascinación que veo en los niños “modernos” hacia esa heroica profesión, la visión de las llamas achicharrándolo todo me aterrorizó desde muy chica. Posiblemente desde que mi abuelo José me llevó a observar el fuego —así llamábamos entonces a los incendios— de la cartonera, un almacén que ardió sin control. “¿A quién se le ocurre llevar a una niña a ver eso?”, peleaba mi abuela esa noche en que yo no podía conciliar el sueño. Todavía impresionada, recuerdo la columna de humo negro que veíamos los días siguientes desde las alturas de la Normal.
Ahora, que no puedo escribirle a Isel porque es médico militar y le desgraciarían la vida si mantiene relaciones con su prima gusana, el humo y el olor del tabaco me traen siempre el recuerdo de su abuelo Eugenio y del sabor de la materva, que nunca más tomamos después que le nacionalizaron la tiendita. En aquellas tardes calurosísimas, el paseo hasta la tienda fue sustituido por otros entretenimientos, como hacer burbujas de jabón o bañarnos con la manguera los días en que llegaba el agua. Después, mi abuela Lola haría una champola de guanábana o Pepín enfriaría la chicha fermentada de la cáscara de piña mientras veíamos trepar por la pared a aquel gordo lagarto verde al que él bautizó como Percival, con acento en la última sílaba, o mientras escuchábamos a mi tía Noris contarnos de la nueva espiritista que le habían recomendado.
O en gran aventura familiar, nos iríamos a la playa, lidiando con las guaguas repletas que llevaban a Siboney, a Mar Verde, a Caletón, desde cuyas ventanillas era un misterio fascinante divisar los cascos oxidados de los barcos hundidos a principios de siglo en aquella misma batalla. Después, con los años, la playa fue exclusividad de los amigos, de los amores adolescentes. La playa, las primeras borracheras y todas las que siguieron.
Un collage de callejones, esquinas, quicios y resquicios me obnubila. El banquito de la universidad donde nos sentábamos todas, amontonadas, a esperar la hora de clases. Los escalones y los edificios de Becas Quintero, el show de Rancho Club, los viajes a Contramestre, todos los despertares. La casona de la UNEAC, el patio del Cabildo, el Parque del Ajedrez, el Balcón de Velásquez, la escalinata de Padre Pico y en su base, una tarima donde cantarían Nicolás, Quevedo, Urquijo, y leería poemas con Gabi Soler y Alfredo Quintana.
Y el café con menta de La Isabelica, las noches culturales de la calle Heredia, la Casa de la Trova, esos ojos que cambiaron mi rumbo en el salón de actos de la biblioteca Elvira Cape, el refugio de Inés María en las alturas del Copa y algunas tardes sentadas en las periqueras de la tienda del Fondo de Bienes Culturales en los bajos de la Catedral. Y en la casa de José María, el primer poeta romántico de la lengua, donde me reúno con los amigos del taller literario municipal, los sábados tocan Aquiles y el Grupo Muralla, canta el coro del Conservatorio Esteban Salas. La ciudad entera era entonces una feria cultural.
Alguna noche acabo en La Escalera, pero no todas, porque León me prohibió llevar allí a mis amigos maricones. Y otra noche, en represalia por disentir de los métodos y estrategias de dirección de la AHS provincial —y por tantas otras cosas que no podían llamarse por su nombre—, mis jefes me degradaron a recortar papelitos de periódico y me confinaron a la Galería de Arte Universal. La lejanía física del centro de la ciudad era también, por supuesto, un intento de alejarme de todo lo demás, una táctica de domesticación y aplastamiento.
Sin saberlo, habían marcado mi destino. Meses después, mientras el avión se elevaba entre las lomas y el océano, escribiría los versos de “Llanto por la ciudad cuando me alejo”:

Oh ciudad
cuánto amor se me cae
qué triste te me vuelves entre tanta montaña.
Qué sola estás.
A qué manos entregaste tu vejez
con qué artificios te cubren el semblante.
Cómo es posible ciudad
cómo es posible
este patriótico olvido en que te dejan.



