martes, 4 de mayo de 2010

Si Cuba se hundiera en el mar





¿Qué pasaría si una de estas tibias mañanas primaverales sintonizara el telediario en lo que cuela la cafetera su tintura y escuchara, no la tantos años esperada, sino esta insólita noticia: “Se hundió en el mar la isla de Cuba”? ¿Qué haría después de caer, desencajada, incrédula, en el sillón de enfrente de la tele? ¿Cambiaría a CNN?, ¿correría al teléfono a marcar el 00 53 7?, ¿me conectaría a internet para tratar confirmarlo?, ¿llamaría a Orlando y a Minerva, a Efraín, a Marlenys, a Mabel?, ¿lo pondría en el Facebook?...
Retomé esa vieja “fantasía” a fines de la semana pasada, cuando Carlos Pascual, el excelentísimo embajador gringo en México, dijo en un foro que “el cambio climático se va a encargar de resolver el problema que Estados Unidos tiene con Cuba, porque en 50 años la isla va a desaparecer bajo el mar”. Agregó que cambiarán los mapas, especialmente de las zonas costeras, por lo que también desaparecerá, por ejemplo, la península de la Florida.
Bien dicen que Natura es sabia: nunca pensé que ese asunto se resolviera de tan perfecta y contundente manera. Ni una orilla ni la otra, ni pa’ ti ni pa’ mí. En dos segundos el señor Pascual vaticinó la solución del “problema cubano”. Ni comuñangas ni gusanos: todos de cabeza para el mismo foso, un acuático círculo infernal en el que tendrán que convivir por toda la eternidad lanzándose consignas e improperios.
Las islas son pedazos de corcho, buques sin ancla. Sólo las une al fondo marino un cordoncito imantado, del ancho de un hilo dental, del que posiblemente puedan zafarse un día y salir a navegar. O voltearse, como rimbaudiano barco ebrio entre las olas. ¿Qué pasaría, entonces, si a consecuencia de la nostradamusiana predicción del señor Pascual, del deshielo de los polos, del aumento del nivel de los océanos, de una serie de maremotos y tsunamis o del peso de la infamia, la isla de Cuba se hundiera en las verdosas aguas del mar Caribe?
¿Qué es Cuba?, me pregunto. ¿Acaso el amor ridículo a la tierra y a la hierba que pisan nuestras plantas, como dijera Martí? ¿Acaso, como cantara Heredia, las palmas, oh, las palmas deliciosas? ¿La bandera de Byrne deshecha en menudos pedazos o una luna tan brillante como aquella que se filtra en la dulzura de la caña? ¿Qué es Cuba: sólo el paisaje, las calles que pisamos, la línea del mar, los edificios que se desploman de abandono?
¿Qué sería de la vida de los sobrevivientes sin esa contraparte? Sin el Hijo de Puta, sin el amigo del alma, sin el pariente chantajista y pedigüeño. Sin nadie a quien recriminar o a quien proteger de las verdades, a quien no mandarle el mensaje o la noticia que “pueda comprometerlo”… ¿Podríamos entonces encontrar nuestro camino, aquel que supuestamente salimos a buscar cuando abandonamos el país? ¿Podríamos librarnos de la culpa de habernos “salvado” por segunda vez?
Si un día oyéramos esa noticia, ¿podríamos ser otra cosa que cubanos? Por ejemplo, gente normal, independiente, que tuviera existencia propia, intereses personales, aspiraciones, sin que pesara de manera tan monstruosa la “traición” a la tierra, sin que dejar la tierra fuera una traición y un anatema. Si supiéramos que no hay ningún lugar al que regresar, ¿entenderíamos, entonces, que la vida es hacia delante, daríamos el siguiente paso?
Recuerdo ahora a quienes me han echado en cara cuánto canso con mi manojo de historias del pasado, cuán absurdas y sin sentido se tornan mis reflexiones acerca de ese presente cubano que no me pertenece, al que no pertenezco, en el que no estoy inserta y que, posiblemente, no alcance a comprender aunque haya vivido allí alguna vez. Recuerdo el comentario reciente de alguien de la isla a quien, cuando le dije que allá la cosa está en candela, respondió: “¿Aquí?, ¿en candela?... No niña, quién te dijo eso, si acaban de dar pollo para menores de 14 años y picadillo ¡de res! al resto de la población…” Recuerdo el malecón desbordado de gente que bailaba con Calle 13 o celebraba apoteósicamente la victoria de Industriales en la serie nacional de béisbol mientras las turbas agredían a las Damas de Blanco en las calles de La Habana más profunda o los encarcelados morían en sus huelgas de hambre —más hambre que la cotidiana— sin que nadie escucharan sus demandas de ser reconocidos oficialmente como presos de conciencia. Recuerdo las sesiones de terapia en las que Celia me decía: “conserva tu centro” y yo hablaba de todo menos de mí. “El equilibrio en tu centro”, insistía ella, y yo me desesperaba sin encontrar un centro que me perteneciera, sin pertenecerme a mí misma.
¿Podríamos seguir adelante sin la esperanza de un tiempo mejor para los nuestros, de una supuesta democracia, de que algún día pudieran vivir como nosotros, sin muchos lujos pero comprando lo elemental en un supermercado donde alcanzara su salario, en vez de esperar y conformarse con lo que “llegue a la bodega”; sin tener que mendigar los tres dólares, los tres trapos y las medicinas que les mandamos “los de afuera”; leyendo u oyendo lo que quisieran y no lo permitido por un gobierno que permite poco o lo obtenido clandestinamente… en dos palabras: siendo personas, ciudadanos de primera?
¿Y si no se hundiera, si simplemente nos dijeran —como acaba de contarme un amigo recién llegado de la isla— que allá no están tan mal, que los sitios donde venden en CUC están llenos de cubanos tomando cerveza, que hay un metrobús con guaguas nuevas, grandes y cómodas, que los centros comerciales no tienen nada que envidiarle a los de acá, que ellos se han acomodado muy bien a robarle al Estado y sobrevivir con sus trampas y triquiñuelas?... Si nos dijeran eso, ¿podríamos acaso seguir adelante o el castigo, el autocastigo y la culpa no terminarán jamás?
Ya sé que peco de inocencia pero si, haciendo un ejercicio de ilusión —ilusionista tal vez—, algunos de nuestros compatriotas fueran honestos y nos dijeran, no en plan de batalla de ideas sino sentados tranquilamente en el patio familiar, que la isla se parece cada vez más a cualquier otro país, con sus miserias y sus riquezas; que ellos están tan bien o tan mal como nosotros en nuestros respectivos lugares y con nuestros respectivos gobernantes; que dejemos de subestimarlos y compadecerlos, de juzgarlos o de justificarlos, que los dejemos ser. Que entendamos de una vez que son felices allí y así, que ésa es la vida que desean y que no quieren ningún cambio; que si algún día estuvieran inconformes, lo resolverían ellos… ¿qué haríamos, entonces, “los de fuera”?
Si, ya sé que hace tiempo, asfixiada por la desesperanza y la impotencia que ese tema nos siembra, prometí no volver a hablar de Cuba. Pero los dolores tan viejos y tan hondos no pueden echarse en una bolsita y tirarlos al mar cual botella que se trague una ballena o mensaje que se pierda para siempre.

