martes, 7 de octubre de 2008

Artemisa y las amazonas

Tiziano Vecellio, Diana y Acteon, 1559



Texto leído en el XIII Encuentro Internacional de Escritores en Monterrey.
A todos los amigos y colegas con los que compartí allí.



Artemisa, hija de Zeus y Latona, era, entre los griegos, la diosa virgen de la caza. Cuentan que habiendo visto a su madre sufrir terribles dolores de parto, fue tal su aversión al matrimonio que pidió de su padre la gracia de guardar perpetua virginidad. ¿Qué?, ¿perpetua virginidad?... Oh oh, creo que esta familia tenía un problemita… ¿Por qué andaba Artemisa de arco y flechas, rodeada de una corte de muchachonas fornidas y atrabancadas, jugando de manos, refrescándose en los arroyos, durmiéndose juntas en aquellos bosques? ¿Por qué al pobre de Acteón, que tuvo la desdicha de verla bañándose desnuda con su séquito de ninfas, lo convirtió en ciervo y dejó que sus perros lo destrozaran? ¿Por qué la hicieron diosa de la luna y en sus correrías nocturnas se hacía confundir con Hécate o Selene? ¿Quién asegura lo de la castidad? ¿No será ése, acaso, el génesis del malentendido de que la mujer que no tiene varón es virgen?
Porque Zeus era un machín; de eso no cabe la menor duda. Y además, dios de dioses, rey de reyes, omnipresente y omnipotente, colérico e irracional. Si él afirmaba que sus hijas eran castas, ¿quién iba a atreverse a contradecirlo? Pero yo —blasfema por naturaleza y cuestionadora por voluntad— no meto las manos al fuego —porque eso ha de doler—, pero le digo a usted —y habla la voz de la experiencia— que esa familia guardaba un secretito que pasó a la historia del mundo patriarcal con las etiquetas de virginidad y pureza eternas.
Vencedoras de atlantes y gorgonas, con las amazonas la historia tiene los primeros registros —aun míticos— de mujeres en libertad que vivían en comunidades. Eran guerreras temibles, poderosas; ellas mismas fabricaban sus armas y conquistaban territorios al tú por tú en encarnizadas lides con los varones, que las consideran “equivalentes a los hombres”. Así, como a una igual, enfrenta y mata Aquiles en la Iliada a Pentesilea, la reina de las amazonas durante la guerra de Troya, y, aunque engañado por las malas mañas de Hera, ejecuta Heracles a Hipólita, otra de sus reinas, para robarle el codiciado cinturón.
Hijas de una ninfa y de Ares, el dios de la guerra —y, por lo tanto, nietas de Zeus… o sea, que el asuntillo era algo así como genético—, se cree que en algunos de sus lances bélicos se apoderaron de Efeso, donde fundaron una de las siete maravillas del Mundo Antiguo, el templo a Artemisa —o sea, su tía la torcidita—, y más tarde la ciudad de Mitilene, capital de Lesbos. Al buen entendedor…
Así se enraizó el mito de que las mujeres fuertes, las guerreras, eran malencaradas y malgeniosas, con un humor de perros salvajes que se reflejaba en sus ceños fruncidos y sus bocas negadas a la sonrisa. Unos ogritos. Por esa supuesta adustez, por los morbosos estereotipos que suelen colgarnos o por la seriedad con que, mujeres al fin y al cabo, ponemos en nuestros asuntos todos, pero especialmente en las cuestiones públicas o profesionales, sigue prevaleciendo la idea de que las lesbianas somos duras, brutas, peleoneras y malhumoradas.
Como para contrariar esa apariencia y reafirmar que el buen ánimo puede encontrar lugar en la literatura a uno y otro lado de la mar océana, recientemente han llegado a mis manos dos libros ejemplares: Cuentos y fábulas de Lola Van Guardia, de la catalana Isabel Franc, y Del destete al desempance. Cuentos lésbicos y un colado, de la mexicana Gilda Salinas. Y aunque la Franc afirme que “las escritoras vivimos de reinventar pequeñas tragedias”, ambos cuadernos son la muestra de cómo una situación de tintes melodramáticos puede convertirse en una chanza.
Isabel Franc —o Lola Van Guardia, su seudónimo y alter ego— es “Una cómica de la pluma”; así se autodefine en el título de su espacio en Blogger. Isabel ha confesado que aunque Lola es una engreída y se le subió la fama a la cabeza, ambas se soportan mutuamente con cierta fraternidad. Dice que su obra —la de ambas— ha tenido el doble propósito de distraer, de hacer pasar a las lectoras un rato agradable, pero también de invitarlas a reflexionar acerca de las lesbianas y de sus modos de actuar. Y qué mejor que a través del humor… que ya bastantes problemas e insatisfacciones enfrenta uno a diario en el “mundo real” como para remedarlos en la ficción.
