martes, 14 de septiembre de 2010

Al son que les tocan



Para Roxana y Ariana por las conversaciones a propósito.



El espectáculo es, para mi gusto, denigrante. Una spingbreaker —o sea que no llega a los 20 años— encima de un escenario con la grupa alzada; un reggaetonero que le propina tremenda nalgada y acto seguido, después de una pirueta en la que pasa la pierna sobre su cabeza, adelanta la pelvis —lo que en Cuba llamaríamos ni más ni menos que un pingazo— y la niña sale volando cabeza abajo. Se incorpora en medio de las risas del resto de los bailadores y vuelve a subir a la tarima para recibir su siguiente dosis de “castigo”.
“Hay mujeres con tan poca dignidad”, dije, “que cómo no van a proliferar los hombres que las maltraten”. Una amiga me respondió que tal vez no es cuestión de dignidad sino de educación. Incluso de gustos diferentes. Entonces recordé los movimientos coreográficos, tan similares al performance del video, de un ritmo tradicional cubano como el guaguancó. Recordé a los rockeros que se lanzan al público en un acto de liberación y, desafiando las leyes de la gravedad, navegan entre los brazos de una marea de admiradores. Recordé a otras tantas jovencitas que gritan como poseídas en los conciertos y les obsequian sus prendas íntimas a los artistas. Recordé las manifestaciones de fanatismo instintivo de casi todas las religiones.
La filmación de marras es un reportaje sobre los dislates de los adolescentes gringos durante el Spring Break y estaba en el muro de un amigo de Facebook, anunciada como algo hilarante que no debíamos perdernos. Algunos de los participantes en el debate que se armó a continuación, apoyaban la tesis de la comicidad e incluso consideraban el material como una joyita. Yo me preguntaba si estarían ironizando, si realmente les resultaba graciosa la situación o tal vez la observaban con interés antropológico, como si vieran un documental de las costumbres de apareamiento de los chimpancés.
¿Qué significará para esa niña del video —me cuestioné entonces— que el individuo la empuje al vacío de un vergazo? ¿Acaso un privilegio, el honor de haber sido elegida como doncella para sacrificio, un bello recuerdo de un artista a quien admira? ¿Estoy irrespetando el derecho a la diversidad del que habla mi amiga cuando digo que me parece denigrante tal comportamiento o el que las mujeres bailen, sordas y gozosas, ritmos en los que se afirma que son unas perras arrabaleras que deben ser castigadas o que las prefieren muertas por traicioneras y poca cosa?
El domingo conocí a la nietecita recién nacida de unos amigos muy queridos. La abuela, para hacerle gracia, bailaba como loquita una salsa. La niña, que se reía y movía con júbilo sus extremidades, seguramente crecerá entendiendo que ese ritmo es divertido, ameno, del gusto de sus parientes. A ninguno de los que allí estábamos nos parecía insano que la criaturita lo asumiera de ese modo desde tan tierna edad. Eso mismo ha de suceder en el seno de las familias amantes del reggaetón. ¿Por qué entonces éste, y no la salsa u otras danzas, nos lleva a límites de tolerancia?... ¿Tal vez porque subvierte los pilares morales de la “decencia” occidental, especialmente los relacionados con la exhibición de la sexualidad?
¿Qué hace distintos al chúntaro style o el slam del ska del danzón, el mambo o el chachachá?... ¿Sólo una mirada clasista, racista o generacional? ¿Tal vez la exaltación de la violencia y el maltrato a las mujeres? ¿O la exaltación de ese maltrato con tintes de violencia? Porque, a decir verdad, ¿qué tanto se diferencian de otros géneros más candorosos —como el bolero, la balada o las rancheras— donde, disfrazadas de galantería y devoción, asoman tantas muestras de desprecio, subestimación y condena hacia ellas?
Uno de los grandes problemas de las sociedades humanas, desde su instauración misma, es no haber aceptado ni consentido el derecho de cada uno a ser como es y a que le guste lo que le gusta. El afán del poder —sea cual fuere y al nivel que fuere, desde los gobiernos hasta la familia— por estandarizar a todos en una única norma “aceptable” hace que grandes sectores de este conglomerado queden entre los límites de una marginalidad diversa y mayoritaria, porque ¿qué porcentaje de la población mundial es blanco heterosexual masculino occidental y saludable?
Es decir, que casi todos somos minoría. Pero dentro de esas minorías también nos despreciamos, nos cuestionamos, nos deslegitimamos unos a los otros. Forma parte de la naturaleza humana —¿o será también cuestión de educación y costumbres?— defender con pasión nuestras creencias, querer tener la razón y, para ello, tratar de anular —con argumentos o a la fuerza— toda disensión. Difícilmente intercambiamos criterios con naturalidad si éstos son disímiles. De modo que sé que voy a dejar en candela este Parque cuando plantee el intríngulis al cual me han arrojado estas reflexiones.
Soy una mujer que dedica gran parte de su vida, su obra y sus esfuerzos a edificar una sociedad donde todos tengamos los mismos derechos y oportunidades, y las mujeres seamos respetadas y consideradas con equitatividad. Pero si a la niña del video y a sus contertulios les satisface que los tiren de la tarima a punta de ya saben qué, ¿tienen derecho a seguir bailando al son que les toquen o hay que llamarlos a la “cordura” y convencerlos —concientizarlos— de que esas mujeres merecen un trato digno? ¿Debemos contentarnos con su modo de divertirse, pensar que son "cosas de muchachos", dejarlos a su aire o tal vez simplemente reírnos como mis amigos de Facebook; o en cambio, tomar una actitud crítica que pudiera ser, si lo vemos fríamente, represiva o coercitiva? ¿Qué hacer ante esas manifestaciones de la cultura popular?

martes, 7 de septiembre de 2010

¿Qué los sueños, sueños son?

Gaby de la Garza, Ximena González-Rubio y Liz Gallardo son
Alma, Mercedes y Julia Aparicio