Como fondo musical, Pedro Luis Ferrer cantaba: Santiago, cuna y pan, Santiago…

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Los invito a leer 5 preguntas a Odette Alonso, entrevista que me hizo Luis de la Paz para el Diario Las Américas, publicada el domingo pasado en Miami.

martes, 20 de mayo de 2008

Érase una vez… y otra

Sônia Menna Barreto, Lápis de Tróia, 2001



Según los agoreros, en lo que va de década este mundo debió haberse acabado, cuando menos, en dos ocasiones: el 11 de agosto de 1999 cuando una inusual alineación de astros, la Gran Cruz Cósmica, nos hizo esperar lo peor durante toda la madrugada, y el 1 de enero de 2000, cuando supuestamente las computadoras iban a ponerse turulatas sin poder reconocer tanto cero. Ahora, un nuevo augurio nos asecha: 21 de diciembre de 2012, fecha que equivale al fin de la Cuenta Larga del calendario maya, según asienta la estela 11 de Izapa; momento en el cual ocurrirá un acontecimiento trascendental que sólo sucede cada 5,125 años: el inicio de la alineación del Sol con la llamada “gruta negra” de la Vía Láctea.
Este tránsito, que tardará décadas —parece que el astro rey no tiene mucha prisa—, arrojará allá por 2043 el nacimiento de un nuevo sol. Y aun así de lento el asunto —¡si no sabremos esperar nosotros!—, como ese tipo de incierto presagio me pone loquita de la emoción, mientras observo descender, pesados, esos jumbos de Lufthansa, KLM o Air France, pienso que cuando volvamos al origen, en las comunidades de sobrevivientes dispersos sobre un mapa terráqueo y galáctico tan diferente al actual, relataremos a los hijos del clan que alguna vez surcaron los cielos inmensos aparatos a los que llamábamos aviones. Ellos, ya abuelos, cuando nosotros hayamos muerto, repetirán a sus nietos que en tiempos idílicos los pájaros eran tan grandes, que cargaban en sus panzas pasajeros y mercancías hasta las orillas más lejanas. Y así nacerá el mito de los hombres voladores que en algún mejor pasado podían desafiar la gravedad.
En esas noches junto a la fogata o bajo la luz sin fin del cinturón de fotones, los viejos contaremos de un hombre enorme y barbado, a veces furioso e impío como un demonio de cuyos ojos brotaban rayos de fuego, otras aguerrido, iluminado y hermoso, que gobernaba al mundo desde una isla en medio del mar. “¿Cómo se llamaba, abuelo?”, preguntarán los niños, y ante la imposibilidad de pronunciar esas dos sílabas macabras por temor a que la lengua y las tripas se calcinen, buscaremos un asonante: “Gulliver”, responderemos más tranquilos. Y mezclándolo todo para complacer a tan exigente auditorio, hablaremos de un pueblo de enanos lujuriosos que quiso ejecutarlo con un tirapiedras, pero después de miles de intentos fallidos decidieron marcharse poco a poco en improvisadas piraguas como la de Guillermo Cubillo, hasta dejarlo solo en aquel cayo, apuntándolos con un tridente descomunal que atravesaba cualquier océano. “Nunca lo vimos morir”, agregaremos pensativos. Con el tiempo, la tradición lo habrá convertido en el dios inmortal, cruel y magnánimo, dadivoso y vengativo.
Seguramente narraré mil veces que un hombre hubo que se apellidaba Anderson y era programador de computadoras, artefactos más rápidos y certeros que el cerebro humano. Ese muchacho, delgado y guapo como una gaceta pálida, un mal día tuvo frente a sí a un moreno estrafalario llamado Morpheus, como el dios del sueño, que le ofreció una píldora roja y otra azul. Si Mr. Anderson tomaba la añil, su vida seguiría siendo cómoda y aburrida como la de todos nosotros y no se enteraría de nada en este mundo; pero si se zampaba la colorada, se convertiría en Neo, el elegido, el salvador de la humanidad. Después de ciertos episodios de programación mental, teletransportación y antigravidez nada comunes entre los que tragamos la pastillita azul, pero pan de cada día para la pandilla interestelar que lo creía El Héroe, el pobre acabó electrocutado en un gran generador universal tratando de salvar a la mítica Sión, último reducto de esta Tierra, donde todos gozaban la papeleta en una especie de carnaval orgiástico bastante apetecible a ratos.