Los Cuentos y fábulas de Lola y de Isabel, selección que Egales dio a la luz en Barcelona hace apenas unos meses, son textos escritos con esa intención expresa: reírse y hacer reír. La miscelánea empieza con un relato de corte clásico: la princesa Esmelinda era frígida. Habiendo llegado a la edad casadera sin conseguir el gozo, su preocupado padre, un reycito “demócrata alternativo y de tintes modernos”, convoca a concurso público a todos los hombres del reino y de las comarcas vecinas, prometiendo la mano de la princesa como recompensa a aquel que la hiciera disfrutar los placeres del amor. Después de agotadoras jornadas y resultados nada promisorios, perdidas casi todas las esperanzas de que la princesa conociera aquella cosquillita del orgasmo, una tarde llegó un ejército de amazonas custodiando a un caballero forrado hasta los dientes que exigió hacer el amor sin quitarse la armadura. No les será difícil imaginar que el caballero era realmente dama de lacia cabellera rubia y agraciados pechos que con toda paciencia, destreza y dedicación consiguió que la princesa flotara y tocara el cielo, según sus propias palabras, que en estos casos no es apropiado exagerar a riesgo de provocar descrédito.
Ése, en escenarios más o menos modernos, es el tono del libro. Con las páginas se suceden adaptaciones de chistes populares, recomendaciones para una primera cena íntima bañada en whisky, microrrelatos que dejan bien sentado que no sólo de sexo vive la lesbiana, la historia autobiográfica de un gato andrógino y un fabulario donde desfilan gallinas hetero y gallinas les, una rana lesbiana que quería ser vaca heterosexual, una murciélago transgénero, una tortuga queer, ardillas bolleras y zorras policías, una gusanito solidaria y un consejo general de mantis religiosas.
Mientras, de este lado del Atlántico, con afán más de memorioso rescate que de pura ficción, Gilda Salinas cuenta en las quince piezas que integran Del destete al desempance. Cuentos lésbicos y un colado, la historia de una niña de once años que una fría mañana de febrero, sin entenderlo ella misma, se enamoró de Mona Bell al oírla cantar “La montaña” con aquella voz gruesecita y cálida. Ése —que es el final del libro— fue sólo el inicio, porque la niña creció y se enamoró de otras tantas chilenas y mexicanas de todas las regiones de la República, con las cuales Gilda teje una red de personajes que reaparecen y situaciones que se asemejan —¿qué tan distinto puede ser un antro a otro, una relación a la siguiente?
Aquellos ochenta “eran tiempos de trova cubana, de recorrer las peñas y de cantar con la guitarra”. Las peñas y los antros, desde el más “nais closetero lésbico temporal” —donde cantaba la gran Chavela Vargas, “la madre, ¿o debería decir el padre?, de todas las lesbianas”—, hasta los decadentes locales de “fraternidad ambientalista y aromas de peda feliz”; épocas idílicas en las cuales la narradora/protagonista “libaba como hija del desierto en tiempo de maremoto”, hasta que acabó siendo una alcohólica anónima demasiado conocida y una mujeriega (casi) irredenta que se identificaba con Pedro Infante por aquello de “me gustan las altas y las chaparritas, las gordas y flacas y las chiquititas”. Y como buena charro hembra, cuando decía “me he de comer esa tuna aunque me espine la mano”, era capaz de ponerse pantimedias, falda, zapatos de tacón y hasta rímel en las pestañas cuando el suceso conquistatorio lo ameritaba.
Mujeres y jolgorios saltan de una pieza a otra del conjunto. Y música que, también ubicua y omnipresente, matiza el ambiente de guateque absoluto y constante. “La virtud de que la mayoría estuviera pedales —dice— es que todo daba risa, las tragedias, los melodramas y los azotes eran motivo de júbilo”. Así era la jerga de la juerga: “hay que olvidar los cuetes, cuotas, digo, cuitas, para cumplir las motas, mitos, digo, metas”. No faltan momentos trágicos o conmovedores —la muerte prematura de una amiga, la violación de otra, una redada policial, persecuciones y cachetadas de madres intolerantes o amantes celosas, un pleito conyugal resuelto a balazos contra las macetas, varias rupturas, mentirillas e infidelidades—, pero la diversión es reina y la amistad perdura a pesar de los deslices y las vicisitudes.
Son los de Gilda Salinas, como los de Isabel Franc, cuentos de mujeres que no se esconden tras eufemísticas etiquetas —que ya bastantes son las que nos endilgan en este mundo sobreclasificado—; mujeres satisfechas, seguras, conformes consigo mismas. Son las suyas, historias de la cotidianidad, del festejo, del baile y de la risa que estas amazonas modernas cultivan cual trofeos que entregarles a la vida y a la alegría de vivirla de ese modo.

