martes, 12 de febrero de 2008

Extranjeros

Agustín y yo recién llegados a México
febrero de 1992
(Archivo Labrada)


A mi hermano Agustín Labrada,
a Ramón Iván, que nos trajo,
a Chelís y Barry, que me ayudaron a legalizarme,
a los amigos, cubanos y mexicanos, gracias a los que sobreviví.


El vuelo de Cubana de Aviación tocó tierra en Cancún poco después del mediodía del 10 de febrero de 1992. La bocanada de aire que nos dio la bienvenida fue la más caliente y húmeda que hubiera sentido en mis 28 años. Ya abajo, junto a la mesita de Migración —ese aeropuerto era entonces un cucuruchito—, nos esperaban Darsi, Joel Cano y Alexis Núñez Oliva. Los amigos nos hacían sentir que estábamos llegando a casa y que allí estaban ellos con el ancho abrazo en el que siempre hallaríamos cobijo.
Meses antes, recién llegado de Madrid, un todavía deslumbrado Bladimir Zamora me contó su encuentro con Gastón Baquero. El apartamento, decía, era como una isla de la que el viejo bardo salía pocas veces. En las paredes había cuadros de Martí y Maceo, del escudo nacional y la bandera. Después de una larga conversación llena de las indagaciones propias de la nostalgia, el enorme poeta lo invitó a almorzar: arroz con garbanzos, tasajo, plátanos maduros fritos, casabe y, de postre, dulce de guayaba con cremita de leche.
Viví en aquella anécdota mi primer encuentro con esa otra realidad de la cubanía, la de los exiliados. Entonces, asombrada, escribí: “He ahí una prueba de cómo el exilio exacerba la nacionalidad, y la identidad cultural se conserva con más celo del que tenemos aquí”. Y la vida me dio la oportunidad de comprobarlo: he visto más casas y paladeado más almuerzos como ésos de los que pudiera haber conocido durante mis casi tres décadas en Cuba. En México, Miami, Nueva York, Madrid, Valencia, Barcelona y en cada rincón donde se encuentre un cubano cargando con su isla, con el ajiaco, los tostones y el congrí, la yuca con mojo y las frituras de malanga, los casquitos de guayaba y la malta con leche condensada, con los orishas y la Virgen de la Caridad, Los Van Van y el Beny, Silvio y Pablo. Porque la pérdida del sentido de pertenencia le hace aferrarse a su identidad, única raíz que puede conservar, y reproduce su patria en cualquier lugar en donde se detenga o se asiente.
En la cotidianidad del cubano actual, las demandas de la inmediatez suelen olvidar a Martí y a Maceo. Nadie se cuestiona qué tan cubano es el otro ni qué tan fiel a su identidad es uno mismo porque sean como fueren, les gustara la música que les gustare, profesaran la creencia que profesaren, todos los habitantes de la isla son cubanos. Cubanos no, cubanísimos, aunque muchos de ellos maldigan haber nacido allí, se recondenen la vida con las guaguas y el calor y el hambre y los apagones y el café de la libreta y el alcohol a toda hora y sólo miren al mar para soñar que algún día estarán del otro lado.
Pero cuando se ha cruzado esa inmensidad azul, entonces se dispara como un fuelle aquel concepto sagrado de la tierra más fermosa aprendido en La historia de mi Patria y en los cuentos de los viejos, y la sobrevivencia del alma —y a veces hasta la del cuerpo— se sostiene sobre la invención de una nación de ensueño. Alrededor de una Cuba edificada de recuerdos, de mitos ajenos o anécdotas muy viejas, se constituyen esas pequeñas ínsulas de compatriotas que comen la comida que no comen en la isla más que en los días de gran fiesta, oyen la música que aquéllos despreciarían, lloran a moco tendido recordando el malecón y así refuerzan la noción de que algún día, cuando acabe de pasar lo que ya no puede tardar mucho, regresarán a la tierra. Porque mientras los de allá se ilusionan con nuevos horizontes que no los limiten, sucede con frecuencia que, sobre todo al principio de todo exilio, los de acá solemos limitar nuestra vida y nuestros horizontes a la culpa eterna de haberlos traicionado de algún modo y a la esperanza de volver.
Cuando decidí permanecer en este país fascinante, lleno de contrastes y sorpresas, encontré con las manos extendidas a los primeros compatriotas. Ellos fueron refugio para la soledad y la nostalgia, reencuentro con la isla portátil que todos llevamos bajo el brazo y desdoblamos, armándola y desarmándola en cada encuentro. Y compartí con ellos la fascinación de los descubrimientos: esa sensación telúrica de que estas calles no me eran del todo desconocidas, la admiración por esta cultura enorme y milenaria, la visión de las nieves blanquísimas de los volcanes o de esa cazuelita incandescente en la cima del Popocatépetl, el picor del habanero y el chipotle que te dejan en el punto más cercano al paro respiratorio, la hilaridad que nos producían, entre otros tantos, esos carteles de “Tortas cubanas” o “Se solicita muchacha activa”. Y también el choteo, la crítica a ultranza, el juicio arrogante y la irreverencia que nos son consustanciales.