martes, 27 de abril de 2010

Vago y divago





Si algo verdaderamente bueno han tenido los días recientes, es el desentrañamiento de un misterio ancestral: ahora ya sabemos por qué el pollo cruzó la carretera. Fue por una disfunción hormonal. Eso acaba de ser revelado por el presidente boliviano Evo Morales, a quien le pegó tan fuerte lo del cambio climático que le dio por asegurar que los alimentos transgénicos y la sobrehormonación de las aves de corral destinadas al consumo humano son los responsables de la propensión hacia la homosexualidad y la calvicie.
En los hombres, claro está, que para este tipo de espécimen neosocialistoide las mujeres no existimos o importamos menos. “Si se les cae el pelo, que compren pelucas”, pensará seguramente mientras repite las lecciones que aprendió en algunas borracheras de coca con sus adorados maestros ―ya saben quiénes―, machines y peludos ellos, rebosantes de testosterona.
Tal vez esa descompensación que provoca en los caballeros, al textual decir de Evo, “desviaciones en su ser de hombres” fueron las que impulsaron hacia Los Pinos a Joaquín Sabina, ese recalcitrante misógino machito gachupín. Después de haber sido “regañado” y acusado de ingenuo en sendos comunicados públicos, absurdos y desproporcionados, del presidente Calderón y su secretario de Gobernación, por haber cuestionado la efectividad de las estrategias gubernamentales de combate al narcotráfico, en vez de “aplicarle el 33” ―que implica deportación inmediata―, la amenaza más común para cualquier extranjero que se atreva a abrir la boca en México, el cantautor español acabó compartiendo lujoso ambigú ―donde seguramente sirvieron pechugas hormonadas― que culminó con la interpretación de “La canción de los buenos borrachos” ―ninguna mejor― acompañado a coro por el jefe del Estado mexicano y su ministro del interior, dizque muy varoncitos ambos.
“Ya nadie vale un cacahuate”, iba yo reflexionando mientras observaba, desde el avión de hélice que me trasladaba a Aguascalientes, la mierda haciendo olitas en la laguna donde desembocan las aguas albañales del DF. A través de la ventanilla de esa navecita hembra, con la discreta coquetería de las pequeñas cosas ―ésas que, según Serrat, suelen ser trascendentes y darnos las casi imperceptibles satisfacciones del día a día―, reconocí las cúpulas del velódromo y de la TAPO y un cerro del Chiquihuite que apenas se adivinaba detrás de la nata amarillenta del esmog.
Ya en la hidrocálida región, cuando nos detuvimos frente a la fuente en forma de manzana para ver a la urraca tomar agua y mojarse las patas, Iván Trejo me dijo: “Esto es sin duda un buen augurio” y sentí crecer un alborozo en el centro del pecho. No se equivocó mi regio amigo: fueron excelentes las horas pasadas en Aguascalientes, a excepción de la primera noche, cuando una pesadilla me lanzaba al fondo de la siguiente por más que les gritaba a las ánimas en pena que debían poblar aquella habitación de hotel: “Ya déjenme dormir, cabronas, vengo sólo por dos días, no voy a quitarles su espacio, no se inquieten”…
Hay cosas de las que nos damos cuenta mucho después. Al terminar la lectura del jueves en el Centro de Investigación y Estudios Literarios de Aguascalientes (CIELA), donde tuve el honor de compartir mesa con Sofía Ramírez, Juan Carlos Quiroz y Juan Domingo Argüelles, una señora me insistió con énfasis: “Usted no es un fantasma”. Se refería a uno de los poemas que acababa de leer, aquel que dice:

Soy un fantasma.
Los que hablan de mí
no me conocen
los que extienden su mirada hacia mi orilla
saben
de antemano
que no me encontrarán.
Yo viví en una isla
respiré el salobre viento de las tardes
puse mis manos
sobre sus ojos
al dormir
besé su boca.
Yo viví en una isla que se hundió para siempre.
Desde entonces
en tierra firme
soy un fantasma.