martes, 30 de septiembre de 2008

Siete diosas

Eugenia Cauduro era una diosa. Colgaba del risco de un cenote yucateco como doncella a punto de sacrificio; asomaba entre las cornisas y columnas de Palenque con un enorme tocado maya; danzaba como gacela sobre los muros del fuerte de Campeche; volaba cual libélula en el agreste paisaje de las Barrancas del Cobre. Ahora es una respetable señora que hace de mamá joven en las telenovelas del Canal de las Estrellas, pero en aquellos anuncios turísticos de principios de los noventa era una diosa casi adolescente que le alegró la pupila muchas veces a esta pobre inmigrante indocumentada.

Alejandra Guzmán era una diosa. Con una faldita corta y circular, enseñaba dos piernas rotundas mientras rugía: “Reina de corazones,/ distante y lejana/ pasión de pasiones,/ yo soy la reina de corazones…” Llenita, cual debe ser; no como esas distróficas con cuerpos de cabrito regiomontano que ahora se llaman bellas. Eran los tiempos de “Siempre en domingo”, cuando escribí el cuento que comienza diciendo: “La culpa de todo la tiene Alejandra Guzmán” y fantaseaba con entregárselo algún día. Mucho antes de las mil cirugías que la han dejado como mazorca de maíz, con todos los dientes afuera.



Catherine Zeta-Jones era una diosa cuando el Zorro de Banderas —que era entonces un hermoso doncel recién importado de la Iberia— la dejó en camisón con la destreza de unos precisos lances de florete. ¡Coño, chico, qué les hicieron Michael Douglas y Melanie Griffith! Bien dicen por ahí que uno tiene la edad de la persona a la cual ama… Eso lo explica casi todo.





