martes, 17 de marzo de 2009

Asaltos a mano desalmada

CUC, falso como un billete de tres pesos



Que cada sociedad crea a los individuos que necesita para sobrevivir, leí hace unos días en algún texto; los mismos días en que un buen amigo volvió de su viaje a Cuba y me contó, con asombro y desencanto, sus experiencias en la isla. Había ido en misión de trabajo por lo que, a su regreso, debía traer el dinero resultante de sus negocios y lo que sobraba de viáticos, así que entró a una de las principales Cadeca [casa de cambio] a convertir a pesos mexicanos sus CUC—esa moneda inventada—. Como es de suponer, allí no tenían la cantidad suficiente de dinero azteca, por lo que mi amigo decidió, después de algunas consideraciones, hacer el cambio a dólares.
Para esos asuntos hay que estar muy despierto y mi amigo, previéndolo, había anotado en un post it la cantidad de CUC que cambiaría. Pero el papelito engomado se quedó pegado en otro lado cuando sacó el dinero. La muchacha que lo atendía le preguntó la cantidad y él no sólo dudo, sino que olvidó el papelito en cuestión y la cifra allí escrita. “Hágame el favor de contarlo usted”, le pidió a la joven. Y la joven contó, volvió a contar y finalmente le dijo: “Al cambio, son tantos dólares”. A mi amigo le pareció menos de lo que esperaba, pero tomó su dinero y le pidió un comprobante. Aquélla cortó con una regla un pedazo de papel y escribió a mano: “700 y tantos CUC = 700 y tantos dólares”, firmó y le puso el sellito de la Cadeca. Mi amigo preguntó si eso era un comprobante válido y la mujer le respondió que hasta el día siguiente no tendrían sistema, por lo que no podía imprimírselo en la máquina oficial. Como en Cuba todo es más o menos así, tomó el papel, salió de la oficina y se dirigió a su hotel disfrutando el vientecillo que sube desde en Malecón en esa zona de El Vedado.
Al llegar a la habitación y vaciar la bolsita, salió, travieso e intrigoso, el post it de marras. El número anotado no era ni remotamente el que le dio la señorita. Faltaban casi 200 CUC. “No es posible”, dijo mi amigo agarrándose la cabeza con ambas manos y sintiendo una apretazón en el pecho y el estómago. “Bien que te pase, por pendejo” y arremetió con otras linduras de las que dispara uno contra sí mismo en esos casos. Entonces decidió no decirle a nadie y pagar lo que aquella muchacha le había sustraído. Pero cuando el elevador se abrió en el lobby, lo primero que le dijo al amigo que lo esperaba fue: “Me robaron” y detalló la historia. Aquél, cubanísimo, concluyó que eso no podía quedarse así y salió como un rayo fulminante para la casa de cambio.
El escándalo no se hizo esperar: que él sí vive allí y sabía perfectamente lo que estaba pasando; que no quería perjudicar a la cajera porque sabe que todos necesitamos el trabajo, pero si ese asunto no se resolvía de inmediato, tendría que presentar una denuncia a la oficina central (o como se llame la instancia superior). Que se acordaran de la reciente redada en que habían sido detenidos y encarcelados varios empleados de Cadeca acusados de ladrones. A esas alturas ya estaba allí, lívida como cómplice hoja de papel y más callada que un sepulcro, la responsable de aquella casa de cambio. Los dos policías de la puerta la habían cerrado con llave para evitar que entrara alguien más. A mi amigo le temblaban las piernas y posiblemente a la muchacha de la caja también porque, sin chistar, agarró un fajo de billetes y contó, uno a uno, los que habían faltado en el primer cambio. A continuación imprimió, en la máquina que no serviría hasta el día siguiente, un flamante comprobante con todas las de la ley.
Al salir de la oficina, aliviado y asustado en igual proporción, mi amigo oyó a un par de paisanos hablando de acera a acera, como se acostumbra allá. Quién sabe a qué se refería, pero uno le gritaba al otro: “Por eso este país está como está, mi hermano”, y aquél le respondía con los ojos mirando al cielo y ambos brazos abiertos como los del alma mater. “Compadre, ¡somos felices aquí!”
Al mediodía siguiente mi amigo bajó al lobby con todas sus pertenencias para hacer el check out. El señor maduro de la carpeta, siempre tan amable y decente, le indicó que debía pagar las llamadas telefónicas realizadas desde la habitación. Él había dejado 20 CUC como depósito; el cambio debía ser de 13.40. El hombre dio unos cuantos dedazos en la computadora, imprimió los comprobantes de sus gastos de estancia y se los entregó junto con 40 centavos de CUC. Mi amigo se quedó mirándolo con la mano extendida y el aquél, sonriente, le dijo: “¿En qué más puedo ayudarlo, señor?”. “Falta cambio”, le respondió, y el hombre tan amable de muy mala gana sacó de debajo del mostrador los 13 CUC que ya había separado y se los dio sin decir palabra, dándole la espalda.
Salió del hotel, todavía un poco perturbado, y abordó un taxi. El chofer preguntó, amistoso: “Muchachos, ¿cuánto les cobran al aeropuerto?” y el amigo cubano, conocedor de ese tipo de negociaciones, respondió de inmediato: “Siete pesos”. El taxista empezó a proferir raros sonidos, del tipo duda o protesta, que terminaron en cuanto el amigo señaló el taxímetro y le dijo: “Tú pon ahí lo que te dé la gana; nosotros te damos siete pesos”. Entonces el hombre volvió a sonreír y hacer chistes, sobre todo después que detuvo el medidor en 1.50 CUC.
Ya en la terminal aérea, se apresuraron a documentar en el mostrador de Mexicana para que les quedara tiempo de compartir un par de cervecitas. La dependienta, cubana, le advirtió que llevaba exceso de peso. Él asintió: “No hay problema”; su empresa había asignado cierta cantidad para ese caso. “Pero es un buen dinerito: 52 CUC”, le dijo ella con esa cadencia dulce de las habaneras. “Ajá, ok, no hay problema” y la muchacha insistió e insistió hasta que el amigo cubano inquirió qué hacer. Ella, con su capitalino acento, les indicó que retractilaran [envolver en plástico] los paquetes para que fueran sólo dos y entonces le cobraría 25 CUC. “¿Pero el peso no es el mismo?”, preguntó mi amigo y el suyo le dio tremendo codazo: “Cállate, coño, y dame esos pesos”.
Emplasticaron los bultos, volvieron al mostrador y el cubano le dio a la muchacha, subrepticiamente, hechos rollito, los 25 CUC que ella se embolsilló y aquí paz y en el cielo gloria. Bueno, allí paz… porque mi amigo ascendió al cielo aterrorizado, pensando que si al piloto le reportan un exceso de equipaje que no es el real, que es mucho menor, eso podría afectar los controles de la nave y hasta ocasionar un accidente. No pudo respirar tranquilo hasta que las llantas levantaron humito en la pista del Benito Juárez. Pero entonces, en medio del papeleo de Migración y la aduana, se dio cuenta de que en la factura de los negocios realizados allá —con un organismo gubernamental, como también lo son la casa de cambio, el hotel, el taxi, el aeropuerto— había un déficit de ciento y tantos CUC en comparación con la prefactura pagada a Cuba por su propia empresa.
Mientras lo oía contarme todo aquello —en retahíla, sin respiro, tal como sucedió—, me preguntaba en qué momento el mundo en el que crecimos, donde nos enseñaron que el dinero no era lo primero ni las cosas materiales lo fundamental —principios que seguimos buena parte de nosotros adondequiera que estemos como tabla de salvación contra el vacío endémico e irracional del consumismo—, pasó a ser ese cubil que padeció mi amigo. “Toda tiranía es esencialmente deshonesta y degrada la dignidad de un pueblo”, dijo Vicente Echerri la semana pasada en su columna de El Nuevo Herald. En esa Cuba que se mueve alrededor del turismo, la divisa y los extranjeros, decencia, dignidad y orgullo parecieran cosa del pasado. Cada sociedad crea a los individuos que necesita para sobrevivir… Eso ha de ser.

martes, 10 de marzo de 2009

Astillas del mismo palo

Si de guerreras hablamos...



De pronto, entre vasos enjabonados y una torre de platos sucios, mi voz dejó salir del fondo de quién sabe qué agujero de la memoria aquel himno que, allá por los setenta, era la canción tema de la telenovela juvenil cubana El Capitán Tormenta:

Chipre es la isla sitiada
pero nunca vencida será,
aunque vengan soldados mil años jamás
a esta tierra podrán conquistar.
Viva la isla de Chipre,
la consigna es vencer o morir…

Miles de melodías surgen al son de las aguas cantarinas del fregadero. No hace mucho, cuando vine a darme cuenta ya entonaba a voz en cuello, estirando el pescuezo hacia la ventana:

Arriba los pobres del mundo,
de pie los esclavos sin pan
y gritemos todos unidos:
¡Viva la Internacional!


