martes, 20 de enero de 2009

Matar a la niña Yo

Dando tremendo bateo frente a casa de mis abuelos.
Seguramente por esa falda tan hembra que me habían puesto.


Gracias a Inesita por la escaneada de urgencia.


Cuando faltaban veinte minutos para las once de la mañana del 23 de enero de 1964, esa niña de la foto abrió sus ojos, su boca y sus pulmones en la ciudad de Santiago de Cuba, “rebelde ayer, hospitalaria hoy, heroica siempre”. Así, como me ven en esa vieja placa, me he pasado la vida: gritando, peleando, buscándome los más ajenos pleitos y los más propios. Necia, irracional, inconforme… acuariana con ascendente en Aries criada por un asturiano bruto que se pasó la vida diciendo que había que “nadar río arriba”, o sea, ir siempre contra la corriente.
A veces, quién sabe por qué condescendientes conveniencias, uno traza retratos de sí misma que no coinciden del todo con la realidad. Viendo a esa niña que grita, pienso que nunca fui tan obediente y correcta como mis buenas notas y galardones escolares sugerían y los otros repetían. No lo era aunque pasara mucho tiempo tranquila y calladita y no me gustara salir a jugar con los demás niños. No, no era tan santa: me emborraché desde muy joven, amé por igual a hombres y mujeres, apretaba en las fiestas con más de uno, a veces los novios de mis amigas, y decía que la fidelidad sólo podía guardarse hacia una misma porque cómo pedirle abstinencia o contención al cuerpo de otra persona con otras necesidades.
La rebeldía y la transgresión no se limitaron a la vida íntima: nunca quise —y no lo hice— estudiar magisterio ni ir adonde la revolución me necesitara si eso iba en contra de mis planes. Aun muy joven cuestionaba lo incuestionable: desde la supuesta pureza inmaculada de Martí —¿te acuerdas, Bertha?— hasta por qué donarle un central azucarero a Nicaragua cuando nosotros estábamos en la ruina o qué hacían las tropas cubanas en Granada al momento de la invasión estadounidense.
No lo hacía discretamente, persianas adentro como casi todos, sino que abría mi bocota —¡esta gran bocota mía!— o, lo que es peor, lo escribía. Y plasmadas en un papel, a las palabras ya no se las lleva el viento. En cierta ocasión me llamó a su oficina el secretario general de la Juventud de la Universidad de Oriente para “manifestarme su preocupación” por mis planteamientos en una carta personal que le había hecho a un amigo de Camagüey, en la cual comentaba la poca simpatía que me despertaban los comandantes sandinistas, que entonces me parecían aduladores y gorrones. ¿La carta fue interceptada en el correo?, ¿me vigilaban la correspondencia?, ¿me delató el amigo camagüeyano?... Eso ya no importa mucho a estas alturas y no es tema para esta conversación.
Cuando decidí hacer mi tesis de licenciatura sobre los primeros cuentos de Eduardo Heras León, que fue castigado mandándolo a trabajar a una siderúrgica y obligado a adscribirse al realismo socialista precisamente gracias a esas historias indispensables para la literatura cubana pero aborrecidas por el régimen, un viejo profesor le dijo a mi mamá que no me dejara meterme en lío con “aquellos dos locos”, o sea, Lino Verdecia y Pepe Pequeño, mis asesores y amigos, de quienes aprendí, entre otras cosas y sobre todo, a tener los cojones bien puestos aunque no los tuviera.
Ningún regaño me bastó; yo seguí cuestionándolo todo, criticona como soy: desde los premios a las comparsas del carnaval hasta las obras de teatro de Reynaldo o el Cabildo; desde las telenovelas nacionales hasta el songo de Juan Formell y Los Van Van. Incluidos los métodos de funcionamiento de la Asociación Hermanos Saíz, de la que era vicepresidenta en la provincia. De modo que cuando me fui a La Habana —enamorada, es cierto, ésa fue la razón, al menos la aparente— en Santiago ya tenían minados todos los caminos. “Demasiado problemática”, decían. Hipercrítica, sí, como buena parte de los miembros de aquella Generación de los Ochenta entonces en apogeo.
Cuando empecé a escribir narrativa, Mabel me preguntó por qué la recurrencia de protagonistas adolescentes o muy jóvenes. Entonces no lo tenía claro, ahora creo que sí. Hay quien dice que uno tiene la misma edad —¿debería decir nivel de madurez?— desde que nace hasta que se muere. Cuando coincide esa edad mental con la física, se viven los momentos de mayor conciliación con uno mismo, ésos en los que nos sentimos como pez en el agua. En mi caso, ésos fueron, al menos hasta ahora y sin lugar a dudas, aquellos años de la adolescencia y la primera juventud.
El texto publicado la semana pasada en este Parque del Ajedrez ha provocado múltiples reacciones; algunas inesperadas. Agradezco sus muchísimas muestras de cariño y amistad, sus llamadas, sus mensajes, sus comentarios públicos y privados. Después de leer algunos, tuve una revelación: la niña Odette, esa rebelde que todo lo quiere y todo cree merecerlo; astuta, manipuladora y chantajista, le está haciendo un gran berrinche —como el de la foto— a la adulta Odette quien, con lógica de mujer madura, ha tomado —o no— algunas decisiones que a la otra no le gustan. ¿Pudiera ser eso, más que la edad crítica y los cambios hormonales, este volcán que me ruge dentro y no me deja paz?
Tengo que confesarles que pensé matar a la niña Yo. “Enséñala a ser paciente antes de que te mate a ti” sugirió, sabiamente y muy a tiempo, Margarita. Entonces pensé que si ella y yo somos una misma, como cantara Timbiriche —¡no me hagan caso!, chistoretes mexicanos…—; si ella soy yo y como diría aquella canción de Angelito Quintero: “Soy lo que fui/ y lo que soy/ es lo que seré mañana también”… entonces tenemos que reconciliarnos. Además, aunque quisiera —y la verdad es que no quiero—, no podré deshacerme de ella porque es ahí donde radican mi curiosidad y mi esencia indagadora, necesitada del enigma, la novedad y las sorpresas.
Al mediodía del sábado antepasado ya estaba listo ese controvertido texto del martes anterior donde cuestiono la existencia de un fin o misión que guíe nuestras vidas y nuestro actuar. La tarde siguiente deambulaba por la librería de Sanborns en busca de una novelita ligera, de detectives y suspenso, de ésas que me gustan tanto, para regalármela de cumpleaños. Me detuve delante de la mesa de las ofertas —porque, Jesús de Veracruz, mira que están caros los libros— y tomé, al azar, la que estaba encimita: Manuscrito ms 408 del francés Thierry Maugenest. La contraportada no decía gran cosa y sin embargo, la compré. Se trata de una historia de ficción, actual, tejida alrededor de un manuscrito en clave escrito en el siglo XIII por Roger Bacon, que durante siglos han tratado de descifrar miles de especialistas porque contiene “el verdadero fin de la existencia”. Así, textualmente. Y me dije en perfecto cubano: “Coño, me cago en Dios, ¿el universo me estará respondiendo?”
Uno de los protagonistas, Marcus Calleron, agente del FBI que, para más señas y sin venir al caso, es hijo de un balsero cubano, se pregunta si “habría vivido y se habría extinguido sin conocer jamás la razón de ello, […] si todo era azar o si existía un principio creador”. Y aunque sabe que “la brusca intrusión de la Verdad en el lugar y el espacio de nuestros viejos saberes haría estallar nuestro cerebro, del mismo modo que el sol cegaría los ojos acostumbrados a la oscuridad”, se cuestiona: “¿es mejor conocer la verdad y perder el juicio, o vivir en la ignorancia con el fin de preservar la felicidad, aunque esta sea ilusoria?”
Conozco esos largos pozos de la inconformidad y del deseo. Siempre he sabido que esa curiosidad, esa urgencia de saber, me traerá dolores y decepciones, me pondrá ante difíciles caminos. Pero tampoco me resigno a ser un pinche gato doméstico que lame su lechita y ronronea, aunque eso no se oye nada mal. “Aprende a ser paciente”, me parece escuchar a Margarita hablándome desde esas friísimas tierras del norte. “No seas tan inflexible y rigurosa contigo misma”, sugieren otros. Trataré, les respondo. Trataré.