Xiomara Laugart era una diosa del panteón yoruba —¡cuál sino Ochún!— cuando abría esa garganta prodigiosa y dejaba salir aquel “Paria, desbroza el horizonte/ el cielo sobre el monte/ la alborada va detrá a a as”. Todavía ha de ser una diosa interpretando a Celia Cruz en Broadway mientras yo, que hace tantos años no la veo más que en fotos, recuerdo una noche en su casa de Marianao, donde me dio una entrevista alegre que publiqué en El Caimán Barbudo, y aquellas peñas de 13 y 8 donde cantaba como nadie: “Qué bien sería si esta noche con estrellas/ y luna casi nueva/ alguien cantara un buen boleto,/amor”…



Maite Perroni como actriz es muy malita y como cantante se la pueden echar a los leones… pero díganme si no es una diosa. En ese afán humano de acercarse a la divinidad, de acogerse a su amparo y protección, hace un par de años hice la más grande ridiculez de mi vida adulta: ir a una firma de autógrafos en la que sólo pude verla en lontananza, más chiquita que en la televisión, porque había miles de millones de fans —aunque usted no lo crea— que habían hecho cola desde la madrugada anterior y personal de seguridad que no permitía acercarse tres cuadras a la redonda. De cualquier modo, con ella aprendí —pónganle, si quieren, música de Manzanero— que para cardiovasculares no es necesario mover un solo músculo… a no ser el óptico.

Nicole Kidman es una diosa diosérrima. Rubia, castaña o pelirroja. Mientras avanzan sobre su cuerpo los cuarenta y le ha dado por hacer películas para niños, ese cutis terso y esos ojos profundos conmueven al más duro. Mientras la observo, estilizada y glamorosa como felina de caricatura, pienso que Tom Cruise es, entre otras muchas cosas, un imbécil… ¿O acaso ella es una odiosa, como buena diosa?





Angelina Jolie es una diosa cochina, cachonda y caliente. Una niña mala que se besa en la boca con su hermano, tiene tatuajes dedicados a otras mujeres y vestidos pegadísimos que convocan a todos los demonios. Tan mala es, que le quitó a la tontuela de la Aniston al güerito más codiciado de Hollywood y lo trae como idiota, cargándole a todos los hijos que va recogiendo por el mundo como las locas a los perros y los gatos callejeros. Muy mala, muy mala… ¡y muy buena!



Esta lista podría ser más nutrida —faltan las de la “vida real”; “mis amigas preciosas, mi amante”, diría el gran Heredia—, pero la dejo en siete, número mágico. Como las siete maravillas, como los pecados capitales. Como las siete glándulas salivares del perro de Pavlov.
Puede que sus apetencias no coincidan con las mías: la belleza es relativa. No olvide el viejo refrán: “Para gustos se han hecho los colores… y para escoger, las flores”. Haga su propia lista de mancebos o doncellas, sirenas o tritones, y en esos días que pintan medio gacho, écheles un ojo —¡mejor los dos!—… Se va a acordar de mí.