Se le atribuye a Hemingway aquella recomendación tan socorrida entre escritores y aprendices de que tan importante es lo que escribimos como lo que borramos. Hace tiempo eliminé de ese poema el que era su penúltimo verso: “vago y divago” decía. Un juego de palabras nada agraciado para la poética; un par de verbos que frenaban el rítmico fluir. Cuando apreté la tecla de “Delete” entonces, me sentí satisfecha: por fin me complacía el resultado. Sin embargo el jueves, después del comentario de la señora, me quedé pensando: ¿habré querido borrar también de mi vida esa esencia de vagar y divagar que es, en dos palabras, lo que soy?
La avioncita del regreso tenía una hélice café y la otra negra. Despegó con la ligereza de una mujer menuda y nos regaló un viaje tan estable como el de ida. A punto de aterrizar, me impresionó, como cada vez, la imponencia de los volcanes presidiendo el valle: don Goyo echando su fumada matutina al pie de la Iztaccíhuatl y la ciudad, abajo, una maqueta insignificante, un caserío extenso y diminuto, como pueblo de hormiguitas.
Sí, ésta soy yo ―me dije atisbando hacia afuera―, y es la que quiero ser. No tengo que disculparme ni avergonzarme cuando los demás insisten en que viajo mucho. Sí, adoro moverme, prefiero los traslados a las estancias, me mata estar fija en un mismo sitio por más de un minuto y medio. Soy, como decía Serrat, paloma torcaz y quiero “entre el cielo y el mar vagabundear como un cometa de caña y de papel”. No importa si, remedando a Sabina, porque no quiero ser estatua de sal me llamen todos culo inquieto.
Por eso, nomás me bajé del avión y tomé camino hacia la Fiesta del Libro y la Rosa, feria que a la manera del Sant Jordi barcelonés organiza desde hace dos años la Coordinación de Difusión Cultural de la UNAM. Ana Franco, a nombre del Periódico de Poesía, nos invitó a un variado grupo de colegas a aventarnos unos cuantos versos en el vestíbulo de la sala Miguel Covarrubias del Centro Cultural Universitario. Y allí estuvimos, poema en ristre, como San Jorge en el día de San Jorge ―que además se ha instituido como Día Mundial del Libro para recordar los natalicios de Shakespeare y Cervantes―, en esta lucha sin fin por tratar de cortarle al menos una de sus espantosas cabezas al dragón de la ignorancia, de la incultura, de la insensibilidad.

martes, 20 de abril de 2010

Persiguiendo un orgasmo desesperadamente




A Livier, por lo tantas veces comentado.
A Amélie y sus amigas, Nadir y Rodolfo, Montse y Reto
por la velada de anoche.



Anoche, en la sede de la Sociedad General de Escritores de México (SOGEM) realizamos una tertulia para presentar la Antología mínima del orgasmo (Monterrey, Ediciones Intempestivas, 2009). Estuve gratamente acompañada por mis amigas y colegas Amélie Olaiz, Nadir Chacín y Montserrat Hawayek, compañeras en esta orgiástica aventura, y por un público participativo y retador. Tan intenso y animado estuvo el ambiente, que ni siquiera sentimos el temblorcillo de 5 grados Ritchter que sacudió el valle de México. Me atrevo a asegurar que todos salimos satisfechos, como después de un buen orgasmo.
Éste es el texto que compartí allí:


Cuando leí los resultados de la Primera Encuesta Nacional sobre Sexo que Consulta Mitofsky realizó en 2004, me quedé, como se diría en Cuba, patidifusa. Tan aterradores eran, que sentí un escalofrío recorrerme el cuerpo desde el cóccix hasta la coronilla y viceversa. Sólo 2.6 % de las encuestadas relacionó la palabra sexo con satisfacción, y sólo 1.9 % con felicidad. Por aquella misma época, el Instituto Mexicano de Sexología dio a conocer que, según sus investigaciones, 80 % de las mujeres que viven en ámbitos rurales y 40 % de las asentadas en las ciudades padecen anorgasmia, o sea, nunca han tenido un orgasmo.
El orgasmo femenino no es cosa fácil, ya se sabe. Comparado con el masculino, tan expedito, inevitable y vistoso, el nuestro es algo así como desentrañar un tesoro. Llegar a él demora; requiere paciencia, tanteo, insistencia inteligente. Pero cómo un instituto especializado en sexualidad —me pregunté entonces, incrédula; me lo sigo preguntando ahora— afirma esa barbaridad atroz en vez de indagar, por ejemplo, en la capacidad amatoria de las parejas de esas pobres mujeres y en sus propias costumbres de represión y desconocimiento, insuficiente o nula educación sexual.
