martes, 1 de septiembre de 2009

San Germán 534




Anoche, mientras esperaba el sueño, me puse a recorrer en el recuerdo el barrio de mis abuelos en Santiago de Cuba. Casa por casa, como si los estuviera viendo con los ojos de la realidad más inmediata, caminé las calles y callejones que transitaba para llegar a la escuela donde cursé la primaria, regresar a mi casa de la calle Aguilera o visitar a los primos para los que no era aún esta gusana de la que no conviene recibir correspondencia, cuando todavía a su abuelo no le habían expropiado la tiendita de abarrotes donde en las tardes ardientes tomábamos materva o refresco de limón.
Recién cumplidos los dos años, en febrero de 1966 mi abuela Cristina tuvo que someterse a dos operaciones por lo que le sería imposible cuidarme. Hija de padres trabajadores, sin otra opción decidieron mandarme a La Creche —que entonces ya se llamaba "Ana de Quesada" en honor a la esposa del Padre de la Patria—, un círculo infantil —guardería— de la avenida Victoriano Garzón. Ése fue mi segundo exilio; el primero, el que sufrimos todos: la expulsión del vientre materno.
Cuentan que en las pocas semanas que sobreviví allí, cada tarde regresaba a casa muda; me acostaba y me levantaba al otro día sin decir una palabra. Ni siquiera cuando me llevaban de paseo o a jugar a la Plaza de Marte abría la boca. En menos de un mes me enfermé de faringitis, sarampión y me salieron manchas blancas en la piel. El doctor Fábregas, el médico de la familia por décadas, le dijo a mi mamá que, más allá de la mala atención que pudiera haber en el círculo, estaba muy traumatizada y le recomendó sacarme. Una de aquellas mañanas mi tía Noris vio desde la guagua que la trasladaba a su escuela en Vista Alegre, cual si se tratara de un campo de concentración nazi, a una criaturita agarrada de la cerca metálica llorando desconsoladamente. No tuvo que aguzar demasiado la mirada para darse cuenta de que era yo. No hizo más que llegar a su destino y llamó a contárselo a mi abuela Lola, y ella a mi abuelo José, quien decidió deshacerse del camión de mudanzas que le iba a nacionalizar el gobierno revolucionario por considerarlo “propiedad privada”, aceptar la jubilación que le ofrecían a cambio y dedicarse a criar a la nieta mayor.
Aunque en las noches dormía en la de Aguilera, la casita de San Germán entre Calvario y Moncada se convirtió desde entonces en mi hogar. Allí veía a mi abuelo afeitarse con aquella navaja que de puro milagro no lo degolló y a mi abuela hacerse diariamente las pruebas de la diabetes e inyectarse la insulina. Allí jugaba sola a los mambises o a los mosqueteros, empuñando el palo de hervir la ropa como espada o machete, y les diseñaba casitas imaginarias a las bolas —canicas— en las macetas del patio. Allí olía la crema de almendras con que mi tía se humectaba las manos y observaba a Pepín calificar exámenes o preparar clases en el balancito que adaptaba como escritorio atravesando una plancha de madera sobre sus brazos.
Como miembro de esa familia compartía sus secretos: sabía que el dinero, que no se llevaba al banco, se escondía entre las páginas de un libro de Martí y que en la esquina que dividía los cuartos había un altarcito para San Lázaro. Y ayudaba en las labores domésticas: escogía el arroz con mi abuela, ponía betún a los zapatos, pasaba el brillador por la sala y la saleta y después nos acostábamos a dormir la siesta en el piso limpio y fresco porque su dureza era buena para la columna vertebral, y oíamos novelas y programas humorísticos en un radio apolillado y enorme que parecía como de la segunda guerra.
Allí ayudaba a mi abuela a batir nata y convertirla en mantequilla, a cocinar el arroz blanco con huevo hervido y me tomaba el juguito avinagrado que quedaba en el platón de la ensalada, cuyos yerbajos nunca me hicieron mucha ilusión. Allí esperábamos, ansiosas, el regreso de mi abuelo que los jueves iba a El Caney a comprar frutas de las que ya no llegaban a los mercaditos de la ciudad: nísperos, caimitos, guanábana, anón, mamoncillos, cañandongas, zapotes, piñas, melones de agua y de Castilla… Allí les sacábamos las semillas a los tamarindos para hacer una champola divina, elíxir de los dioses, que siempre acababa “aflojándome la barriga”.
