martes, 14 de agosto de 2007

El macho está en desuso


Hace unos días, saliendo del supermercado, me topé de frente con David Beckham en su uniforme merengue del Real Madrid, con su chonguito ridículo en plena mollera (moñito, diríamos los cubanos). A su lado, con look de Aquiles posmoderno, Brad Pitt adornaba también la vidriera del estanquillo de la esquina.
Sonreí pensando en mi abuela Cristina. Si ella hubiera visto a estos muchachos, les aplicaría los adjetivos implacables que adosaba a quienes le parecían especialmente desagraciados. Guariminicos —diría—, distróficos, enclenques, paliduchos... ñangos. A las señoras de entonces les parecían mucho más buenmozos los hombres de pecho ancho y peludo que esas niñitas lampiñas de cola de caballo que son ahora los “bellos” del planeta. Recuerdo haber oído decir, en más de una ocasión, a las negras de mi barrio en Cuba que para que el hombre fuera hombre debía apestar —ojo: apestar, no oler— a sudor, tabaco y alcohol.
Pero tampoco hay que llegar a extremos: no es que me parezca mal la aséptica pulcritud de los metrosexuales. Más bien me llama la atención que es ése, precisamente, uno de sus rasgos femeninos. ¿Por qué los hombres quieren ahora parecerse a las mujeres?, me pregunto. ¿Y por qué las mujeres son cada vez más proclives a sentirse atraídas por aquello que más se les parece?
Como resultado de décadas de militante feminismo y con el avance de la era de Acuario, la posmodernidad o como le quieran llamar a las nuevas tendencias de la moda y la androginia, hay un evidente regreso a los valores de la feminidad. De ello nos hablan la proliferación de asociaciones, agrupaciones y espacios dedicados a la mujer, a fomentar su visibilidad social, a la protección de sus derechos, a la lucha por la equidad, a la asesoría legal y laboral. De ello nos hablan también la incorporación de las mujeres a las esferas antes ocupadas exclusivamente por hombres, desde la política hasta los oficios y deportes más rudos, y los cambios de roles en la pareja, gracias a los cuales vemos con frecuencia inusitada —¡hasta en la tele!— cada vez más amos de casa, dedicados a las labores del hogar, al cuidado y la crianza de los hijos... lo que mi abuela llamaría manganzones, o sea, mantenidos.
A esa nueva tónica social hay que agradecer, de igual modo, la denuncia cada vez más frecuente de los casos de violencia intrafamiliar y de género que dejan al descubierto a los agresores y acaban con el silencio aterrador que antes los protegía. Es por ello que, precisamente ahora, salen a la luz los crímenes contra mujeres en Ciudad Juárez, por sólo mencionar un ejemplo especialmente cercano.
Hay un regreso a la mística femenina. Vuelve a hablarse de Lilith y a debatirse acerca de María de Magdala y de Eva y de Safo y de todas sus hijas. No es en lo más mínimo gratuito que precisamente ahora, y no hace una década, se reflexione acerca del principio femenino, de las religiones precristianas, de los ritos paganos de adoración a las diosas (en singular o plural).
Mientras tanto, cada vez con más frecuencia, tanta que ya se acepta como natural, los varones jóvenes —y los no tan jóvenes— usan el pelo largo, se adornan con aretes, pulseras y collares, se pintan el cabello, se depilan, se hacen tratamientos faciales, se rizan o se alacian. Sin duda alguna, la sociedad se ha ido feminizando y los hombres se feminizan a la par. Curiosamente, la partícula “metro” significa matriz. Y la matriz —sea cual fuere— es indiscutiblemente femenina. Vuelvo a sonreírme ante la imagen de los llamados metrosexuales, tan arregladitos. El macho está en desuso. A los hombres más apetecidos del planeta nada más les falta el abanico para bailar en Locomía.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

En mi entrevista a Manuel Velandia, hay una parte donde dice: "Los heterosexuales ven con mucho temor a los hombres femeninos. Es por eso que los más agredidos, hacen plena conciencia de la negación del poder del macho, y se alejan del patrón masculino para asumir posiciones femeninas. En otros ocurre lo contrario, y uno encuentra sectores gays machificados por completo —parecen ratas de laboratorio, todas iguales—: usan botas de tacón alto corrido, con puntas de metal y correas que se cruzan, chaquetas de cuero, se cortan bien el cabello y se dejan el bigote. Están jugando a ser machos. La gran contradicción no es la genitalidad, es el poder y su renuncia a él". Qué cosas estas, ¿no? Unos juegan a ser machos, y a otros sólo les falta el abanico y la amapola en la oreja izquierda.
Marvillamar

Anónimo dijo...