Soñé que sería ejecutada en la silla eléctrica. Pasado mañana. No había matado a nadie ni cometido crimen alguno; me decían que era una especie de sorteo tipo ruleta rusa. “Un error del sindicato”, fue la frase textual. Tal vez era el espejo onírico de la angustia de Don José, el protagonista de Todos los nombres, la novela de Saramago que en estos días me hace ligero y divertido el viaje en metro hacia el trabajo, y de regreso. El respetuoso e incorruptible oficinista, después de su incursión alocada e ilegal en cierto recinto escolar, en medio de un estado febril incontrolable deliraba: No robé nada, no robé nada…. e imaginaba las más abochornantes consecuencias.
Pero no, yo no estaba angustiada. Me parecía un poco injusta la veleidad con que me habían elegido para el sacrificio, pero estaba tranquilísima. Creo que hasta contenta. Al menos seleccionaba con todo cuidado la ropa que llevaría, sacándola del armarito donde la guardábamos de niñas, en el cuarto de María Yodú, junto al comedor de la casa de Santiago. “Brasiere no”, me decía, “mejor un top, que es más cómodo”.
Hablando de sostenes, tal vez la pesadilla —que no lo era tanto— fuera en solidaridad con la situación de las Aparicio, esa familia de mujeres que llena la pantalla de Cadena Tres a partir de las diez de la noche. La matriarca, Rafaela, que fuma tabaco y siempre anda con la boca y el ceño fruncidos, está a punto de entregarse a la justicia por un encargo de asesinato contra su propio yerno, cosa que verían con simpatía y envidia casi todas las suegras del planeta.
A pesar de la trama aderezada con maldiciones, espíritus chocarreros, servicios profesionales de prostitución y sicoterapia, lesbianismo, poliamor y otras intensidades, Las Aparicio es una telenovela bastante aburrida. Odio la voz en off que introduce y concluye cada capítulo con frases filosoficoides y sentenciosas recitaditas a lo Del otro lado del corazón. O a lo Carrie Bradshaw en Sex and the City. O a lo Marie Alice Young en Desperate Housewives. Pero además, las líneas dramáticas se arrastran lentas como culebra vieja, los errores de continuidad hacen olas, la credibilidad de algunos personajes y subtramas está por el piso… Pero las actrices —colirio para los ojos— son tan bellas que parecen bestias fotografiadas por National Geographic o Animal Planet: una potranca, un cervatillo, una gacela púber, una venada, una jirafa, con unas curvas tan pronunciadas y espléndidas que ni la Carretera Central por el Camino Viejo del Cobre. Dejan a uno con vértigo de tanto pestañear, y duermo tan alebrestada —febril como el Don José de Saramago, balbuceando Mercedes, Mercedes— que hasta sueño con la silla eléctrica.
Dada la urgencia sumaria de mi ejecución, no habría oportunidad de viajar a despedirme de Piri y de mi madre, pero tampoco tenía ganas de telefonear a Cuba. Una sola llamada quería hacer, y no sabía si ese día o en la víspera. Caminaba por un pasillo largo y mal iluminado con una Marta Mosquera de la edad y apariencia de los años ochenta, cuando tomábamos café con menta en La Isabelica, y le pedía, ególatra hasta en la muerte: “Ocúpate de que se publiquen mis libros”.
Los verdugos, sentados en la mesa de mi última cena, me concedían el derecho de que dos amigos, un hombre y una mujer, me acompañaran en los minutos finales, pero decidí que ninguno, ni el más fuerte de espíritu ni la más amada, merecía el castigo de presenciar tal espectáculo. Mi rostro retorcido, los ojos desorbitados, la cabeza echando humito, el cuerpo tratando de romper las correas que me ataran. Una muerte tan parecida a mi propia vida.
Si a suplicios nos remitimos en busca de explicaciones, podría ser que esta madrugadora inquietud se debiera al sobresalto de ver los centros comerciales ya decorados para Halloween sin haber pasado las Fiestas Patrias. En cualquier momento empiezan a sonar los villancicos y las risas del gordo noruego —sueco, finlandés o lo que fuera— y yo pierdo la paciencia y el buen humor por todo lo que resta de 2010 hasta que dejen de beber los peces en el río y la Marimorena se regrese a su cueva. Eso… eso sí tiene tintes de pesadilla.
Qué sería de los sueños, me pregunto, si las improntas fisiológicas —gritar, huir, aguar o desaguar— no nos sacaran de ellos tan abruptamente… Adónde iríamos a parar en esa otra realidad paralela, tan real como cualquiera, porque ¿acaso no es la vida un sueño?, como dijera Calderón —el de la Barca, no el enano macabro… De pronto me vi de cuerpo entero, toda vestida de blanco, con la camisa metida dentro del pantalón y un cinturón de hebilla ancha. Y luego, subía la santiaguerísima loma de San Francisco dentro de un carro chiquito, de modelo viejo, que manejaba un muchacho parecido a Iván, el secretario del sindicato de la UNAM. Sentía lo pronunciado de la pendiente y la potencia del motor tratando de vencerla, pero no podía ver el camino.
Desperté cuando pedía que no me sedaran con sueros ni anestesia; quería sentir el corrientazo que me cociera los sesos y los dejara listos para quesadilla. En el instante final, transitando entre la onírisis y el despertar, o tal vez entre el aquí y el más allá, me decía: “Ya sabía yo que era inútil preocuparse tanto por el conocimiento y la superación… ¡Mira cómo va a quedar esa pobre materia gris!” Abrí los ojos y así mismo estaba el día: turbio, oscuro, tormentoso. Como salido de un sueño.

martes, 31 de agosto de 2010

Sequía





La frase se forma detrás de mis ojos, la imprescindible primera oración. A veces se alarga con un par de subordinadas y complementos, alcanza el tamaño de un párrafo pequeño, unas tres o cuatro líneas. A veces, incluso, llego a anotarla en la libreta. Pero, de inmediato, cual si perdiera todo interés, se difumina en un segundo, como espejismo en el desierto.
De ese proceso me percaté conscientemente ayer, mientras devoraba los cacahuates japoneses con limón que me dieron como merienda en mis últimos vuelos con Mexicana. De pronto aquel cuadrito de papel metálico se convirtió en una bolsa histórica, como esa foto que tomé desde la ventanilla del Airbus minutos antes de despegar del Benito Juárez, hace un par de viernes, rumbo a la Sultana del Norte.
Recordé la cosquillita a medio esternón, una emoción extraña, cuando el avión aceleró su carrera sobre la pista para dar ese salto que lo impulsa hacia el cielo. Algo como el susto de las primeras veces. “O de las últimas”, me dije, sabiendo que posiblemente no hubiera viajes futuros con la empresa aérea que ya se debatía en infructuosas negociaciones para salvarse de la inevitable quiebra. Debajo, la ciudad yacía embarrada de esa nata espantosa que parece humo pero es, tal vez, cochambre.
Nada más anoté entonces. Volví a asombrarme de que el café de Starbucks en la zona internacional del aeropuerto tuviera un precio más elevado que en el área nacional, lo cual me dejó claro que sólo hay un café más caro que el de Starbucks: ¡el de Starbucks! Y luego pensé que algún tejemaneje económico se esconde, sin duda, tras la filantrópica y ecologista decisión de prohibir las bolsas de plástico en los supermercados y tiendas, bajo amenaza de multas exorbitantes, mientras no se les ponga el letrerito de 100% reciclable, seguramente a las mismísimas irreciclables de antes. Que ya está uno muy viejo para creer en cuentos de hadas.
Me sacó de mi nube —la interior y la que miraba a través de la ventana— una señora, parecida a Paquita la del Barrio, que roncaba a mandíbula batiente y piernas sueltas, desbordada en los asientos de la otra fila. Hojeé la revista Vuelo, que anunciaba para septiembre un número especial de aniversario que ya no saldrá. Ciclos que se cierran, pienso ahora. “Mexicana, la primera siempre será la primera”, decía aquel eslogan. Nunca digas siempre, nunca digas nunca. ¡Adiós, Mexicana, yo que tanto te quería!...
Sí, hay tiempos de cambio y tiempos de sequía como los hubo de abundancia y de esplendor. Como tal vez vuelva a haberlos. En la escritura como en la naturaleza. Como en la vida misma. Las palabras, caprichosas, bailotean y se cambian de lugar. Juegan a esconderse entre mis dedos como el mercurio que —¡hace tanto!— derramaban los termómetros rotos. No quieren que las tome, no se dejan asir. Ellas sabrán sus danzas y sus tiempos, sus ahora y sus nunca. No voy a presionarlas. Las espero, paciente, en éste, nuestro Parque. Como a ustedes, mis amigos. Gracias por estar cerca.

martes, 25 de mayo de 2010

¿Quién mató a Paulette Gebara?