Cuando los aguaceros del verano hacían crecer el caudal de las cunetas que parecían ríos, mi tía y yo fabricábamos barquitos de papel que despedíamos desde el escalón y veíamos alejarse hacia la calle de Carnicería, por donde cada tarde bajaban los cortejos fúnebres que iban hacia Santa Ifigenia, ese hermoso cementerio adonde reposan, entre otros, los restos de Martí, el apóstol.
Éramos bastante humildes, pienso ahora cuando recuerdo las maderas viejas y ahuecadas del segundo piso de los vecinos, por donde en las noches se colaban haces de luz, el adobe abofado o la pintura descascarada de algunas casas del barrio, los escalones ruinosos de Monina y el balcón volado a punto de caerse. Pero sobre todo cuando rememoro, detalle a detalle, la bellísima residencia —nada del otro mundo a los ojos de hoy— del ex magistrado de justicia de cuando el batistato que vivía enfrente, con patio, traspatio arbolado, azotea y un despacho con muebles de caoba y de ébano que se veían desde la calle por entre las persianas. Tan linda y tan cuidada que, ya perdidas con la revolución las posibilidades de ingresos extraordinarios del viejo juez, la rentaban clandestinamente para hacer las ridículas fotos de las quinceañeras del vecindario, Piri y yo incluidas llegado su momento.
En las tardecitas, cuando bajaba el sol, acompañaba a mi tía a las iglesias de Trinidad y Santo Tomás, ella a rezar —supongo— y yo a mirar, con asombro y temor, esas estatuas vestidas de terciopelo. También íbamos a cuanto santero o espiritista “nuevo” le anunciaban sus amigas; a cuanta señora echara las cartas o leyera el futuro por un peso y un medio. Y después, al mercado de Martí a comprar radiantes, azucenas, velas, tabacos, hojas de algodón, abrecamino y vencedor, y productos que no estaban racionados por la libreta porque a la brujería no le vienen nada bien los pichicateos.
Esa cuadra era la sede de La Kimona, comparsa que desde tiempos inmemoriales llenaba los carnavales santiagueros de aquel canto: “Mírala qué linda viene,/ mírala qué linda va,/ la comparsa La Kimona/ de Calvario y San Germán”, cuyo último verso fue cambiado por “con su jardín oriental” cuando las agrupaciones carnavalescas barriales también pasaron a tener subordinación estatal. Mi abuelo odiaba el escándalo de las orquestas y a mi abuela hasta le subía el azúcar; para nosotros era fiesta desde que empezaban los ensayos, meses antes, hasta que los disfraces coloridos inundaban la calle.
“La patria es la infancia”, dicen que dijo Baudelaire y creo que la mía terminó a los ocho años, cuando Piri ya tenía edad de ir a la escuela y debíamos acompañarnos. En ese momento, me fui para siempre de la casa de los abuelos. Fue mi exilio definitivo; los siguientes no han sido más que acumulación y confirmaciones.
El martes pasado salí de casa de Celia bajo un furioso aguacero, como aquellos de los barquitos perdidos. Cabizbaja, iba pensando en el enramado de caminos desbrozados durante la sesión —muchos de ellos senderos de la infancia—, cuando un carro que avanzaba muy pegado a la banqueta —o sea, la acera— levantó una cascada que fue a bañar de pies a cabeza toda mi humanidad a pesar de la inútil sombrilla. El golpe del agua fue como un despertar. ¿Cuántos de estos caminos, me pregunté, son continuación de aquéllos? ¿Cuántas de estas aguas ya mojaron mi cuerpo y cuántas veces?
“No vuelvas a los lugares donde fuiste feliz”, aconsejaba el gran Eliseo. “Al doblar de cada esquina, siempre está el pasado”, dice Daína Chaviano en esa novela maravillosa —es el adjetivo exacto— que se titula La isla de los amores infinitos. A medio camino entre los dos voy preguntándome qué es el pasado y qué, el presente. ¿No están acaso mis abuelos eternamente juntos en mi recuerdo? ¿Y Pepín y mi papá, jóvenes y gorditos? ¿No sigo yendo con mi tía y Sonia a que las brujas nos diga que ésta es la vida y hay que andarla en todas direcciones? Y que en ella estamos todos para siempre porque yo así lo quiero… ¿Y por qué no?

