Que cada sociedad crea a los individuos que necesita para sobrevivir, leí hace unos días en algún texto; los mismos días en que un buen amigo volvió de su viaje a Cuba y me contó, con asombro y desencanto, sus experiencias en la isla. Había ido en misión de trabajo por lo que, a su regreso, debía traer el dinero resultante de sus negocios y lo que sobraba de viáticos, así que entró a una de las principales Cadeca [casa de cambio] a convertir a pesos mexicanos sus CUC—esa moneda inventada—. Como es de suponer, allí no tenían la cantidad suficiente de dinero azteca, por lo que mi amigo decidió, después de algunas consideraciones, hacer el cambio a dólares.
Para esos asuntos hay que estar muy despierto y mi amigo, previéndolo, había anotado en un post it la cantidad de CUC que cambiaría. Pero el papelito engomado se quedó pegado en otro lado cuando sacó el dinero. La muchacha que lo atendía le preguntó la cantidad y él no sólo dudo, sino que olvidó el papelito en cuestión y la cifra allí escrita. “Hágame el favor de contarlo usted”, le pidió a la joven. Y la joven contó, volvió a contar y finalmente le dijo: “Al cambio, son tantos dólares”. A mi amigo le pareció menos de lo que esperaba, pero tomó su dinero y le pidió un comprobante. Aquélla cortó con una regla un pedazo de papel y escribió a mano: “700 y tantos CUC = 700 y tantos dólares”, firmó y le puso el sellito de la Cadeca. Mi amigo preguntó si eso era un comprobante válido y la mujer le respondió que hasta el día siguiente no tendrían sistema, por lo que no podía imprimírselo en la máquina oficial. Como en Cuba todo es más o menos así, tomó el papel, salió de la oficina y se dirigió a su hotel disfrutando el vientecillo que sube desde en Malecón en esa zona de El Vedado.
Al llegar a la habitación y vaciar la bolsita, salió, travieso e intrigoso, el post it de marras. El número anotado no era ni remotamente el que le dio la señorita. Faltaban casi 200 CUC. “No es posible”, dijo mi amigo agarrándose la cabeza con ambas manos y sintiendo una apretazón en el pecho y el estómago. “Bien que te pase, por pendejo” y arremetió con otras linduras de las que dispara uno contra sí mismo en esos casos. Entonces decidió no decirle a nadie y pagar lo que aquella muchacha le había sustraído. Pero cuando el elevador se abrió en el lobby, lo primero que le dijo al amigo que lo esperaba fue: “Me robaron” y detalló la historia. Aquél, cubanísimo, concluyó que eso no podía quedarse así y salió como un rayo fulminante para la casa de cambio.
El escándalo no se hizo esperar: que él sí vive allí y sabía perfectamente lo que estaba pasando; que no quería perjudicar a la cajera porque sabe que todos necesitamos el trabajo, pero si ese asunto no se resolvía de inmediato, tendría que presentar una denuncia a la oficina central (o como se llame la instancia superior). Que se acordaran de la reciente redada en que habían sido detenidos y encarcelados varios empleados de Cadeca acusados de ladrones. A esas alturas ya estaba allí, lívida como cómplice hoja de papel y más callada que un sepulcro, la responsable de aquella casa de cambio. Los dos policías de la puerta la habían cerrado con llave para evitar que entrara alguien más. A mi amigo le temblaban las piernas y posiblemente a la muchacha de la caja también porque, sin chistar, agarró un fajo de billetes y contó, uno a uno, los que habían faltado en el primer cambio. A continuación imprimió, en la máquina que no serviría hasta el día siguiente, un flamante comprobante con todas las de la ley.
Al salir de la oficina, aliviado y asustado en igual proporción, mi amigo oyó a un par de paisanos hablando de acera a acera, como se acostumbra allá. Quién sabe a qué se refería, pero uno le gritaba al otro: “Por eso este país está como está, mi hermano”, y aquél le respondía con los ojos mirando al cielo y ambos brazos abiertos como los del alma mater. “Compadre, ¡somos felices aquí!”