“Yo también quise tomar la píldora roja”, diré entre dientes y pensaré que allá por los principios de los noventa, cuando mi alma se quedó tan sola y tan maltrecha, soñaba con que me contrataran para ir a darle la mano al enorme barbado, forrada de explosivos como los palestinos, y hacer pedazos al hijo de puta aunque volara con él y me tocara andarlo arriando —o más bien él a mí— por toda la eternidad. Mientras eso recuerdo, mis nietos adoptivos imitarán la acrobática pelea de Neo contra los Mr. Smith, les susurrarán a los más chicos su secreto antes de dormirse cada noche: “Era el Hijo de Dios” y se encomendarán al cristo cibernético-celuliodeo ansiando alcanzar algún día su fama, su valor y su entrega.
Y rememoraré bajo las estrellas del nuevo firmamento que una de las viejas mañanas de primavera subió una joven piernuda al gusano de luz y, replegada en una esquina del vagón, interpretó canciones italianas. Pero no las de Ramazotti ni Volare ooh, cantare ooooh, no: melodías clásicas, de aquellas de los entonces lejanísimos, y todos la mirábamos como merluza en congelador. Una torre altísima hubo a las orillas de un río, les diremos después, donde se reunían hombres y mujeres de todos los confines a tratar de hallar soluciones a los más grandes problemas del planeta. Cada uno hablaba un idioma diferente, pero no sólo el que brotaba de sus bocas, sino el que anquilosaba sus pensamientos en odios eternos, deseos de venganza, miedos y sumisiones indescriptibles. Así, cuando pase el tiempo y pase un águila sobre el mar, el edificio flaco de la ONU se habrá convertido en la Torre de Babel y en la cima, entre los escombros, cantará una sirena soprano con cola de merluza las rimas del derrumbe en una lengua incomprensible.
Y así, con tantos ires y venires, los cayucos se volverán arca y aquellos navegantes suicidas serán Marco Polo, Colón, los shogunes del Oriente en sus galeones de fastuosas arboladuras, que darán luz a otras tierras milagrosas y sorprendentes más allá de las Indias Occidentales y del estrecho de Bering; la vaca Ubre Blanca, que daba más de mil litros de leche al día, y su dueño, el caballo innombrable, se fundirán para volverse el becerro de oro; el ciclón Wilma se desbordará como diluvio universal, y mis amigas, reverdecidas en las nostalgias del devenir, renacerán como amazonas o vírgenes, hadas o brujas, princesas azules y valquirias de las noches febriles. Y Elegguá seguirá siendo el dueño de los caminos, estará pintado a la entrada de todas las cavernas y en las ceibas que coronen todas las encrucijadas se le pondrán ofrendas y se bailará bembé.
Poco a poco, sin proponérselo, irá surgiendo y conformándose un mundo de dioses y mitos que no será más que la recreación fantasiosa de otro mundo igualito, porque no somos los primeros ni seremos los últimos. Pero nuestros descendientes, sin saber que el tiempo termina y recomienza una y otra vez de forma más o menos similar, contarán a sus nietos que alguna vez hubo un parque con una fuente al centro y en la veranda un oráculo, mitad mujer mitad tablero de ajedrez, se entretenía profetizando, a veces con su poquito de mala leche —¿y quién no?—, el pasado, el presente y lo por venir.