21 comentarios:

Teresa Dovalpage dijo...

Qué bella evocación de al infancia, tiene un regusto proustiano con baño de agua de al calle en vez de magdalenas, pero qué importa. Hermoso. Me ha traído algunos recuerdos a mí también, como el de la cema de almendras para las manos....a mí me encantaba comérmela. ¡Barf!

Escombros hablaneros dijo...

Mi querida estamos en la misma frecuencia, Santiago me duele tanto como La habana.

Gioconda Carralero Dominicis dijo...

Odett, la nostalgia es nuestra hermana, que nos alimenta y nos llena de esperanza.
Saludos
Gioconda

Vero dijo...

qué hermosoooo, me conmovió mucho, mi familia materna es de Santiago, mis vacaciones de pequeñita eran en Santiago en la casa de mis abuelos, me trajiste tantos oleres que pensé que ya no recordaba...

Lily P. dijo...

Que recuerdos Odette, yo tambien estuve en el Ana de Quesada, ese circulo infantil que realmente no me trae agradables recuerdos por lo cruel que fueron algunas de esas 'tias' que trabajaban alli. Esa imagen tuya llorando agarrada a la cerca, me recuerda lo que me decia mi abuela de Jose Manuel, que hacia lo mismo, llorar por ella, cuando ella pasaba en sus atareos.
Esa imagen del niño llorando, desesperado por salir de ese lugar, conmovedor, igual de simbolica...

Mabel dijo...

mi querida odette... bien sabes lo que me conmueve tu texto, en este momento con especial fuerza. patria de la infancia perdida desde siempre; llanto total que está en la imagen de esa niña detrás de las rejas, que está viva en alguna parte... niña repetida a la que debemos cuidar y amar hasta el infinito...
Gracias por los abuelos, las tías, esos personajes que a pesar de la ruina mayor, nos salvaron...

Dina dijo...

Qué hermosa evocación. Todos los detalles son enternecedores. Ya no averigues sobre el presente, todo está en el pasado. Solo te agrego algo que escuché hace poco: lo perdido se vuelve a la postre en lo más querido.

Lázaro del Toro dijo...

Qué bonitos recuerdos. Qué par de bichos tú y Piri, cada una en su estilo, haciendo de las suyas, en ese Santiago que algún día me gustaría recorrer (con ustedes dos mejor). Muy lindo, Odette. Gracias.

Kmilo dijo...

Dicen los rusos que añorar el pasado es correr tras el viento....
Pero a pesar de no ser santiaguero me ha traido una brisa llena de recuerdos el parque hoy.
Otra vez, gracias, Odettica de los exilios

Viky dijo...

Hermana. Que hermoso Parque..., cuantos recuerdos comunes, para mi son tambien muy cercanos.
Nunca olvido las tardes de juegos en tu casa; al mejor de los maestros, Pepin, que me salvo la vida en 5to grado; la bella calle de San German y la pareja de viejitos que vivian frente a la casa de tus tios; como tocaba los timbres rumbo a Trinidad; la iglesia a la que iba a jugar. Son muchos los recuerdos y creo que las aguas las mismas.
Olvidaste los viajes de pioneras, en los que tenia que dormir en tu litera, junto a ti, hasta que llorando quedaras dormida.
Un quiero enorme.
Vk

jtg dijo...

Bonito relato, querida amiga. Gracias... Ah, y cuidado con la memoria; esa tirana insaciable que nos acaricia o nos apalea según le de su veleidoso quid. Sujétale las bridas para que se mantenga en ese estadio de remolona paz. Te noto feliz ahí... Cómo no. Te abrazo
Jorge

Evidencias dijo...