No hace mucho escuché a una amiga afirmar, con una contundencia que rayaba en la indignación, que el orgasmo está sobrevalorado. Al instante concluí, apenada por ella: ¡otra que no se viene! Porque cuando uno no conoce el orgasmo, puede vivir eternamente despreocupada entre las brumas de su ignorancia; pero quien lo ha sentido al menos una vez en la vida, sólo podrá otorgarle su justísima dimensión. Ni más ni menos. ¿No es acaso una especie de Big Bang dentro del vientre? ¿No es la concentración de toda la energía en un punto que de pronto estalla? ¿Quién podría renunciar a esa impronta creacionista, a ese universo que se contrae y se expande en el regazo?
Confieso que soy una golosa de los orgasmos. Tal vez debido a mis costumbres sexuales, a mi elección de preferencias, a mi temperamento caribeño, el orgasmo ha sido siempre el punto culminante de toda cópula. Hacia allí se encaminan, literalmente, todos los esfuerzos. Es su objetivo, su meta, su razón de ser. Entiendo, admiro y respeto a quienes encuentran o fijan en el apareamiento un fin ulterior más elevado y pretensioso, más universalmente conservacionista y regenerador, pero aun en ese caso, creo que siempre será mejor lograrlo del modo más placentero.
Una cosa sí hay que aceptar: el orgasmo no nace; se hace. Hay que lucharlo pues, ponerse durita, que es —observen ustedes qué paradoja— todo lo contrario al masculino proverbio de “flojita y cooperando”. Porque la famosa cosquillita con la que suele confundírsele y referírsele es sólo el preludio del estallido que vendrá. Y es —no lo olviden, no se dejen engañar— una respuesta fisiológica absolutamente democrática: no está vedada a nadie. Porque como escuché alguna vez: no hay mujeres frígidas, sino mal manipuladas. Y añadiría yo: seguramente poco ilustradas en la propia anatomía y sus placeres.
En la vida, como en la literatura, para alcanzar sueños hay que trazarse objetivos claros, bien definidos. Y si en la primera me esfuerzo por cumplir a cabalidad mi intención de “llegar hasta el final” con todo el gozo posible, así lo hago también en la segunda. Sería imperdonable condenarnos a la anorgasmia de que hablaba el Instituto Mexicano de Sexología. Por eso ha sido una fiesta participar en esta Antología mínima del orgasmo —que no del orgasmo mínimo… ¡gracias a Dios… y a la destreza adquirida!—, compilación de textos que Livier Fernández Topete y Héctor Alvarado reunieron el año pasado para las Ediciones Intempestivas de Monterrey y que ya ha tenido presentaciones en las principales plazas —literarias— de la República mexicana.
Lo celebro hoy, una vez más, al lado de las 51 multiorgásmicas amigas con las que comparto estas páginas que son una orgía policultural y multilingüística. Lo celebro como a cada uno de los orgasmos: propios y ajenos, solitarios o solidarios, sincrónicos o alternos, onanísticos y orgiásticos, extrovertidos o modosos, generosos o caprichosos, monogámicos y políglotas. Los del libro y los de la vida real; los pasados y los futuros. Porque como dijo uno de los asistentes a la tertulia en la Sogem, no existe el orgasmo, sino orgasmos; disímiles, variados, cada uno con personalidad propia. Recuerdo en este momento una frase reciente de mi amiga Ana Gloria: “Lo único malo que tiene el orgasmo es que dura muy poquito”. ¡Precisamente por eso hay que venirse mucho!
“No te hagas más pajas mentales”, dirían en Cuba si me ven tan elocuente en la teoría y sin visos de praxis inmediata y concreta, como quien se ilusiona con un imposible. Pero a estas alturas sé que las “pajas”, incluso las mentales, habrán de conducirme, sin lugar a dudas, al fin deseado: el divinísimo orgasmo, es decir, cuando menos una catarata de ideas, un surtidor de esperanzas que, más tarde o más temprano, hagan de lo imposible, realidad.