martes, 13 de enero de 2009

Echarse a la jaula del tigre




Quiero ser el verbo puedo...
Pendejita canción de Amaia Montero



El miércoles pasado un muchacho de 23 años cayó a la jaula de los tigres en el zoológico de Chapultepec. Los familiares se apuraron a aclarar que el joven no estaba drogado ni borracho ni mucho menos quería suicidarse; los periódicos abundaron al día siguiente que, tratando de tomar una foto desde mejor ángulo, traspasó la zona de seguridad, perdió el equilibrio y cayó a las fauces del bengalés que allí habita.
Me dio envidia. Quise ser ese chamaco. Echarme a la jaula del tigre con el susto de la insolencia y el desafío. En un texto que mandó Marithelma como saludo de año nuevo, Manuel Vicent decía: “Los inviernos de la niñez, los veranos de la adolescencia eran largos e intensos porque cada día había sensaciones nuevas y con ellas te abrías camino en la vida cuesta arriba contra el tiempo. En forma de miedo o de aventura estrenabas el mundo cada mañana al levantarte de la cama.”
A los 23 años yo también saltaba al foso de las bestias. Desandaba los caminos de la isla contrariando cualquier designio oficial, escribía poemas y artículos incendiarios, criticaba a los cuarentones que no se arriesgaban a seguirnos el paso por “cuidar lo ganado”, porque tenían “qué perder”. ¿Acaso soy ahora una de ellos?
“¡Dios mío, qué viejos estamos!”, me dije cuando terminé de ver Mamma mia!, rajada en llanto a pesar de que la película es una delicia para quienes gustan de los musicales, de los paisajes hermosos y de Meryl Streep, y para quienes oíamos a ABBA a finales de los setenta. La de ABBA siempre tuvo una resonancia diferente dentro del concierto de la música disco. Ese piano tan especial, esa armonía extraña. A mí, debo confesarlo, nunca me gustaron. A no ser la pelirroja bailando “Dancing queen”, dando giros y giros bajo el reflector con su cabellera al viento.
Yo también en aquel entonces contaba más o menos seventeen y podría tener ahora una hija de veintitantos y no saber quién era el padre. Como esos personajes, antiguos rebeldes y aventureros que temían envejecer por considerarlo una “muerte lenta”, estoy iniciando la segunda mitad de los cuarenta, ese punto en que es preciso, sino replantearse la vida, al menos hacer recuento de los “objetivos y misiones”, como se estila ahora definir los perfiles de las empresas y proyectos.
Que hay que disfrutar lo bello de la vida, he oído muchas veces cuando las dudas ontológicas me arrastran por este callejón de los descreimientos. ¿Qué es lo bello de la vida?, me pregunto en medio de esta crisis de identidad que me tiene al borde del naufragio. Intento una contestación: Viajar, conocer otros lugares y otra gente… ok, de acuerdo; amar y que te amen… de acuerdísimo; leer un par de buenos libros, ver una buena película, el arte pues… all right; abandonarse al abrazo y el amparo de un amigo… ajá; no dejar de tener razones para reír a carcajadas… ok again; ver crecer a los hijos, nacer a los nietos… placeres que no conoceré, pero ok; un atardecer a la orilla del mar…
Serrat respondería: “Son aquellas pequeñas cosas/ que nos dejó el tiempo de rosas…” ¿Y las grandes?, me pregunto. Nos han machacado, por los siglos de los siglos, que todo tiene un porqué… Un “para qué”, me corrige siempre Maya. ¿Cuál es el para qué, la gran misión de nuestras humanas vidas? Vuelvo a intentar algunas respuestas: La perpetuidad de la especie y de su obra… ajá, pero para qué. Para la salvación del planeta… ajá, pero para qué. Para mantener nuestro lugar en el universo… sí, pero para qué… ¿Acaso no hay un fin superior, pragmático, creíble, más claro?
Mmm, tal vez éste no es el nivel más correcto de búsqueda. Hagámoslo más personal: ¿Para qué estoy en esta vida?, ¿cuál es mi propio fin? ¿Para escribir, para trasmitir ciertos mensajes?… Pero de qué sirven esas claves, qué trascendencia tienen, a quién podrían salvarle la vida… Y si a alguien se la salvaran, para qué lo habrían hecho, cuál sería la misión de ese otro alguien o la mía propia.
¿Hay para qué trascendentes o el sentido de la vida es esta existencia de hormigas resignadas? Esto me pregunto mientras me viene a la mente aquel campo de pilas humanas de The Matrix. Daban energía para que “los malos”, los Mr. Smith, mantuvieran ante nuestros ojos, plantada en el cerebro, una programación falsa que nos entretuviera mientras ellos depredaban. ¿Seremos simples baterías del universo? Y si lo fuéramos, si no hubiera otra existencia reencarnada donde recibir las recompensas de nuestra buena conducta en ésta, para qué pasárnosla reprimiéndonos, complaciendo a los demás antes que a nosotros mismos, contrariándonos los instintos y pasándolos constantemente por el tamiz de la moral. Para qué, por ejemplo, racionar el alcohol o comer verduras. A veces me siento simplemente “esperando la muerte”, como decía mi abuela Cristina cuando le preguntaban cómo estaba.
A lo lejos oigo a Sabina:


Y ponte gomina, que no te despeine
el vientecillo de la libertad;
funda un hogar en el que nunca reine
más rey que la seguridad.
Evita el humo de los clubs,
reduce la velocidad.
Si lo que quieres es vivir cien años,
vacúnate contra el azar.


Hace unos días me dijo un amigo, a propósito de sus estrategias para el nuevo año: “Se acabó la recondenaçao con las causas justas. He decidido ir a lo mío: o sea, a la amistad, la diversión y el bienestar mío y de los que quiero. Punto. […] porque no me amargarán la existencia ni FC, ni RC, ni la Franja de Gaza, ni la crisis de Mr. Bush, ni las diatribas y pataletas de Fulana de Tal.” Qué sano, pensé; lo envidio. Es como ese principio superacionista de “primero yo, luego yo y después yo”. Tal vez debería imitarlo en vez de refocilarme en el lodazal de la depre y de las inconformidades. Ocuparme de mí misma y no andarle echando la culpa a los demás, a lo demás. Que la vida es una sola: ésta. Y no hay para qué trascendentes ni una pinga… (Perdón, Marlenys, pero estoy hasta la ídem que no tengo.)
Manuel Vicent termina diciendo en el artículo de año nuevo: “No existe otro remedio conocido para que el tiempo discurra muy despacio sin resbalar sobre la memoria que vivir a cualquier edad pasiones nuevas, experiencias excitantes, cambios imprevistos en la rutina diaria. Lo mejor que uno puede desear para el año nuevo son felices sobresaltos, maravillosas alarmas, sueños imposibles, deseos inconfesables, venenos no del todo mortales y cualquier embrollo imaginario en noches suaves, de forma que la costumbre no te someta a una vida anodina. Que te pasen cosas distintas, como cuando uno era niño.”
“Esto de madurar es una trampa. ¡Qué libre es quien no tiene nada!”, me digo y escucho resonar, como un eco en el fondo de mis oídos, las palabras de Félix Luis: “Cada minuto que uno pasa en la oficina es tiempo perdido”. Y entonces, volviendo a las chiquiteces, llego a la misma conclusión: no hay fin alguno que se consiga con las nalgas aplastadas todo el día en medio de este pasillo de la editorial universitaria. No es que la UNAM esté mal en su desorden, su insensibilidad y su inopia. El resto está feliz… o, al menos, resignado. Soy yo la que no encajo. Tengo que echarme a la jaula de los tigres, saltar al vacío con fe, como me recomendaron Maya y Soleida hace unos días. Esperar a que en la pantalla de la computadora —o en la de mi conciencia— brille el mensaje de “Follow the white rabbit” o en cierto libro comprado al azar aparezca una clave inesperada. Tal vez entonces tome la píldora roja y sepa, al fin, mi para qué.

martes, 6 de enero de 2009

¿Celebrar qué?