martes, 13 de mayo de 2008

La Habana sí



A Yoani Sánchez, allá en La Habana de un siglo después*



Tal vez por haber mencionado a Eusebio Leal hace dos semanas y recordar, en consecuencia, su programa televisivo Andar La Habana… tal vez por haber leído el fogonerazo de Camilo Venegas acerca de la “estática milagrosa” que mantiene en pie tantos edificios ubicados fuera de los límites del proyecto de remozamiento Leal… tal vez porque La Habana es presencia constante en mi memoria, de pronto me veo sentada en el muro del malecón una cálida noche de principios de los noventa. A mi lado, una amiga santiaguera; a mi espalda, nuestro coterráneo: el general Antonio Maceo, Titán de Bronce, erguido en su estatua ecuestre. Tan a gusto estamos hablando de su experiencia pedagógica, de aquellas fascinantes historias de griegos y romanos que ella pareciera conocer al dedillo, que no vimos acercarse a dos muchachos, unas criaturas, que se han sentido en la masculina y cubanísima obligación de acompañar y proponer.
Que indiferentes a su presencia —eso fingíamos… quién podría ignorarlos tan pegaditos que estaban— hayamos continuado aquella plática matizada de frases clásicas que mi amiga suele aplicar a las contingencias de la cotidianidad, les pareció verdaderamente chocante a nuestros jóvenes enamorados. En un alarde de bravucona presión, reforzaron sus cada vez más groseras interrupciones y ante la insistencia de nuestro desprecio —que fue sólo una gentil negación; no podría ser de otro modo tratándose de esta amiga de esmerada educación y trato—, empezaron a gritarnos todo un repertorio de lindezas que ya podrán imaginar, desde el muro hasta la mismísima puerta de mi edificio, mientras nosotras, sólo unos pasos adelante, huíamos despavoridas Oquendo arriba.
En aquellos años anteriores a las jineteras y sus chulos, el disfrute de la belleza del malecón habanero, esa enorme boca azul que se abre desde el Morro hasta el 1830, casi siempre se veía perturbada por tipines de esa laya o por los hijos de Onán, que practicaban sus pajísticos dones a todo lo largo del arrecife costero, silbándole desde allí a cualquier hembra para presumirles el instrumento en cuestión porque, además, como buenos cubanos, adoraban el exhibicionismo.
De modo que, mejor, antes de seguir contemplando sus impudencias, camino hacia 23, esa hermosísima avenida, corazón de La Habana moderna, observando mientras me acerco el elegante edificio del Hotel Nacional con sus dos torretas y detrás, las alas enormes del Focsa como abrazándolo. Paso ante las oficinas de Cubana de Aviación, frente al cine La Rampa y la cafetería Milán, junto a la Casa de la Cultura Checa y al restaurante Praga, tan oscuro que no sabía uno lo que tragaba allí. Doy vuelta a la derecha en el Pabellón Cuba y entro al edificio de al lado, en cuyo quinto piso está Radio Ciudad de La Habana. Voy a encontrarme con Albis Torres (†) y Joel Valdés, productora y conductor del programa Hoy, en el cual anuncio cada semana la programación de actividades de la Casa del Joven Creador.
Al salir de la emisora, seguramente andaré por N hasta el edificio América, en la esquina de 27, donde tienen su cuartico alquilado Teresa y Sigfredo. En el camino, pasaré ante la entrada enrejada del refugio que construyeron en los ochenta cuando se suponía que —entonces sí… como cada vez— llegaría la invasión americana. Por ese mismo tiempo, semanas y semanas cavamos a pico y pala los estudiantes de la Universidad de Oriente en las laderas de Becas Quintero, al resistero del sol, sudando como presos de la cárcel del Sing Sing, para que las lluvias del siguiente mayo taparan totalmente las trincheras y las llenara de tierra el olvido hasta que convocaran a los preparativos para la próxima invasión.
Los tres metros cuadrados de Teresa y Sigfredo fueron hogar y refugio de esos días. Muchos de mis poemas de entonces tienen que ver con ese espacio y esas almas. Siempre había un buchito de café, un tecito, una sopa de nada, un trago de ron. Y si no, salíamos por esos senderos de Dios que quedan por la cantera de San Lázaro, hoy Fragua Martiana, a buscar una botella de chispa ‘e tren a un precio que mejor no recordar. En los tiempos de gran hambre, cada uno de los amigos llevaba el ingrediente que lograba conseguir y hacíamos un pastel de arroz con mayonesa de papa que todavía me hace salivar como perro de Pavlov.