______


Y éstos son mis poemas incluidos en la Antología mínima del orgasmo:


TATUAJES

La punta de la lengua dibuja el redondel
una esfera de fuego
un tatuaje liminar sobre tu vientre.
La punta marca el triángulo
el círculo primario
la ranura de luz donde luego se hunde
el cántaro de lava
la eclosión.


MEDIODÍA

A mediodía
una lluvia de flores tapiza el aguacero
y adentro el aire se hace más liviano.
Sobre tu piel mi piel
en mi boca el elíxir
estela de humo limpio
advenimiento.


miércoles, 7 de abril de 2010

Íntima sexualidad




La semana pasada, a raíz de la declaración pública de la homosexualidad del cantante puertorriqueño Ricky Martin y de mi artículo en este blog al respecto, varios amigos se mostraron incómodos: me insistieron en que la sexualidad es un asunto íntimo y que no hay razón alguna para sacarlo del confinamiento a los aposentos particulares donde ha estado resguardado, dicen, por los siglos de los siglos. Pero eso no es exactamente cierto: si bien el apareamiento humano —que es sólo una de sus manifestaciones— suele consumarse en la paz de las habitaciones, la sexualidad es y ha sido siempre un asunto público.
Cuando Ricky Martin o yo decimos que somos homosexuales, estamos haciendo más o menos lo mismo —aunque en sentido contrario, afirmativo en este caso— que cuando, ante las presiones o dudas sociales, tantos varones insisten, enfurecidos, en que “no soy puto, güey” o tantas muchachas abren los ojos y mueven la cabeza diciendo “te juro que no me gustan las mujeres”. O sea, definiendo nuestra identidad sexual que es —tanto para homos como para heteros— una de las características fundamentales de la personalidad.
Cuál es la fobia a las etiquetas —si de homosexuales se trata; que en cualquier otro caso (profesión, grado académico, oficio, nacionalidad o procedencia, etc.) hay muy pocas reticencias—; cuál, si desde el segundo mismo en que nacemos se nos clasifica como hembra o macho —una etiqueta a veces tan infuncional y equívoca— atendiendo precisamente a nuestros órganos sexuales. Y esa calificación nos es solicitada, aunque pueda apreciarse a simple vista, en todos los formularios que llenamos durante el transcurso de la vida, desde el acta de nacimiento hasta la de defunción.
Para los heterosexuales la sexualidad es también un asunto público. Ellos salen de la mano a la calle, caminan abrazados de sus parejas, se besan —en la boca— delante de todos, bailan eróticamente y se aprietan en lo oscurito e, incluso, en lo más iluminado. En franca exhibición de su preferencia, presentan a sus parejas a la familia y los amigos, y realizan esos grandes festejos publicitarios que son las bodas para celebrar el contrato de cópula reproductiva según el cual unirán semilla y vientre —alegorías metafóricas de los órganos sexuales— para formar una familia. Y luego enseñan, orgullosos, sus embarazos y a sus proles, frutos inequívocos de la consumación del apareamiento sexual.
¿No son, acaso, todos esos rituales expuestos a los cuatro vientos una declaración pública? No hay que ponerse un letrero en la frente ni enarbolar una bandera que diga “soy heterosexual” porque lo muestran y lo demuestran, con pavorreálica ostentación, en cada uno de sus actos relacionados con el amor y la pareja. Y también en los relacionados con el ejercicio del poder a todos los niveles.
Que la sexualidad —sea la que fuere— se confine al ámbito de lo íntimo —o lo vergonzoso— es dejar a los abusadores en un coto de impunidad. Ahora nos sorprende y nos indigna la cantidad de curas acusados de pederastia cuando hemos callado —y enseñado a callar y exigido ese silencio— por décadas, por siglos, ante los pederastas de cualquier profesión y grado de familiaridad que pululan en nuestras sociedades y para los que nos hemos hecho de la vista gorda por vergüenza a confesarnos sus víctimas. Porque cuántas niñas —y niños— no fuimos manoseados o tuvimos que observar y tocar los genitales que nos mostraban los mayores, muchas veces miembros de nuestras propias familias, escuelas o círculos de amistades. Cuántas y cuántos no seguimos aguantando que los abusadores nos falten el respeto en el transporte público o cualquier lugar donde se sientan cómodos y protegidos sabiendo que nos avergonzaría hacer un escándalo relacionado con ese tipo de sucesos. A cuántas y cuántos no tratan de chantajearnos y engañarnos a cambio de favores sexuales, y cuántos y cuántas no utilizan esa vía para “ascender” y mejorar…
En las sociedades donde los “diferentes”, los menores o los más “débiles” sigan siendo objeto recurrente de abuso o escarnio, la sexualidad no es —ni puede ser— un acto circunscrito a la esfera de lo íntimo. De que lo sexual salga definitivamente a la luz, dependerá que ya no haya que callarse las ofensas, las agresiones, la discriminación y las calumnias; que no queden tranquilamente impunes los abusadores.
“Ojalá llegue el día en que no sea necesario que un artista tenga que confesar que es homosexual” me han repetido casi textualmente, como frase hecha, varios amigos, incluidos algunos homosexuales, como si hacerlo fuera una impropiedad y una vergüenza que debiera seguir oculta. Yo digo: ojalá algún día no sea necesario que un artista “confiese” su homosexualidad sino que todos y todas podamos decirlo como los heterosexuales, sin miedo, sin pena, como quien dice soy doctor o equilibrista.