Al contarlo, pareciera que un espíritu beligerante, empeñado en la salvación del proletariado universal, se posesionara de mí en esos momentos de doméstico afán. Pero no siempre es así; a veces canto —y recompongo—, por ejemplo, las tonadas del grupo juvenil RBD:

Y soy rebelde
porque me chingo a los demás
y soy rebelde
porque te quiero atrabancar…


Pero generalmente, más que cantar, pienso, recuerdo, reflexiono. En ocasiones tengo que cerrar la llave, secarme las manos y correr a anotar las ideas en mi libreta porque, de no hacerlo —ya lo sé—, se perderán para siempre con el agua de la tarja. Hace unos días evocaba a mi amiga Bertica del Castillo, que aquellos sábados habaneros, a mediodía, al responder el teléfono siempre decía: “Aquí hija, en las labores propias de mi sexo”.
Con las manos enjabonadas, sonriendo ante esa frase que también repito con frecuencia mientras enfrento mi segunda jornada laboral, vi reinstalarse en mi memoria algunas experiencias recientes en el metro. Como si volviera a vivirlas, me vi saliendo de la estación, caminando entre los puestos de ambulantes y llegando a la esquina de Xola y Anaxágoras. El semáforo estaba en rojo; preferencia para el peatón. Bajé la acera y me disponía a cruzar cuando un carro, como zeppelín inclemente, atravesó el cruce y me dejó detenida en cámara fija, haciendo un arco con todo mi cuerpo. Al mirar el sitio del chofer, regresé a la vieja certeza de que si alguien te echa un automóvil encima sin el menor miramiento, puedes apostar lo que quieras, meter las manos al fuego, jurarlo solemnemente sobre la Biblia: la conductora es mujer.
Como sé que una afirmación así levantará revuelo y escozor dentro del alma feminista —mucho más en las vísperas de los encuentros, autónomo y oficial, que dentro de unos días tendrán lugar en la ciudad de México—, les confieso que he pasado años tratando de probarme a mí misma que me equivoco. Lamento decirles que muy pocas veces, contadas, el resultado ha sido otro, y que antes, durante y después del intento de atropello he tenido clavados sobre mi amenazada humanidad los ojos furibundos de la guerrera de la nave con cara de “quítate, pendeja”.
¿Qué pasó en el metro? Iba yo en un vagón que fue llenándose, de los reservados para mujeres en las horas pico, y cuando me levanté de mi preciado asiento para bajar en Etiopía, ninguna de las señoras interpuestas en mi camino movió ni una sola de sus pestañas enchinadas y enrimeladas por más que les susurraba decentemente al oído: “¿Baja en la próxima?, ¿me da permiso, por favor?” Miraban de reojo como diciendo: “Pos a ver cómo le haces, güerita?”… Y todavía una me gritó: “¡Fíjese!” cuando su bolsa y la mía se enredaron mientras la chicharra anunciaba que de un segundo a otro se cerrarían las puertas.
¿Qué más pasó? Que uno de estos días, cuando cambiaba de tren en Hidalgo, en ese pasillo que se asemeja al peor de los trabajos de Hércules, mientras seguía en fila india a la muchedumbre vi venir a una muchachota que, a todas luces, no tenía el menor interés de evitar el encontronazo. Como era enorme, vista hacia todos los confines, traté de hacerme a un lado lo más que se podía entre esa masa humana y aquélla, mirándome fijamente a los ojos, como para que no hubiera confusión acerca de su intencionalidad, embistiome de tal modo que me hizo girar 360° sobre mi propio eje.
Y dicen que me fue bien, que no debo quejarme. Una amiga cercana fue testigo, en una mañana tumultuosa, de cómo una de aquellas pasajeras que se adueñan de la puerta esperó con el puño cerrado al molote que se abalanzaba irremisible y, en implacable defensa de “su territorio”, se lo clavó en el estómago a una de las que entraba hasta sacarle el aire. E Inesita vio una pelea donde una le partió la boca a su congénere porque le molestaba la mochila de aquélla. “Si te molesta toma taxi”, gritaba enardecida la una mientras la otra agarrábala de las greñas. Historias hay muchas… Si Carlos Marx hubiera visto esas escenas, no tardaría en afirmar que también la mujer es loba de la mujer; aunque a él nunca le importaron demasiado las féminas, a no ser para tenerle su ropita limpia y hacerle de comer. “Labores propias de nuestro sexo”, diría Berta.
Demasiado detergente echo a la esponja y muchas veces resbalan peligrosamente los trastes entre mis manos, como por mi garganta una tonada:

Siento tu mano fría correr despacio sobre mi piel
y tu pecho en mi pecho y tu desnudez
y olvido reproches que imaginé…

Allí mismo, en el metro, aislada en la burbuja que crea un libro abierto, iba enterándome de cómo las cortesanas de la Nueva España, mujeres vulgares y lenguaraces que hacían del escarnio entretenimiento y poder —¡tantas así he conocido!—, se burlaban y agredían a Juanita de Azbaje, recién llegada de Amecameca y ya favorita de doña Leonor Carreto, brillante y tullida según José Luis Gómez en El beso de la virreina (México, Planeta, 2008) y cómo ella —ramita de jazmín, turpiala de oro, rasgueo de nítidas guitarras— se defendía no sólo con doctos argumentos que aquéllas no entenderían, sino también con venenosas y vengativas mañas y marañas.
“Entre nosotras todo se vale”, dice siempre una vecina de 82 años que sonroja por igual a hombres y a mujeres con atrevidísimos piropos que estoy segura de que no diría si tuviera 30. Pero no: no se vale todo, pienso mientras recuerdo aquel anuncio de la obra teatral Entre mujeres en que mi paisana Raquel Olmedo, con esa voz profunda, aseguraba: “Entre mujeres nos podemos destrozar, pero nunca nos haremos daño”… ‘Tá clarísimo: después del destrozo, poco daño más se podrá registrar. Bien afirman los viejos que no hay peor astilla que la del mismo palo.
¿Qué nos pasa?, ¿estamos muy estresadas o es nuestra humana y dual naturaleza? Porque suele ser mujer la primera enemiga de otra mujer; nuestra primera rival de amores (y las siguientes); la piadosa amiga que “para no vernos sufrir” nos hace el favor de venirnos con el chisme; la que le fue con la queja al jefe para hundirnos y quedar ella bien; a la que le molesta que chatees o revises el correo en la oficina; la que critica tu vestuario y a tus parejas; la que decide, sin consultar, qué le conviene más al grupo o a la familia. Pero, al mismo tiempo, son nuestras amigas y hermanas las que nos acompañan en los caminos áridos, en las decisiones difíciles, en las etapas de llanto y de dolor y también en las de destrampe y fiesta. Son ellas las que nos alertan, nos aconsejan y nos apapachan; las que extienden su mano y abren sus casas y sus corazones para sufrir o alegrarse por nosotras, para luchar juntas y revueltas.
Imbuida en ese temperamento bipolar que parece caracterizarnos, doy vuelta a la llave y sumergiendo las manos en el agüita templada, me dejo cantar con el mismo sentimiento del Charro de Huentitán:

Mujeres, oh mujeres tan divinas,
no queda otro camino que adorarlas…

martes, 3 de marzo de 2009

Unos libros, una feria y un palacio




Gracias a los organizadores de la Feria, a todas mis compañeras
del ciclo de escritoras, a quienes nos apoyaron y asistieron.
Gracias a Dora y Eleonora por las fotos.