martes, 23 de septiembre de 2008

Venía yo pensando




Venía yo pensando, en la fría y húmeda mañana, que al cuerpo hay que hablarle con cariño, con ternura. Qué autoestima puede tener una parte a la que se llame vulva, tan similar a vulgo, tres de sus cinco letras de las últimas del alfabeto. ¿No pudieron encontrar algunas entre las veintitantas anteriores para inventarle otra denominación? Como Alemania, ¿llegamos tarde a la repartición y tuvimos que conformarnos con las letras que sobraban?... Y vagina, también con uve, marcada como inexistente en el diccionario de Word. Como si las cosas de la mujer —entre ellas, su anatomía— tuvieran que ser las relegadas, las más ocultas. ¿Seré la única inconforme? ¿A mis demás congéneres les gustarán sinceramente esos nombres? No sólo que los acepten como algo dado, inalterable, sino que les guste su fonética… Tendríamos que hacer una marcha para que desfilen quienes las apoyen. La marcha del orgullo vúlvico.
Venía pensando, mientras observaba perder altura a un avión de Mexicana, que desde el cielo cualquier población es un caserío. Así nos ve Dios desde lo alto, sin destacar rasgos ni proezas: todos iguales e insignificantes como hileras de hormigas nerviosas o enanos inútiles. Aun cuando, curioso, interpusiera una lupa entre su ojo y nuestro mundo, vería una maqueta de escala infinitesimal, como las que hacen los niños de las escuelas o los arquitectos e ingenieros para sus proyectos. ¿Qué sabe él de nosotros? Lo mismo que nosotros suponemos de las hormigas o las moscas. Con la misma certeza. O sea, casi nada.
Venía pensando en el binomio Jack Bauer/Tony Almeida de la serie 24. El protagonista, el héroe, con frialdad y entereza pasmosas, no repara en lo que tenga que hacer, incluso contra sus afectos más cercanos, si de cumplir su misión y salvar a su país se trata; el otro, el latino, es considerado traidor por anteponer su amor por la esposa a las causas de la patria. La patria, ese concepto tan guerrero y masculino; la mujer, esa otra patria que, más que patria, es hogar. A mí —femenina y hogareña, al fin y al cabo— me parece que el hecho de que los espías sean necesarios para la seguridad del Estado es una cosa; que se convoque a celebrarlos públicamente como a héroes es otra muy distinta.
Venía pensando, casi al llegar a la esquina, que la mayoría de las personas no es consciente de las misiones que viene a cumplir a esta vida, algunas de las cuales se zanjan como al azar, sin que nos demos cuenta. Tal vez cuando espanto a esa palomita gorda que ya no puede ni volar, le evito que la mate una rama que caerá del árbol al minuto siguiente o la salvo del golpe de una piedra lanzada por uno de los albañiles de la construcción aledaña. Yo no me habré enterado, incluso me regañaré por haberla asustado. Así ha de pasar con la gente que supuestamente nos hace daño. A lo mejor, al cerrarnos un camino, nos abren otro.
Venía yo pensando, muy concentrada, cuando un estruendo de metales me hizo detenerme y dar media vuelta. Dos autos habían colisionado. El que avanzaba por Xola no respetó la roja del semáforo y el de Rebsamen, respondiendo instintivamente a la verde, había metido el pie en el acelerador con singular entusiasmo. Los vidrios saltaron como surtidor. Unos segundos el mundo pareció detenerse. Todas las miradas estaban fijas sobre los carros inmóviles. De pronto, al mismo tiempo, como una coreografía previamente ensayada, salieron los dos choferes. Dos perros rabiosos listos para el combate. Uno señalaba a gritos el semáforo; el otro, quién sabe qué podía reclamar con tanto ímpetu si era el infractor. Hum, cosa de hombres, pensé, y reanudé mi camino hacia el metro.
Iba recordando que unos días atrás entré al andén flanqueada por dos señores. El empujón que le dieron a los torniquetes fue como para zafar la manivela y que, del golpe, atravesara el piso, el globo terráqueo y fuera a salir del otro lado, en el metro de Pekín (ahora Beijing). Bien han dicho siempre las abuelas que los hombres no controlan su fuerza como los niños no miden el peligro. “Allá deben estar todavía peleando aquel par”, me dije pensando en los del accidente, e inmediatamente reparé en cuántas veces atravesamos despreocupados, con descuido y hasta con negligencia, esa misma esquina, todas las esquinas del mundo. Con qué imprudente tranquilidad, con qué confianza. Como semidioses. Como idiotas.
Carpe diem, me dije una vez más. Que nadie sabe cuándo va a chocar el carro o a pasar un vendaval; cuándo un avión embestirá una torre o un hijo de puta lanzará una granada; cuándo un cangrejo de mierda se te instala entre pecho y espalda; cuándo te envolverá una calma repentina, un “por fin ya”. Carpe diem, repito y les repito, aunque tantas veces no lo tome en cuenta. Carpe diem.

martes, 16 de septiembre de 2008

La esperanza era verde




A quienes tienen el coraje de cambiar
sin importar lo que cueste.