martes, 30 de marzo de 2010

Livin' la vida, Ricky




En la tarde de ayer no hubo noticia más importante y más leída en los despachos informativos del mundo entero que la aceptación de su homosexualidad por parte de Ricky Martin. “Hoy ACEPTO MI HOMOSEXUALIDAD como un regalo que me da la vida. ¡Me siento bendecido de ser quien soy!” afirmó el puertorriqueño en un documento publicado en Ricky Martin Music, su página oficial en internet, y el planeta se volvió, al instante, un hervidero.
No hubo quien no opinara; hasta los que aseguran que no les importa o que quién no sabía que Ricky era gay. Uno de mis amigos gritaba en el Facebook: “Siempre se los dije y ojo de loca… no se equivoca”. Yo recordé el cuento de la pareja gay que cohabitaba en un solar ―vecindad, cuartería― habanero. Como no querían que en el barrio se supiera de su preferencia, salían y regresaban separados, llevaban amigas para aparentar que eran sus novias, hasta se rascaban la entrepierna y sopesaban lo que allí cuelga, como buenos machos. Pero un día, cuando ellos estaban en el trabajo, cogió candela su vivienda y todos los vecinos, enteradísimos, gritaban: “¡Fuego, bomberos, se quema el cuarto de los maricones!”…
La homosexualidad de Ricky se sabía, desde Menudo, hasta el universo y más allá. Reforzado desde el momento en que decidió ―sin importarle un cacahuate lo que pensaran los demás― tener a sus hijos sin mujer, usando un vientre alquilado, sin boda de mentirita ni simulación alguna. Él, padre y madre. Porque cobarde no ha sido. Esto agregó en la carta de ayer explicando su “tardanza”: “Mucha gente me dijo que no era importante hacerlo, que no valía la pena, que todo lo que trabajé y todo lo que había logrado se colapsaría. Que muchos en este mundo no estarían preparados para aceptar mi verdad, mi naturaleza. Y como estos consejos venían de personas que amo con locura, decidí seguir adelante con mi ‘casi verdad’. MUY MAL. Dejarme seducir por el miedo fue un verdadero sabotaje a mi vida. Hoy me responsabilizo por completo de todas mis decisiones, y de todas mis acciones”.
Y quién puede juzgar esa “demora” ―él dice: “Hoy es mi día, éste es mi tiempo, mi momento”― y querer crucificarlo en Semana Santa cuando, en el medio del espectáculo ―o en la política, o en el deporte―, pocos son quienes se atreven a confesarlo públicamente. Más bien él es de los primeros. La mayor parte se casa y tiene hijos con tal de “taparle el ojo al macho”. Dígame usted quién, en su sano juicio y buena visión, puede creer que Raphael o Camilo Sesto son machos varones masculinos o que Ana Gabriela Guevara o Soraya Jiménez, la levantadora de pesas, son damiselas por mucha falda que les pongan o novios que les inventen. Quién que viera a las locas de Locomía con sayón y abanico podía pensar que eran otra cosa que lo que su nombre indicaba con toda elocuencia…
El asunto no es que todos supiéramos “lo de Ricky” ―también lo sabemos de Juan Gabriel, Bosé, Daniela Romo, Ana Gabriel, Rosana, Pepillo Origel, Monserrat Oliver o Yolanda Andrade… y se rumorea de tantos otros que la lista sería interminable―, sino que para una figura de su dimensión ―no es sólo un cantante pop, sino también filántropo, embajador de las Naciones Unidas para las mejores causas, presidente de fundaciones de ayuda a los desposeídos de este planeta y, además, buena persona y sangre liviana―, lo importante no es que lo supiéramos sino que asumirlo públicamente representa una acción de responsabilidad y compromiso sociosexual. Porque, ¿cuántos jovencitos/as no son todavía discriminados en cualquier país de este mundo por sus preferencias sexuales?, ¿cuántos hombres y mujeres no siguen siendo agredidos, asesinados incluso, por ser homosexuales?, ¿cuántos caminos no nos han cerrado por esa causa?...
Dice Ricky en su declaración de ayer: “…ahora que soy padre de 2 criaturas que son seres de luz. Tengo que estar a su altura. Seguir viviendo como lo hice hasta hoy, sería opacar indirectamente ese brillo puro con el cual mis hijos han nacido”. Y me parece encomiable esta afirmación, porque ¿cuántas veces no hemos sido despreciados y humillados incluso por nuestras propias familias, o se nos ha desposeído y marginado por no ser como ellos hubieran querido?, ¿cuántos no siguen gritando que no tenemos derecho a casarnos y mucho menos a tener hijos y que mejor sería que nos muriéramos?, por citar dos de las más recientes declaraciones de personas públicas a raíz de la aprobación del matrimonio lésbico/gay en el Distrito Federal.
Que Ricky Martin confirme que es homosexual no es una obviedad de feria; es un escalón en la lucha por el derecho a ser como uno sea, sea quien sea. Porque decir “lo que se ve no se juzga”, como respondió Juan Gabriel a Fernando del Rincón en aquella famosa entrevista para Univisión, es evadir la respuesta. No abrir la puerta del clóset sino dejarla entornada, como se decía en Cuba. Y a veces las cosas necesitan ser dichas con todas sus letras.
En la vida de Ricky poco va a cambiar: no será ni más ni menos maricón de lo que ha sido hasta ahora, ni más ni menos acosado por la prensa y por sus fans, ni más ni menos famoso. Cambiará en la del muchacho o la muchacha que, al verlo, comprendan que ser homosexual no es una vergüenza ni una torcedura ni una enfermedad maligna que haya que ocultar y vivir a salto de mata como animal clandestino; en aquel que entienda que aunque es bueno que exista legislación que permita la adopción a personas del mismo sexo como a cualquier otra persona, no es imprescindible ley alguna ni permiso para que tengamos hijos porque nuestros órganos reproductores funcionan a la perfección: los gays tienen la semilla; las lesbianas, el vientre. Cambiará en la vida de aquellas familias que miran hacia los ídolos tratando de justificar o respaldar sus propios caminos.
Más allá del morbo de los medios y la maledicencia de la mayoría, ésta es una excelente noticia. Buena para Ricky, que ya podrá respirar tranquilo, porque cuando uno saca a la luz los secretos ―aunque fueran a voces―, dejan de molestarnos y nos permiten ser más felices; como él mismo dice en su carta: “la verdad sólo trae la calma”. Buena para los que estamos en el camino y muy buena para los que vendrán, que ojalá no tengan que pasar las cosas que nosotros, y sobre todo quienes nos antecedieron, pasamos. Buenísima, porque como dijera Benedetti ―¡que nadie sabe para quién escribe!―, cada vez queda más claro que “en la calle, codo a codo, somos mucho más que dos”.