Soy una mujer dichosa. Desde hace tres años, a finales de febrero, un grupo de amigas acepta reunirse conmigo en pleno centro de la ciudad de México para realizar una serie de lecturas y presentaciones que han tenido como sede la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería, gracias al generoso auspicio de su director, Fernando Macotela, y a la diligencia del equipo a su cargo.
Pocas cosas me gustan más que las labores de coordinación —alternas, paralelas a mis responsabilidades habituales— que hago —antes, durante y después— para propiciar la realización del ciclo Escritoras latinoamericanas en Minería: proponer las actividades de cada año y esperar nerviosa su aceptación, cursar invitaciones a destacadas literatas de continente y comerme las uñas mientras aguardo sus respuestas positivas, lamentarme cuando la contestación es de otro signo, odiar las cuestiones económicas que les impiden venir, atormentar a Esmeralda y Elías, responsables del programa de actividades culturales, con los cambios de mediana y de última hora. Y cuando empieza la feria, soy feliz revuelta entre la gente que abarrota los pasillos y escaleras del Palacio, corriendo de un salón a otro, rebosante de adrenalina. Ando ligera, silbo en la calle, me río mucho más de lo habitual. Hasta Dios me habla en esos días.
Este año me acompañaron mi compatriota Teresita Dovalpage, que vino desde Taos, New Mexico; Eleonora Requena, llegada desde Caracas; Carla Patricia Quintanar, procedente de la hermana y vecina República de Querétaro, y desde los más pintorescos rincones de esta ciudad capital: Rosamaría Roffiel, Reyna Barrera, Minerva Salado, Ana Franco Ortuño, Artemisa Téllez y Bertha de la Maza. Además de Sergio Téllez-Pon, mi editor, que comandó la presentación de mi primera novela, Espejo de tres cuerpos, recién salida de las prensas y todavía olorosa a tinta fresca.
Bien a gusto, en la tranquilidad de la tarde juevecina, los versos de Ana, Eleonora y míos inauguraron el ciclo; tres estilos tan distintos armonizaban en perfecta comunión. Algo similar ocurrió en cada una de las lecturas: el viernes incendiamos el mediodía con sendos cuentos de Teresita, Carla y esta servidora; el sábado con los poemas amorosos de Rosamaría, Reyna y Artemisa; el domingo con la exposición de ese hermoso proyecto que Carla ha titulado Diálogo entre sábanas y con las observaciones de Teresita acerca de la narrativa de Eve Gil.
Anocheciendo el viernes, en la presentación de ese tratado de triangulación que es mi Espejo de tres cuerpos, Sergio y Teresita centraron sus disertaciones en la capacidad camaleónica que me ha permitido escribir una novela con personajes, escenarios y modos de decir absolutamente mexicanos (aunque se escape, inevitable y travieso, algún giro cubano). Los conflictos no; ésos son universales aunque se les ubique en uno u otro lar. Tere retomó algo que le dije a Armando Chávez Rivera en Cuba per se (Miami, Universal, 2009), una compilación de entrevistas a escritores cubanos en la diáspora: “la creación no tiene nacionalidad […]. ¿De qué me serviría haber vivido en este país si no pudiera incorporar a mi obra las cosas que aquí he vivido, sufrido, gozado y aprendido?”.
Así es: soy alérgica a los moldes fijos. No puedo ser sólo cubana ni sólo mexicana, sólo lesbiana o sólo poeta; no puedo ser narradora de un solo género ni de un tema exclusivo. Siempre he sido —y ojalá siempre lo sea— una transgresora. Si la Vida nos da la oportunidad de conocerlo todo, se serlo todo, de fluir, sería un desperdicio limitarse. Y no nos limitamos esa noche en regocijos. Un especial obsequio, recibido en pleno auditorio Sotero Prieto, fue el inicio de la velada: Neiffe Peña interpretó para mí y todos los asistentes “Freddy”, una canción de Ela O’Farril, dedicada a la famosa diva cubana. Regalo de la cantante venezolana y de mi queridísimo Omar Mederos, su representante y mi amigo de tantos años y tantas cosas. Después, más tranquilos, hallamos un rinconcito en la peatonal de Filomeno Mata para conversar hasta bien entrados la noche y los alcohólicos vapores.
Mención aparte merece la presentación de Dos orillas. Voces en la narrativa lésbica, que compiló Minerva Salado para Egales y Grup ELLES de Barcelona, que Bertha de la Maza distribuye en el Nuevo Mundo y cuyas recaudaciones, a petición de las editoras y por acuerdo unánime de todas las autoras, serán destinadas a apoyar a las lesbianas de países donde la homosexualidad es castigada con la pena de muerte. Abundaron las anécdotas acerca del surgimiento de la antología y de los cuentos de Rosamaría, Artemisa y mío incluidos. Minerva leyó un fragmento del texto de Anna Lidia Vega Serova como homenaje a las escritoras cubanas que desde la isla enviaron sus contribuciones y a las que, por las marcas que la distancia impone, no pudieron acompañarnos esa tarde. Las sorpresas y reencuentros con viejas amistades no se hicieron esperar.
Esa noche mi casa se llenó de alegría. Un puñado de amigas compartimos melodías, elíxires etílicos, exóticas pizzas uruguayas y derramamos versos en una sábana que obsequiamos a Carla, gustosas, para incorporarla a esos Diálogos que, ahora mismo, deben estar ascendiendo a la sierra de Querétaro para llevar hasta allá mensajes que fomenten el acercamiento a la lectura.
Salí despacio el domingo a mediodía del Palacio. En sordina fue apagándose el bullicio que dejaba atrás. Entre brumas, como en cámara lenta, recuerdo el encuentro y las fotos con Tanya de Fonz y Fonz de Tanya en la calle de Tacuba; las bicicletas tintineando alrededor. Bajé al metro en Bellas Artes; cambié como autómata en Hidalgo. Recordaba que el año pasado, días después de la Feria, jugué el Melate —una de tantas loterías—, que acumulaba una bolsa de algo así como 90 millones de pesos. Soñaba, como la lecherita, en comprar una casa grande y poner en ella la Fundación de Escritoras Latinoamericanas. Con un salón principal, amplio, para exposiciones de artes visuales y conferencias; un par de aulas para talleres, charlas y proyecciones de cine; otras dos habitaciones habilitadas para alojar a las escritoras invitadas. Cada año convocaríamos dos becas de creación; las ganadoras vendrían por varios meses, dispondrían de tiempo y condiciones para escribir su proyecto, ofrecerían talleres, participarían en el ciclo de Minería. ¡Les podríamos pagar sus boletos de avión y las comidas! ¡Tendríamos una pequeña editorial! Si las cosas iban bien, en algunos años podríamos convocar otras dos becas y abrir una filial cerca del mar…
Inmersa en esos pensamientos, anestesiada, danzando en ese mundo paralelo, salí del metro en Etiopía y un buen rato seguí flotando entre las nubes de un sueño que no quería —ni quiere— terminar. Así canto todavía, con el alma henchida, mientras los dejo con algunas fotos de estos días.

Con Eleonora Requena y Ana Franco Ortuño

Con Eleonora Requena, Carla Quintanar, Eve Gil y Tere Dovalpage


Con Tere y Sergio Téllez-Pon en la presentación de la novela

Con Rosamaría Roffiel, Reyna Barrera y Artemisa Téllez en la lectura de poesía lésbica

Con Rosamaría, Artemisa, Minerva Salado y Bertha de la Maza

martes, 24 de febrero de 2009




Pedidos en la República Mexicana: Quimera Ediciones

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Escritoras latinoamericanas en la Feria de Minería

Con Bertha de la Maza y Minerva Salado en la Feria de Minería



Jueves 26 de febrero, 16:00 horas, Auditorio Uno Sotero Prieto: Lectura de poetas latinoamericanas. Con Eleonora Requena, Ana Franco Ortuño y Odette Alonso.

Viernes 27 de febrero, 14:00 horas, Galería de Rectores: Lectura de narradoras latinoamericanas. Participantes: Teresa Dovalpage, Carla Quintanar y Odette Alonso.

Viernes 27 de febrero, 17:00 horas, Auditorio Uno Sotero Prieto: Presentación de la novela Espejo de tres cuerpos, de Odette Alonso (Quimera Ediciones). Con Teresa Dovalpage, Sergio Téllez Pon y la autora.

Sábado 28 de febrero, 15:00 horas, Auditorio Cuatro: Sáficas, lectura de poesía lésbica. Con Rosamaría Roffiel, Reyna Barrera, Artemisa Téllez y Odette Alonso.

Sábado 28 de febrero, 17:00 horas, Galería de Rectores: Presentación de la antología Dos orillas. Voces en la narrativa lésbica (Editorial Egales, Barcelona). Con Minerva Salado (editora), Rosamaría Roffiel, Artemisa Téllez y Odette Alonso. Modera: Bertha de la Maza.

Domingo 1 de marzo, 12:00 horas, Auditorio Cuatro: Mesa redonda de ensayistas latinoamericanas. Participantes: Carla Quintanar y Teresa Dovalpage. Moderadora: Odette Alonso.




Palacio de Minería
Tacuba 5, Centro Histórico

La casa de los espíritus

Carlos Schwabe, Le tonneau de la haine



A Inés María, que alguna vez pidió que hablara de ella.
A mi prima Astrid, que sabe lo que digo.
A mi abuela Cristina, dondequiera que esté.