Todo empezó, tal vez, cuando los negros salieron a la calle con sus enormes radiograbadoras de pilas acomodadas en el hombro para oír a todo volumen su música irredenta y bailar break dance en las aceras del mundo. Quedaba claro que este entretenimiento universal había rebasado los espacios cerrados de las casas, salas de concierto, salones de bailes, discotecas y cabaretes. Los nuevos tiempos y los nuevos individuos, más volcados hacia afuera y más autoselectivos, requerían que su música, la que ellos escogieran, de ser posible atronadora, los acompañara a todos los sitios y superara, así, el resto de los sonidos. Porque el ser humano no sabe estar en silencio.
No pasó mucho tiempo antes de que se inventara otro artefacto más pequeño y cómodo de transportar: el wallman que, como su nombre lo indica, permitía al hombre ―y a la mujer― caminar por la vida y realizar todo tipo de actividades acompañado del disco de su predilección. Con el cambio de siglo y los avances vertiginosos de la tecnología, ha ido surgiendo toda una gama de aparatos fabulosos: computadoras portátiles, teléfonos celulares, blackberries, ipod y juguetitos por el estilo que tienen cámara, almacenes de fotos, videos y otros archivos, conexión a internet, transmisiones de radio y televisión y hasta un misil electronuclear por si alguien que te caiga bastante mal anda jodiendo demasiado.
Son artefactos para llevar la vida a cuestas, como el caracol; espacios donde vivir lo que ya no se puede en el “mundo real”. Y como los aparatos, hay sitios colgados de la nada donde se reproducen la casa y los afectos, nuestro componente humano y adolescente. Si bien nos acercan a los lejanos, My Space, Hi5 o Facebook también nos acercan a los cercanos, llenan el vacío que cavan los modelos laborales ―inhumanos―, porque como cada vez queda menos tiempo exclusivo o específico que dedicar a familiares o amigos, estas “redes sociales” permiten acceder a ellos cuando el trabajo nos da un breake o en las muchas horas inútiles que se pasan en las oficinas con los brazos cruzados y las nalgas planas.
Ya no es necesario llegar al hogar para ver a los hijos; en esos cachivaches están sus fotos, sus videos y sus cartitas cariñosas. Ya no necesitas irte a un café a charlar con los amigos o al cine a ver una película; en los mensajeros conversas con ellos a cualquier hora y en el Hi5 están sus canciones y tus películas favoritas para compartirlos. Y también sus fotos, para que no se te olviden sus caras aunque no los veas en meses… que también ellos están demasiado ocupados. Y si tienes algo que decirles, mándales un email o un mensajito de teléfono. Que ya hablar no es imprescindible. Así vamos perdiendo la capacidad de comunicación oral y en vez de decir “hola”, pegas una pelusa con un cartel que dice la palabra y para despedirte plantas una bolita amarilla y sonriente que mueve la mano.
Una de las teorías más socorridas para explicar la supuesta existencia de los aliens, esos extraños chaparritos o gigantones que nos inquietan con su presencia incomprensible, es que vienen del futuro: son el “hombre evolucionado”, nosotros mismos dentro de varios siglos, que viajan a alertarnos a que recapacitemos y cambiemos lo que sea necesario para no ir a dar a ese paraíso de máquinas y satisfacciones fatuas. Y pienso que como van las cosas por acá con esto de las comunicaciones, es bastante lógico que ni bocas tengan y sus dedos sean tan largos.