martes, 23 de marzo de 2010

Vueltas que da la vida

El domingo 21, leyendo en Zu Galería



Marzo ha sido un mes intenso. Un vuelo tras otro —no sólo geográficos—, me dan la sensación de que he pasado todo un año, una vida casi entera como Tarzán, saltando de liana en liana. Inició con los efluvios de la Feria del Libro de Minería, días especialmente hermosos en los que tantas amigas y amigos me acompañan en ese proyecto entrañable que es el ciclo de escritoras latinoamericanas. Semana y media después estaba frente Nueva York, entre un mundo de gente, junto a dos de mis hermanas más queridas: Marlenys Villamar y Mabel Cuesta.
Gracias al empeño de Nayar Rivera, el Instituto Cultural de México en Nueva York y la maestría de escritura creativa en español de New York University auspiciaron que varios autores del catálogo de Quimera Ediciones nos presentáramos en el King Juan Carlos I Center de NYU el jueves 11 y la noche siguiente, propiciado por mi viejo amigo Javier Molea, en McNally Jackson Books, esa lindísima librería de Soho, de ambiente familiar, cálido y acogedor.
Eso me dio la oportunidad de coincidir, además, con el gran festejo por las dos décadas de la antología Poetas cubanas en Nueva York. Allí —tanto en la compilación que publicó Felipe Lázaro hace veinte años en Betania como en la jornada del viernes 12 en Baruch College— se reunieron cinco voces fundamentales de la lírica cubana contemporánea: Magaly Alabau, Alina Galliano, Lourdes Gil, Maya Islas e Iraida Iturralde, poetas queridísimas y admiradas, junto a un nutrido grupo de estudiosas y amigos que disfrutamos de un día mágico donde todo fue perfecto.
Hay un sitio en Miami que desde hace meses es mi lugar favorito en esa ciudad: el patio de Manny López en Zu Galería. Allí me solté anteayer del siguiente bejuco volador para celebrar, en una maravillosa matiné dominical, rodeada de amigos y gente muy querida, el Día Mundial de la Poesía. Dediqué mis versos, mi lectura de esa tarde, a mi hermana Amanda Castro, poeta, hispanista y luchadora social hondureña quien, en las primeras horas del viernes 19 —viernes, bonito día para emprender un viaje— trascendió las limitaciones de su cuerpo físico y voló a esas otras regiones desde donde ahora nos observa sonriente.
Amanda es una persona especial en mi vida. Teníamos que conocernos; estaba marcado en el destino. Bastó que nos abrazáramos aquella tarde de octubre de 2005 para saber que éramos hermanas. “Vos sos bruja”, me decía a veces, mirándome muy fijamente, y cuando le respondía: “Más bruja serás tú”, ella soltaba esa carcajada quedita, como hacia adentro, que le permitía el poco aire de sus maltrechos pulmones.
A poca gente he visto vivir con tanta intensidad, compromiso y entrega: la fundación y mantenimiento de Ixbalam Editores para la enseñanza y promoción de la literatura de mujeres, las luchas por la equidad de género, los encuentros poéticos y feministas por toda Centroamérica, las jornadas de solidaridad con la huelga de hambre de los fiscales, la resistencia contra el golpe. Durante una de mis visitas nos llevó a una casa en un barrio humilde de Tegucigalpa donde quería instalar un centro al que pudieran acceder niñas, mujeres y jóvenes, para que la cultura los alejara de las pandillas, de la droga, de la violencia. Hablaba con tal seguridad, que sobre aquellas paredes y pisos desvencijados casi podíamos ver construidos sus sueños. Patty impartiría los cursos de artes plásticas; Florián, Melissa y ella los de literatura y algunos de género; Astrid los de danza; Karla los de música… Preparó largos y detallados documentos que presentaron a fundaciones y oficinas de cooperación internacional. Ésa fue, sin dudas, la semilla del Proyecto Siguapate, donde tantas mujeres y sus familias recibieron apoyo sicológico, económico y humano contra la violencia, la injusticia y las desigualdades.
El viernes, mientras buscábamos un lugar para cenar, la luna mayamita parecía una sonrisa; la sonrisa de Amanda. El sábado al mediodía, en el minuto exacto en el que entró la primavera, sentí que Amanda respiraba el mismo aire —por fin libremente— y se mojaba los pies en aquella heladísima agua. Caminé hasta el final de la playa y al llegar a la caleta, una muchacha le tomaba fotos a otra, echada sobre la arena, haciendo poses de modelo sexy; en mis ojos, lujuriosos, brillaba la mirada de Amanda.
“Tenés que ser feliz dondequiera que estés”, me dijo, entre otras miles de cosas, aquella tarde de mayo pasado, la última vez que nos vimos, mientras bebíamos un glorioso guífiti, ese licor de hierbas y aguardiente que pidió prestado a las entidades de su altar de chamana para convidarme. Sé que ella está feliz donde las alas de su alma la han llevado. Sé que desde allí nos mira, con esa picardía suya desbordándosele de los ojos, y levanta el pulgar como en la foto. Lo sé, lo siento, me lo dice ese hilo invisible que siempre nos unió, la serena paz de la llama que enciendo para ella.
Cuando dentro de unos días sus amigas más cercanas, diosas y brujas como somos las mujeres, depositen un mechón de sus cabellos en el Yax Ché, sendero de las mariposas de la zona arqueológica de Copán, estaré entre ellas en aquel paraje dedicado a las guerreras aunque sea a esta distancia. Porque, dinos Amanda, ¿existen acaso la distancia, la cercanía, el ayer y el mañana o sólo son estratagemas, simples argucias en estas vueltas que da la vida?

Amanda Castro leyendo su poema "Homenaje ántemo"

(realización: Cattrachas, Honduras, 2010)

viernes, 19 de marzo de 2010

Ha muerto Amanda Castro


Así la recuerdo y la recordaré, cómo si no: riendo siempre, haciendo broma hasta del tanque de oxígeno que la ayudaba a respirar, tejiendo planes y planes y planes, dejando oír su voz.
En los primeros minutos de este día, en los albores de la primavera, voló Amanda Castro hacia esas regiones adonde sé que estará mejor. Ella también lo sabía; durante años preparó este viaje. Para quienes acá nos quedamos no hay peor noticia y sin embargo, sé que el viento está lleno de su poesía, de su legado de coraje y generosidad.
¡Vaya bien, hermana! Por allá nos veremos. De cualquier modo aquí te quedas, entre nosotras, las que te amamos y te admiramos.
Un abrazo largo, Marlenne, Patty, María... Un abrazo a todas las hermanas hondureñas que, en este mismo instante, enfrentan las carroñerías de los vivos.
Luz para Amanda Castro, la misma luz que ella tuvo, la que nos hereda.