Eran tiempos de furia aquellos inicios de los noventa. Una avalancha de cubanos llegaba en asombrosas oleadas y las leyes migratorias se recrudecieron. Nuestra permanencia en el país azteca era un sobresalto constante. El fantasma de la ilegalidad —y con él, la cárcel, la deportación, el desempleo— pesaba sobre todos tratando de reducirnos sin clemencia. Pero nos aferramos a este suelo con esas raíces que volaban en el aire y en cualquier pequeño apartamento, cualquiera de esas noches heladas se armaba el rompecabezas de la isla y dormía uno más tranquilo y más abrigado, como en el cuarto de los hermanos en la vieja casa familiar.
Una esencia une al hombre con su entorno natal. En las calles donde aprendimos a caminar nada necesitaba explicación, todo era naturalmente armónico, había una pertenencia mutua. Al ser arrancado —o arrancarse— de ese suelo, el aprendizaje se convierte en adaptación. Viviendo entre dos tierras, con un pie en el valle tenochtitlano y otro en la isla, ese proceso de adaptación ha sido arduo y lento. En un país en el que las cosas se dicen diferente —o ni siquiera se dicen—, donde todo requiere de formalismos y rodeos, el desparpajo de los cubanos, nuestra manera desprejuiciada, escandalosa y acelerada de hablar, la gesticulación exagerada, pueden resultar graciosos pero también ofensivos. Ha sido difícil acostumbrarnos a otras normas de relación interpersonal —incluso amorosa—, a otra manera de concebir y de practicar el humor, a otra variante del idioma que puede sembrar la terrible semilla de la incomunicación y el malentendido.
Pero por encima de todo ello, que se supera más o menos con los años, lo verdaderamente terrible es esta sensación —¿certeza?— de que el exiliado ya no pertenece a la tierra de la que partió pero tampoco a la que empieza a descubrir. Que el resto de la vida será un extranjero dondequiera que se pare. Y en medio de la disyuntiva entre estas fatalistas conclusiones y la celebración festiva de la condición global de ciudadanos del mundo que iniciamos Agustín y yo hace 16 años, se aparece la Huesuda —dirían aquí— a hacerme ver, en sólo medio día, la dimensión exacta de la muerte en el exilio.
Siempre se muere solo y tal vez los ritos funerarios no sean más que formalismos sociales y conveniencias comerciales, pero las exequias de un desterrado suelen ser la más rotunda confirmación de su calidad de ajeno. El viernes, mientras el exangüe cortejo que acompañaba los restos de Osvaldo Navarro recorría el Paseo de la Reforma hacia el crematorio, me preguntaba cómo es posible que en esta hora infausta poetas como él no reciban el más mínimo homenaje público —ni una nota en el periódico— en la tierra que los vio nacer y a la que dieron gloria. Cómo es posible que la sede diplomática que debiera representarnos —cualquier embajada lo hace; la nuestra sólo nos saca dinero para mantener aquella economía en bancarrota que depende de los gusanos y las putas—, cómo es posible, me decía, que ni por equivocación alguien de la oficina cultural haya llamado a Elena, al menos para darle el pésame, siendo que Osvaldo, además de ser un escritor de sólida trayectoria, formó parte del cuerpo diplomático de aquel país. Cómo es posible que sus cenizas tengan que quedarse en lugares que le fueron inhóspitos en vida, en vez de ser regadas en el pedazo de patria al que hubiera querido regresar. Qué capacidad asombrosa ha tenido ese maldito hombre —que sí morirá en paz porque su proyecto de maldad y destrucción ha sido todo un éxito— para, aprovechando el temperamento apasionado, inmaduro y beligerante de los cubanos, echarnos a pelear en bandos irreconciliables —los cubanos de verdad y los gusanos; los gusanos de verdad y los de terciopelo, como bromeaba amargamente Félix Luis— y que no sea suficiente la soledad de la muerte, sino que tengamos que vivir sacándonos los trapos y los ojos, como si no bastara el dolor de subsistir en esta orfandad de los sin tierra, de los desperdigados por las tierras de otros.