Fanática como soy de la novela negra y policial, de las historias de asesinatos y detectives, la nota roja y la justicia mexicanas me dejan casi siempre en coitus interruptus. O nunca resuelven los casos, o inventan culpables y versiones increíbles hasta para el más imbécil, o si la hubiera, no te enteran de la solución. En el mejor de los casos nos hacen creer que el criminal se suicidó en la cárcel, como el Caníbal de la Guerrero.
Nuestros investigadores, jueces y policías serían la causa del colapso hepático de Agatha Christie y Conan Doyle, como lo son del mío. Por si fuera poco, con prisa de eyaculador precoz los medios de comunicación nos alborozan hasta límites a veces inconcebibles, para luego dejarnos a medio palo. Y el público lector, televidente o escucha, como esposa acostumbrada a poco, se conforma con no pedir más y acaba olvidando, pasando la página, hablando de cosas más “de moda”.
Esta alharaca empezó cuando el supuesto asesor inmobiliario Mauricio Gebara y su esposa Lisette Farah, avecindados en las finísimas colonias de colindancia entre la capital y el Estado de México, la mañana del 22 de marzo denunciaron la misteriosa desaparición de su hija Paulette, una niña de cuatro años con discapacidad motora y lingüística. Las fotos de la menor coparon las portadas de los periódicos, las vallas publicitarias y puentes peatonales de las principales avenidas y los espacios noticiosos de todas las televisoras y estaciones radiales mientras unos nada desesperados padres pedían, de la manera más poco convincente, que les devolvieran a su hija. Aquí entre nos, más inquieta me pongo yo cuando pierdo el cortaúñas.
Circo, maroma y teatro se sucedieron durante los siguientes días. Todo México jugaba a desentrañar el misterio. Hasta los capos y los sicarios de las mafias tuvieron chance de descansar un rato y sentarse a ver las noticias de Paulette. Las hipótesis se sucedían: desde las más descabelladas, como que la había abducido los extraterrestres porque en las fotos los ojos de la niña parecían no tener iris, sólo pupila, como los alienígenas ―ésa era, por supuesto, de mis favoritas―, hasta un secuestro para pedir rescate, tráfico de órganos, venta o prostitución infantil. No faltaba la teoría del accidente, entendido éste como una caída, un empujón, un golpe no premeditado o una asfixia coyuntural, pero también se especulaba que alguno de los padres podría estar utilizando la desaparición como venganza contra el otro, y se sospechaba de las sirvientas y sus novios, de los vigilantes del edificio, algún vecino o los supuestos amantes de la señora de Gebara.
Uno de los aspectos más interesantes del caso fue cómo, en un país donde la madre es lo más sagrado, no hubo quien no señalara desde el primer momento a Lisette Farah como la responsable indiscutible del asesinato, que todavía no era asesinato sino sólo desaparición. Claro que esta mujer, según nos la dibujaron tendenciosamente los medios, no es la abnegada madrecita mexicana: mantenía la compostura, no lloraba a moco tendido, se le veía evidentemente fastidiada, parecía insensible como si no hablara de su hija, hacía bromas de mal gusto ―como invocar a Harry Potter para que encontrara a Paulette―, fumaba como chimenea y decía “aych” volteando los ojos. Sólo le faltaba mascar chicles frente a la cámara. Además, nos contaron que desatendía a las hijas por pasársela en Facebook y el chat, que tenía al menos un amante, que se fue de week end con una amiga a güilear con otros hombres a Los Cabos… Y es joven, guapa, inteligente y aparentemente rica, detalles que la “gran masa” suele convertir al instante, envidiosamente, en características imperdonables.
Cualquiera que haya visto un solo capítulo de La ley y el orden, Cold case o CSI sabría, al menos, las primeras medidas a tomar en una circunstancia como ésta; la procuraduría mexiquense por supuesto que no. El apartamento de los Gebara no fue asegurado, ni siquiera la habitación de la niña. Cuentan que los agentes deambulaban como Pedro por su casa e iban a hacer sus necesidades al baño que solía usar la menor. En la cama de Paulette pernoctaron los familiares y amigos que los acompañaron durante los días de búsqueda; allí mismo, sobre aquel colchón, ofrecía la madre las entrevistas. Resultado más que obvio: todas las posibles huellas y evidencias quedaron borradas.
Casi una semana después, por incurrir en inconsistencias y divergencias en sus declaraciones, fueron arraigados los padres y las muchachas del servicio. A la madre se le inició expediente como indiciada. Curiosamente, la madrugada siguiente apareció el cadáver de Paulette. ¿Dónde? A los pies de su propia cama, entre el colchón y la baranda, debajo de las cobijas. Vestida con la piyama azul que todos vimos sobre la cama en miles de tomas previas. Y entonces el procurador de justicia mexiquense Alberto Bazbaz, a quien ironizando en torno a su apellido y su eficacia investigativa medio México ha apodado El Babas, pero que en ese momento aún se relamía los bigotes seguro de que había encontrado la catapulta hacia la Procuraduría General de la República en el próximo sexenio, se presentó en los noticieros matutinos para afirmar que se trataba sin duda alguna de un asesinato y que llegarían hasta las últimas consecuencias.
Pero en los días siguientes se empezó a rumorear que Mauricio Gebara era gran amigo del procurador, compañero de escuela. En la autopsia milagrosamente no encontraron rastro de violencia ni huellas en la casa, ni porque trajeron peritos del FBI. Todos los detenidos fueron liberados por falta de pruebas: no servían los monitores de vigilancia del edificio, nadie vio entrar ni salir a nadie, nunca apareció el amante de Lisette. El tema empezó a perder actualidad ante tanta matanza cotidiana más espeluznante. En fin, que Paulette ―nunca más ad hoc― pasó a mejor vida. Cual reza el mexicanísimo refrán: “El muerto al hoyo y el vivo al gozo” que, dicho sea de paso, en Cuba tiene un final más consonante, cual corresponde a nuestra vernácula desfachatez.
El viernes pasado, finalmente, El Babas Bazbaz dio sus conclusiones: anunció que la muerte de la niña fue accidental. O sea que ella sola, con todo y su discapacidad, rodó sobre el colchón, se metió en el hoyo y se apretó la nariz. Y allí se quedó quietecita durante diez días mientras entrevistaban a su madre, los amigos pernoctaban y las sirvientas arreglaban la cama cada mañana. Nada más le faltó decir que fue suicidio premeditado porque Paulette tenía motivos suficientes para suponer que sería mejor morirse ahora y evitar todas las que le esperaban con el par de padres que le tocaron.
Precisamente en un capítulo de La ley y el orden escuché que en la generación de niños que vio caer las Torres Gemelas en Nueva York se ha desarrollado un síndrome de indiferencia hacia el horror. Algo similar ocurre en sociedades como la mexicana —¿acaso todas?—, donde el morbo que sigue debe ser superior al anterior y cada vez más efímero porque, como dice la gente del espectáculo —fase nefasta—: el show debe de continuar. La Mataviejitas y El Caníbal son personajes de fábula infantil; los asaltos a transeúntes y los secuestros exprés, boberías del pasado. Ahora preferimos ver niños balaceados —con la foto del hueco de la bala en la espalda—, decapitados, destazados, entambados, encobijados, licuados en ácido… En ese contexto, el de Paulette fue un caso light. Supuestamente no había ni un golpe ni una vejación en su cuerpecito. Ni veneno en su estómago, más que el de una hamburguesa de McDonald’s. Ni siquiera se descompuso demasiado ni apestó. La impresión que pueda habernos dejado se supera con facilidad.
¿Quién la mató? Tal vez nunca lo sabremos. Como no supimos dónde quedaron los cuerpos de Muñoz Rocha o Hugo Alberto Wallace; quién acribilló a Paco Stanley a la salida de El Charco de las Ranas; quiénes asesinaron al niño Fernando Martí o a la hija de Nelson Vargas; quién le metió el plomazo al delantero del América Salvador Cabañas en el Bar Bar o adónde fue a parar el Chapo Guzmán después de escaparse de la cárcel a la vista de todos, enredado entre la ropa de la lavandería como en las películas. Y ni qué decir de los miles y miles y miles de anónimos asesinados por el crimen organizado: narcotráfico, secuestro, contrabando y sus demás variantes. Ahora mismo nos entretenemos imaginando, con afiebrado goce, adónde tendrán escondido al diputado panista Diego Fernández de Cevallos, cómo le arrancaron el chip antisecuestro con las famosos tijeras, qué otras torturas pormenorizadas y espantosas le estarán propinando, en qué vado se encontrará su cuerpo acribillado y hecho trozos con la barba guardada en una bolsita de súper. Pero eso también lo olvidaremos en cuanto nos mareen con un crimen peor. Y otro y otro y otro más.
¿Quién mató a Paulette Gebara?... Da igual, parecemos decir todos, inmersos en la indiferencia hacia lo pasado de moda y la excitación por lo terrorífico que vendrá. Pero después de muerta la niña, volvieron a matarla los ineptos peritos, investigadores y funcionarios de la procuraduría mexiquense y los medios de comunicación que decidieron que ésa ya era noticia vieja. Porque esos detectives que aun cerrado el caso siguen investigando, esos periodistas que no aceptan la “versión oficial”, sólo aparecen en las películas y en las series de TV, y obviamente no son mexicanos. Y la matamos cada uno de nosotros los conformes, los acostumbrados a que es normal que nada se resuelva porque así es aquí. O sea: ¡Fuenteovejuna, señor!
Posdata:
Al filo de las dos de la tarde de este martes 25, el procurador Alberto Bazbaz ha presentado su renuncia... Más que pertinente, entonces, mi pregunta: ¿Quién mató a Paulette Gebara? ¿O acaso pretenden que con la expiación de Bazbaz el caso queda resuelto y todo mundo tranquilo?