Jaque al Rey

Me encanta este blog de mi amiga la escritora Odette Alonso, me gusta su título en alusión a un parquecito esquinero de la bella y sucia Santiago de Cuba, donde también tuve buenos momentos en mi época de estudiante. En su segundo artículo de reflexión, que entre broma y seriedad toca un punto neurálgico de nuestros días: Los Metrosexuales, lanza dos preguntas que me motivaron a escribir: ¿Por qué los hombres quieren ahora parecerse a las mujeres?, ¿Y por qué las mujeres son cada vez más proclives a sentirse atraídas por aquello que más se les parece?

Desde hace mucho tiempo me ronda en la cabeza un artículo sobre el tema, en el cual quería hablar de que los metrosexuales existen desde la misma creación de la tierra, y para ello pensé demostrarlo escribiendo algo que se llamara mas o menos: Mi abuelo era un metrosexual; así podía poner como ejemplo un hombre de una de las familias más conservadoras de la ciudad de Guantánamo en la que los machos toman la sopa con tenedor y parados para que no les digan flojos manganzones, y muchas de sus mujeres también.

Mi abuelo Juan B. fue padre de cuatro hijos, se introdujo en la política llegando a ser Representante a la Cámara por la antigua provincia de Oriente en época de Batista. Mi madre me cuenta que siempre estaba escrupulosamente arreglado, sus trajes de Dril 100 eran impecables, así como sus manos y pies que pasaban por un proceso de manicura y pedicura semanal. Ella no recuerda haberle visto nunca las uñas mordisqueadas, sucias ni con pellejitos, tampoco recuerda ojos de pescado ni callos en sus dedos, según dice, ni un solo cabello salía de su lugar, y para comer, necesitaban poner a su disposición todos los platos de la casa porque todo tenían que servírselo por separado. A mi abuelo le tomaba una hora o más el baño diario y entraba en aquel cuarto con toallas pequeñas y grandes, tijeras pequeñas para los vellos de la nariz y la oreja, algodones y palillos para limpiar los oídos, cepillo pequeños para las uñas y una piedra pome de río para lijar sus pies; pero este tema va mucho más allá y también acá de mi finado abuelo.

Siempre han existido metrosexuales, lo que sucede es que no se les llamaba así, el término quedó acuñado en 1994 por el periodista Mark Simpson, y el vocablo es una fusión de dos: “metro” que en este caso viene de metropolitano, y sexual —según me ha dicho mi hermano, uno de los “machos” en desuso, eso explica por qué para muchos de los hombres de provincia, les choca el estilo metrosexual de los hombres capitalinos—. Define a hombres heterosexuales, que deciden optar por su cuidado exterior e interior, y el desarrollo de su lado femenino en algunos casos.

El Dios Helio o Dios Sol es quizás uno de los primeros casos que recoge la mitología histórica; era bello y su belleza iluminaba toda la oscuridad, estremeció el Olimpo de Zeus por sus amoríos con casi todas las semidiosas, así como con los efebos a su servicio. También la leyenda recoge al bello Narciso, que enamorado de sus dotes y hermosura fue víctima de su propio reflejo. Y si nos acercamos a la verdad, digo en la vida real, los ejemplos de los luchadores romanos que se depilaban para exhibir el cuerpo en su total esplendor antes de entrar al ruedo, abundan; así como los de reyes y príncipes que usaban maquillajes, pelucas e indumentarias propias de las féminas de entonces, como Luis XIV. En siglos pasados (no tan pasados) a ese tipo de hombres se les llamaban “Dandis” y proliferaban en muchas de las ciudades del mundo. Los Metrosexuales de hoy son esos “Dandis” de ayer, pero la publicidad que comenzó en los años 80 anunciando que los hombres gordos, grasientos, despeinados y sucios eran rechazados por mujeres y amigos, los precipitó por montones a la búsqueda de una mejor imagen.

David Beckham, el jugador inglés mejor pagado en la historia del fútbol norteamericano, es el máximo representante de esta nueva tendencia. Beckham es un triunfador: Es bello, magnífico jugador, tiene una familia estable y luminosa, muy simpático no teme a los paparazos y sus flachazos, posa sin prejuicio en las revistas para homosexuales y lo persiguen contratos multimillonarios. A éste le sigue una larga lista de otros triunfadores que se regocijan con su nuevo sello de metrosexuales: los actores Brad Pitt, Gael García Bernal, Jonny Depp, Tom Cruise; los cantantes Lenny Kravitz, Ricky Martin, Luis Miguel, Justin Timberlake, Miguel Bosé y hasta el otrora presidente Bill Clinton.

¿Por qué los hombres quieren ahora parecerse a las mujeres?, ¿Y por qué las mujeres son cada vez más proclives a sentirse atraídas por aquello que más se les parece? Se pregunta Odette en su reflexión.