En mi casa de Santiago había rincones por los que no podíamos pasar sin que un estilete helado nos subiera por la médula y acabara parándonos todos los pelos del cuerpo. Era enorme, de ocho o diez cuartos, situada en el número 606 de la calle Aguilera, una de principales del centro de la ciudad. Pero como en la “Casa tomada” de Cortázar, sus habitantes, cada vez menos, fuimos clausurando habitaciones y replegándonos hacia las que todavía parecían libres de aquel maléfico embrujo.
Para entrar al primer cuarto del ala derecha había que armarse del valor y la astucia de los caballeros medievales. Sobre todo porque era imprescindible atravesar en completa oscuridad el segundo cuarto, en penumbras aun de día —¿quién conseguía un bombillo si no “llegaban” a la ferretería el día en que tocaba comprar al grupo marcado en la libreta de productos industriales?—, y abalanzarse, después de cruzar una puertecita siempre cerrada, a la perilla de encender la luz, que había perdido la cubierta y, para colmo de terror, cualquier dedo que se le acercara desprevenido estaba a merced de la traición de los cables pelados.
Sin embargo, los siete u ocho pasos que separaban a la puerta de la saleta de la perilla desconchada no eran los más aterradores de la casa. No. Ésos eran los que iban de la otra puerta, la del segundo cuarto del ala izquierda, hasta el primer aposento de ese lado, donde dormíamos Piri y yo con mi abuela Cristina, primero, y después con mi mamá. Eran tres o cuatro pasos antes de abrir la puerta divisoria, pero la certeza de que alguien estaba observándonos, encimado sobre nuestra espalda mientras cruzábamos, era espeluznante. Pasábamos de prisa, sin querer mirar a los lados, sintiendo la inminencia de un ataque. Un susto irracional e indescriptible.
Una espiritista le dijo a mi madre que en la saleta, justo al lado de la entrada en cuestión, estaba sentada una mujer que alguna vez fue la dueña del predio. Pero adentro de la habitación había “algo”. Yo no tengo el don de “ver”; mi capacidad de “comunicación” con otros mundos, dimensiones y seres es muy limitada; pero en ese cuarto viví la experiencia más cercana a lo paranormal que haya conocido. Aprovechando las dormitaciones ajenas de la madrugada, me había colado allí con cierta personita y, después de sostener un encuentro cercano del primer tipo, nos venció el arrullador manto del sueño. No pasó mucho, unos minutos quizás, antes de que una mano, sin duda enfurecida, nos arrancara con lujo de violencia la sábana que nos medio tapaba. “¡Ay, coño, ya nos cogieron!”, pensé en el segundo que tardé en abrir los ojos y comprobar que la luz seguía apagada, la sábana sobre nuestros cuerpos y la personita roncando.
Otra noche, mi mamá y yo sentimos los chillidos de la gata y unos extraños ruidos en la saleta. Al llegar allí, junto al sillón donde supuestamente se sentaba la mujer, estaba la madre recién parida con sus tres gatitos desmadejados y fríos, como si los hubieran asfixiado, muertos. Sin una sola marca en el cuerpo. Nada había alrededor que pudiera haber provocado aquella situación. Nunca supimos qué pasó.
Por aquel entonces, la Piri, que ya estudiaba en La Habana, fue de vacaciones y una de aquellas madrugadas, sintió claramente cómo alguien se sentaba a los pies de la cama. Cuando abrió los ojos, allí estaba una señora gordita, morena, muy maquillada. Sonrió, pero no dijo ni una palabra. Mi hermana, aterrorizada, despertó a mi madre y por su descripción, aquélla identificó a una amiga de su tía que frecuentaba la casa en ciertas épocas, antes de nosotras nacer. Para quedarse más tranquilas ellas —quién sabe si el espíritu—, tuvieron que hacerle, por días, una serie de oraciones de Alan Kardec.
Pero “lo otro” no se quitaba ni con trapeadas de agua de arroz y chorritos de colonia ni con soplidos de cascarilla ni con despojos de todas las yerbas del monte. Esa casa nunca me gustó. Demasiado grande, demasiado vieja, demasiado llena de acechanzas. Tal vez entonces no lo tenía tan claro —al fin y al cabo era mi casa—, pero soñaba con un apartamento como el de mis primos, tan iluminado y limpio. Aunque entre sus viejas paredes pasaron casi todas las primeras, las segundas y hasta las terceras cosas —buenas y malas— y esos recuerdos no me abandonarán, fui más feliz cuando partí de allí. Todos los sueños en los que ella es el escenario son pesadillas: siempre hay un intruso escondido en los primeros cuartos, asomando el ojo inyectado en sangre por la mirilla o colándose por la puerta que no embona. Y ciertamente, en las temporadas de lluvia, la madera se recrecía tanto que no había poder humano que lograra cerrarla. Casi vivíamos en la calle.
A la calle daban las ventanas por las que cualquiera podía asomarse. De hecho lo hacían los amigos, los vecinos, el cartero, algunos vendedores clandestinos. A través de las persianas empolvadas gritaban nuestros nombres para que les abriéramos la puerta en los tiempos en que conseguíamos cerrarla. Por ellas entraba el hollín de las guaguas, el olor de la tintorería. A su través, algún ojo indiscreto quebró en más de una ocasión la intimidad. Esas ventanas iluminaron mis primeras memorias: los ojazos negros de Piri, sus cejas pobladas cuando llegó, recién nacida, de la Clínica Los Ángeles; mi mano derecha clavándose en el vidrio puntiagudo de un vaso roto, mi sangre mojando el mosaico rojo del patio, dejándome en la palma esta eterna cicatriz que corta, tajante, la línea de la vida.
El comedor, completamente abierto al patio, era el centro de la vida. Sobre aquella mesa de playwood con las patas minadas de comején se alimentaron los que ya no estaban y nosotros. Allí se contaban las anécdotas antiguas y las historias cotidianas. Allí partíamos el pedacito de carne que llegaba cada quince días, amasábamos harina para hacer empanadillas y buñuelos, y respondíamos, junto a miles de amiguitos, las tareas de la escuela. Allí descorchamos las botellas de la adolescencia, escribimos cartas enamoradas y escuchamos cada noche, en un radio de principios de siglo, “Alegrías de sobremesa” y “Nocturno”.
“Casi tan gris/ como es el mar de invierno”, cantaban Juan y Junior, “lleno de paz/ como un lugar desierto” y la voz de Pastor Felipe, profunda, leía los viernes clásicos poemas de amor. Un buen día, aquel General Electric no sonó más y hubo que esperar a las asambleas de méritos y deméritos del sindicato para ganarse el derecho a comprar el VEF ruso que lo sustituyó. Un buen día los techos empezaron a llenarse de goteras que era imposible reparar —¡todo fue siempre tan difícil en ese país!— y luego se nos fueron cayendo poco a poco sobre las cabezas. Toda la casa y toda la familia haciéndose pedazos: nosotras lejos, los viejos ya muy viejos, los gatos meando, incontinentes, cada rincón…
Que enfrente a mis fantasmas, parecen decir mis tenebrosos sueños con esa casa. Sin embargo, si me dieran a escoger, nunca regresaría a ella. Ni en las vidas siguientes. Eso digo mientras empiezo a escuchar una melodía: “Pueblo mío, que estás en la colina/ tendido como un viejo que se muere…” No sé por qué me viene a la mente esa canción prohibida, clandestina en las fiestas de muchachos, como las de Roberto Carlos. No sé por qué subo Aguilera bajo el sol del mediodía y me detengo frente a la fachada gris y azul. La mirilla ha quedado entreabierta. No puedo evitarlo: pego allí mi ojo. La sala está oscura pero el patio brilla. No se ve un alma.