Lo que es tener la cara dura…
(Frase dicha en 1955, exhibida en el Museo de la Revolución, en La Habana
)




No quería tocar ese tema sino contarles que con mis binoculares nuevos, regalo de Navidad, observé la Luna enorme de diciembre, anaranjada como una mandarina con todo y gajos, y a los peces saltando fuera del agua en la Bahía de Banderas. Decirles que mientras todos gritaban “Ahí, ahí” y señalaban los cuerpezotes grises de las ballenas jorobadas y los delfines en sus respectivos rituales de cortejo, no podía dejar de acordarme de aquel dientudo escualo de cartón que desde las pantallas aterrorizó nuestra playera niñez. Comentar que monseñor Ratzinger, alias Benedicto XVI, dijo, con su boquita fruncida, que la homosexualidad es tan peligrosa para el planeta como el cambio climático; que conducirá con mayor celeridad al fin del mundo… Él ha de estar tan seguro porque es una loca afocante, de carroza y balcón a la calle, cuyo sexo tampoco sirvió a la misión de perpetuar la especie.
Quería hablar de otras cosas. Contarles que en algunos versos de La última espira [Valladolid, Difácil, 2008], Jorge Tamargo propone la desmemoria como estrategia de sobrevivencia, habla de un “tránsito tranquilo hacia el olvido”. Cosa difícil, me dije mientras lo leía, porque los recuerdos construyen ese edificio tambaleante que es la vida. Educados así, el desmemoriado, en vez de ser dichosamente libre, se angustiaría de haber perdido las nociones. Ese “fardo memorioso” es la ilusión de que hemos vivido, de que nadie podrá quitarlos lo bailado. Ni lo llorado. Esto reflexionaba en la playa vallartense cuando supe, una vez más, que los olores y los sonidos, las sensaciones todas, nos devuelven a otras olas, a la danza del mar, al techito de palma y los tostones, al atardecer junto al árbol caído y las manos que cavaban en la cueva sin fin de los cangrejos. A esa otra orilla, entre nubes, donde siempre fuimos niños y tejíamos sueños y sueños y esperanzas, castillos de arena que la marea deshizo como algodón de azúcar en la boca.
La remembranza nos confunde y nos engaña, me dije, bizantina y retruecanosa. Nos hace creer que sobre su lomo regresamos a la esencia y las raíces, al ser que somos, al enfoque exacto de los prismáticos o el catalejo. En vez de hacer como Julián Dalmau, el protagonista más reciente de Lichi [El retablo del Conde Eros, México, Planeta, 2008], “ese cubano errante [que] se iba matando pasito a pasito sin necesidad de colgarse de una soga”, quien al comprender que ya no pertenecía a ninguna parte, “que en La Víbora o en La Habana o en Nueva York no había ni un árbol esperándolo, redondeó el círculo de su orfandad y mandó su cubanía al carajo” porque “todo nacionalismo acaba siendo caricatura”.
Para colmo, Kundera me susurraba al oído que la lucha de la memoria contra el olvido es la lucha contra el poder. Pero yo no quería pensar en el primer día del año ni leer noticia alguna. Que esa fecha pasara inadvertida ―al menos en este Parque― porque las palabras, aun los lamentos y las maldiciones, transmiten energía, dan fuerza. Resistiré la tentación, me dije. No vale la pena. Pero en la llamada de felicitación por su cumpleaños, mi hermana me contó que la picada de un ciempiés le dejó una pierna severamente infectada y que, días después, otro bicho con un centenar de patas le caminó por la frente. “¡Niña, pero dónde tú estabas!”, le pregunté con la sonsera que a veces padecemos quienes hace mucho no vivimos en la isla. “Tú sabes que yo duermo en el suelo”, contestó ella contundente, con esa creencia de “los de adentro” de que “los de afuera” estamos enterados de todo al dedillo ―¡debemos estarlo!― como si aún sudáramos allí.
El 24 de mayo de 2006 el diluvio universal cayó sobre Centro Habana. Cuenta mi madre que en sólo unos minutos la calle se convirtió en un río lodoso lleno de manchas de petróleo que se metió a las casas y alcanzó el metro de altura. El agua lo anegó todo, echó a perder los libros, ennegreció las paredes, cubrió los colchones y los desgració para siempre. Sólo pudo salvarse el de Camilo, que alcanzaron a subir sobre la cómoda. A mi mamá, unos parientes le prestaron otro. Desde entonces Piri y el marido duermen en el piso.
“Chica, ¿no hay manera de comprar una cama?”, cuestioné con la misma perdidez que si fuera extranjera. Ella, impaciente, me explicó que el cuarto está lleno de los sacos de cemento acumulados para hacer la barbacoa, especie de entrepiso de madera ―tapanco, dirían los mexicanos― que, para paliar las necesidades habitacionales, construyen los cubanos en las casas cuyo puntal alto lo permite. Quienes ven poblarse sus barrios y ciudades de edificios nuevos que suben en dos meses como leche hirviendo, tal vez no se expliquen por qué el proyecto de la barbacoa familiar tiene más de un año y no avanza. Es la eterna historia cubana: cuando hay cemento no hay arena; cuando hay arena no hay madera; cuando hay arena, cemento y madera, a mi cuñado le duele la columna, porque el pobre hombre no es ni joven ni fuerte ni constructor de barbacoas y hace tres años que duerme en el piso.
Para quienes no lo saben o se lo están preguntando, mi hermana no es un ama de casa desobligada, sino actriz del teatro, la televisión y el cine cubanos, ganadora en Ginebra del premio de actuación femenina del Cinéma Tout Écran en 2003. Su marido no es un desempleado mantenido; es escritor de guiones televisivos, promotor cultural, profesor de arte. Es cierto: con todo y premio Piri no es Pichi Perugorría ni Mirta Ibarra; le faltan suerte, ambición, vitrina, malicia, amigos y habilidades para “resolver” y “escapar”… ¡ni siquiera ha logrado que la UNEAC le autorice una cuenta de correo electrónico! Pero dónde se ha visto que un intelectual, un artista o un profesional, un ser humano digno cualquiera que sea su oficio, con trabajo fijo y salario, tenga que salir a robarse el alambrón de los edificios que tumbaron los últimos ciclones ―Ike, Gustav y el otro, el de los cincuenta años de abandono y de miseria― o arriesgarse a comprar cemento clandestino para hacer con sus propias manos —y las de otros amigos que tampoco son albañiles— un cuartito rudimentario y caber mejor ―es un decir― en el apartamento diminuto que ni siquiera tiene derecho a vender aunque sea propio.
La gran pregunta de estos días ha sido si, al hacer un balance después de medio siglo, valió la pena la revolución. La respuesta ―al menos para buena parte de los cubanos― parece ser no. Muchos han dado cifras de cómo después de ser el tercer país de América Latina en 1959, Cuba fue a parar al fondo de las listas, o cómo las estadísticas que la propaganda revolucionaria enarbola como grandes logros no asombran demasiado si se les compara con otras naciones de la región. Vean, por ejemplo, los datos que ofrece Andrés Oppenheimer en El País, basado en el Informe de desarrollo humano de las Naciones Unidas fechado el año pasado.
Pero a quiénes habrían de interesarles esas cifras. A los que siguen defendiendo a estas alturas el fidelismo no les importa el pueblo de Cuba sino su propia utopía individual, el símbolo que no pueden dejar morir para no quedarse sin asidero ni esperanzas. Celebran y no piensan ―es más cómodo, más conveniente― sobre qué se sostiene esa bandera de la dignidad continental, a qué precio la ondean sus cuidadas manos de idealistas clasemedieros que en los días de su vida han tenido que “probar suelo” ni los ha aguijoneado un alimaña.
Y para nosotros, los cubanos de adentro y de afuera, todos estos análisis no son más que palabras inútiles, pajas mentales, mientras no estemos dispuestos a hacer la nueva revolución o instaurar la nueva república, como bien señala uno de los colaboradores del ejercicio Revolución Cubana. 50 años en 50 palabras al que hace unos días convocó Camilo Venegas en su blog.

martes, 16 de diciembre de 2008

La oreja de Beethoven

Jack Nicholson en El resplandor



Pido un minuto de silencio. Nomás abro los ojos, sacada de mis sueños por la chicharra inclemente del despertador, oigo los cláxones en son de mentar madres —¡qué animosa la gente desde tan temprana hora!— y, después, el ronco bramido del calentador, entre cuyas llamas crepitantes creo escuchar chillidos, lamentos que vienen de otras dimensiones, cantos de monjes malditos, de almas del Hades. Y las noticias de la radio, no son menos alentadoras: ejecutados, decapitados, despedazados, acribillados, encobijados, desollados, atropellados, estallidos, bolsas y aviones que se desploman, fugas de agua, de gas y de cerebros, políticos corruptos, tráfico inhumano… Pura desgracia que ya es nuestra cotidianidad.
Las voces intermitentes de los reporteros, de Carlos González o Blanca Lolvé, el comentario de Sergio Sarmiento… Y si enciendo la tele —casi nunca con mi propia mano—, la burda romería de Primero Noticias, que no parece noticiero, pálido antecedente del bochinche impío que es Hoy, la revista mañanera del Canal de las Estrellas. Todo el mundo grita a voz en cuello, desgañitados, encaramándose unos sobre los otros desde la seis de la mañana. Este mundo se ha vuelto loco…
“¿Cómo sobrevivir en este frenesí?”, me pregunto mientras salgo al tibio solecito o la infame inversión térmica, añorando en vano la oreja de Beethoven. Atravieso el mundanal ruïdo: las bocinas del taller mecánico de la avenida —“Y es que te quiero uo, beibi te quiero uo uo”—, los timbres variopintos de los celulares, los cláxones de nuevo, el motor acelerado de los carros, el ronroneo de los aviones.
Como quien huye, desciendo al inframundo. Cuando el traqueteo del tren sobre las vías empieza a conducirme por caminos mentales sin nociones, resuena estridente en todo el vagón: “Arre, borriquito,/ arre, burro, arre,/ anda más de prisa que llegamos tarde”… Ah, la música de esta temporada, los tintineantes villancicos. Y me pregunto, con cara de Jack Nicholson en El resplandor, qué mamada es ésa del ropo pom pom y qué coño beben los putos peces en el río… Pero mejor me calmo si no quiero que la Villamar me llame la atención por el innecesario y excesivo uso de malas palabras.
Tomo un taxi al salir del metro. La distancia es muy corta; alcanza apenas para una pieza. A veces es José José, a veces K-paz de la Sierra, a veces Mariano Osorio en una de sus moralizantes recitaciones impostadas e insufribles, a veces alguno de esos programas idiotas de concursos. Uno de esos días iba la Massiel cantando “Rosas en el mar”:

Voy buscando un amor
que sepa comprender
la alegría y el dolor,
la ira y el placer.
Un gran amor sin un final
que olvide para perdonar.
Es más fácil encontrar
rosas en el mar.