martes, 18 de mayo de 2010

Es por culpa de una hembra




Lo hermoso es sólo el comienzo de lo terrible.
Rainer Maria Rilke


Escuché por primera vez a Mecano allá por el año 93, recién llegada a México. José Miguel llevó unos casetes del grupo español a la oficinita de la calle de Medellín que era la sede de la naciente Asociación de Intercambio Cultural “José María Heredia”. En las tardes, cuando todos se iban y no quería regresar a encerrarme en el cuarto de azotea en el que vivía, me quedaba desentrañando los misterios de la computadora, artefacto totalmente nuevo para mí, y fascinada con las letras de José María Cano. No así con las de su hermano Nacho, que siempre me han parecido tan simplonas e insulsas…
“Me cuesta tanto olvidarte” discutía el puesto de favorita con “No es serio este cementerio” y "El blues del esclavo". Después se ubicaban “Quédate en Madrid”, “Cruz de navajas” y “No hay marcha en Nueva York” y, al final, “Hijo de la Luna” y “Una rosa es una rosa”. “Aire” estaba incompleta porque no alcanzó la cinta —como solía pasar entonces— y cuando se cortaba, quedaba suspendido, precisamente en el aire, ese no sé qué del tipo/a volando ventana abajo. Y uso los dos géneros porque esa androginia de Ana Torroja, que iba más allá de su modo de vestir o de peinarse y llegaba hasta cantar las canciones en masculino, era una de las notas originales del trío.
Una de aquellas tardes compré un TDK de 60 minutos en los puestos de afuera de la estación Chilpancingo y al día siguiente grabé sólo las que me gustaban, para evitarme la molestia de tener que pasar manualmente —como era entonces— “Maquillaje”, “Las curvas de esa chica”, “Hoy no me puedo levantar” y todas esas boberías discotequeras del Nacho, que parecía más maricón que Juan Gabriel y, parafraseándolo, ay qué pesado qué pesado, pero bueno, este comentario no viene al caso…
Recordé todo esto porque el taxista que me trasladaba del metro a la oficina venía oyendo “Hijo de la Luna”. Volví a escuchar con detalle cómo el gitano mata a su mujer cuando sospecha que el hijo que han tenido —“blanco como el lomo de un armiño, con los ojos grises en vez de aceituna”— no es suyo, sino de un payo; cómo se lleva al niño al monte y allí lo deja, y cómo la Luna, que ya había hecho un pacto medio macabro con la gitana, se queda tranquilamente con el muchachito albino, sin trámite alguno de adopción, como si nada más hubiera pasado.
Pensé en el artículo de la semana pasada en este Parque del Ajedrez, una de las piezas más terribles que haya escrito desde “Un puñado de cenizas”. Cómo, sin embargo, casi todos los comentarios recibidos aludían a su belleza. ¿Qué es lo bello y qué, lo terrible?, me pregunté y les pregunté a mis amigos en esa plataforma virtual que se llama Facebook, adonde a ratos me siento más acompañada y viva que en la propia realidad. Alguien dijo que la canción era tan hermosa que no prestaba atención a la letra; otros preguntaron por qué me parecía terrible. Varios coincidimos en ese entretejido de dominios que puede hacer de belleza y horror la misma cosa o, al menos, una muy cercana, complementaria incluso, al decir del poeta Rilke.
Lo más interesante, sin embargo, fue comprobar cómo han cambiado los tiempos desde aquellos primeros noventa. Ahora podemos afirmar que “Hijo de la Luna” es la historia de un feminicidio por celos y odio de raza, como apuntó Ana Paulina, y hasta de un infanticidio o, cuando menos, abandono de menor. Así, si repasamos el resto de las letras de Mecano… ¡ay mamá, cuántas cositas feas se encuentra uno! A la luz de nuestros días, claro está, que en aquella época de la movida y el posfranquismo Mecano fue de lo más cool, como se diría ahora. Matizado con ese humor rudo y sarcástico de los españoles, que en sus canciones era un acierto, hay todo un catálogo de machismo y misoginia.
Pero seamos justos, ésa es la característica más rampante de toda la canción popular —desde la llamada música clásica hasta el reggaeton, no sólo del bolero y la balada—, donde el hombre es casi siempre el protagonista —aunque parezca lo contrario— y las mujeres son unas reinitas ingratas que no los valoran, unas malditas desgraciadas que los han engañado o unas tontas que no los merecen. Tras el supuesto “culto a las damas” se ocultan muchas manifestaciones de desprecio y menosprecio, disfrazadas a veces de sublimidad, galantería y devoción.
La mayor parte del tiempo pasamos por alto esos matices porque no nos enseñan a razonar, sino sólo a escuchar en un primer nivel de percepción. Por eso el arte suele servir de poco; tal vez sólo de cierto placer estético o autocomplacencia narcisista de autor y receptores, incluso como eslabones independientes. Hasta lo más evidente puede ser refutado —alegando usos y costumbres, como las demandas sindicalistas— porque, además, así es la vida desde hace milenios, desde que el mundo es mundo patriarcal: el hombre distribuye premios y castigos según su masculina visión y las mujeres jugueteamos con esas nociones como algo (casi) incuestionable, ya dado, “natural” e inamovible.
Es el leguaje del amor, se diría. A veces ridículo y dulzón, plagado de requiebros, chantaje emocional y reclamos plañideros, pero también lleno de ese afán por contender y agredir, como si toda relación humana —incluso y sobre todo la pasión — fuera una lidia, una batalla en la que uno de los rivales tuviera que ganar o, lo que es peor, hacer perder al otro; visión guerrera a la que nos acostumbramos hombres y mujeres, fuente de tanto sufrimiento y gasto inútil de energía.
“Es por culpa de una hembra que me estoy volviendo loco, no puedo vivir sin ella pero con ella tampoco”, cantaba entre macha y hembrísima la Torroja allá en los finales de los ochenta. Y la culpa, siempre la culpa…