Contaba Albertico, que vino de vacaciones de una Nueva York que ya es casi como esas ciudades del futuro, que en el bufete donde trabaja su amiga la coreana, un gran consorcio en un rascacielos de aquéllos, varios pisos están dedicados a lo que llaman “amenities”. O sea, que el alto ejecutivo después de mil horas metido en su oficina resolviendo los grandes problemas de la humanidad, puede bajar a esos espacios, nadar en la piscina, merendar en la cafetería o tomarse una copa en el bar, echarse un partidito de billar y luego regresar a su oficina por las mil horas que le restan al día a seguir resolviendo los grandes problemas de la humanidad; o sea, ninguno, que si los resolvieran no tendrían que estar allí tanto tiempo. ¡Y uno que pensaba ―ingenuamente, oh decepción― que los gringos eran respetuosos de la sacrosanta jornada laboral de ocho horas que le costó tantos ahorcados al movimiento obrero y tantas horas de análisis de capitales y plusvalías al mantenido de Karl Marx, que nunca disparó un chícharo que no fuera mental!
Nosotros no somos tan modernos ―¿lo seremos algún día?―, pero como siempre, copiamos lo peor. Gente que trabaja ―trabaja es un decir; generalmente se hace muy poco― hasta las 10 u 11 de la noche y todavía te dice: “no nos queda de otra… afuera la cosa está muy mala”. Afuera. O sea, que la “verdadera vida” transcurre adentro, en el encierro físico y mental de las oficinas. Como si nos estuviéramos preparando para esas películas de Schwarzenegger, Stallone o los Wachowski en las cuales la humanidad sobrevive bajo tierra, en grandes espacios cerrados.
Quienes están presos en esa rutina son privilegiados, tienen que cuidar como oro su cárcel… no vaya a ser que un día queden libres y, como el pajarillo que escapa de la jaula, no sepan sobrevivir. Pero el que pretenda o se atreva a romper o simplemente cuestionar esos modelos será considerado un desadaptado, un paria, un loco… alguien que no aguanta nada. Porque aguantar como los machos, violencia sobre violencia, desmán y atropello uno tras otro, es lo que vale para esta sociedad del nuevo siglo. Eso no tiene vuelta atrás, es un destino prefijado del que no podremos escapar ni aunque nos esforzáramos… ¿Dónde habrá ido a parar la era de Acuario?
A la entrada del Infierno ―dice el Dante, que bien lo supo― hay un letrero que dice, más o menos: “Perded toda esperanza”. Yo la tengo perdida. Me quejo porque soy de los desadaptados, de los parias. Porque no quiero resignarme. Porque creo que hacerlo es envejecer y no quiero ponerme vieja. Pero en el fondo ―y no tan profundo― sé que la esperanza era verde… ¡y se la comió un chivo! Que no hay tiempos mejores, como dijo un amigo hace unos días en los comentarios de este Parque del Ajedrez. Nadie que tenga este ánimo tan poco edificante debe andar contagiándolo porque, como decía mi abuela Cristina, quejarse llama ruina. Y aunque mi abuelo José, el asturiano bruto, me enseñó que en la vida siempre habrá que nadar río arriba, a veces prefiero callar y cuelgo el letrerito en la puerta virtual de esta comunidad de amigos generosos que espero sepa perdonarme cuando la energía merma.
¿Que qué tiene que ver esto con celulares, blackberries y aliens?... Es una advertencia de los dioses, parabólicos como son ellos: no se les ocurra darme su número de fon, no vaya a ser que esta tiñosa se les pose, además, en el tronco de la oreja. ¡Que yo no tengo Hi5!
Y como dirían Los Van Van: “¡Hasta la semana que viene!”