11 comentarios:

Jorge dijo...

Interesante tu entrada. Extranjeros en propia tierra y extranjeros donde sea...

Anónimo dijo...

odette, un amigo de antes dijo una vez que 'la muerte no es la sed, es toda el agua', no se si sera asi, pero si lo fuera, donde quiera que esten las cenizas de osvaldo habra paz, la del poeta grande y la del hombre firme en lo que creyo.
en cuanto a que ya no somos de ninguna parte, la vida una y otra vez lo confirma.
sonia

vocesdehoy dijo...

Mi querida Odette, siempre admirando tu pluma profunda y realista ante temas de igual índole. Nos tocó algo muy fuerte...
me libero de cualquier comentario ante la dura realidad del emigrante. Te dejo unos versos que escribí, cuando mis pies transitaban por tierras ¨¨Ticas¨¨

... no estoy aquí ni allá, ni en lugar alguno donde no anclan mis raices. Y es que soy el viento, y es que soy la lluvia, y es que estoy sin tiempo.

Un abrazo

Manuel Sosa dijo...

Gracias, Odette, por saber transmitir lo que sentimos todos. Osvaldo Navarro es otro jirón que nos arrancan.

Omar Mederos dijo...

Ode querida: me has hecho reír y llorar, como en la vida toda y también estar de acuerdo, suscribir toditico cuanto escribes y agradecerte esa foto donde los dos están tan guapos. Gracias por estas reflexiones hermosas y hondas que me llenan el alma en días verdaderamente grises para mí.
Un beso.

Agustín Labrada dijo...

Durante mis últimos días en Cuba, en la barriada de Santos Suárez, Osvaldo Navarro fue mi vecino solidario. Muchas veces compartimos el pan y el ron, y en ese tiempo me acerqué sin prejuicios a su buena poesía y a ese relato magnífico del testimonio cubano: El caballo de Mayaguara.
Osvaldo y Elena, recién llegados de Moscú, donde trabajaron en el servicio diplomático, habían convertido su casa hacia 1991 en espacio de tertulia. Meses después, los dos fueron a despedirme la noche antes de mi viaje a México, sin saber entonces que ellos seguirían el mismo camino.
Aún recuerdo emocionado la presentación que hizo junto contigo, Odette, y Osmar Sánchez Aguilera de mi libro Más se perdió en la guerra en la ciudad de México, en el año 2000, improvisada y profunda, que nunca grabamos más que en nuestra memoria, donde él seguirá vivo.
Elena y Nazim saben que cuentan con nosotros, que por encima de toda circunstancia perdura la amistad, que no está sola en su tristeza, que a los buenos textos escritos por Osvaldo no los toca el olvido y que, como dice Sigfredo Ariel: “…quedará la luz, brother, la luz y no otra cosa”.