¿La están tarareando, verdad? Así mismo llego a mi oficina: silbando todavía la canción del taxi. ¿Dije oficina? No, no es oficina. Es el medio de un pasillo donde sesudos albañiles, contratados por sesudos funcionarios sin la más mínima sensibilidad hacia el trabajo editorial, instalaron una de esas estructuras de tablones separados por vidrios a las que llaman caballerizas porque, como los caballos en las ídem, está uno viendo todo el tiempo cada movimiento de quien tiene al lado o enfrente. O sea, la intemperie.
Detrás de mi puesto hay un despachador de agua por el que pasan todos mis compañeros, varias veces en el transcurso del día, a llenar sus recipientes y fijarse en la pantalla de mi computadora. No los culpo; yo también lo haría: la curiosidad es consustancial a todo ser vivo; por eso mató al gato. Un poco más allá del despachador está el Departamento de Sistemas. Dos puertas: una justo a mi espalda, donde se aposenta el jefe; otra, en perpendicular, donde se hacinan los subordinados. De ambas, al mismo tiempo, brota música a borbotones: a un lado, Mocedades o Juan Gabriel; al otro, escándalo electrónico del que se conoce coloquialmente como ponchis ponchis. Abajo, a través de las ventanas que dan al almacén, ritmos tropicales. Ese orden puede alternarse arbitraria e inesperadamente y que el gordo de Pesado me aúlle detrás del tronco de la oreja: “Ojalá que te mueras,/ que se abra la tierra y te hundas en ella…” o sentirme lúbricamente observada por Ceratti a través de su persiana americana o recordar qué galillo tenía Mónica Naranjo cuando todavía la querían, antes de que se le ocurriera decir que había venido a enseñarles a los mexicanos, que sólo cantaban rancheras, lo que era la verdadera música. El volumen, huelga decirlo, es también de quien desconoce —o no le importan en lo más mínimo— los requerimientos de la labor editorial.
Y si no es ese ensamble inarmónico, es la sinfonía de la crisis. ¡Qué pobres somos, qué mal estamos, qué hecatombe se nos viene encima!, mientras la gente se desborda en racimos por las puertas y las escaleras de los centros comerciales, en cuyos pasillos hay que avanzar dando empujones y codazos como en la Trocha del carnaval santiaguero. Y hacen colas en los cafés y en los restaurantes de cadena, y se arrebatan unos a otros los regalos navideños de los almacenes y las boutiques. ¡Qué sino inevitable nos acecha!, mientras no queda disponible un solo boleto de avión ni un espacio en hotel alguno. “Recuerda a aquellas películas de gánsteres de los treinta”, me decía José Luis el domingo: la Gran Depresión y los casinos y los cabaretes llenos.
Que el ser humano pierde cada vez más la capacidad de concentración, al menos como era concebida tradicionalmente, insistía un reportaje hace unos días. Que ya pocos saben —o aguantan— el silencio, si es que el silencio todavía existe. Dos semanas atrás, en Manzanillo, después de las lecturas del mediodía bajaba al mar. Me alejaba un poco del hotel y me echaba boca arriba en la arena. Cerraba los ojos y trataba de relajarme, cosa de difícil cuando el cuerpo es un amasijo de acero adrenalizado, listo para enfrentar, una tras otra, cualquier contingencia. “Ya nadie escucha la música de las esferas”, pensaba mientras, al abrir la mirada, veía sobre mí el inconmensurable azul de la bóveda celeste.
Regreso a casa ya en la noche, alta la Luna o su ausencia, con la cabeza del tamaño de ese enorme círculo y llena de las púas que le crecen dentro y la hincan. Y cuando afuera todo es silencio y madrugada, empieza otro escándalo inmisericorde: dentro de esta testaruda testa se desata todo lo acumulado durante el día: melodías de Arjona, Belanova, Julieta Venegas y Los Tigres del Norte, versos locos que en esa hora parecen iluminados, fragmentos de Parques y novelas no escritos, requiebros y maldiciones, tribulaciones humanas. Entonces comprendo que la oreja de Beethoven nunca pudo ser tan sorda. Y decido no seguir atormentándolos, al menos en lo que resta de diciembre. Les agradezco el favor de su lectura y de sus comentarios en esta tertulia virtual que espero podamos mantener el año próximo. Que pasen felices fiestas y que el 2009 nos traiga buenas noticias y alegres realizaciones. Nos vemos por aquí el martes 6 de enero, para reiniciar este periplo con la gloria de los Reyes Magos.
Y como sé que es inútil pedir un minuto de silencio, aun a gritos, remedo a aquel sabio directivo de Cultura en Cuba y les insto… ¡a bailar y a gozar con la Sinfónica Nacional! O lo que es casi lo mismo, para estar a tono, en ritmo de timba majadera: Suenen campanas que ya está aquí el Niño Dios...

martes, 9 de diciembre de 2008

De putas y tiranuelos

Jinetera en La Habana



No sé si pueda aún cantar triste y ecuánime
sobre el reloj antiguo del último deshielo…
Heriberto Hernández