Al mediodía siguiente mi amigo bajó al lobby con todas sus pertenencias para hacer el check out. El señor maduro de la carpeta, siempre tan amable y decente, le indicó que debía pagar las llamadas telefónicas realizadas desde la habitación. Él había dejado 20 CUC como depósito; el cambio debía ser de 13.40. El hombre dio unos cuantos dedazos en la computadora, imprimió los comprobantes de sus gastos de estancia y se los entregó junto con 40 centavos de CUC. Mi amigo se quedó mirándolo con la mano extendida y el aquél, sonriente, le dijo: “¿En qué más puedo ayudarlo, señor?”. “Falta cambio”, le respondió, y el hombre tan amable de muy mala gana sacó de debajo del mostrador los 13 CUC que ya había separado y se los dio sin decir palabra, dándole la espalda.
Salió del hotel, todavía un poco perturbado, y abordó un taxi. El chofer preguntó, amistoso: “Muchachos, ¿cuánto les cobran al aeropuerto?” y el amigo cubano, conocedor de ese tipo de negociaciones, respondió de inmediato: “Siete pesos”. El taxista empezó a proferir raros sonidos, del tipo duda o protesta, que terminaron en cuanto el amigo señaló el taxímetro y le dijo: “Tú pon ahí lo que te dé la gana; nosotros te damos siete pesos”. Entonces el hombre volvió a sonreír y hacer chistes, sobre todo después que detuvo el medidor en 1.50 CUC.
Ya en la terminal aérea, se apresuraron a documentar en el mostrador de Mexicana para que les quedara tiempo de compartir un par de cervecitas. La dependienta, cubana, le advirtió que llevaba exceso de peso. Él asintió: “No hay problema”; su empresa había asignado cierta cantidad para ese caso. “Pero es un buen dinerito: 52 CUC”, le dijo ella con esa cadencia dulce de las habaneras. “Ajá, ok, no hay problema” y la muchacha insistió e insistió hasta que el amigo cubano inquirió qué hacer. Ella, con su capitalino acento, les indicó que retractilaran [envolver en plástico] los paquetes para que fueran sólo dos y entonces le cobraría 25 CUC. “¿Pero el peso no es el mismo?”, preguntó mi amigo y el suyo le dio tremendo codazo: “Cállate, coño, y dame esos pesos”.
Emplasticaron los bultos, volvieron al mostrador y el cubano le dio a la muchacha, subrepticiamente, hechos rollito, los 25 CUC que ella se embolsilló y aquí paz y en el cielo gloria. Bueno, allí paz… porque mi amigo ascendió al cielo aterrorizado, pensando que si al piloto le reportan un exceso de equipaje que no es el real, que es mucho menor, eso podría afectar los controles de la nave y hasta ocasionar un accidente. No pudo respirar tranquilo hasta que las llantas levantaron humito en la pista del Benito Juárez. Pero entonces, en medio del papeleo de Migración y la aduana, se dio cuenta de que en la factura de los negocios realizados allá —con un organismo gubernamental, como también lo son la casa de cambio, el hotel, el taxi, el aeropuerto— había un déficit de ciento y tantos CUC en comparación con la prefactura pagada a Cuba por su propia empresa.
Mientras lo oía contarme todo aquello —en retahíla, sin respiro, tal como sucedió—, me preguntaba en qué momento el mundo en el que crecimos, donde nos enseñaron que el dinero no era lo primero ni las cosas materiales lo fundamental —principios que seguimos buena parte de nosotros adondequiera que estemos como tabla de salvación contra el vacío endémico e irracional del consumismo—, pasó a ser ese cubil que padeció mi amigo. “Toda tiranía es esencialmente deshonesta y degrada la dignidad de un pueblo”, dijo Vicente Echerri la semana pasada en su columna de El Nuevo Herald. En esa Cuba que se mueve alrededor del turismo, la divisa y los extranjeros, decencia, dignidad y orgullo parecieran cosa del pasado. Cada sociedad crea a los individuos que necesita para sobrevivir… Eso ha de ser.