Inés María dijo...

Amiga:
Me he quedado recapitulando (mala costumbre que conservo) aquellos duros 90. Como analizar el giro drastico de nuestras vidas? Como entender que hoy estemos tan distantes cada uno de nosotros? Yo tome la decision de dejar Cuba bajo razones de mucho peso y ya, cuando toda la maquinaria habia comenzado a rodar, era imposible pararla, pero te confieso que dude muchas veces de seguir adelante. Me monte al avion deshecha y llena de rencores de los que aun no he podido librarme. Por lo contrario, creo que con los años se ha convertido en un peso insoportable. En aquellos precisos momentos habia alcanzado muchas de las cosas que habia soñado como ideales para mi vida y todo tuvo que quedar atras para enfrentarme a esta sociedad huraña y materialista donde todas las caras eran nuevas y encima nadie hablaba mi lengua. Aqui no habian amigos ni conocidos, pero luego comprendi que ser inmigrante acabado de llegar tiene un desagradable olor a mierda. La gente te huye como si fueras portador de una enfermedad contagiosa en cuarentena, todo para no tenderte una mano, cuando lo que mas se necesita en esos momentos es un abrazo sincero y caluroso. Por estas latitudes los cubanos se americanizan muy pronto llegando al limite de la ridiculez. Por esa razon no soporto Miami y vivo rodeada de boricuas y dominicanos, que no dejan de tener tambien sus defectos, ironicamente mucho mas soportables que la hipocrecia a mi modo de ver la vida.
La llegada de la tecnologia ha llenado en gran medida esta soledad que duele y para la que no existe calmante porque he vuelto a tener comunicacion con los amigos de siempre, con los que escogi de forma voluntaria -lo mismo con los que como nosotras estan regados por el mundo como con los que quedan en la isla y ponen su estabilidad y hasta la libertad en riesgo por tener comunicacion con estas orugas (nada de gusanas) en lo que nos hemos convertido- y esto me satisface porque se que conservamos nuestra esencia.
No quiero dejarte sin decirte que cuando visite Santiago de Cuba, hace cinco años atras, a todo el que me preguntaba como era la vida fuera de las costas cubanas, le dije la verdad, le informe que era dura, durisima, que se sufre, se llora, se maldicen tantas cosas y lo peor es cuando te percatas que hemos sido los mismos cubanos los que hemos aportado un granito mas a la ya sobrada desinformacion en la que vive el pueblo. Pero tanto esfuerzo no sirvio de nada, porque lo unico en claro que saque fue que alguien me dijera que yo habia regresado mas comunista que cuando me fui. Entonces, por que me fui? Tu que me conoces de pi a pa: yo era comunista?
Te espero el proximo marte, hasta entonces, un beso.

Jorge Tamargo González dijo...