Ayer se cumplieron dos décadas de la tarde en que un comando militar irrumpió en la lectura de poemas que se realizaba en la librería El Pensamiento, de Matanzas, Cuba. A patadas sacaron los boinas rojas a los poetas, varios de los cuales permanecieron incomunicados durante días en las mazmorras de la Seguridad del Estado provincial. ¿Qué hicieron esos muchachos para merecerlo? Escribir poemas y leerlos por toda la isla.
Han pasado veinte años y otras tantas cosas: se desmoronó como merengue el campo socialista, sobrevino el período especial y con él, el hambre y la miseria más grandes, masivas e indiscriminadas de que se tenga noticia en la historia de Cuba; salió del país media intelectualidad y después del habanazo de 1994 —la primera protesta popular espontánea en contra del gobierno, reducida también a golpes—, se desbordaron las costas en una crisis de los balseros que no ha parado hasta hoy. Y se legalizó el dólar y la prostitución se convirtió en modo de sobrevivencia para buena parte de los cubanos.
Mónica Garza, una de las conductoras “estrella” del espectáculo mexicano, está anunciando para el prime time del sábado próximo en TV Azteca una entrevista con “una mujer que con sólo mencionar su nombre evoca escándalo”: Niurka Marcos, la “vedette” dueña de las cumbres del rating en la televisión de este país. En los adelantos de la siguiente emisión de sus “Historias engarzadas”, la conductora afirma, con una contundencia que desconcierta, que la prostitución es algo consustancial en Cuba, incluso desde antes de 1959. Y le pregunta a Niurka cómo, siendo así, pudo sortear ese “destino prefijado”.
Al margen de que la susodicha en cuestión no haya conseguido en realidad sortearlo cabalmente, esa aseveración, digna de un terrorista de la palabra, me deja preguntándome, una vez más, cómo fue que llegamos a convertirnos en el burdel del mundo. Porque la idea de Mónica Garza es, lamentablemente, una imagen común y extendida entre los “interesados en Cuba” en las últimas décadas. Hasta los más respetuosos se acercan a ese tema planteando lo cachondo que somos, en esencia, todos los isleños. Y tan internalizado lo tenemos a estas alturas, que hasta hacemos orgulloso alarde de nuestras excelencias amatorias y nos empeñamos en defender apasionadamente el tamaño del pene nacional, siempre monumental en comparación con los de otras nacionalidades.
Antes de la revolución había putas en los barrios de putas, en las zonas rojas, como en todas las ciudades del mundo. El asunto es que como la revolución, en sus afanes de salvación y limpieza moral, eliminó las casas de cita, ahora están en todas las esquinas. De ese modo el oficio dejó de ser “discreto” —si alguna vez lo fue— o acotado a ciertas áreas y se hace tan público que en muchas de las fotos que publicitan los lugares turísticos, protagonistas o de refilón, abierto o sugerido el mensaje, aparece una jinetera. El fenómeno es una realidad incuestionable. Sectorializado —¡no todas las cubanas son putas!—, pero incuestionable. Y es, curiosamente, junto a la dignidad nacional, una de las imágenes generalizadas de la Cuba actual. Al mismo nivel la revolución y las muchachas facilonas.
Y eso no es gratuito. La economía nacional depende en buena medida del turismo y el que va a Cuba, en gran porcentaje lo hace con intereses sexuales. De modo que el gobierno no sólo se hace de la vista gorda, sino que favorece la prostitución de toda índole —del cuerpo y del alma—, aunque diga o aparente otra cosa. Una prostitución “de nuevo tipo”, ejercida por el hombre nuevo y la nueva mujer, esos seres desprejuiciados hasta el desparpajo o la vulgaridad. Cuentan que el malecón es la gran pasarela, el bazar sin fin de los pecados y los milagros. Que ahí en el muro, a la intemperie, junto al mar, pueden encontrarse desde un trío cantando sones tradicionales y una variedad gastronómica con tintes clandestinos, hasta —y sobre todo— las más variadas y multifacéticas ofertas del negocio sexual, incluidos sus potenciadores naturales: el alcohol y las drogas.
Conozco a más de uno de esos defensores a ultranza de los logros revolucionarios, que va una vez al año no a participar en los trabajos voluntarios ni a cortar caña —¿nada de eso existe ya, verdad?—, sino a refocilarse con una mulatona o un mulatón de ensueño —o ambos, juntos y revueltos—, diestros en desentrañar los placeres de cada anatómico rincón. Tal vez piensan estos románticos guerrilleros extemporáneos que hay que apoyar, así, esta nueva etapa; perdonarle el desliz fisiológico al “proceso” —culpa del imperialismo y los ciclones, claro está—, a cambio de tanta divina cosquillita.
A 50 años de 1959 ése es uno de los rostros más visibles y odiosos del deterioro. El flagelo de la prostitución no es —no, Mónica Garza; no, guerrilleritos trasnochados; no, comandantes del pueblo— una característica consustancial del ser cubano ni lo era antes del ‘59. Entonces, para referirse a la mayor de las Antillas, nadie decía “¡Qué putas son las cubanas!” ni le aconsejaban al amigo: “A Cuba hay que viajar soltero”.
Dos versos saltan del fondo de mi memoria; aquellos donde Martínez Villena decía: “Hace falta una carga para matar bribones/ para acabar la obra de las revoluciones”. ¿Una carga?, me pregunto de inmediato, ¿para matar? ¿Acaso no fue una carga lo que emprendió contra los poetas en Matanzas?, ¿no lo fue la que apagó el habanazo a palazos y patadas de esas guardias blancas que fueron —¿son?— el contingente Blas Roca? ¿Eso sería lo que quisiéramos repetir?
Hace un par de semanas un lector, que convenientemente firmó como Anónimo, dejó un apunte al final de los comentarios de “Tiranuelos” en el cual planteaba que si los métodos de condena/represión habían sido tan efectivos para el régimen castrista/castrador, por qué no podrían seguirse al pie de la letra en el destierro con el fin de perpetuar —entendí yo— el “poder absolutista” del exilio histórico sobre las nuevas generaciones que, viniendo de Cuba con el cerebro “enjuagadito” (sic), intentan proponer prácticas más conciliadoras e inclusivas.
Me pareció una estrategia perfecta para quien quiera ser un dictador a imagen y semejanza de aquél, repetir los patrones del padre golpeador y eternizar la defenestración, los fusilamientos, la sacadera de ojos, la cacería de brujas. “La sangre numerosa”, el más reciente de esos excelentes artículos que publica en El Nuevo Herald Rafael Rojas —según Camilo Venegas, y yo apoyo, la mente más organizada que ha dado la nación después de Capablanca—, plantea: “Durante siglo y medio los cubanos se han enfrentado unos a otros […] La nación, entre cubanos, no ha sido entendida como democracia, sino como exterminio o exclusión”. Y me (les) pregunto: ¿Ese pasado es el futuro que queremos?

martes, 2 de diciembre de 2008

A la bahía de Manzanillo

A bordo de El Zapoteco, después de la lectura de poemas,
Jetzabeth Fonseca, Arlette Luévano, Françoise Roy, yo y Ana Franco Ortuño.



A mis compañeros de aventura,
ahora que llega, inclemente, la noticia
de la muerte de la poeta Enriqueta Ochoa.



Hace dos días tengo pegada en la cabeza aquella canción infantil que decía: “Yo quiero ser marinero capitán/ de un gran barco en alta mar”. Tal vez sea porque la semana pasada estuve en Manzanillo, puerto del Pacífico y, como parte de las actividades del Cuarto Festival de Poesía, leímos a bordo de El Zapoteco, buque de la Armada Mexicana que cada noche abrió su cubierta de proa para que, entre el balanceo de las aguas y el frescor del ocaso, leyeran los invitados.
“Yo quiero ser azafata de un avión/ y volar a propulsión”, decía la segunda estrofa de aquella tonada que me traslada a la infancia, a aquellos tiempos en que los jueves mi abuelo José me llevaba a El Caney. “Caney de Oriente, tierra de amores/ cuna florida donde vivió el siboney,/ donde las frutas son como flores,/ llenas de aroma y saturadas de miel”… Nísperos y caimitos, cañandonga y marañón, melón de agua y de Castilla, anón y guanábanas, piñas, mangos, mamoncillos… ¿Adónde irían a parar esas frutas que nunca volvieron a la canasta de centro de la mesa de los abuelos?
Por entonces el gobierno nacionalizó la tiendita de abarrotes de Eugenio y el camión de fletes de mi abuelo. Y el bar de la esquina con la vitrola que cantaba: “A la bahía de Manzanillo/ voy a pescar la luna en el mar”. Con esas melodías rondando mi cabeza y las imágenes viejas del puerto cubano, me fui el miércoles a este otro Manzanillo donde el avión aterriza junto al mar, a la par de la orilla, casi mojándose las llantas en la espuma blanquísima.
Después del frío espantoso del amanecer y el banco de niebla que mantuvo inactivo por horas el aeropuerto de la ciudad de México, aquello parecía el paraíso. Lo confirmé cuando me asomé al mar, apenas haber dejado la maleta en la habitación. “Aquí podría vivir”, me dije recostada de la barda de madera que separa el hotel de la playa. “Aquí podría vivir”, me repetí la mañana siguiente al asomarme a la ventana del cuarto y mirar el poco pacífico Pacífico.
Toda la ciudad se llenó de poesía desde ese mediodía: la orilla del mar, las escuelas y librerías, los restaurantes, los cafés, los bares, la fuente danzarina del Centro. Y la gente, respetuosa, escuchaba a los poetas, les aplaudía. “Sin poesía no hay ciudad”, aquel grafiti que me sorprendió hace unas semanas a la entrada de Monterrey, pintado como parte del proyecto de “poetización de paredes” que encabezó Armando Alanís en la Sultana del Norte, parecía hacerse realidad también en Manzanillo donde, cuentan, una de las primeras tareas de Avelino Gómez Guzmán, poeta al fin y al cabo, al frente del Instituto Municipal de Cultura, fue llenar de versos los muros de la ciudad.
“En Manzanillo se baila el son, en calzoncillo y en camisón”, tarareaba quedito mientras la camioneta avanzaba hacia el centro y veía, de un lado, los contenedores del puerto y, del otro, las casitas que cuelgan de los cerros surcados de escaleras. “Allí podría vivir”, dije elevando la vista, imaginándome todo el mar de frente, aunque Jetzabeth me alertaba de que es una chinga tener que subir esas escalinatas. “Imagínate con las bolsas del súper… en el calor de agosto”. La ilusión dura poco en la casa del pobre.
Lo que sí dura es la emoción, el resonar cadencioso de los versos sobre ese aire limpio, las risas de los amigos. ¡Porque mira que se ríe uno en esos jolgorios! Vuelvo a vivirlo todo: la primera cerveza con Armenta y César y las compartidas con Arlette y Armando jugando con la arena; Servín comiéndose de lengua un taco… en salsa verde; Herminio cantando en italiano “Ella quiso quedarse/ cuando vio mi tristeza…” y midiendo los hemistiquios en las canciones de José Alfredo; Wong que es una máquina ―china― de inventar chistes y juegos de palabras; la cena apresurada en Starbucks donde, según Lara, venden los sángüiches más caros ―y más avejentados― de América Latina; el cumpleaños de Ana; las chispeantes anécdotas de las fotos prohibidas de Françoise; la asombrosa memoria de Gaytán; la seriedad de Baudelio y de Molina y Vedia; la picardía de ese Adán que nos puso en el Mapa; el "éxito social" del joven Mijail; la lectura de poemas de Avelino en el Bar Social, al lado de Juan Carlos; las sorpresas de Jetza; la límpida belleza de Lidia al borde de los 18; los enormes tacos de buenísima arrachera de La Sonrisa; el balcón sobre el océano del bar Boras y de Doña Concha; la fiesta final. Y el salitre pegado a los resquicios de la piel y del alma, allí donde no tallan las esponjas.
Por esos intersticios asoman los recuerdos cuando la cotidianidad vuelve a agobiar con su insistencia absurda. Y volvemos a sonreír cuando llegan las fotos y los mensajes de los amigos nuevos y de los viejos. Y mientras canto: “A la bahía de Manzanillo/ voy a pescar la luna en el mar”, remedo a Eugenio de Rastignac cuando, divisando a lo lejos aquella otra ciudad, poquito más europea, aseguró: “Ya nos veremos las caras”.