Vayamos al meollo querida Odette. Los cambios son directamente proporcionales con los tiempos, y si las mujeres tuvieron su revolución feminista, imponiendo los derechos de igualdad con respecto a los hombres queriendo parecérseles más cada día, usando pantalones como prenda imprescindible (sumamente cómoda por cierto), gorras y sombreros masculinos, ocupando los mismos puestos de trabajos que ellos —las hay camioneras, jefas de obras de construcción, constructoras, mariscales y camioneras... —; los hombres a su vez consideraron también un cambio necesario para no quedar en desventaja. Por otra parte en toda la historia de la humanidad, el hombre siempre ha sentido una atracción y admiración silente por las mujeres fuertes y un tanto varoniles, las sienten más cercanas a ser sus amigas y a comprenderlos, existiendo también un morbo en ello. Lo mismo sucede ahora con el sexo opuesto. Las mujeres nos sentimos muy atraídas por el hombre que huele bien a la hora de ir a la cama porque usa buen jabón y buena loción, pero sobre todo porque se baña; su aliento es fresco, su trato es delicado —eso de que a las mujeres nos gusta que los hombres sean rudos, es un cuento de calleja— También nos gusta exhibir un varón con magnífica figura, y ya no nos preocupan las opiniones ajenas si él se hace moñitos con lacitos. Independiente de lo externo, estos hombres también acicalan su interior haciendo sentir mejor a la hembra conquistada. Es la revolución masculina que se libera de tabúes y frenos para mejoría del mundo y sobre todo de las mujeres, y aunque también mi abuela los catalogaría de Guariminicos distróficos, enclenques, paliduchos y ñangos, olvidando que mi abuelo fue uno de sus antecesores, la verdad es que la renovación de los tiempos se impone, y nos anuncia que hay mucho más por venir.

Ena Columbié/ California. Exilio. agosto 2007

René Dayre dijo...

Coincido plenamente con Ena en su acertado comentario.
Un saludo afectuoso a las dos ( Odette y Ena )
René Dayre

Anónimo dijo...

Perfectamnete de acuerdo con Ena, nos gustan los hombres limpios y olorosos, por que no?

Anónimo dijo...

Querida:

Que eso de la metrosexualidad no lo entiendo, que no me entra, que no. La moda, las tendencias y las diferencias generacionales van de la mano, pero el ridiculo, nace y se muere ridiculo. Ya era bastante con los pelos de la cabeza largos, recogido en monos o trenzado, los tatuajes y las perforaciones para introducir metales en los lugares menos imaginables, para que ahora tambien los encuentres con las cejas afeitadas, el pecho, las axilas, las piernas y los lugares mas intimos depilados. Si le adicionas las estrictas dietas para no sobrepasar las 120 libras, las unas con perfecto manicuri, ademas de ese andar blandengue y ese estar o no estar presente, de seguro que lo primero que te viene a la mente es que es una loca de concurso. Porque el habito no hacen al monje, pero por si las moscas, ya comienzas a llamarlo padre.
No soy partidaria del hombre cavernicola, todo lo contrario, pienso que si hay modas para las mujeres debe haberlas para los hombres. Un ejemplar limpio, arreglado, educado, inteligente, discreto, cortes, caballero y oloroso es un excelente trofeo, ya en la marcha uno se percata si es de una o muchas noches. Supongo que debe ser un enorme reto convivir con alguien que utilice tus cremas depilatorias, que te acabe el esmalte favorito, que se lleve al ginmasio tu secadora de pelo y para colmo que se ponga ropa de mujer para hacerte el amor porque es parte de sus fantasias sexuales. Sabes por que nunca comi picadillo de soya? Porque no me gusta que me enganen. Y no tengo temperamento para permitir que me usen. La homosexualidad es de personas valientes porque a estas alturas, cuando ya hay locos que dicen tener platillos voladores listos para comercializarlos, un porciento muy elevado de la humanidad no los acepta o lo hacen con reservas y tabues y vivir con un bolso de criticas, comentarios y ordinarias acusaciones a la espalda, no debe ser nada agradable ni llevadero. Que lindo y que valiente es ver dos hombres o dos mujeres de mano profesandose todo el amor que son capaces de dar y recibir. Al diablo con los convencionalismos. Ser heterosexual no quiere decir ser perfectos. Pero si la Biblia lo dice: Amaos los unos a los otros, por lo que se desprende que las unas y las otras. La heterosexualida solo la plantean para procrear y cuidar del retono. Eso si es injusto. Eso es ponernos muy por debajo y sin embargo cuanto tiempo no llevamos abrazando y adorando esas doctrinas. O a lo mejor la metrosexualida viene de muy atras, porque Jesus Cristo andaba en tunica, sandalias y pelo largo y Chango viene un ano de hombre y otro de mujer. Que como te digo, no me entra, no lo entiendo, me enredo en explicaciones. De lo que si estoy segura es que prefiero que me acaricie una mujer y no un hombre de esos que hoy denominamos METROSEXUALES.

Ines María