Tegucigalpa, octubre de 2005

martes, 16 de marzo de 2010

Navecitas




A mis amigas de Nueva York, por tanta hospitalidad



Cuando el taxi trepó al puente elevado que conduce a la Terminal 2 del aeropuerto, en el horizonte resaltaba la silueta del Ajusco dibujado por el alba, como si la claridad lo empujara por la espalda. Ya en el Food Court, aligerada de peso, paladeo mi carísimo capuchino con sabor a almendras de Starbucks. Sola en esta mesa, rodeada de extraños, no tengo miedo alguno: soy una isla que puede desearlo todo. Éste es el inicio de cualquier sueño, de todos los sueños, de las esperas más esperanzadas. El primer paso de esa andariega que soy. El estado más feliz.
Una hora después me acomodo en el asiento 17A y retomo la lectura de La muerte me da, esa novela —¿es acaso una novela?— de genialidad inenarrable, ese libro maldito de Cristina Rivera Garza. Alguien está matando hombres y castrándolos; echándolos después a cualquier callejón. Alguien está divirtiéndose con ese juego macabro; deja mensajes anónimos que incriminan a Alejandra Pizarnik, a la propia Cristina que es también un personaje de su historia; acaso la protagonista, al menos la testigo ocular, la informante, la descubridora del primer cadáver. Cristina está divirtiéndose con esto, lo sé. Y también sufre, si no habré de saberlo yo...
Una alharaca me roba la concentración: mis vecinas de fila hablan sin parar, durante al menos dos horas, del marido, de los hijos, del jefe, secretarias, sirvientas, empleados, cremas y maquillajes, artefactos y amenidades para que sus gatos —me refiero a sus mascotas— sean felices, el menaje de sus tiendas, sus acciones 25% a la alza en la Bolsa, según ha consultado en su blackberry de pantalla gigante, casi Imax, la que tengo más cerca… ¿Tiendas y acciones?... Las observo con más detalle y parecen cualquier pedorra. Se ha perdido la clase, ya los ricos no se cuidan.
“¿Y no es eso a fin de cuentas escribir?”, pregunta Cristina, “esa malsana curiosidad de mirar dentro”. De abrir la herida, sentarse en sus bordes con las piernas colgando y observar sus propias entrañas como quien ve pasar un torrente hacia el mar. Dice eso y muchas otras cosas la tamaulipeca, pero a mi vera las contertulias dicen también tantos horrores de sus respectivos esposos que me pregunto por qué la gente guarda tal rencor a quien le dio todo el amor que tuvo, todo el tiempo que pudo. ¿Acaso no valdrá de nada? ¿Es simple paja seca, cuentos para olvidar?... O para recordar y retorcerse.
De pronto —¡milagro!, ¡milagro!— a la que lleva la batuta de la inclemente plática se le ha dormido la amiga. Y ella se estruja las manos con ansiedad, no puede concentrarse en la aburrida programación de la tele, me mira de reojo, se para al baño. La abandonada en los brazos de Morfeo abre la boca, hace movimientos como si balbuceara, deja ver adentro de la cavidad la punta endurecida de su lengua.
Ellas, muy nices, rechazaron el vulgar pan con huevo y jamón que nos ofrecieron de desayuno. “Dándole tanto a la sin hueso y sin alimentarse, deben estar hechas trizas, sin una gota de energía”, pienso yo, pero qué ilusa… Más tardo en alegrarme del silencio, que duró un suspiro, que lo que vuelven ellas a la parloteante carga como Agramonte y su tropa mambisa a las llanuras del Camagüey. Con razón Fernando, el marido, según ha referido la propia cacatúa del pasillo, su cónyuge, está tan amargado que acabará yendo al sicólogo. ¡Pobre Fernando!
Me duermo, arrullada por sus cacareos, y detrás de mis párpados cerrados no sé dónde estoy. ¿Qué blanditud es ésta? Floto entre nubes que no veo. ¿Soy Cristina, la Mujer Increíblemente Pequeña, la Detective? ¿Soy Pizarnik, la Viajera del Vaso Vacío, la asesina de los hombres castrados o el limpiador de ventanas con su misión de que “los encerrados puedan tener una visión más clara del exterior”? ¿Acaso soy yo misma? ¿Soy uno de los castrados? Veo una lágrima surcando mi mejilla, una estrella solitaria como la del triángulo rojo de la bandera, una burbuja que se rompe. Veo, como en el viejo danzón, una manita blanca que me dice adiós. Un avión que se desploma y luego la paz más absoluta. Oigo, a lo lejos —o “a lo dentro” o “a lo fuera”— el llanto insistente de un recién nacido. Me llega aquel olor a musgo, a gruta fresca.
Hay versos que se van tan pronto como vienen, sensaciones que son indescriptibles. Esta avidez por alcanzarlo todo. No quiero abrir los ojos, no quiero despertar a pesar del frío en los pies, frío en el paladar, maldito frío. Pero cuando lo hago hay filigranas de hielo en el vidrio de la ventanilla: arañas, mujercitas voladoras, un hipocampo, la pluma de Forrest Gump, un hombre que le dispara a otro, ángeles dibujados por el trazo de un niño, un Cristo y un diablo con su cola.
En pleno cielo, a lo lejos, algo que pueden ser otras navecitas van dejando estelas veloces, blanquísimas, en sentido contrario. La siguiente se monta sobre la anterior, justamente como dicen que hizo el avión de Mouriño. En mi cabeza suena una canción de ABBA. El avión entra al banco de nubes como uno a la alberca, como si diera un saltito y se abalanzara. Abajo hay mucha nieve, un paisaje ralo color ladrillo húmedo. “¿Qué merece conservarse más que el deseo?”, pregunta Rivera Garza, pero ya estamos arriba de Todo. Ahí está el río y allá Manhattan, más gris que la grisura. ¡No aguanto un minuto más sin cortaúñas!

miércoles, 3 de marzo de 2010

(click encima para ampliar la imagen)


También leeré una ponencia en:

Poetas cubanas en Nueva York:
20 años de una breve antología

Viernes 12 de marzo, 10 am
Baruch College
(55 Lexington Ave.)
VC-Room 7-150



¡Están invitados!
(entrada libre a todos los eventos)

XXXI Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería, ciclo Escritoras latinoamericanas en Minería

Con Judith Castañeda y Livier Fernández en la presentación de la Antología mínima del orgasmo



Jueves 25: Presentación de Entre Amoras, lesbianismo en la narrativa mexicana, de María Elena Olivera Córdoba, con la autora y Francesca Gargallo



Jueves 25, más tardecito: leímos cuentos Nadir Chacín, Yamilet García y yo




Viernes 26: Artemisa y yo leímos poesía lésbica, nuestra y de otras anteriores y colindantes. Aquí antes, mientras nos poníamos al día en los chismes






Aquí ya más formalitas... (si es que eso fuera posible)







Ese mismo viernes 26 presentamos la Antología mínima del orgasmo, de Ediciones Intempestivas (Monterrey). Aquí estoy con Elia Martínez-Rodarte, Livier Fernández Topete, Nadir Chacín, Amélie Olaiz





Aquí con Livier, reflexionando muy seriamente acerca del orgásmico asunto




Con Silvia Ethel Matus y Minerva Salado leí poemas el sábado y el domingo moderé su charla sobre poesía de mujeres en El Salvador y el exilio cubano



Silvia dando una entrevista para Radio Educación



(Hay más fotos de Minería en la columna derecha del blog)