Para esos asuntos hay que estar muy despierto y mi amigo, previéndolo, había anotado en un post it la cantidad de CUC que cambiaría. Pero el papelito engomado se quedó pegado en otro lado cuando sacó el dinero. La muchacha que lo atendía le preguntó la cantidad y él no sólo dudo, sino que olvidó el papelito en cuestión y la cifra allí escrita. “Hágame el favor de contarlo usted”, le pidió a la joven. Y la joven contó, volvió a contar y finalmente le dijo: “Al cambio, son tantos dólares”. A mi amigo le pareció menos de lo que esperaba, pero tomó su dinero y le pidió un comprobante. Aquélla cortó con una regla un pedazo de papel y escribió a mano: “700 y tantos CUC = 700 y tantos dólares”, firmó y le puso el sellito de la Cadeca. Mi amigo preguntó si eso era un comprobante válido y la mujer le respondió que hasta el día siguiente no tendrían sistema, por lo que no podía imprimírselo en la máquina oficial. Como en Cuba todo es más o menos así, tomó el papel, salió de la oficina y se dirigió a su hotel disfrutando el vientecillo que sube desde en Malecón en esa zona de El Vedado.
Al llegar a la habitación y vaciar la bolsita, salió, travieso e intrigoso, el post it de marras. El número anotado no era ni remotamente el que le dio la señorita. Faltaban casi 200 CUC. “No es posible”, dijo mi amigo agarrándose la cabeza con ambas manos y sintiendo una apretazón en el pecho y el estómago. “Bien que te pase, por pendejo” y arremetió con otras linduras de las que dispara uno contra sí mismo en esos casos. Entonces decidió no decirle a nadie y pagar lo que aquella muchacha le había sustraído. Pero cuando el elevador se abrió en el lobby, lo primero que le dijo al amigo que lo esperaba fue: “Me robaron” y detalló la historia. Aquél, cubanísimo, concluyó que eso no podía quedarse así y salió como un rayo fulminante para la casa de cambio.
El escándalo no se hizo esperar: que él sí vive allí y sabía perfectamente lo que estaba pasando; que no quería perjudicar a la cajera porque sabe que todos necesitamos el trabajo, pero si ese asunto no se resolvía de inmediato, tendría que presentar una denuncia a la oficina central (o como se llame la instancia superior). Que se acordaran de la reciente redada en que habían sido detenidos y encarcelados varios empleados de Cadeca acusados de ladrones. A esas alturas ya estaba allí, lívida como cómplice hoja de papel y más callada que un sepulcro, la responsable de aquella casa de cambio. Los dos policías de la puerta la habían cerrado con llave para evitar que entrara alguien más. A mi amigo le temblaban las piernas y posiblemente a la muchacha de la caja también porque, sin chistar, agarró un fajo de billetes y contó, uno a uno, los que habían faltado en el primer cambio. A continuación imprimió, en la máquina que no serviría hasta el día siguiente, un flamante comprobante con todas las de la ley.
Al salir de la oficina, aliviado y asustado en igual proporción, mi amigo oyó a un par de paisanos hablando de acera a acera, como se acostumbra allá. Quién sabe a qué se refería, pero uno le gritaba al otro: “Por eso este país está como está, mi hermano”, y aquél le respondía con los ojos mirando al cielo y ambos brazos abiertos como los del alma mater. “Compadre, ¡somos felices aquí!”