martes, 17 de febrero de 2009

Revolutionary Road




Revoluctionary Road, la demoledora película de Sam Mendes, no ha sido considerada entre las mejores del año para la entrega de los premios Oscar porque a los señores de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas les pareció muy cruda. Y tienen razón, pero la rudeza no está simplemente en la histeria de los Wheeler ni en esa imagen final de Kate Winslet al pie de la ventana mirando hacia la luz exterior, sino en el excelente guión que nos echa en cara, como un escupitajo, que lo que pasaba en 1955 es exactamente igual en estos días: el habitante de las grandes ciudades como hormiga hacinada en los transportes y las oficinas, repitiendo comportamientos y patrones sociales que no le satisfacen, sobreviviendo sin alicientes pero con ese halo de “normalidad” que nos hace creer que la vida es sólo esta acumulación de días enredados como la ropa sucia en una canasta y que convierte en locos a quienes tratan de alterar o cuestionar ese “orden”.
Nomás hay que ver la traducción del título para su exhibición en Latinoamérica: Sólo un sueño. Seguramente nuestro traduttore traditore —al que no imagino muy calderoniano— consideró que el tema de la cinta era la ilusión enloquecida e imposible de los Wheeler y no precisamente todo el condicionante entorno que se opuso a ella. “No tenía que ser París”, dice Mrs. Wheeler, maniatada, obnubilada, cuando la esperanza de un cambio empieza a venirse abajo y sólo queda ante sus ojos el gran sueño americano: matrimonio perfecto con dos hijitos y esperando el tercero en la preciosa casita de madera de los suburbios que fue su maldita jaula de oro.
Una Kate Winslet tan flaca y desmejorada que nos hace llorar de saudade recordando a la llenita Rose de Titanic o a la exquisita Madelaine de Letras prohibidas (Quills). ¡Qué afán de convertirlas en distróficas! Estuve viendo recientemente a Jennifer Connelly en Casa de arena y niebla, incluso en Réquiem por un sueño, todavía preciosa, con esos hermosos ojos; no el fleco cadavérico y ojeroso de El día que la tierra se detuvo. O Halle Berry cuando ganó el Oscar, con su pelo corto y cara de mujer sana; no el esperpento verdoso de las películas siguientes. Esta lista podría ser interminable y no es más que otra de las muestras de la insatisfacción autodestructiva que nos llega a través de los medios. Es necesario aplastar la belleza, sustituirla por modelos enfermas y convencer a las señoras de que así, esqueléticas como el cadáver de la novia, es que se ven mejor.
Pero volviendo a la película de marras, los señores de la Academia, a quienes ha de molestarles especialmente un ojo tan agudo en un extranjero, sólo nominaron a Revolutionary Road en tres categorías: dirección de arte, vestuario y actor de reparto. Parece que a Mendes no le funcionó la estrategia de repetir el sello de American Beauty. Tal vez porque en Revolutionary Road faltan los aderezos de la homosexualidad y las drogas, tan socorridos en Hollywood para restarle valor a los asuntos, que hacía de aquellos personajes, independientemente de la intención de sus productores, estereotipos diferentes al “perfecto matrimonio americano tradicional”. Ése es, sin embargo, el de los Wheeler, una bella parejita que parecía “gente normal”, especial incluso, como miles de estadounidenses de los suburbios que han encarnado por décadas el american way of life.
Pero resulta que la cotidianidad es mil veces más mortífera que el asesino serial de No Country for Old Men (Sin lugar para los débiles… ¡mira tú la traducción!), que increíblemente le ganó el Oscar el año pasado a Expiation. Bobería vs. seriedad. Enfrentar la dura realidad nunca les ha gustado a los señores de la Academia, que seguramente premiarán El curioso caso de Benjamin Botton, más larga que un mes de mayo e igual de aburrida, con su ridículo zunzún en alta mar como la plumita mamona de Forrest Gump. Sin más mensaje que la exhibición de un fenómeno de feria que les dará el Oscar al mejor maquillaje, aunque lo hayan hecho por computadora, pero que pocas cosas más sólidas nos deja que la idea anticipada de lo que restará de Brad Pitt cuando el batallón de vástagos ajenos que Angelina le ha colgado de los hombros acabe con lo poco que le queda de juventud y belleza.
Pero ése es el tono que le gusta a la Academia y a buena parte del gran público: medio epopéyico, medio bobalicón, un tanto alegórico, pero sobre todo superficialito. Nada que les conmueva los cimientos o los enfrente a sí mismos. Gente lejana, asesinos y lunáticos que nunca nos toparemos en la calle, héroes legendarios, personajes históricos, ETs.
También debe haberles parecido cruda ―si es que la entendieron― la variante de happy end de Vicky, Cristina, Barcelona. Ya no digamos las “impropiedades” que ocurren en el transcurso, que les han valido folclóricas nominaciones a los españoles del elenco. Un filme donde, a diferencia de los últimos de Woody Allen ―Match Point, Cassandra’s Dreams (Los inquebrantables)―, no hay un solo muerto ni una gota de sangre. Ni menstrual. Pero es la más descojonante de todas. Tal vez no es para Oscar, no, pero venía a cuento por esto de que ni los más bonitos matrimonios están salvados de la violencia, la decepción y la desesperanza. Ni en 1955 ni ahora. Ni en América ni en Europa. Ni consumados ni apenas principiantes.
Nada, que mientras espero el estreno de Slumdog millionaire —según Mabel LA película del año— y La duda —para disfrutar una vez más la maestría de la Streep—, me quedo pensando que Winslet y DiCaprio, juntos, parecen estar destinados a que siempre se les hunda el barco. Ni modo.

martes, 10 de febrero de 2009

¿A favor o en contra?





“¿Tú estás a favor o en contra?”, pregunta mi vecino, mexicano, refiriéndose a ya saben quién. Mi expresión es de desconcierto. “Yo lo admiro”, me aclara con el dedito parado igualitico que aquél. “Ya sé que es un tirano, pero lo admiro”. Claro, pienso, quién no lo haría sobre todo si el admirador en cuestión no está aplastado bajo su bota, contenido en su rasero, amordazado por sus chantajes, muerto de hambre, hecho mierda.
A favor o en contra, ¿eso qué más da? La democracia no funcionó ni en la antigua Grecia cuando inventaron el concepto. Porque del dicho al hecho va mucho trecho. Siempre gana “el que debe ganar” sin importar cuántos votos lo favorezcan o cuántos adeptos tenga. Todas son alianzas acordadas previamente entre los propios políticos, que tan beligerantes parecieran en su patriótica actuación, y el pueblo, esa masa amorfa, ese bastión de veleidad e inconstancia, acaba alineándose al de la voz más alta sin importar lo que diga.
Una persona muy querida que hasta hace dos meses se refería al mandatario venezolano como “ese jabao que me cae como una patada en el hígado”, acaba de decirme que están todos muy contentos con Chávez porque mandó picadillo de res —cosa que los cubanos no veían, y mucho menos comían, desde hace décadas— y le exigió al gobierno repartírselo a la población, no como unas latas de sardinas que mandó antes y los raulistas vendieron convenientemente en las tiendas de divisa, en las que sólo pueden comprar los extranjeros y quienes tienen CUC, esa moneda inventada que vale aproximadamente 25 pesos cubanos.
Cuando empezó el revuelo alrededor de aquella propuesta de confederación de naciones que quería hacer Chávez para sentirse emperador, mientras yo me agitaba pensando en los ejércitos bolivarianos reprimiendo a mi pueblo si osaba levantarse contra el “nuevo imperio”, otro buen amigo me dijo, muy pausado y visionario: “Niña, cuando Chávez mande unos jaboncitos de olor, aquéllos van a estar felices con ser colonia de Venezuela”. Y es que aquella islita, faro de América toda, David vencedor de Goliat, siempre ha dependido de otros. La cacareada soberanía es de dientes para afuera. Alianzas, también, entre políticos.
Cuando en gran show transmitido por televisión —previa edición lógicamente—, el tribunal militar que juzgó al general Arnaldo Ochoa y a trece de sus colaboradores, acusados de veinte mil causas menos la que realmente era, llegó al veredicto final, el Comité Central del Partido, asustado, o alerta, ante cierto clima de inconformidad que se dejaba sentir como la brisa que en las tardes sube desde el malecón habanero, instruyó consultar en sus núcleos de base si los militantes estaban de acuerdo con la sentencia. Cuentan que los resultados eran bastante desfavorables a la carnicería y, sin embargo, Ochoa y tres de sus hombres fueron fusilados al amanecer del 13 de junio de 1989; el resto sería encarcelado con penas de escarmiento. ¿Sirve de algo, entonces, estar a favor o en contra?
El mes pasado, en un dossier dedicado al 50 aniversario de la revolución cubana, la revista Letras Libres publica “La Habana, ruinas y revolución”, un reportaje de Bertrand de la Grange y Maite Rico. El texto muestra, pormenorizadamente, con ejemplos surrealistas y realmaravillosos, como es el diario acontecer en la isla, cómo se hizo polvo, basura y miseria toda la herencia cultural que el gobierno revolucionario recibió en 1959, aquel rutilante esplendor mágico de La Habana de la primera mitad del siglo XX.
Bajo el texto, en la sección de comentarios, uno de esos defensores del castrismo que, sin haber puesto nunca un pie en Cuba, atacan en todas las esquinas del mundo a quien profiera media palabra que cuestione a aquel icono tropical, afirma sarcásticamente que “los campesinos y obreros de México han de ser la envidia de los cubanos”. Cuánto me gustaría que este individuo pudiera preguntarle directamente a los campesinos y obreros cubanos. Pero, más que eso, me gustaría que pudiera preguntarle a un cubano de su mismo nivel sociocultural si puede hacer chistecitos irónicos de tono político en algún espacio público controlado por el monopolio gubernamental de la información, único dueño de todos los medios de comunicación.
En el reportaje de Letras Libres, De la Grange y Rico cuentan cómo los establecimientos estatales —o sea, todos; en Cuba no hay iniciativa privada— están atiborrados de propaganda cheguevarista. Dicen que los libreros de viejo de la Plaza de Armas les aseguraron que “a los jóvenes europeos lo que más les interesa son las obras del Che”. A jóvenes ignorantes y fetichistas, a viejos militantes de izquierda que mientras en sus países claman por la creación de comisiones de la verdad y celebran los escrutinios de la ONU a sus gobiernos, se niegan a saber de los desmanes de cinco décadas de justicia revolucionaria, de fusilamientos en La Cabaña y de prisioneros refundidos en las mazmorras subterráneas del Morro con el agua de la marea alta ablandándoles los principios. Sólo quieren saber de camisetas coloridas y ajustadas y de películas románticas.
Como esa nueva cinta sobre el Che. Todos se asombran de que la haya hecho Soderbergh, el director de Sexo, mentiras y video y Erin Brockovich. Pocos parecen recordar —y es fundamental— que también es director de la comercialísima saga de la pandilla robabancos de Danny Ocean. No se angustien, no hay debate ideológico: Soderbergh no quiere catequizarnos sino sacarle la mayor cantidad de dinero a un producto comercial tan garantizado como el Guerrillero Heroico. Del mismo modo en que el gobierno de la isla, con el excelente pretexto que es la familia, nos lo saca a los exiliados mientras se llena la boca diciendo que somos gusanos, vendepatrias, lacra despreciable, peste del universo. Y de esa manera nos ven y nos tratan, fieles al dictado de sus ídolos, esos fundamentalistas voluntarios de una mentira que ni siquiera conocen.
Miriam Gómez, la viuda de Guillermo Cabrera Infante, contó en reciente entrevista que en cierta ocasión, en un avión, un hombre los insultó con un diluvio de improperios y argumentos por sus opiniones sobre Cuba. El enorme escritor no se inmutó, como si con él no fuera; sólo le dijo a su indignada esposa: “Es absurdo discutir, porque no se trata de ideas, sino de sentimientos. Ese hombre es de sentimiento totalitario: no hubiese visto los campos de exterminio de Hitler. ¿Cómo combatir eso?”
¿Quién convence a quién en esas interminables y absurdas discusiones que, por asuntos cubanos, solemos establecer con más frecuencia de la que quisiéramos? ¿Qué más da entonces, vecino, si estamos a favor o en contra?