martes, 11 de mayo de 2010

Soñar despierta




Abro los ojos y tengo en la mano una cápsula dorada, un poco más larga que una pastilla. La observo detenidamente mientras pienso en la vida. El sol que entra por la ventana la hace brillar; el reflejo traza figuras de luz en la pared, sobre los muebles. Es un explosivo muy potente, concentrado. Voy a tomármela tragando en seco. Cuando llegue al estómago y los ácidos corroan su envoltura, estallará.
Abro los ojos y voy subiendo una pendiente, una calle sin asfalto. Me fijo adonde pongo el pie, trato de no pisar en falso. Hay una casa blanca, con ventanas de vidrio y una mujer me mira por entre las persianas. Su mirada es un látigo. Fallo el siguiente paso, me resbalo, una piedra me rasga el pantalón y la rodilla. La sangre se coagula al instante en que sale, prefigura lo que será la costra, la postilla. El dolor ensordece. Sé que cuando vuelva la cabeza ya no estará su rostro detrás de la cortina.
Abro los ojos y sobre una mesa de quirófano hay un cuerpo. Del techo pende una estructura cuadricular hecha de cuchillas afiladas, parecida a aquel artefacto que metíamos en las cubetas para hacer hielo en cuadritos o a las navajas de la primera escena de The Cube. Todo está en silencio, en calma, a la espera. No se conoce la hora exacta pero en cualquier momento caerán.
Abro los ojos y el tren anaranjado entra a toda velocidad a la estación. Una mujer madura, de apariencia extranjera, está parada al borde del andén. El viento la despeina cuando el convoy le pasa por delante, casi rozándola. Se abren las puertas y ella da un paso atrás. Los que bajan la empujan; la empujan los que suben. Parece un monigote.
Abro los ojos y es de noche. Entre las sombras veo un escapulario de Teresa de Ávila, su corazón en llamas. Un puñal cobra altura, el brazo a todo lo largo. Antes del golpe, el alma escapa en un suspiro y observa desde afuera. “Lástima de máquina perfecta”, parece decir su voz imperceptible. Es ella quien hunde en la nuca el tiro de gracia. “¿Será que al fin conocerá la paz?”
Abro los ojos y hay una casa frente al mar. Pocas habitaciones, unas cinco quizás. El techo de palma, las paredes ligeras y en cada una de ellas, un mural. Desde la terraza se observan el amanecer, el mediodía, los ocasos. Me siento junto al tronco caído, echo puñados de arena a los cangrejos que asoman por la boca de sus cuevas laberínticas. La tarde cae. El mar rompe con fuerza, las gotas se hacen sal sobre la piel. Una canción muy vieja se escucha en lontananza. ¿Habrá allá, detrás del horizonte, algún camino?
Abro los ojos y la goma de un lápiz va borrando el nombre que escribí, letra por letra: la o, la ese, la ene van dejando un rastro sucio, rasposo, en el papel. Vuelvo a abrirlos y no veo más que arena. Una arena brillante que deslumbra; millones de granitos iridiscentes. Tal vez, más que silicio, sea mar, la lumbre de las olas, los fuegos de Tritón. Tal vez una galaxia, el universo. Tal vez un puñal, las vías del tren, el odio de unos ojos, una píldora que estalla en mil colores.