Al mediodía siguiente mi amigo bajó al lobby con todas sus pertenencias para hacer el check out. El señor maduro de la carpeta, siempre tan amable y decente, le indicó que debía pagar las llamadas telefónicas realizadas desde la habitación. Él había dejado 20 CUC como depósito; el cambio debía ser de 13.40. El hombre dio unos cuantos dedazos en la computadora, imprimió los comprobantes de sus gastos de estancia y se los entregó junto con 40 centavos de CUC. Mi amigo se quedó mirándolo con la mano extendida y el aquél, sonriente, le dijo: “¿En qué más puedo ayudarlo, señor?”. “Falta cambio”, le respondió, y el hombre tan amable de muy mala gana sacó de debajo del mostrador los 13 CUC que ya había separado y se los dio sin decir palabra, dándole la espalda.
Salió del hotel, todavía un poco perturbado, y abordó un taxi. El chofer preguntó, amistoso: “Muchachos, ¿cuánto les cobran al aeropuerto?” y el amigo cubano, conocedor de ese tipo de negociaciones, respondió de inmediato: “Siete pesos”. El taxista empezó a proferir raros sonidos, del tipo duda o protesta, que terminaron en cuanto el amigo señaló el taxímetro y le dijo: “Tú pon ahí lo que te dé la gana; nosotros te damos siete pesos”. Entonces el hombre volvió a sonreír y hacer chistes, sobre todo después que detuvo el medidor en 1.50 CUC.
Ya en la terminal aérea, se apresuraron a documentar en el mostrador de Mexicana para que les quedara tiempo de compartir un par de cervecitas. La dependienta, cubana, le advirtió que llevaba exceso de peso. Él asintió: “No hay problema”; su empresa había asignado cierta cantidad para ese caso. “Pero es un buen dinerito: 52 CUC”, le dijo ella con esa cadencia dulce de las habaneras. “Ajá, ok, no hay problema” y la muchacha insistió e insistió hasta que el amigo cubano inquirió qué hacer. Ella, con su capitalino acento, les indicó que retractilaran [envolver en plástico] los paquetes para que fueran sólo dos y entonces le cobraría 25 CUC. “¿Pero el peso no es el mismo?”, preguntó mi amigo y el suyo le dio tremendo codazo: “Cállate, coño, y dame esos pesos”.
Emplasticaron los bultos, volvieron al mostrador y el cubano le dio a la muchacha, subrepticiamente, hechos rollito, los 25 CUC que ella se embolsilló y aquí paz y en el cielo gloria. Bueno, allí paz… porque mi amigo ascendió al cielo aterrorizado, pensando que si al piloto le reportan un exceso de equipaje que no es el real, que es mucho menor, eso podría afectar los controles de la nave y hasta ocasionar un accidente. No pudo respirar tranquilo hasta que las llantas levantaron humito en la pista del Benito Juárez. Pero entonces, en medio del papeleo de Migración y la aduana, se dio cuenta de que en la factura de los negocios realizados allá —con un organismo gubernamental, como también lo son la casa de cambio, el hotel, el taxi, el aeropuerto— había un déficit de ciento y tantos CUC en comparación con la prefactura pagada a Cuba por su propia empresa.
Mientras lo oía contarme todo aquello —en retahíla, sin respiro, tal como sucedió—, me preguntaba en qué momento el mundo en el que crecimos, donde nos enseñaron que el dinero no era lo primero ni las cosas materiales lo fundamental —principios que seguimos buena parte de nosotros adondequiera que estemos como tabla de salvación contra el vacío endémico e irracional del consumismo—, pasó a ser ese cubil que padeció mi amigo. “Toda tiranía es esencialmente deshonesta y degrada la dignidad de un pueblo”, dijo Vicente Echerri la semana pasada en su columna de El Nuevo Herald. En esa Cuba que se mueve alrededor del turismo, la divisa y los extranjeros, decencia, dignidad y orgullo parecieran cosa del pasado. Cada sociedad crea a los individuos que necesita para sobrevivir… Eso ha de ser.