Leyendo poemas de Avelino en el Bar Social

lunes, 24 de noviembre de 2008

Tiranuelos

¿Ibas bien, Fidel?



Como ahora todo es público y compartido —buena razón tenía aquél, tan visionario, con que “el futuro pertenece por entero al socialismo”—, se ha puesto de moda “colgar” —como se dice en la jerga cibernética, muy a tono con esa gran vecindad que es la aldea global— álbumes de fotos personales, a veces íntimas, en sitios de internet. Las favoritas, además de las familiares, suelen ser las de viajes. Así, el público vidente —que puede ser cualquiera, esas redes son indiscriminadamente abiertas e inclusivas—, podrá saber si vas a Cancún o puebleas, si eres turista o viajero.
En uno de esos álbumes una amiga incluyó hace unos días las fotos de su reciente estancia en México. Entre ellas, un cartel que halló expuesto en un lugar del Centro con la mítica foto de Fidel, Camilo y las palomas. Para quienes no conocen la anécdota, en uno de los primeros actos públicos de 1959, el 8 de enero en el cuartel general de Columbia, de pronto, inesperada, una paloma blanca se posó sobre el hombro del orador. En ese mismo discurso, al afirmar que los peligros que asediaran a la naciente revolución habrían de enfrentarse y resolverse “sin tiros” —¡mira tú!—, Fidel interpeló a su acompañante: “¿Voy bien, Camilo?”, a lo que el otro barbudo respondió: “Vas bien, Fidel”; diálogo que se antoja muy revelador, irónico seguramente —¿cuándo en la vida aquél le ha preguntado a nadie si va bien? ¡Si él nunca se equivoca!—, ahora que sabemos que entre ambos hombres hubo diferencias tan grandes que acabaron en la inexplicable desaparición del Comandante del Pueblo, del Señor de la Vanguardia, del Héroe de Yaguajay, cuando sólo unos meses después el avión en que regresaba de Camagüey cayó en las aguas transparentes y poco profundas de la plataforma insular y nunca fue encontrado.
Volviendo a nuestro asunto, como esos democráticos espacios de internet permiten no sólo enterarse de la vida y milagros de la gente, sino también opinar al respecto —“¡qué chundo está este güey!”, “¡mamaciiita, cómo has creciiido!”, “¡qué bien te sienta el rojo, amigui!”—, la imagen de los líderes de la revolución cubana despertó, en sus círculos cercanos, encarnizado debate ideológico —¡ah, la batalla de ideas!— que obligó a mi amiga a dar explicaciones acerca de sus intenciones al tomar y publicar la foto. Tan candente se puso la cosa, que a punto estuvo de borrarla del álbum virtual.
Estamos enfermos los cubanos. ¿A qué mente calenturienta puede ocurrírsele que esta señora, que vive en Estados Unidos desde los años sesenta, hubiera hecho la foto por devoción a los comandantes y no por asombro hacia la veneración que siguen despertando esas figuras en las izquierdas políticas y en los pueblos del mundo. Veneración de tintes mercadológicos la mayor parte de las veces porque son iconos sembrados en la conciencia visual que ya no resultan objeto de cuestionamiento alguno: suelen aceptarse con la misma indiferente naturalidad que los anuncios de McDonald’s o de la Coca.
Pero a ver, si a uno le diera la reverendísima gana de poner en la sala de su casa, en su mesa de noche o en su álbum de Hi5 o de Facebook un retrato de Ho Chi Minh, del Subcomandante Marcos o de Obama porque le cae bien el tipo, le gusta el colorcito de fondo o espantan a los malos espíritus… ¿a quién le importa eso? ¿Por qué nos sentimos con el derecho de montar de inmediato un acto de repudio justamente a lo Fidel Castro? ¿Acaso no podemos superar esa odiosa influencia, esa impronta de dictador absolutista, de “sólo es bueno lo que yo hago o pienso”, de “están conmigo o en mi contra”? ¿No podemos ser lo que se llama democráticos, respetar los gustos y las predilecciones de los demás sin considerarlas deslices o errores que tenemos la misión impostergable de corregir?
La semana antepasada el músico cubano Paulito FG, que aún vive en la isla, hizo en Miami una de las escalas de su gira. En entrevista para un programa del canal GenTV, dijo algo así como que “creer en Fidel hasta cierto punto ha sido una suerte, nosotros hemos sido por toda una vida gente que ha creído en el Comandante y hemos vivido tranquilamente, honradamente, haciendo nuestros sueños artísticos'” y añadió que nunca ha tenido trabas para realizar su trabajo, por lo cual es un hombre “sin temor a nada”.
Qué suerte la de Paulito, digo yo… qué bueno que ama a Fidel. Porque tener que vivir en Cuba sin amarlo es un verdadero calvario. Qué bueno que nunca ha tenido obstáculos, acosos ni censuras… porque tenerlos nos encaminó a nosotros hacia estas otras tierras. Dichoso él. Claro que no todos piensan con mi acostumbrada naturalidad: las afirmaciones del músico revolvieron el avispero y de inmediato hubo convocatorias para boicotear su presentación en el Sunshine State. Reproduzco textualmente una anécdota que, en tono muy cubano, circuló por internet:

Al otro día de las declaraciones de Paulito FG en Miami era su concierto en el Club La Covacha. Los bailadores, sin hacer caso del llamado del exilio histórico, llegaban en sus carros listos a sumergirse en la salsa del cubano italiano fideliano.
Enfrente del club se encontraba la siempre presente
Vigilia Mambisa dándole un acto de repudio “tipo Mariel” a cada uno de los que entraban: ¡Comunistas! ¡Fidelistas! ¡Hijeputistas!
Se agolpaban allí los noticieros hispanos, las cadenas de TV americanas, los reporteros de la prensa plana, las agencias de noticias. En eso, un Lexus negro último modelo dejó bajar a una mujer con traje largo negro, elegantísima y repleta de joyas. Mientras le gritaban miró a la multitud enardecida, se remangó el traje y gritó: “¡Me sale del boooollooooooo!” delante de las cámaras de TV y de todos los reporteros que se quedaron pasmados primero y después irrumpieron en una carcajada.



Dígame usted con qué confundido criterio alguien le exige a otro que no baile con la música que le gusta. ¿No es exactamente lo que hizo el gobierno cubano cuando prohibió la difusión, la venta de discos y la escucha incluso doméstica de Celia Cruz, Olga Guillot, Valladares, los Estefan, El Puma, Feliciano, Roberto Carlo, Oscar de León o tantos otros cuando dijeron o hicieron algo que no le gustó al máximo líder? ¡Estamos enfermos los cubanos!
También hace unos días alguien me preguntó —palabras más, palabras menos— cómo es posible que insista en hablar y en citar a Silvio Rodríguez a estas alturas, después de todo lo que ha pasado. Cuando traté de responderle, me vi trepada en un balance de la sala de mi casa de Santiago, con una tiza húmeda en la mano, escribiendo en la pared: “Mejor ser felices como nuestros padres/ y hacer de la lástima amores eternos/ hasta que a la larga te tape el invierno”. La guitarra de Silvio es un tiempo de muchachos llenando de letreros las paredes; un tiempo en el que un grupo decía “que una canción tiene que ser muy fácil para la razón” y él les echaba en cara: “¡No han abierto los ojos/ al mundo!/ Miren qué decir eso/ con tanto motivo/ para no reírse/ como hay”. En medio de aquel mar de confusiones de los veinte años, su voz nos repetía como una palmada en el hombro:

A los tristes amores mal nacidos
y condenados por su rebelión
daré algún día mi canción de amigo
y fundiré mi vino con su vino
sin perder el sueño por la excomunión.