martes, 20 de enero de 2009

Matar a la niña Yo

Dando tremendo bateo frente a casa de mis abuelos.
Seguramente por esa falda tan hembra que me habían puesto.


Gracias a Inesita por la escaneada de urgencia.


Cuando faltaban veinte minutos para las once de la mañana del 23 de enero de 1964, esa niña de la foto abrió sus ojos, su boca y sus pulmones en la ciudad de Santiago de Cuba, “rebelde ayer, hospitalaria hoy, heroica siempre”. Así, como me ven en esa vieja placa, me he pasado la vida: gritando, peleando, buscándome los más ajenos pleitos y los más propios. Necia, irracional, inconforme… acuariana con ascendente en Aries criada por un asturiano bruto que se pasó la vida diciendo que había que “nadar río arriba”, o sea, ir siempre contra la corriente.
A veces, quién sabe por qué condescendientes conveniencias, uno traza retratos de sí misma que no coinciden del todo con la realidad. Viendo a esa niña que grita, pienso que nunca fui tan obediente y correcta como mis buenas notas y galardones escolares sugerían y los otros repetían. No lo era aunque pasara mucho tiempo tranquila y calladita y no me gustara salir a jugar con los demás niños. No, no era tan santa: me emborraché desde muy joven, amé por igual a hombres y mujeres, apretaba en las fiestas con más de uno, a veces los novios de mis amigas, y decía que la fidelidad sólo podía guardarse hacia una misma porque cómo pedirle abstinencia o contención al cuerpo de otra persona con otras necesidades.
La rebeldía y la transgresión no se limitaron a la vida íntima: nunca quise —y no lo hice— estudiar magisterio ni ir adonde la revolución me necesitara si eso iba en contra de mis planes. Aun muy joven cuestionaba lo incuestionable: desde la supuesta pureza inmaculada de Martí —¿te acuerdas, Bertha?— hasta por qué donarle un central azucarero a Nicaragua cuando nosotros estábamos en la ruina o qué hacían las tropas cubanas en Granada al momento de la invasión estadounidense.
No lo hacía discretamente, persianas adentro como casi todos, sino que abría mi bocota —¡esta gran bocota mía!— o, lo que es peor, lo escribía. Y plasmadas en un papel, a las palabras ya no se las lleva el viento. En cierta ocasión me llamó a su oficina el secretario general de la Juventud de la Universidad de Oriente para “manifestarme su preocupación” por mis planteamientos en una carta personal que le había hecho a un amigo de Camagüey, en la cual comentaba la poca simpatía que me despertaban los comandantes sandinistas, que entonces me parecían aduladores y gorrones. ¿La carta fue interceptada en el correo?, ¿me vigilaban la correspondencia?, ¿me delató el amigo camagüeyano?... Eso ya no importa mucho a estas alturas y no es tema para esta conversación.
Cuando decidí hacer mi tesis de licenciatura sobre los primeros cuentos de Eduardo Heras León, que fue castigado mandándolo a trabajar a una siderúrgica y obligado a adscribirse al realismo socialista precisamente gracias a esas historias indispensables para la literatura cubana pero aborrecidas por el régimen, un viejo profesor le dijo a mi mamá que no me dejara meterme en lío con “aquellos dos locos”, o sea, Lino Verdecia y Pepe Pequeño, mis asesores y amigos, de quienes aprendí, entre otras cosas y sobre todo, a tener los cojones bien puestos aunque no los tuviera.
Ningún regaño me bastó; yo seguí cuestionándolo todo, criticona como soy: desde los premios a las comparsas del carnaval hasta las obras de teatro de Reynaldo o el Cabildo; desde las telenovelas nacionales hasta el songo de Juan Formell y Los Van Van. Incluidos los métodos de funcionamiento de la Asociación Hermanos Saíz, de la que era vicepresidenta en la provincia. De modo que cuando me fui a La Habana —enamorada, es cierto, ésa fue la razón, al menos la aparente— en Santiago ya tenían minados todos los caminos. “Demasiado problemática”, decían. Hipercrítica, sí, como buena parte de los miembros de aquella Generación de los Ochenta entonces en apogeo.
Cuando empecé a escribir narrativa, Mabel me preguntó por qué la recurrencia de protagonistas adolescentes o muy jóvenes. Entonces no lo tenía claro, ahora creo que sí. Hay quien dice que uno tiene la misma edad —¿debería decir nivel de madurez?— desde que nace hasta que se muere. Cuando coincide esa edad mental con la física, se viven los momentos de mayor conciliación con uno mismo, ésos en los que nos sentimos como pez en el agua. En mi caso, ésos fueron, al menos hasta ahora y sin lugar a dudas, aquellos años de la adolescencia y la primera juventud.
El texto publicado la semana pasada en este Parque del Ajedrez ha provocado múltiples reacciones; algunas inesperadas. Agradezco sus muchísimas muestras de cariño y amistad, sus llamadas, sus mensajes, sus comentarios públicos y privados. Después de leer algunos, tuve una revelación: la niña Odette, esa rebelde que todo lo quiere y todo cree merecerlo; astuta, manipuladora y chantajista, le está haciendo un gran berrinche —como el de la foto— a la adulta Odette quien, con lógica de mujer madura, ha tomado —o no— algunas decisiones que a la otra no le gustan. ¿Pudiera ser eso, más que la edad crítica y los cambios hormonales, este volcán que me ruge dentro y no me deja paz?
Tengo que confesarles que pensé matar a la niña Yo. “Enséñala a ser paciente antes de que te mate a ti” sugirió, sabiamente y muy a tiempo, Margarita. Entonces pensé que si ella y yo somos una misma, como cantara Timbiriche —¡no me hagan caso!, chistoretes mexicanos…—; si ella soy yo y como diría aquella canción de Angelito Quintero: “Soy lo que fui/ y lo que soy/ es lo que seré mañana también”… entonces tenemos que reconciliarnos. Además, aunque quisiera —y la verdad es que no quiero—, no podré deshacerme de ella porque es ahí donde radican mi curiosidad y mi esencia indagadora, necesitada del enigma, la novedad y las sorpresas.
Al mediodía del sábado antepasado ya estaba listo ese controvertido texto del martes anterior donde cuestiono la existencia de un fin o misión que guíe nuestras vidas y nuestro actuar. La tarde siguiente deambulaba por la librería de Sanborns en busca de una novelita ligera, de detectives y suspenso, de ésas que me gustan tanto, para regalármela de cumpleaños. Me detuve delante de la mesa de las ofertas —porque, Jesús de Veracruz, mira que están caros los libros— y tomé, al azar, la que estaba encimita: Manuscrito ms 408 del francés Thierry Maugenest. La contraportada no decía gran cosa y sin embargo, la compré. Se trata de una historia de ficción, actual, tejida alrededor de un manuscrito en clave escrito en el siglo XIII por Roger Bacon, que durante siglos han tratado de descifrar miles de especialistas porque contiene “el verdadero fin de la existencia”. Así, textualmente. Y me dije en perfecto cubano: “Coño, me cago en Dios, ¿el universo me estará respondiendo?”
Uno de los protagonistas, Marcus Calleron, agente del FBI que, para más señas y sin venir al caso, es hijo de un balsero cubano, se pregunta si “habría vivido y se habría extinguido sin conocer jamás la razón de ello, […] si todo era azar o si existía un principio creador”. Y aunque sabe que “la brusca intrusión de la Verdad en el lugar y el espacio de nuestros viejos saberes haría estallar nuestro cerebro, del mismo modo que el sol cegaría los ojos acostumbrados a la oscuridad”, se cuestiona: “¿es mejor conocer la verdad y perder el juicio, o vivir en la ignorancia con el fin de preservar la felicidad, aunque esta sea ilusoria?”
Conozco esos largos pozos de la inconformidad y del deseo. Siempre he sabido que esa curiosidad, esa urgencia de saber, me traerá dolores y decepciones, me pondrá ante difíciles caminos. Pero tampoco me resigno a ser un pinche gato doméstico que lame su lechita y ronronea, aunque eso no se oye nada mal. “Aprende a ser paciente”, me parece escuchar a Margarita hablándome desde esas friísimas tierras del norte. “No seas tan inflexible y rigurosa contigo misma”, sugieren otros. Trataré, les respondo. Trataré.