martes, 4 de mayo de 2010

Si Cuba se hundiera en el mar





¿Qué pasaría si una de estas tibias mañanas primaverales sintonizara el telediario en lo que cuela la cafetera su tintura y escuchara, no la tantos años esperada, sino esta insólita noticia: “Se hundió en el mar la isla de Cuba”? ¿Qué haría después de caer, desencajada, incrédula, en el sillón de enfrente de la tele? ¿Cambiaría a CNN?, ¿correría al teléfono a marcar el 00 53 7?, ¿me conectaría a internet para tratar confirmarlo?, ¿llamaría a Orlando y a Minerva, a Efraín, a Marlenys, a Mabel?, ¿lo pondría en el Facebook?...
Retomé esa vieja “fantasía” a fines de la semana pasada, cuando Carlos Pascual, el excelentísimo embajador gringo en México, dijo en un foro que “el cambio climático se va a encargar de resolver el problema que Estados Unidos tiene con Cuba, porque en 50 años la isla va a desaparecer bajo el mar”. Agregó que cambiarán los mapas, especialmente de las zonas costeras, por lo que también desaparecerá, por ejemplo, la península de la Florida.
Bien dicen que Natura es sabia: nunca pensé que ese asunto se resolviera de tan perfecta y contundente manera. Ni una orilla ni la otra, ni pa’ ti ni pa’ mí. En dos segundos el señor Pascual vaticinó la solución del “problema cubano”. Ni comuñangas ni gusanos: todos de cabeza para el mismo foso, un acuático círculo infernal en el que tendrán que convivir por toda la eternidad lanzándose consignas e improperios.
Las islas son pedazos de corcho, buques sin ancla. Sólo las une al fondo marino un cordoncito imantado, del ancho de un hilo dental, del que posiblemente puedan zafarse un día y salir a navegar. O voltearse, como rimbaudiano barco ebrio entre las olas. ¿Qué pasaría, entonces, si a consecuencia de la nostradamusiana predicción del señor Pascual, del deshielo de los polos, del aumento del nivel de los océanos, de una serie de maremotos y tsunamis o del peso de la infamia, la isla de Cuba se hundiera en las verdosas aguas del mar Caribe?
¿Qué es Cuba?, me pregunto. ¿Acaso el amor ridículo a la tierra y a la hierba que pisan nuestras plantas, como dijera Martí? ¿Acaso, como cantara Heredia, las palmas, oh, las palmas deliciosas? ¿La bandera de Byrne deshecha en menudos pedazos o una luna tan brillante como aquella que se filtra en la dulzura de la caña? ¿Qué es Cuba: sólo el paisaje, las calles que pisamos, la línea del mar, los edificios que se desploman de abandono?
¿Qué sería de la vida de los sobrevivientes sin esa contraparte? Sin el Hijo de Puta, sin el amigo del alma, sin el pariente chantajista y pedigüeño. Sin nadie a quien recriminar o a quien proteger de las verdades, a quien no mandarle el mensaje o la noticia que “pueda comprometerlo”… ¿Podríamos entonces encontrar nuestro camino, aquel que supuestamente salimos a buscar cuando abandonamos el país? ¿Podríamos librarnos de la culpa de habernos “salvado” por segunda vez?
Si un día oyéramos esa noticia, ¿podríamos ser otra cosa que cubanos? Por ejemplo, gente normal, independiente, que tuviera existencia propia, intereses personales, aspiraciones, sin que pesara de manera tan monstruosa la “traición” a la tierra, sin que dejar la tierra fuera una traición y un anatema. Si supiéramos que no hay ningún lugar al que regresar, ¿entenderíamos, entonces, que la vida es hacia delante, daríamos el siguiente paso?
Recuerdo ahora a quienes me han echado en cara cuánto canso con mi manojo de historias del pasado, cuán absurdas y sin sentido se tornan mis reflexiones acerca de ese presente cubano que no me pertenece, al que no pertenezco, en el que no estoy inserta y que, posiblemente, no alcance a comprender aunque haya vivido allí alguna vez. Recuerdo el comentario reciente de alguien de la isla a quien, cuando le dije que allá la cosa está en candela, respondió: “¿Aquí?, ¿en candela?... No niña, quién te dijo eso, si acaban de dar pollo para menores de 14 años y picadillo ¡de res! al resto de la población…” Recuerdo el malecón desbordado de gente que bailaba con Calle 13 o celebraba apoteósicamente la victoria de Industriales en la serie nacional de béisbol mientras las turbas agredían a las Damas de Blanco en las calles de La Habana más profunda o los encarcelados morían en sus huelgas de hambre —más hambre que la cotidiana— sin que nadie escucharan sus demandas de ser reconocidos oficialmente como presos de conciencia. Recuerdo las sesiones de terapia en las que Celia me decía: “conserva tu centro” y yo hablaba de todo menos de mí. “El equilibrio en tu centro”, insistía ella, y yo me desesperaba sin encontrar un centro que me perteneciera, sin pertenecerme a mí misma.
¿Podríamos seguir adelante sin la esperanza de un tiempo mejor para los nuestros, de una supuesta democracia, de que algún día pudieran vivir como nosotros, sin muchos lujos pero comprando lo elemental en un supermercado donde alcanzara su salario, en vez de esperar y conformarse con lo que “llegue a la bodega”; sin tener que mendigar los tres dólares, los tres trapos y las medicinas que les mandamos “los de afuera”; leyendo u oyendo lo que quisieran y no lo permitido por un gobierno que permite poco o lo obtenido clandestinamente… en dos palabras: siendo personas, ciudadanos de primera?
¿Y si no se hundiera, si simplemente nos dijeran —como acaba de contarme un amigo recién llegado de la isla— que allá no están tan mal, que los sitios donde venden en CUC están llenos de cubanos tomando cerveza, que hay un metrobús con guaguas nuevas, grandes y cómodas, que los centros comerciales no tienen nada que envidiarle a los de acá, que ellos se han acomodado muy bien a robarle al Estado y sobrevivir con sus trampas y triquiñuelas?... Si nos dijeran eso, ¿podríamos acaso seguir adelante o el castigo, el autocastigo y la culpa no terminarán jamás?
Ya sé que peco de inocencia pero si, haciendo un ejercicio de ilusión —ilusionista tal vez—, algunos de nuestros compatriotas fueran honestos y nos dijeran, no en plan de batalla de ideas sino sentados tranquilamente en el patio familiar, que la isla se parece cada vez más a cualquier otro país, con sus miserias y sus riquezas; que ellos están tan bien o tan mal como nosotros en nuestros respectivos lugares y con nuestros respectivos gobernantes; que dejemos de subestimarlos y compadecerlos, de juzgarlos o de justificarlos, que los dejemos ser. Que entendamos de una vez que son felices allí y así, que ésa es la vida que desean y que no quieren ningún cambio; que si algún día estuvieran inconformes, lo resolverían ellos… ¿qué haríamos, entonces, “los de fuera”?
Si, ya sé que hace tiempo, asfixiada por la desesperanza y la impotencia que ese tema nos siembra, prometí no volver a hablar de Cuba. Pero los dolores tan viejos y tan hondos no pueden echarse en una bolsita y tirarlos al mar cual botella que se trague una ballena o mensaje que se pierda para siempre.

martes, 27 de abril de 2010

Vago y divago





Si algo verdaderamente bueno han tenido los días recientes, es el desentrañamiento de un misterio ancestral: ahora ya sabemos por qué el pollo cruzó la carretera. Fue por una disfunción hormonal. Eso acaba de ser revelado por el presidente boliviano Evo Morales, a quien le pegó tan fuerte lo del cambio climático que le dio por asegurar que los alimentos transgénicos y la sobrehormonación de las aves de corral destinadas al consumo humano son los responsables de la propensión hacia la homosexualidad y la calvicie.
En los hombres, claro está, que para este tipo de espécimen neosocialistoide las mujeres no existimos o importamos menos. “Si se les cae el pelo, que compren pelucas”, pensará seguramente mientras repite las lecciones que aprendió en algunas borracheras de coca con sus adorados maestros ―ya saben quiénes―, machines y peludos ellos, rebosantes de testosterona.
Tal vez esa descompensación que provoca en los caballeros, al textual decir de Evo, “desviaciones en su ser de hombres” fueron las que impulsaron hacia Los Pinos a Joaquín Sabina, ese recalcitrante misógino machito gachupín. Después de haber sido “regañado” y acusado de ingenuo en sendos comunicados públicos, absurdos y desproporcionados, del presidente Calderón y su secretario de Gobernación, por haber cuestionado la efectividad de las estrategias gubernamentales de combate al narcotráfico, en vez de “aplicarle el 33” ―que implica deportación inmediata―, la amenaza más común para cualquier extranjero que se atreva a abrir la boca en México, el cantautor español acabó compartiendo lujoso ambigú ―donde seguramente sirvieron pechugas hormonadas― que culminó con la interpretación de “La canción de los buenos borrachos” ―ninguna mejor― acompañado a coro por el jefe del Estado mexicano y su ministro del interior, dizque muy varoncitos ambos.
“Ya nadie vale un cacahuate”, iba yo reflexionando mientras observaba, desde el avión de hélice que me trasladaba a Aguascalientes, la mierda haciendo olitas en la laguna donde desembocan las aguas albañales del DF. A través de la ventanilla de esa navecita hembra, con la discreta coquetería de las pequeñas cosas ―ésas que, según Serrat, suelen ser trascendentes y darnos las casi imperceptibles satisfacciones del día a día―, reconocí las cúpulas del velódromo y de la TAPO y un cerro del Chiquihuite que apenas se adivinaba detrás de la nata amarillenta del esmog.
Ya en la hidrocálida región, cuando nos detuvimos frente a la fuente en forma de manzana para ver a la urraca tomar agua y mojarse las patas, Iván Trejo me dijo: “Esto es sin duda un buen augurio” y sentí crecer un alborozo en el centro del pecho. No se equivocó mi regio amigo: fueron excelentes las horas pasadas en Aguascalientes, a excepción de la primera noche, cuando una pesadilla me lanzaba al fondo de la siguiente por más que les gritaba a las ánimas en pena que debían poblar aquella habitación de hotel: “Ya déjenme dormir, cabronas, vengo sólo por dos días, no voy a quitarles su espacio, no se inquieten”…
Hay cosas de las que nos damos cuenta mucho después. Al terminar la lectura del jueves en el Centro de Investigación y Estudios Literarios de Aguascalientes (CIELA), donde tuve el honor de compartir mesa con Sofía Ramírez, Juan Carlos Quiroz y Juan Domingo Argüelles, una señora me insistió con énfasis: “Usted no es un fantasma”. Se refería a uno de los poemas que acababa de leer, aquel que dice:

Soy un fantasma.
Los que hablan de mí
no me conocen
los que extienden su mirada hacia mi orilla
saben
de antemano
que no me encontrarán.
Yo viví en una isla
respiré el salobre viento de las tardes
puse mis manos
sobre sus ojos
al dormir
besé su boca.
Yo viví en una isla que se hundió para siempre.
Desde entonces
en tierra firme
soy un fantasma.