Odette, leí tus textos en "parquedelajedrez". Disfruté de ellos en todos los sentidos posibles: el literario, claro, el de la complicidad, el de la complacencia y también el de la rebeldía. Escribes muy bien. Manejas un castellano preciso y precioso que se deja leer -se hace leer- contra el rigor del tiempo y que cae a lo cubano en la justa medida, ésa que agrada sin empalagar. Sin embargo, en cuanto al mantenimiento de una cubanía a ultranza en la emigración cubana, siento que pudiera firmar cada una de tus palabras, y en muchos casos, firmar las contrarias dialécticamente hablando. Mira, tengo tu edad y llevo el mismo tiempo que tú fuera de la isla. He pasado -cómo no- por todos los niveles de nostalgia y de duda que comporta esta aventura; me ha costado mucho recuperar el equilibrio emocional necesario para poder disfrutar del enorme privilegio que es -o puede ser- la emigración. Después de 15 años de exilio, creo saber que lo que nos ha pasado, aun naciendo de coyunturas tristes y lamentables, puede devenir, debe devenir, en una suerte de cara bendición. Después de 15 años digo: qué manera de vivir dos veces en un continuo vital, qué privilegio. Claro, para poder disfrutar de este privilegio, no es nada recomendable lo que hacen muchos compatriotas, quiero decir, no recomiendo que se intente recrear la isla fuera de ella, porque ello conduce fatalmente a enfrentar la emigración aislado, nunca mejor dicho, sin capacidad para abrirse a una nueva realidad que te invita diariamente a la cópula más primigenia: la copula con nuestro ser social, ése que nos apartó de la bestia y nos convirtió en parte no segregable de esta gran tribu que es la humanidad... Cuando estoy con un cubano que lleva más de cinco años fuera de la isla y sigue haciéndose definir por y en sus "límites" -hablo de esos cubanos que sólo escuchan su música, comen su comida, veneran a sus ídolos nacionales- siento pena porque están desperdiciando una gran oportunidad. Dejar de ser lo que eres es imposible. ¿Para qué representar a diario únicamente ese personaje que no puedes evitar, sí ello te condena a un rincón de la obra? En fin, no conocía esa faceta de Gastón Baquero, un poeta universal, si me permites escasamente cubano, si por ello se entiende la postura reduccionista que conduce al cultivo de un arte maniqueamente folklorista. Gastón Baquero, fue, es, un poeta de siempre y de todas partes: un poeta clásico y universal. Vivió muchos años en Madrid, entiendo yo que mucho más pendiente de Virgilio y Mallarmé que de Maceo y Máximo Gómez. Pero quién sabe, todos tenemos un corazoncito con sus códigos indescifrables. Así de simples y de complejos somos. Avivar desde Madrid hoy día lo que representaron Maceo y compañía, con todos mis respetos a Gastón Baquero y a los mártires -cómo me cuesta ya esta última palabra- es venerar del fuego aquel trocito de pino que ardió porque debía hacerlo, sin comprender siquiera, qué alumbramientos venía a favorecer con su sacrificio.
Me he sentido muy cubano escribiéndote. Mucho más que cuando como arroz con frijoles. Muchas gracias por tus textos y por hacerme partícipe de ellos.
Un abrazo.

Anónimo dijo...

http://www.tellusfolio.it/index.php?prec=%2Findex.php&cmd=v&id=5018

gordiano lupi
www.infol.it/lupi

MAMADOC dijo...

Ésta sí se nos había quedado fuera. No creo que la eliminaras, sino que no entró:

Lo más trágico del asunto es que, gracias a la tecnología, más tarde o más temprano ¡todos acabamos por ser exiliados en nuestra propia tierra! Esa situación que tan bien describes y que tan bien conocemos... ["-lo verdaderamente terrible es esta sensación —¿certeza?— de que el exiliado ya no pertenece a la tierra de la que partió pero tampoco a la que empieza a descubrir. Que el resto de la vida será un extranjero dondequiera que se pare".] Todos ya condenados al desarraigo --como no encontremos soluciones viables a semejante desarraigo de los seres humanos sobre la tierra... y que para alguien tan lúcido como Iván Illich, es el problema de una cultura "desencarnada"... es decir, "virtual": El tsunami cultural perpetrado por la tecnología "de vanguardia"...

Bernardo Marqués-Ravelo dijo...