martes, 13 de enero de 2009

Echarse a la jaula del tigre




Quiero ser el verbo puedo...
Pendejita canción de Amaia Montero



El miércoles pasado un muchacho de 23 años cayó a la jaula de los tigres en el zoológico de Chapultepec. Los familiares se apuraron a aclarar que el joven no estaba drogado ni borracho ni mucho menos quería suicidarse; los periódicos abundaron al día siguiente que, tratando de tomar una foto desde mejor ángulo, traspasó la zona de seguridad, perdió el equilibrio y cayó a las fauces del bengalés que allí habita.
Me dio envidia. Quise ser ese chamaco. Echarme a la jaula del tigre con el susto de la insolencia y el desafío. En un texto que mandó Marithelma como saludo de año nuevo, Manuel Vicent decía: “Los inviernos de la niñez, los veranos de la adolescencia eran largos e intensos porque cada día había sensaciones nuevas y con ellas te abrías camino en la vida cuesta arriba contra el tiempo. En forma de miedo o de aventura estrenabas el mundo cada mañana al levantarte de la cama.”
A los 23 años yo también saltaba al foso de las bestias. Desandaba los caminos de la isla contrariando cualquier designio oficial, escribía poemas y artículos incendiarios, criticaba a los cuarentones que no se arriesgaban a seguirnos el paso por “cuidar lo ganado”, porque tenían “qué perder”. ¿Acaso soy ahora una de ellos?
“¡Dios mío, qué viejos estamos!”, me dije cuando terminé de ver Mamma mia!, rajada en llanto a pesar de que la película es una delicia para quienes gustan de los musicales, de los paisajes hermosos y de Meryl Streep, y para quienes oíamos a ABBA a finales de los setenta. La de ABBA siempre tuvo una resonancia diferente dentro del concierto de la música disco. Ese piano tan especial, esa armonía extraña. A mí, debo confesarlo, nunca me gustaron. A no ser la pelirroja bailando “Dancing queen”, dando giros y giros bajo el reflector con su cabellera al viento.
Yo también en aquel entonces contaba más o menos seventeen y podría tener ahora una hija de veintitantos y no saber quién era el padre. Como esos personajes, antiguos rebeldes y aventureros que temían envejecer por considerarlo una “muerte lenta”, estoy iniciando la segunda mitad de los cuarenta, ese punto en que es preciso, sino replantearse la vida, al menos hacer recuento de los “objetivos y misiones”, como se estila ahora definir los perfiles de las empresas y proyectos.
Que hay que disfrutar lo bello de la vida, he oído muchas veces cuando las dudas ontológicas me arrastran por este callejón de los descreimientos. ¿Qué es lo bello de la vida?, me pregunto en medio de esta crisis de identidad que me tiene al borde del naufragio. Intento una contestación: Viajar, conocer otros lugares y otra gente… ok, de acuerdo; amar y que te amen… de acuerdísimo; leer un par de buenos libros, ver una buena película, el arte pues… all right; abandonarse al abrazo y el amparo de un amigo… ajá; no dejar de tener razones para reír a carcajadas… ok again; ver crecer a los hijos, nacer a los nietos… placeres que no conoceré, pero ok; un atardecer a la orilla del mar…
Serrat respondería: “Son aquellas pequeñas cosas/ que nos dejó el tiempo de rosas…” ¿Y las grandes?, me pregunto. Nos han machacado, por los siglos de los siglos, que todo tiene un porqué… Un “para qué”, me corrige siempre Maya. ¿Cuál es el para qué, la gran misión de nuestras humanas vidas? Vuelvo a intentar algunas respuestas: La perpetuidad de la especie y de su obra… ajá, pero para qué. Para la salvación del planeta… ajá, pero para qué. Para mantener nuestro lugar en el universo… sí, pero para qué… ¿Acaso no hay un fin superior, pragmático, creíble, más claro?
Mmm, tal vez éste no es el nivel más correcto de búsqueda. Hagámoslo más personal: ¿Para qué estoy en esta vida?, ¿cuál es mi propio fin? ¿Para escribir, para trasmitir ciertos mensajes?… Pero de qué sirven esas claves, qué trascendencia tienen, a quién podrían salvarle la vida… Y si a alguien se la salvaran, para qué lo habrían hecho, cuál sería la misión de ese otro alguien o la mía propia.
¿Hay para qué trascendentes o el sentido de la vida es esta existencia de hormigas resignadas? Esto me pregunto mientras me viene a la mente aquel campo de pilas humanas de The Matrix. Daban energía para que “los malos”, los Mr. Smith, mantuvieran ante nuestros ojos, plantada en el cerebro, una programación falsa que nos entretuviera mientras ellos depredaban. ¿Seremos simples baterías del universo? Y si lo fuéramos, si no hubiera otra existencia reencarnada donde recibir las recompensas de nuestra buena conducta en ésta, para qué pasárnosla reprimiéndonos, complaciendo a los demás antes que a nosotros mismos, contrariándonos los instintos y pasándolos constantemente por el tamiz de la moral. Para qué, por ejemplo, racionar el alcohol o comer verduras. A veces me siento simplemente “esperando la muerte”, como decía mi abuela Cristina cuando le preguntaban cómo estaba.
A lo lejos oigo a Sabina:


Y ponte gomina, que no te despeine
el vientecillo de la libertad;
funda un hogar en el que nunca reine
más rey que la seguridad.
Evita el humo de los clubs,
reduce la velocidad.
Si lo que quieres es vivir cien años,
vacúnate contra el azar.


Hace unos días me dijo un amigo, a propósito de sus estrategias para el nuevo año: “Se acabó la recondenaçao con las causas justas. He decidido ir a lo mío: o sea, a la amistad, la diversión y el bienestar mío y de los que quiero. Punto. […] porque no me amargarán la existencia ni FC, ni RC, ni la Franja de Gaza, ni la crisis de Mr. Bush, ni las diatribas y pataletas de Fulana de Tal.” Qué sano, pensé; lo envidio. Es como ese principio superacionista de “primero yo, luego yo y después yo”. Tal vez debería imitarlo en vez de refocilarme en el lodazal de la depre y de las inconformidades. Ocuparme de mí misma y no andarle echando la culpa a los demás, a lo demás. Que la vida es una sola: ésta. Y no hay para qué trascendentes ni una pinga… (Perdón, Marlenys, pero estoy hasta la ídem que no tengo.)
Manuel Vicent termina diciendo en el artículo de año nuevo: “No existe otro remedio conocido para que el tiempo discurra muy despacio sin resbalar sobre la memoria que vivir a cualquier edad pasiones nuevas, experiencias excitantes, cambios imprevistos en la rutina diaria. Lo mejor que uno puede desear para el año nuevo son felices sobresaltos, maravillosas alarmas, sueños imposibles, deseos inconfesables, venenos no del todo mortales y cualquier embrollo imaginario en noches suaves, de forma que la costumbre no te someta a una vida anodina. Que te pasen cosas distintas, como cuando uno era niño.”
“Esto de madurar es una trampa. ¡Qué libre es quien no tiene nada!”, me digo y escucho resonar, como un eco en el fondo de mis oídos, las palabras de Félix Luis: “Cada minuto que uno pasa en la oficina es tiempo perdido”. Y entonces, volviendo a las chiquiteces, llego a la misma conclusión: no hay fin alguno que se consiga con las nalgas aplastadas todo el día en medio de este pasillo de la editorial universitaria. No es que la UNAM esté mal en su desorden, su insensibilidad y su inopia. El resto está feliz… o, al menos, resignado. Soy yo la que no encajo. Tengo que echarme a la jaula de los tigres, saltar al vacío con fe, como me recomendaron Maya y Soleida hace unos días. Esperar a que en la pantalla de la computadora —o en la de mi conciencia— brille el mensaje de “Follow the white rabbit” o en cierto libro comprado al azar aparezca una clave inesperada. Tal vez entonces tome la píldora roja y sepa, al fin, mi para qué.

martes, 6 de enero de 2009

¿Celebrar qué?