Se le atribuye a Hemingway aquella recomendación tan socorrida entre escritores y aprendices de que tan importante es lo que escribimos como lo que borramos. Hace tiempo eliminé de ese poema el que era su penúltimo verso: “vago y divago” decía. Un juego de palabras nada agraciado para la poética; un par de verbos que frenaban el rítmico fluir. Cuando apreté la tecla de “Delete” entonces, me sentí satisfecha: por fin me complacía el resultado. Sin embargo el jueves, después del comentario de la señora, me quedé pensando: ¿habré querido borrar también de mi vida esa esencia de vagar y divagar que es, en dos palabras, lo que soy?
La avioncita del regreso tenía una hélice café y la otra negra. Despegó con la ligereza de una mujer menuda y nos regaló un viaje tan estable como el de ida. A punto de aterrizar, me impresionó, como cada vez, la imponencia de los volcanes presidiendo el valle: don Goyo echando su fumada matutina al pie de la Iztaccíhuatl y la ciudad, abajo, una maqueta insignificante, un caserío extenso y diminuto, como pueblo de hormiguitas.
Sí, ésta soy yo ―me dije atisbando hacia afuera―, y es la que quiero ser. No tengo que disculparme ni avergonzarme cuando los demás insisten en que viajo mucho. Sí, adoro moverme, prefiero los traslados a las estancias, me mata estar fija en un mismo sitio por más de un minuto y medio. Soy, como decía Serrat, paloma torcaz y quiero “entre el cielo y el mar vagabundear como un cometa de caña y de papel”. No importa si, remedando a Sabina, porque no quiero ser estatua de sal me llamen todos culo inquieto.
Por eso, nomás me bajé del avión y tomé camino hacia la Fiesta del Libro y la Rosa, feria que a la manera del Sant Jordi barcelonés organiza desde hace dos años la Coordinación de Difusión Cultural de la UNAM. Ana Franco, a nombre del Periódico de Poesía, nos invitó a un variado grupo de colegas a aventarnos unos cuantos versos en el vestíbulo de la sala Miguel Covarrubias del Centro Cultural Universitario. Y allí estuvimos, poema en ristre, como San Jorge en el día de San Jorge ―que además se ha instituido como Día Mundial del Libro para recordar los natalicios de Shakespeare y Cervantes―, en esta lucha sin fin por tratar de cortarle al menos una de sus espantosas cabezas al dragón de la ignorancia, de la incultura, de la insensibilidad.

martes, 20 de abril de 2010

Persiguiendo un orgasmo desesperadamente




A Livier, por lo tantas veces comentado.
A Amélie y sus amigas, Nadir y Rodolfo, Montse y Reto
por la velada de anoche.



Anoche, en la sede de la Sociedad General de Escritores de México (SOGEM) realizamos una tertulia para presentar la Antología mínima del orgasmo (Monterrey, Ediciones Intempestivas, 2009). Estuve gratamente acompañada por mis amigas y colegas Amélie Olaiz, Nadir Chacín y Montserrat Hawayek, compañeras en esta orgiástica aventura, y por un público participativo y retador. Tan intenso y animado estuvo el ambiente, que ni siquiera sentimos el temblorcillo de 5 grados Ritchter que sacudió el valle de México. Me atrevo a asegurar que todos salimos satisfechos, como después de un buen orgasmo.
Éste es el texto que compartí allí:


Cuando leí los resultados de la Primera Encuesta Nacional sobre Sexo que Consulta Mitofsky realizó en 2004, me quedé, como se diría en Cuba, patidifusa. Tan aterradores eran, que sentí un escalofrío recorrerme el cuerpo desde el cóccix hasta la coronilla y viceversa. Sólo 2.6 % de las encuestadas relacionó la palabra sexo con satisfacción, y sólo 1.9 % con felicidad. Por aquella misma época, el Instituto Mexicano de Sexología dio a conocer que, según sus investigaciones, 80 % de las mujeres que viven en ámbitos rurales y 40 % de las asentadas en las ciudades padecen anorgasmia, o sea, nunca han tenido un orgasmo.
El orgasmo femenino no es cosa fácil, ya se sabe. Comparado con el masculino, tan expedito, inevitable y vistoso, el nuestro es algo así como desentrañar un tesoro. Llegar a él demora; requiere paciencia, tanteo, insistencia inteligente. Pero cómo un instituto especializado en sexualidad —me pregunté entonces, incrédula; me lo sigo preguntando ahora— afirma esa barbaridad atroz en vez de indagar, por ejemplo, en la capacidad amatoria de las parejas de esas pobres mujeres y en sus propias costumbres de represión y desconocimiento, insuficiente o nula educación sexual.
No hace mucho escuché a una amiga afirmar, con una contundencia que rayaba en la indignación, que el orgasmo está sobrevalorado. Al instante concluí, apenada por ella: ¡otra que no se viene! Porque cuando uno no conoce el orgasmo, puede vivir eternamente despreocupada entre las brumas de su ignorancia; pero quien lo ha sentido al menos una vez en la vida, sólo podrá otorgarle su justísima dimensión. Ni más ni menos. ¿No es acaso una especie de Big Bang dentro del vientre? ¿No es la concentración de toda la energía en un punto que de pronto estalla? ¿Quién podría renunciar a esa impronta creacionista, a ese universo que se contrae y se expande en el regazo?
Confieso que soy una golosa de los orgasmos. Tal vez debido a mis costumbres sexuales, a mi elección de preferencias, a mi temperamento caribeño, el orgasmo ha sido siempre el punto culminante de toda cópula. Hacia allí se encaminan, literalmente, todos los esfuerzos. Es su objetivo, su meta, su razón de ser. Entiendo, admiro y respeto a quienes encuentran o fijan en el apareamiento un fin ulterior más elevado y pretensioso, más universalmente conservacionista y regenerador, pero aun en ese caso, creo que siempre será mejor lograrlo del modo más placentero.
Una cosa sí hay que aceptar: el orgasmo no nace; se hace. Hay que lucharlo pues, ponerse durita, que es —observen ustedes qué paradoja— todo lo contrario al masculino proverbio de “flojita y cooperando”. Porque la famosa cosquillita con la que suele confundírsele y referírsele es sólo el preludio del estallido que vendrá. Y es —no lo olviden, no se dejen engañar— una respuesta fisiológica absolutamente democrática: no está vedada a nadie. Porque como escuché alguna vez: no hay mujeres frígidas, sino mal manipuladas. Y añadiría yo: seguramente poco ilustradas en la propia anatomía y sus placeres.
En la vida, como en la literatura, para alcanzar sueños hay que trazarse objetivos claros, bien definidos. Y si en la primera me esfuerzo por cumplir a cabalidad mi intención de “llegar hasta el final” con todo el gozo posible, así lo hago también en la segunda. Sería imperdonable condenarnos a la anorgasmia de que hablaba el Instituto Mexicano de Sexología. Por eso ha sido una fiesta participar en esta Antología mínima del orgasmo —que no del orgasmo mínimo… ¡gracias a Dios… y a la destreza adquirida!—, compilación de textos que Livier Fernández Topete y Héctor Alvarado reunieron el año pasado para las Ediciones Intempestivas de Monterrey y que ya ha tenido presentaciones en las principales plazas —literarias— de la República mexicana.
Lo celebro hoy, una vez más, al lado de las 51 multiorgásmicas amigas con las que comparto estas páginas que son una orgía policultural y multilingüística. Lo celebro como a cada uno de los orgasmos: propios y ajenos, solitarios o solidarios, sincrónicos o alternos, onanísticos y orgiásticos, extrovertidos o modosos, generosos o caprichosos, monogámicos y políglotas. Los del libro y los de la vida real; los pasados y los futuros. Porque como dijo uno de los asistentes a la tertulia en la Sogem, no existe el orgasmo, sino orgasmos; disímiles, variados, cada uno con personalidad propia. Recuerdo en este momento una frase reciente de mi amiga Ana Gloria: “Lo único malo que tiene el orgasmo es que dura muy poquito”. ¡Precisamente por eso hay que venirse mucho!
“No te hagas más pajas mentales”, dirían en Cuba si me ven tan elocuente en la teoría y sin visos de praxis inmediata y concreta, como quien se ilusiona con un imposible. Pero a estas alturas sé que las “pajas”, incluso las mentales, habrán de conducirme, sin lugar a dudas, al fin deseado: el divinísimo orgasmo, es decir, cuando menos una catarata de ideas, un surtidor de esperanzas que, más tarde o más temprano, hagan de lo imposible, realidad.