En una entrevista a Sandra Lorenzano, a propósito de su novela Saudades, me topé una vez más aquella absurda pregunta de qué salvarías de un naufragio, qué te llevarías a una isla desierta. Siempre he dudado ante ese planteamiento. Qué libro elegiría entre miles de libros, qué foto, qué objeto material… ¡Y desde cuándo se anuncian los naufragios para que uno tome previsiones y provisiones!… Para reconocer el valor de las cosas —o las cosas a las que les damos valor— no deberían ser necesarias pérdidas tan drásticas.
Sin embargo respondí. Papel y plumas, arriesgué esta vez. “Todo lo que no esté en papel se perderá en el fin del mundo”, suelo decir cuando me da por el catastrofismo. Pero allí, en la isla hipotética, para qué serviría un papel más que para avivar el fuego o para ciertos requerimientos higiénicos de los primeros tiempos… Allí vendría mejor una caña de pescar, una coa para la siembra, un recipiente para recoger el agua limpia. Lo demás son vacuas elucubraciones de intelectuales fantasiosos. Entonces pienso que en esa isla —y en todas— lo único que sobreviviría es la memoria y, en la mía, junto a Sabina y a Fito, junto a Serrat, Víctor Manuel, Ana Belén, Los Van Van y Son 14 —Quiero ir a Bayamo de noche…—, siempre cantará Silvio, siempre seguirá oyéndose su guitarra.


PD: Sí, me gusta Shakira… ¿algún problema?

martes, 18 de noviembre de 2008

Otra vez en la Ciudad del Sol




Más que el mar, el glamur de Ocean Drive, esos altísimos edificios que tanto se parecen a mis sueños, Miami ha sido siempre el lugar de reencuentro con los grandes amigos. Desde la primera vez, en 1996, cuando Dinorah y Margarita me esperaban fuera del aeropuerto y convirtieron mis dos días de tránsito hacia Nueva York en una cadena de deslumbramientos: cena en South Beach en una de esas terracitas que todavía en México no eran moda; desayuno en La Carreta de la Calle 8; paseo a Los Cayos con destino final en Key West ―Cayo Hueso para los cubanos―, donde visitamos la casa de Hemingway, el liceo donde Martí convenció a los tabaqueros con su inflamado verbo, los bares gay de la calle principal y el Sloppy Joe’s, donde brindamos a nuestra salud y la de aquel que bebía sus mojitos en la Bodeguita, sus daiquiríes en El Floridita y las cervezas de barril allí mismo donde estábamos sentadas. ¡Qué buena vida se daba aquel barbú, fuera cual haya sido el desenlace!
Años después, Efraín decidió “bajar de los fríos” del Canadá y establecerse en el cálido manglar; desde entonces ha sido mi anfitrión, su casa mi casa como antes en el DF. Fue primero aquel balcón frente a la intercostal de North Bay Village y ahora éste de la Collins alta, donde ponernos al día de uno y mil temas mientras tomamos el café o la cerveza y él se envenena con su humo.
En esa ciudad, cada vez más metropolitana, me reencontré también, viaje tras viaje, con mis primos Astrid y Encito, con Marlenys y Orlando ―la vida, pródiga, me ha dado dos hermanos con el mismo nombre: La O y Montes de Oca―, con Germán Guerra. Allí he admirado esa manera casi furibunda con que los cubanos han intentado reproducir la isla, sus costumbres más esenciales, en un afán de no quedarse sin raíces. Allí, hace dos sábados, supe que ya estaba en un pedazo de patria cuando en el Havana’s on the Bay una cubanita, que seguramente se llama Yuniaikys, le pedía: “No me la saques pero no me mientas” a un cubanito que bien pudiera llamarse Yasniel, el cual respondía profiriendo a diestra y siniestra, una y otra vez, a vivo grito, ese enfático mantra isleño que empieza en pin y termina en ga.
El lunes a mediodía, mientras Elegguá, yo y mi cortaúñas estábamos embarrados en la arena, ensordecidos por el estruendo de las olas y el viento, intenté establecer una comparación entre ejercer mi actividad favorita ―pensar― front the ocean o hacerlo en la oficina. La conclusión fue contundente: ¿a quién se le ocurre esa comparación? Disuadida, pues, en ese primer intento, me puse a pensar entonces que no quiero que incineren mi rollizo cuerpecito; ésos son hábitos de inquisidores y verdugos medievales. Pero si lo hicieran ―quién le asegura al muerto que se respetan sus últimas voluntades…―, que esparzan mis cenizas no en el mar ―¡ni que fuera tiburón o medusa!―, sino en la playa, en esa franja de arena donde acaban las olas en un baño de espuma.
Para fortuna de todos ―incluidos mis pacientes y magnánimos lectores―, la noche me iba a deparar mejores alegrías. En la terraza de Germán y Carina, a orillas del lago donde deambulan felices los aligátores, volví a abrazar, después de 20 años de no separarnos un segundo pero de no vernos personalmente, a mi hermana Ena, a Heriberto, a Daína, a Cenzano, a Carlitos Pintado… volví a compartir con mi querida Elena Tamargo y conocí a otros tantos viejos amigos de la internet: Teresita Dovalpage, William Navarrete, Néstor Díaz de Villegas, Jose...
Si sólo hubiera ido a Miami para esa ocasión, habría valido la pena… que pena no hubo ninguna. Pero el día siguiente me aguardaban más sorpresas. Después de un almuerzo y paseo meridiano por Las Olas Boulevard de Fort Lauderdale con Efraín y Orlando, la noche lluviosa ―algún asunto pendiente debo tener vaya usted a saber con qué orisha que dondequiera que llego convoco a la llovizna, si no al aguacero, así sea el Sahara más sediento―, al entrar en la carpa del Café Bohemio de la XXV Miami Book Fair International, el primer abrazo fue de María Isabel Rodríguez Giraudy ―¿nunca podré llamarla por su nombre de casada?― y a continuación fue una cadena: Alejandro Ríos, Alex “Papagayo” Fonseca, Carlos del Pino, George Riverón, Juan Carlos Valls, Luis de la Paz, Reinaldo García Ramos, Maricel Mayor… Justo entonces recordé lo que me dijo Susana hace unos meses, la noche del homenaje a Osvaldo Navarro en la Casa Lamm: “Parecieras otra persona… Éste es tu ambiente natural; ésta eres tú”.
Alejandro Ríos nos dio la bienvenida, Germán presentó a Cenzano, Ena me presentó. Con la boca abierta, a pesar de algún que otro desconcierto y de su limitada distribución comercial, me ha dado grandes satisfacciones, pero nunca antes me sentí tan cómoda, tan a gusto, leyendo esa primera parte del “Retablo para amores imposibles” que recrea, además del amor irrealizado, que es su buen pretexto, aquella Habana de principios de los noventa. Una vez más desfilaban ante mis ojos y los oídos de los presentes el gentío del bulevar de San Rafael, los libros prohibidos, el bullicio de Centro Habana, la música de entonces y de siempre, los sorbos de aquel ron nicaragüense, Margarita y el miedo de que dijera no.
Siempre voy a todos lados con el tiempo contado; debe ser un sino. Yo que añoro y envidio esas estancias largas de que hablan las biografías de los escritores míticos, aquellos periplos sin rumbo fijo. Aun así, siempre hay espacio para las anotaciones que después se convierten en materia poética. Allí, en el balcón de Efraín, frente a esas aguas que también tocan las costas de la isla, escribí los versos que darían lugar, días después, a este poema:


VEINTIUNO

Y entonces habló el mar
repitió entre palmeras un guarismo.
En esos días en que enardece el celo
la playa es una niña juntando caracoles
una mano en el hueco de mi mano.
Ése es el resplandor que convoca a las ánimas
fantasmas que ante mí se corporizan
viejos abrazos sí resucitados
círculos que también ha aprendido mi alma.
El verdor
que es la marca del paisaje
nada quiere decir
sólo el curso natural que estos días extraños
siembran en mi cabeza
al fondo de mis ojos
allí donde se enreda esta absurda película.
Las cuentas caen al mar
se hacen guarismo
valses de ingravidez.
Desde un balcón
alzada por el aire
describo una pirueta y otros actos de suerte
convoco a mis fantasmas.


jueves, 13 de noviembre de 2008

Lo que cuenta el que allí estuvo

Una de las fotos que tomó Ena Columbié durante mi lectura de la
primera parte del "Retablo para amores imposibles" el pasado martes

En lo que el camino retoma su curso y mi alma, todavía eufórica, vuelve a la normalidad de cada día, les comparto la crónica que hizo William Navarrete de mi participación, el pasado martes 11 de noviembre, en la Feria Internacional del Libro de Miami.


Pueden leerla en:

¡Gracias, William!