Lo que es tener la cara dura…
(Frase dicha en 1955, exhibida en el Museo de la Revolución, en La Habana
)




No quería tocar ese tema sino contarles que con mis binoculares nuevos, regalo de Navidad, observé la Luna enorme de diciembre, anaranjada como una mandarina con todo y gajos, y a los peces saltando fuera del agua en la Bahía de Banderas. Decirles que mientras todos gritaban “Ahí, ahí” y señalaban los cuerpezotes grises de las ballenas jorobadas y los delfines en sus respectivos rituales de cortejo, no podía dejar de acordarme de aquel dientudo escualo de cartón que desde las pantallas aterrorizó nuestra playera niñez. Comentar que monseñor Ratzinger, alias Benedicto XVI, dijo, con su boquita fruncida, que la homosexualidad es tan peligrosa para el planeta como el cambio climático; que conducirá con mayor celeridad al fin del mundo… Él ha de estar tan seguro porque es una loca afocante, de carroza y balcón a la calle, cuyo sexo tampoco sirvió a la misión de perpetuar la especie.
Quería hablar de otras cosas. Contarles que en algunos versos de La última espira [Valladolid, Difácil, 2008], Jorge Tamargo propone la desmemoria como estrategia de sobrevivencia, habla de un “tránsito tranquilo hacia el olvido”. Cosa difícil, me dije mientras lo leía, porque los recuerdos construyen ese edificio tambaleante que es la vida. Educados así, el desmemoriado, en vez de ser dichosamente libre, se angustiaría de haber perdido las nociones. Ese “fardo memorioso” es la ilusión de que hemos vivido, de que nadie podrá quitarlos lo bailado. Ni lo llorado. Esto reflexionaba en la playa vallartense cuando supe, una vez más, que los olores y los sonidos, las sensaciones todas, nos devuelven a otras olas, a la danza del mar, al techito de palma y los tostones, al atardecer junto al árbol caído y las manos que cavaban en la cueva sin fin de los cangrejos. A esa otra orilla, entre nubes, donde siempre fuimos niños y tejíamos sueños y sueños y esperanzas, castillos de arena que la marea deshizo como algodón de azúcar en la boca.
La remembranza nos confunde y nos engaña, me dije, bizantina y retruecanosa. Nos hace creer que sobre su lomo regresamos a la esencia y las raíces, al ser que somos, al enfoque exacto de los prismáticos o el catalejo. En vez de hacer como Julián Dalmau, el protagonista más reciente de Lichi [El retablo del Conde Eros, México, Planeta, 2008], “ese cubano errante [que] se iba matando pasito a pasito sin necesidad de colgarse de una soga”, quien al comprender que ya no pertenecía a ninguna parte, “que en La Víbora o en La Habana o en Nueva York no había ni un árbol esperándolo, redondeó el círculo de su orfandad y mandó su cubanía al carajo” porque “todo nacionalismo acaba siendo caricatura”.
Para colmo, Kundera me susurraba al oído que la lucha de la memoria contra el olvido es la lucha contra el poder. Pero yo no quería pensar en el primer día del año ni leer noticia alguna. Que esa fecha pasara inadvertida ―al menos en este Parque― porque las palabras, aun los lamentos y las maldiciones, transmiten energía, dan fuerza. Resistiré la tentación, me dije. No vale la pena. Pero en la llamada de felicitación por su cumpleaños, mi hermana me contó que la picada de un ciempiés le dejó una pierna severamente infectada y que, días después, otro bicho con un centenar de patas le caminó por la frente. “¡Niña, pero dónde tú estabas!”, le pregunté con la sonsera que a veces padecemos quienes hace mucho no vivimos en la isla. “Tú sabes que yo duermo en el suelo”, contestó ella contundente, con esa creencia de “los de adentro” de que “los de afuera” estamos enterados de todo al dedillo ―¡debemos estarlo!― como si aún sudáramos allí.
El 24 de mayo de 2006 el diluvio universal cayó sobre Centro Habana. Cuenta mi madre que en sólo unos minutos la calle se convirtió en un río lodoso lleno de manchas de petróleo que se metió a las casas y alcanzó el metro de altura. El agua lo anegó todo, echó a perder los libros, ennegreció las paredes, cubrió los colchones y los desgració para siempre. Sólo pudo salvarse el de Camilo, que alcanzaron a subir sobre la cómoda. A mi mamá, unos parientes le prestaron otro. Desde entonces Piri y el marido duermen en el piso.
“Chica, ¿no hay manera de comprar una cama?”, cuestioné con la misma perdidez que si fuera extranjera. Ella, impaciente, me explicó que el cuarto está lleno de los sacos de cemento acumulados para hacer la barbacoa, especie de entrepiso de madera ―tapanco, dirían los mexicanos― que, para paliar las necesidades habitacionales, construyen los cubanos en las casas cuyo puntal alto lo permite. Quienes ven poblarse sus barrios y ciudades de edificios nuevos que suben en dos meses como leche hirviendo, tal vez no se expliquen por qué el proyecto de la barbacoa familiar tiene más de un año y no avanza. Es la eterna historia cubana: cuando hay cemento no hay arena; cuando hay arena no hay madera; cuando hay arena, cemento y madera, a mi cuñado le duele la columna, porque el pobre hombre no es ni joven ni fuerte ni constructor de barbacoas y hace tres años que duerme en el piso.
Para quienes no lo saben o se lo están preguntando, mi hermana no es un ama de casa desobligada, sino actriz del teatro, la televisión y el cine cubanos, ganadora en Ginebra del premio de actuación femenina del Cinéma Tout Écran en 2003. Su marido no es un desempleado mantenido; es escritor de guiones televisivos, promotor cultural, profesor de arte. Es cierto: con todo y premio Piri no es Pichi Perugorría ni Mirta Ibarra; le faltan suerte, ambición, vitrina, malicia, amigos y habilidades para “resolver” y “escapar”… ¡ni siquiera ha logrado que la UNEAC le autorice una cuenta de correo electrónico! Pero dónde se ha visto que un intelectual, un artista o un profesional, un ser humano digno cualquiera que sea su oficio, con trabajo fijo y salario, tenga que salir a robarse el alambrón de los edificios que tumbaron los últimos ciclones ―Ike, Gustav y el otro, el de los cincuenta años de abandono y de miseria― o arriesgarse a comprar cemento clandestino para hacer con sus propias manos —y las de otros amigos que tampoco son albañiles— un cuartito rudimentario y caber mejor ―es un decir― en el apartamento diminuto que ni siquiera tiene derecho a vender aunque sea propio.
La gran pregunta de estos días ha sido si, al hacer un balance después de medio siglo, valió la pena la revolución. La respuesta ―al menos para buena parte de los cubanos― parece ser no. Muchos han dado cifras de cómo después de ser el tercer país de América Latina en 1959, Cuba fue a parar al fondo de las listas, o cómo las estadísticas que la propaganda revolucionaria enarbola como grandes logros no asombran demasiado si se les compara con otras naciones de la región. Vean, por ejemplo, los datos que ofrece Andrés Oppenheimer en El País, basado en el Informe de desarrollo humano de las Naciones Unidas fechado el año pasado.
Pero a quiénes habrían de interesarles esas cifras. A los que siguen defendiendo a estas alturas el fidelismo no les importa el pueblo de Cuba sino su propia utopía individual, el símbolo que no pueden dejar morir para no quedarse sin asidero ni esperanzas. Celebran y no piensan ―es más cómodo, más conveniente― sobre qué se sostiene esa bandera de la dignidad continental, a qué precio la ondean sus cuidadas manos de idealistas clasemedieros que en los días de su vida han tenido que “probar suelo” ni los ha aguijoneado un alimaña.
Y para nosotros, los cubanos de adentro y de afuera, todos estos análisis no son más que palabras inútiles, pajas mentales, mientras no estemos dispuestos a hacer la nueva revolución o instaurar la nueva república, como bien señala uno de los colaboradores del ejercicio Revolución Cubana. 50 años en 50 palabras al que hace unos días convocó Camilo Venegas en su blog.