Si bajaba por N y cruzaba San Lázaro, en la esquina de Infanta y Concordia se alza la Iglesia del Carmen, donde vi en el 91 la más fervorosa manifestación de devoción hacia la Virgen de la Caridad del Cobre en su peregrinación anual. No podía creer que tanta gente se congregara en un acto de esa naturaleza cuando la religión había estado tan duramente vigilada y condenada por décadas. Impresionada y emocionada, tal vez ilusionada incluso, escribí entonces “Los mercaderes del templo”. Y tiempo después, deambulando por esa misma calzada ruinosa hacia la Quinta de los Molinos, nació “Portales de la calle Infanta”.
Subiendo por 27, en cambio, salgo justo a la base de la escalinata de la Universidad de La Habana, con su alma máter impertérrita allá arriba, braciabierta para todos sus hijos. Allí, en la colina, como le llaman familiarmente, una tarde me entregaron los ejemplares de mi primer libro, una noche oímos leer a Benedetti en la Plaza Cadenas y una mañana nos enteramos por el Granma de que ya nos había alcanzado aquella enfermedad terriblemente capitalista que es la suma de mil otras, y que su primera víctima nacional era nada menos que Veguillas, cosa bastante comprensible —parecía insinuar la nota oficial— tratándose de teatreros perversones que, para colmo, habían andado por el mundo sueltos y sin vacunar.
¿Ustedes sabían que la 127 no tenía confronta?... Yo tampoco, y después de salir del Pico Blanco del St. John, donde habían cantado Xiomara y Anabel, me quedé toda la madrugada en la plazoleta de frente a la Universidad con el acoso inevitable, indetenible e insistente de un caballerito proletario al que, si algo tuviera que agradecerle, sería que me enseñó otra ruta para llegar al Mónaco. El chofer de aquella guagua que al fin pescamos en la parada de la Casa de la FEU, amenizaba su noche con un radio VEF en el que Carlitos Varela gritaba desgañitado Tropicollage, que entonces era una canción atrevidísima.
Parada allí, en la esquina de 27 y L, no recuerdo claramente la primera vez que fui a La Habana. Supongo que muy chiquita, porque entre brumas veo una habitación del Habana Libre con vista al mar y una cola enorme en Coppelia, la famosa heladería, donde había entonces mil sabores, entre ellos el naranja-piña, que en mi paladar nada tenía que envidiarle a fresa ni a chocolate. Dice mi madre que después de dos o tres horas de espera mi padre dijo: “¿Ya vieron Coppelia?... Mírenla bien, porque aquí no vuelvo”. Y lo cumplió.
Dígannos guajiras, pero para Piri y para mí no había lugar más de ensueño que, precisamente, el Habana Libre. Tal vez por el recuerdo de aquel viaje infantil, tal vez por esa exuberancia de luces, cristales, mármoles, escaleras, vegetación interior. Cada vez que pisábamos El Vedado, acabábamos en esa esquina de 23 y L. Poniendo un telegrama para Santiago, llamando por teléfono a cualquiera o visitando aquel baño tan amplio e iluminado que parecía un salón de fiesta. Y luego, bajábamos La Rampa por esas aceras de granito coloreado para ir a merendar al Karabalí o al Wakamba, cuando todavía vendían sándwiches tostaditos y tartaletas.
Cuando llegué definitivamente el 30 de junio de 1989, ya había vivido tanto en La Habana como si hubiera nacido allí. Casi creía compartir —¡ilusa yo!— esa gracia divina, ese orgullo sempiterno que baña a los habaneros en sus días sobre esta Tierra. Los dos años y medio que me esperaban serían mucho más intensos de lo que entonces pude imaginar. Por eso, algo dentro de mí canta ahora mismo: Ooh La’bana, ooh La’bana… y le susurro al oído, aunque sea en fotos, enamorada aún: La Habana, paraíso encantado; La Habana, princesita del mar. Entonces me parece que no me he ido, que sigo despertando en mi cuarto de la calle Concordia, colgando de una 98 hasta la Avenida del Puerto, tomando un té de jazmín en el asteroide de Soleida o sentándome en un banco de Línea y G a esperar que la tarde me devuelva esa extraña fragancia de la felicidad.