UN RECUERDO MÍNIMO PARA OSVALDO

Por Bernardo Marqués-Ravelo

Miami.— "El escritor cubano Osvaldo Navarro falleció el pasado jueves —7 de febrero— en la Ciudad de México, víctima de un infarto masivo, a los 61 años", eso dice la nota que apareció en El Nuevo Herald.
Conocí a Osvaldo Navarro Santana en 1974, de modo que llevábamos más de treinta años de amistad. El poeta, escritor y periodista, Raúl Rivero, que trabajaba por aquellos años en la agencia oficialista Prensa Latina, me lo presentó en casa de un entonces amigo común.
Desde aquella tarde — que recuerdo hoy gris y triste—, nos unió una corriente mutua de simpatia. Osvaldo estaba casado con su primera esposa (Gladys) y Osvaldito —su hijo mayor—, tendria alrededor de diez años, y los tres vivian en un sobrio apartamento en la barriada de Luyanó.
Teníamos varias aficiones en común: la poesía, primero. Y después nuestro interés por las letras, y la historia como materia de investigación, principalmente. Y alli, sentados en la sala de su casa, pasábamos las tardes, después de la jornada laborar, amparados tras un vaso de tinto, y hablando de textos de nuestros escritores preferidos. A saber: Martí, Julián del Casals, Vallejo, Borges, Machado, Hernández, León Felipe, y Neruda, sin desdeñar a los poetas repentistas, que Navarro conocia con minucia.
Platicábamos de lo humano y lo divino. Me asombraba —me asombró en aquellos primeros encuentros—, la memoria prodigiosa que poseía el poeta, y sus varias y bien digeridas lectturas, en las que encontraban sitio Kafka, Freud, Dostoievsky, Tolstoy y Emerson.
Osvaldo había nacido en Santo Domingo, Las Villas, en un ambiente rural, y desde jovencito tuvo la afición por los versos, de modo que no había canturía en la zona a la que no acudiera para disfrutar con las improvisaciones de los versificadores, que se ponian en aprietos, mutuamente, para el disfrute de los espectadores. Por cierto: Santo Domingo está muy cerca de Santa Isabel de Las Lajas, terruño natal de otro grande de la cultuura cubana: Benny Moré, que Osvaldo y yo disfrutábamos.
Luego, en abril de 1975, casi un año después de ser ya entrañables, tuvimos el privilegio de viajar juntos como periodistas (él de El caimán barbudo, yo, del semanario Bohemia) en una delegación cultural al Distrito Federal, México, en una peripecia que duró casi un mes en la tierra de Benito Juárez. En ese viaje se consolidó y echó raíces nuestra amistad.
Después la vida se nos complicó. Yo me divorcié de la madre de mi hijo, y me quedé solo, casi colgado de la brocha, en el apartamento de Alamar, que había construído durante un poco más de dos años en faenas que son, en sí, de una brutalidad perniciosa. Fueron meses agotadores y de angustias, pendientes de la asamblea general que otorgaría las viviendas.
Por aquellos años el amor tocó de nuevo el alma noble de Osvaldo, y comenzó —comenzaba— una relación amorososa con una mujer de carnes yodadas (poetisa por más señas), que yo sé amó hasta la empuñadura, y que lo acompañaría hasta la muerte: Elena Tamargo. Que poco tiempo después le colmó de dicha al darle un hijo: Nazim.
Durante unos meses alojé a la pareja en mi apartamento, y entonces fueron sesiones continuas de versos, y rosas, y desde luego, vino. Pero no quiero hacer una elegía con sus muchos recuerdos, que ahora me asaltan en este febrero amargo.
Su obra, toda, habla por Osvaldo Navarro. Sus ensayos son, en verdad, de una lucidez asombrosa. Expresan, de muchas formas, su universo de conocimientos. Y su peculiar manera de entender y asumir el devenir de nuestro pais, hoy sumido en las brumas de la dictadura más despiadada y torpe que ha tenido que enfrentar la isla a lo largo de su corta historia.
El miércoles en la noche Osvaldo habló conmigo. Se estaba gestando, dijo, una presentación de un libro de poesía, suyo, y me rogaba que, por favor, asistiera al acto. Le dije que sí, que desde luego, iría. Y me colgó. Lo noté eufórico, como suelen estar los niños cuando creen o intuyen que son felices.
Y esa fue nuestra última conversación.

Miami, febrero 11 de 2008.