Cuantos recuerdos he invocado con este post.
Gracias por la salpicada.

Nancy Estrada dijo...

Gracias, pero considero el vientre materno como dice el poeta cubano Raulito Ortega en "Las mujeres fabrican a los locos": "nueve meses en el hotel mas confortable", es el paso a la Vida!, recontra no me seas tragica! (risas), nuestro primer Universo, y despues sin aspirina jajjajajajaa para el mundo lleno de luces, colores y agonias y tambien por que no? la "felicidad" que podamos alcanzar.
Un abrazo fuerte que te alcance para el dia.
Nancy

litaperezcaceres.blogspot.com dijo...

Bellísima prosa Odette y muy sentido el recuerdo, yo tambien creo que la infancia es el país de los recuerdos. Es la primera vez que entro en tu blog y desde ahroa ya no dejaré de ahcerlo. Considero que el único valor del exilio es que te da otra visión de la vida, aprendés a mirar mejor todo, lo vivido ayer y lo de hoy. Quienes hemos abandonado nuestras raíces somos mujeres de dos mundos, o de tres o de los que quiers. El que vivimos en el pasado está allí, omnipresente, como un refugio al que siemrpe acudimos. Sobre todo cuando las memorias nos acosan pidiendo un poco de paz. Gracias por escribir así. Lita.

el goty dijo...

a que matas mujer y no con cuchillos cachicuernos, tu prosa me transporta y me destroza, los recuerdos si estan detras de cada esquina, pero solo si la esquina es parte de tu alma , yo todavia vuelvo , en sueños, y redescubro hasta el olor de los mangos del caney, que hurtabamos inocentemente (eso pensabamos) de las fincas estatales. Me cago en prin y en topete, eso me mata!!!

Juan Carlos Quiroz dijo...

Martí, Martí siempre, siempre guardando tesoros (en casa de tus abuelos literales y literarios). Hermoso texto, sólo puedo decir eso, en verdad, hermoso texto.

Quevedo dijo...

Hermosa crónica Odette, acabo de leerla, dice mucho de tus adentros, como siempre gracias, es un lujo tenerte aunque sea sólo a partir de cada martes.
Besos.

Faranyi dijo...

Santiago es poesia, inspiracion, recuerdos. Me has hecho recordar de nuevo a una ciudad que llevo a donde quiera que voy, que me vio crecer y hacerme lo que soy para andar por los mundos, orgulloso de mis origines y cada dia tratando de ser de alguna forma orgullo de esa ciudad. Gracias Odette, por tantos recuerdos y por la forma en que los escribes, muy bonito. Ojala podamos retriburle a nuestra ciudad los que nos dio.

JOSÁN CABALLERO dijo...

Qué maravilla de post y recuerdos, Odette. La memoria afectiva y emotiva haciendo de las suyas contigo. La teoría de los contextos carpenterianos completica en tu obra. Estoy fascinado. Entré a saludarte y salí extasiado. Gracias, amiga, conste, que eres la primera en ser laureada con el Premio del Recuerdo ECLIPSE DE MAR, a los mejores post de la Blogosfera Cubana, que lo entregaré muy pronto, sin embargo, no vine por eso, sino porque tienes un Premio esperándote en mi blog, desde el lunes pasado, Día del Blog, así que te felicito nuevamente y te espero por allá, para que lo recojas y lo instales en tu blog, amiga poeta de las grandes. Un abrazo y saludos, Josán Caballero.

Anónimo dijo...

Lo que yo me pregunto es por qué no me puedo acordar así de Pinar del Río, chica, ¿por qué?. Ya sabes quién soy, la de Chetumal, igualitico a Pinar del Río, pero con malecón.

EL ANGEL NEGRO dijo...

COMO EN ABDALA: CUANTOS RECUERDOS, CUAN TERRIBLE ANGUSTIA, MI MADRE LLORA.....
CUANTAS COSAS VIENEN A MI MENTE, QUE CALIENTE LAGRIMA ATRAVIESA MI MEJILLA...
GRACIAS ODETT, GRACIAS....