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Yoani Sánchez, quien escribe en La Habana de manera casi milagrosa el blog Generación Y, acaba de ser nombrada por Times una de las cien personas más influyentes del mundo en 2008 y de ganar el Premio Ortega y Gasset en periodismo digital que otorga El País. Debió haber estado en el Círculo de Bellas Artes de Madrid la noche del pasado 6 de mayo recibiendo su galardón, pero el gobierno cubano, demostrando a todas luces su verdadera voluntad de cambio, le negó el permiso de salida.

martes, 6 de mayo de 2008

Lesbos y las lesbianas

Cartel publicitario de la serie The L Word



El 10 de junio en Atenas, un tribunal deberá determinar si le ordena cambiar su nombre a la Comunidad Griega de Homosexuales y Lesbianas (OLKE), debido a que tres ciudadanos de Lesbos han interpuesto una querella porque consideran que “la identidad histórica y regional y la personalidad de sus habitantes” se ven insultadas con el uso de su gentilicio para llamar a las mujeres que gustan de otras mujeres. “Nuestro destino geográfico ha sido usurpado por ciertas damas que no tienen relación alguna con Lesbos”, agregó Dimitris Lambrou, uno de los demandantes y director de la revista cultural Davlos.
Como “una broma de mal gusto que bordea la discriminación” calificó el hecho Evangelia Vlami, una portavoz de la organización griega, mientras Lambrou se queja de que su hermana “no puede decir en público que es lesbiana”… Algún problemilla tendrá la señorita Lambrou, digo yo, porque hasta ahora ninguna nacida en esa isla griega se había puesto tan punkie.
Los solicitantes afirman, como si la hubieran conocido, que Safo no era lesbiana… Bueno, lesbiana sí era porque allí nació —aunque dice la Real Academia Española que el gentilicio correcto es lesbio/a—, pero que no tenía esas pervertidas costumbres. Que era casada y con hijos… Ay, Lambrou, por favor, qué me cuentas que no haya visto mil veces… El asunto es que tendrán que ir pensando en poner su denuncia no ante el Tribunal de Justicia Europeo, como amenazan si no son favorecidos con la decisión del juez ateniense, sino ante la ONU o la Confederación Intergaláctica porque, a estas alturas, quién les quita el título de lesbianas a todas las marimachas del universo.
Aunque tal vez no sea tan grave el asunto del despojo nominal porque, a propósito de esta exigencia de Lambrou y compañía, el sociólogo colombiano Manuel Velandia convocó en su casa a un grupo de amigas homosexuales confesas y practicantes, más o menos autoaceptadas y autoasumidas, que consideraron “terrible, despectivo y discriminatorio”, aunque “políticamente correcto”, el término lesbiana y no alcanzaron a ponerse de acuerdo acerca de cuál calificativo usar para denominarse a sí mismas. Y la verdad es que a mí, en lo personal, lesbiana me parece, como se diría en Cuba, una palabra picúa, es decir, ridícula y rebuscada, con esa combinación de “s” y “b” alta tan difícil de pronunciar que pareciera atorarse entre la punta de la lengua y el paladar.
Pero si hay que nombrar las cosas para que existan y luego puedan visibilizarse —ese otro término tan moderno y agringado—, ¿cómo reconocernos, entonces, si en esta lesbiandad nos hallamos como a la fuerza? Ni modo que la ONU, ese organismo tan aséptico, nos llame tortilleras, bolleras o areperas —acepciones domésticamente culinarias que refieren la acción de amasar las harinas— precisamente ahora que nos esforzamos en limitar los carbohidratos y las grasas trans de nuestra dieta planetaria.