Con la boca abierta puede comprarse en:

martes, 4 de noviembre de 2008

La peor de todas

Cartel de la exhibición en inglés de
Yo, la peor de todas


Ensaimada es una palabra de mi niñez, registrada antes que, por ejemplo, gaseñiga. Sin embargo, la memoria la borró. La había olvidado completamente hasta que en 2004 Arístides compró media docena en una panadería del barrio de Ruzafa, en la mediterránea Valencia. Entonces, la palabra encantada regresó desde mi infancia en un segundo. No recordaba el panecillo pero sí su nombre: ensaimada. Mi abuela Lola y mi tía Noris las compraban en El Nuevo León, la dulcería de Carnicería y San Germán, o en aquella otra de Corona y San Francisco donde hacían tan sabrosas señoritas.

Ése es el primer párrafo de la crónica que debió ocupar este espacio. Pero desde el amanecer una monja jerónima invadió mi mente y ha estado a mi lado durante todas mis actividades del día. Y como esta mujer extraordinaria no me ha dejado escribir nada más que su propia y fascinante historia, he decidido que, en ocasión de su próximo cumpleaños, por esta vez mis dos blogs compartan el mismo texto. Puedes leerlo a continuación o, si lo prefieres, allá: en Sáficas.



Sor Juana, la peor de todas



En San Miguel Nepantla, un pueblito asentado a los pies de los volcanes, en las inmediaciones de la barroca capital de la Nueva España, nació el 12 de noviembre de 1648, según algunos, o de 1651, según otros, una niña a la que pusieron por nombre Juana Inés. La De Asbaje y Ramírez de Santillana no era una niña “normal”: muy pequeña, aprendió a leer a escondidas de su madre y en 1659, a los ocho o diez años, ganó un premio por una loa al Santísimo Sacramento.
Mucho tiempo después escribiría en su Respuesta de la poetisa a la muy ilustre Sor Filotea de la Cruz: “Desde que me rayó la primera luz de la razón, fue tan vehemente y poderosa la inclinación a las letras, que ni ajenas reprensiones —que he tenido muchas—, ni propias reflejas —que he hecho no pocas—, han bastado a que deje de seguir este natural impulso que Dios puso en mí”.
En 1660 es enviada a casa de su tío Juan de Mata en la ciudad de México, donde en 1664 es recibida en el Palacio del Virrey, sitio que frecuentará en lo adelante, al convertirse en dama de honor de Leonor de Carreto y favorita de las siguientes virreinas, la marquesa de Mancera y la condesa de Paredes, a quienes dedicará encendidos versos. Quienes vimos Yo, la peor de todas (1990) de María Luisa Bemberg —basada en Sor Juana Inés de la Cruz o Las trampas de la fe de Paz—, seguro recordamos especialmente aquellos encuentros vespertinos con la virreina a quien, como buena ricachona poderosa, en su afán de halago y reverencia, le encantaba la calentadera.
Las imágenes de la Bemberg en aquella película que vi en el cine Yara de La Habana, en un Festival del Nuevo Cine Latinoamericano, se mezclan ahora con el escenario real: ese imponente convento de San Jerónimo que hoy acoge a la Universidad del Claustro de Sor Juana. En el patio rodeado de galerías, retumban las voces del acto en el cual, en 1669, profesó con el nombre de Sor Juana Inés de la Cruz. Allí tendría una celda de dos pisos que fue su refugio de creación y en punto de reunión de poetas y escritores novohispanos, como su amigo Carlos de Sigüenza y Góngora. Ahí la imagino, gracias a la Bemberg y a la pintura colonial mexicana, puliendo sus versos, debatiendo de filosofía, haciendo experimentos científicos, fantaseando —¿o realizando?— sus romances.
Cultivó todos los géneros literarios, sacros y paganos. Desde la lírica y el teatro hasta la epístola. Inmersa del espíritu barroco, hermanada con Góngora, Calderón y Gracián, es la máxima figura de las letras latinoamericanas del siglo XVII. En 1680 dirige el Arco Triunfal con que se recibe en la Catedral Metropolitana a los virreyes de Paredes; en 1689 se publica en Madrid el primer tomo de sus obras, Inundación castálida de la única poetisa, musa décima, sor Juana Inés de la Cruz, que es reeditado un año después; en 1692 ve la luz el Segundo volumen de las obras de sor Juana Inés de la Cruz.
Pero la fama de la jerónima, sus “irreverencias” e “impropiedades”, causabas demasiados escozores. A su confesor, Antonio Núñez de Miranda, le disgustaban sus actividades intelectuales, atípicas en las mujeres de su época, y varias veces la instó a renunciar a ellas. Después, se vio involucrada en la disputa teológica con el obispo de Puebla, Manuel Fernández de Santa Cruz, que diera lugar a su famosa Respuesta a Sor Filotea de la Cruz. Como fruto de esa envidia y ese celo, mientras en Europa eran reeditadas sus obras y devoradas como pan caliente, fue obligada a despojarse de su biblioteca y de su colección de instrumentos musicales y científicos, y a renunciar a la literatura. Así la sorprendió la muerte en la madrugada del 17 de abril de 1695. Cinco años después se publicó en España el tercer tomo de su obra, Fama y obras póstumas del Fénix de México.
A pesar de su diatriba a Sor Filotea y de “Hombres necios que acusáis/ a la mujer…”, que tanto nos sirven hoy como banderas, no había en aquellos ya lejanísimos ayeres conciencia feminista y mucho menos lésbica. En los textos que van a leer a continuación, de sus Sonetos de amor y de discreción, sólo está el puro fluir del sentimiento y del impulso creativo que, atrevida como era, tantos desaguisados le provocaron a la Madre Juana, “la peor de todas”.


En que satisface un recelo con la retórica del llanto.

Esta tarde, mi bien, cuando te hablaba,
como en tu rostro y tus acciones vía
que con palabras no te persuadía,
que el corazón me vieses deseaba;
y Amor, que mis intentos ayudaba,
venció lo que imposible parecía:
pues entre el llanto, que el dolor vertía,
el corazón deshecho destilaba.
Baste ya de rigores, mi bien, baste;
no te atormenten más celos tiranos,
ni el vil recelo tu quietud contraste
con sombras necias, con indicios vanos,
pues ya en líquido humor viste y tocaste
mi corazón deshecho entre tus manos.



Que explica la más sublime calidad del amor.

Yo adoro a Lysi, pero no pretendo
que Lysi corresponda mi fineza;
pues si juzgo posible su belleza,
a su decoro y aprehensión ofrendo.
No emprender, solamente, es lo que emprendo:
pues sé que a merecer tanta grandeza
ningún mérito baste, y es simpleza
obrar contra lo mismo que yo entiendo.
Como cosa concibo tan sagrada
su beldad, que no quiere mi osadía
a la esperanza dar ni aun leve entrada:
pues cediendo a la suya mi alegría,
por no llegarla a ver mal empleada,
aun pienso que sintiera verla mía.


De una reflexión cuerda con que mitiga el dolor de una pasión.

Con el dolor de la mortal herida,
de un agravio de amor me lamentaba;
y por ver si la muerte se llegaba,
procuraba que fuese más crecida.
Toda en el mal el alma divertida,
pena por pena su dolor sumaba,
y en cada circunstancia ponderaba
que sobraban mil muertes a una vida.
Y cuando, al golpe de uno y otro tiro,
rendido el corazón daba penoso
señas de dar el último suspiro,
no sé con qué destino prodigioso
volví en mi acuerdo y dije: —¿Qué me admiro?
¿Quién en amor ha sido más dichoso?


Que contiene una fantasía contenta con amor decente.

Detente, sombra de mi bien esquivo,
imagen del hechizo que más quiero,
bella ilusión por quien alegre muero,
dulce ficción por quien penosa vivo.
Si al imán de tus gracias, atractivo,
sirve mi pecho de obediente acero,
¿para qué me enamoras lisonjero
si has de burlarme luego fugitivo?
Mas blasonar no puedes, satisfecho,
de que triunfa de mí tu tiranía:
que aunque dejas burlado el lazo estrecho
que tu forma fantástica ceñía,
poco importa burlar brazos y pecho
si te labra pasión mi fantasía.


Discurre inevitable el llanto a vista de quien ama.

Mandas, Anarda, que sin llanto asista
a ver tus ojos; de lo cual sospecho
que el ignorar la causa, es quien te ha hecho
querer que emprenda yo tanta conquista.
Amor, señora, sin que me resista,
que tiene en fuego el corazón deshecho,
como hace hervir la sangre allá en el pecho,
vaporiza en amores por la vista.
Buscan luego mis ojos tu presencia
que centro juzgan de su dulce encanto;
y cuando mi atención te reverencia,
los visuales rayos, entretanto,
como hallan en tu nieve resistencia,
lo que salió vapor, se vuelve llanto.