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Y éstos son mis poemas incluidos en la Antología mínima del orgasmo:


TATUAJES

La punta de la lengua dibuja el redondel
una esfera de fuego
un tatuaje liminar sobre tu vientre.
La punta marca el triángulo
el círculo primario
la ranura de luz donde luego se hunde
el cántaro de lava
la eclosión.


MEDIODÍA

A mediodía
una lluvia de flores tapiza el aguacero
y adentro el aire se hace más liviano.
Sobre tu piel mi piel
en mi boca el elíxir
estela de humo limpio
advenimiento.


miércoles, 7 de abril de 2010

Íntima sexualidad




La semana pasada, a raíz de la declaración pública de la homosexualidad del cantante puertorriqueño Ricky Martin y de mi artículo en este blog al respecto, varios amigos se mostraron incómodos: me insistieron en que la sexualidad es un asunto íntimo y que no hay razón alguna para sacarlo del confinamiento a los aposentos particulares donde ha estado resguardado, dicen, por los siglos de los siglos. Pero eso no es exactamente cierto: si bien el apareamiento humano —que es sólo una de sus manifestaciones— suele consumarse en la paz de las habitaciones, la sexualidad es y ha sido siempre un asunto público.
Cuando Ricky Martin o yo decimos que somos homosexuales, estamos haciendo más o menos lo mismo —aunque en sentido contrario, afirmativo en este caso— que cuando, ante las presiones o dudas sociales, tantos varones insisten, enfurecidos, en que “no soy puto, güey” o tantas muchachas abren los ojos y mueven la cabeza diciendo “te juro que no me gustan las mujeres”. O sea, definiendo nuestra identidad sexual que es —tanto para homos como para heteros— una de las características fundamentales de la personalidad.
Cuál es la fobia a las etiquetas —si de homosexuales se trata; que en cualquier otro caso (profesión, grado académico, oficio, nacionalidad o procedencia, etc.) hay muy pocas reticencias—; cuál, si desde el segundo mismo en que nacemos se nos clasifica como hembra o macho —una etiqueta a veces tan infuncional y equívoca— atendiendo precisamente a nuestros órganos sexuales. Y esa calificación nos es solicitada, aunque pueda apreciarse a simple vista, en todos los formularios que llenamos durante el transcurso de la vida, desde el acta de nacimiento hasta la de defunción.
Para los heterosexuales la sexualidad es también un asunto público. Ellos salen de la mano a la calle, caminan abrazados de sus parejas, se besan —en la boca— delante de todos, bailan eróticamente y se aprietan en lo oscurito e, incluso, en lo más iluminado. En franca exhibición de su preferencia, presentan a sus parejas a la familia y los amigos, y realizan esos grandes festejos publicitarios que son las bodas para celebrar el contrato de cópula reproductiva según el cual unirán semilla y vientre —alegorías metafóricas de los órganos sexuales— para formar una familia. Y luego enseñan, orgullosos, sus embarazos y a sus proles, frutos inequívocos de la consumación del apareamiento sexual.
¿No son, acaso, todos esos rituales expuestos a los cuatro vientos una declaración pública? No hay que ponerse un letrero en la frente ni enarbolar una bandera que diga “soy heterosexual” porque lo muestran y lo demuestran, con pavorreálica ostentación, en cada uno de sus actos relacionados con el amor y la pareja. Y también en los relacionados con el ejercicio del poder a todos los niveles.
Que la sexualidad —sea la que fuere— se confine al ámbito de lo íntimo —o lo vergonzoso— es dejar a los abusadores en un coto de impunidad. Ahora nos sorprende y nos indigna la cantidad de curas acusados de pederastia cuando hemos callado —y enseñado a callar y exigido ese silencio— por décadas, por siglos, ante los pederastas de cualquier profesión y grado de familiaridad que pululan en nuestras sociedades y para los que nos hemos hecho de la vista gorda por vergüenza a confesarnos sus víctimas. Porque cuántas niñas —y niños— no fuimos manoseados o tuvimos que observar y tocar los genitales que nos mostraban los mayores, muchas veces miembros de nuestras propias familias, escuelas o círculos de amistades. Cuántas y cuántos no seguimos aguantando que los abusadores nos falten el respeto en el transporte público o cualquier lugar donde se sientan cómodos y protegidos sabiendo que nos avergonzaría hacer un escándalo relacionado con ese tipo de sucesos. A cuántas y cuántos no tratan de chantajearnos y engañarnos a cambio de favores sexuales, y cuántos y cuántas no utilizan esa vía para “ascender” y mejorar…
En las sociedades donde los “diferentes”, los menores o los más “débiles” sigan siendo objeto recurrente de abuso o escarnio, la sexualidad no es —ni puede ser— un acto circunscrito a la esfera de lo íntimo. De que lo sexual salga definitivamente a la luz, dependerá que ya no haya que callarse las ofensas, las agresiones, la discriminación y las calumnias; que no queden tranquilamente impunes los abusadores.
“Ojalá llegue el día en que no sea necesario que un artista tenga que confesar que es homosexual” me han repetido casi textualmente, como frase hecha, varios amigos, incluidos algunos homosexuales, como si hacerlo fuera una impropiedad y una vergüenza que debiera seguir oculta. Yo digo: ojalá algún día no sea necesario que un artista “confiese” su homosexualidad sino que todos y todas podamos decirlo como los heterosexuales, sin miedo, sin pena, como quien dice soy doctor o equilibrista.