“¡Mira que comen mierda!”, me dice mi amiga Ena y tiene razón. Porque mientras en querellarse se entretienen aquellos lesbianos/as del primer mundo, ahí mismo en la Colombia de Velandia, en la ciudad de Manizales, por admitirlo públicamente dos muchachas de 16 y 17 años de edad han recibido infinidad de humillaciones en un colegio que se llama nada más y nada menos que Leonardo da Vinci. Cuando debieran estar impuestas y permeadas del universal espíritu humanista y gay del gran artista italiano, las autoridades de la preparatoria prefirieron negarles el cupo. Ellas solicitaron una acción de tutela al libre desarrollo de su personalidad que fue fallada a su favor, por lo que se ordenó su inmediata reintegración escolar. Pero el pasado 25 de abril, cuando fueron a matricularse en décimo grado, cientos de compañeras las recibieron con rechiflas y carteles de rechazo. Magola Franco, la directora del colegio, dijo que no podía hacer nada por evitar el altercado, porque el resto de las estudiantes tenían derecho a la protesta.
Todo el alumnado, concentrado en la cancha de básquetbol, gritaba a coro: “No las queremos, fuera de aquí”. Si usted accede a este video, se le pondrán los pelos de punta y le rechinará el alma de coraje e indignación como me ocurrió a mí. La estudiante organizadora de la protesta dijo a la prensa que los actos no eran en contra de las niñas, sino que buscaban proteger la “integridad del colegio y de nosotras”. Estas muchachitas colombianas del Da Vinci, como los hermanos Lambrou de Mitilene, no quieren ser identificados como “puras lesbianas”.
Cómo no van a pensar así, me pregunto, cómo no van a sentirse “ofendidos”, si a gays y lesbianas se nos sigue identificando con locas de carroza o bomberos; si el tratamiento en los medios va del extremo de las increíblemente bellísimas muchachas de The L Word a la caricaturización tenebrosa, marginal o mamarrachesca en el otro extremo; si todavía estas noticias como la que hoy comentamos aparecen en Youtube y otros portales relacionadas a videos de lesbianas cachondas y juguetonas que siguen siendo la fantasía hot de tantos hombres y de algunas lesbianas que priorizan la curiosidad sexual por encima de la condición humana.
Es el resultado de conceptos profundamente arraigados en la sociedad durante siglos de segregación y del desconocimiento de los principios básicos del comportamiento sexual, porque la homosexualidad no es una epidemia que se contagie. Y si lo fuera… ¡a correr liberales de Perico!, como dirían en mi patria, porque no los salvará ni el médico chino. Y mucho menos esos terapeutas que hicieron la semana pasada en México su congresito de cómo sanar la homosexualidad no deseada.
En pleno siglo XXI, después de todo el trecho andado desde Safo hasta acá, indigna seguirnos enterando de —y viviendo— casos de crímenes de odio por homofobia y discriminación consuetudinaria, redadas y detenciones que violan todas las normas del debido proceso, como la del actor, activista y empresario Tito Vasconcelos en la ciudad de México la semana pasada.
Hace un año, estando en España, leí la noticia de que, para “salvaguardar su honor”, Paulina Rubio había demandado por seiscientos mil euros a Dónde estás corazón, programa de espectáculos de Antena 3, por haber sugerido que ella era lesbiana. La jueza encargada del caso desestimó la querella “por cuanto la condición de homosexual de una persona en la actualidad no debe ser entendida como deshonrosa”. Pero España va diez pasos delante de todos nosotros. Allí las izquierdas son izquierdas y los derechos son derechos. Y no es un simple juego de palabras. Juezas como ésa, que le pongan los puntos a las íes, necesitamos por acá y también en Mitilene.