martes, 26 de agosto de 2008

Imágenes del desastre

El taekwondoín cubano Ángel Valodia Matos pateó al árbitro
para mostrar su inconformidad con la decisión de su combate,
acción que al comandante en jefe —o a quien escribe sus Reflexiones—
le pareció digna y justificada. ¡Qué se puede esperar!...



La bandera cubana ondea a media asta en el corazón de los isleños. Como si no hubiera sido poco el descalabro de casi todos sus atletas, en partido espectacular ante Corea del Sur la selección nacional de beisbol perdió en los Juegos Olímpicos de Beijing la esperadísima medalla de oro ya perdida en los de Atenas. La actuación de la delegación cubana fue desastrosa: sólo dos medallas de oro; que las once de plata y las once de bronce no sirven para el orgullo, son simple consuelo de perdedores. Desde México’68 no se quedaba en posición tan desfavorecida. Pareciera que el deporte, uno de los pilares imbatibles de la propaganda revolucionaria, empezara a desmoronarse estrepitosamente para confirmar que cuando muere el emperador, cae el imperio.
El sábado cuando hablé con mi madre, que juró no encender el televisor ni para ver la clausura de los juegos y pidió que en los días por venir no se le mencionara la palabra “pelota”, mi hermana recordaba la alegría y el regocijo con que celebrábamos en los ochenta las victorias internacionales de nuestros atletas. Entonces, los triunfos de Juantorena, Stevenson, Miguelina Cobián, Emilio Correa, Silvio Leonard, María Moré, Mireya Luis o Ana Fidelia eran los de aquella patria heroica y los de todos nosotros.
Nosotros, que disfrutamos de los boyantes ochenta y aun así protestamos, armamos el sal p’afuera y p’afuera nos mandaron. Nosotros veíamos en la tele y en los actos a un gigante pretencioso y arrogante que puso a la islita en el mapa del mundo y nos convirtió en potencia, en faro de América toda, en cabeza de los países del Tercer Mundo y los no alineados. Nosotros fuimos el pequeño David enfrentado con coraje al enorme Goliat del imperialismo yanqui. Fuera más o menos propaganda, más o menos teatro, más o menos manipulación, aquél era un líder y no una momia que divaga en su senilidad y olvida hasta el nombre que él mismo le puso a las catorce provincias que inventó; no un zombi al que pasan en la tele cada seis meses en videos prefabricados en los que nadie cree.
Nosotros éramos gloriosos porque vivíamos en un país igual. Así nos desbordábamos a las calles, tan niños, para recibir a los presidentes amigos del nuestro. A Brezhnev, a Honecker, a Torrijos, a los Ortega, que después resultaron grandes bandidos pero entonces creíamos —nos lo hicieron creer— héroes. Nos llevaban cantando al aeropuerto Pionero soy de corazón o Somos socialistas, p’alante y p’alante, y al que no le guste que tome purgante… O vitoreando con ingenio: Nierere, Nierere, venimo’ a recibirte sin saber quién ere’… o Neto, Neto, Santiago te saluda con afe’to y con re’peto.
Nosotros tuvimos trece años de victoriosas guerras imperiales en África, aunque después nos enteráramos de que fueron un robadero de marfiles y una gozadera de generales y doctores y que los angolanos nos odiaban como se odia al que se mete adonde no lo llaman e impone allí su ley. A quién le importaba entonces que aquellas conquistas dieran al traste con la economía nacional, abandonada en la euforia bélica de su principal estratega y de sus seguidores y benefactores. Quién iba a pensar que en sólo unos años el invencible campo socialista se desmoronaría como merengue. A quién le iba a preocupar si entonces había supermercados donde se podía comprar en moneda nacional y restaurantes, también en moneda nacional, a los que ir, con reservaciones sí, pero sin necesidad de que fueran un premio otorgado por el sindicato, la Juventud o el Partido… Y hasta casas en la playa adonde reventarnos el hígado de alcohol y el cuerpo de sexo, todavía felices y esperanzados.
Qué les quedó a estos muchachos de las generaciones Y, los deportistas de hoy, nuestros hijos crecidos en el período especial, sino un país en ruinas, sostenido por el hambre, las carencias de todo tipo, la prostitución, el robo, las mentiras, la miseria humana y el desprestigio que ella ocasiona; el mismo deterioro social por el que hace cincuenta años se hizo la revolución. Qué orgullo sostiene a estas generaciones criadas en el pillaje y la doble moral y en la frustración heredada de sus padres y sus abuelos, con una sola idea fija: irse del país… y mientras, escapar, o sea, tratar de sobrevivir. ¿Quién puede estar orgulloso de un país y una vida así?
Aunque sean parte de los privilegiados, de los bien alimentados, de los que tienen moneda convertible y con suerte, hasta una casita o un carro, llegan estos deportistas a las olimpiadas quién sabe con qué motivaciones, oteando cómo huir del ejército de oficiales abiertos y encubiertos de la Seguridad del Estado que los acompañan y vigilan, sin muchas esperanzas de aprovechar los juegos como los otros atletas, como un escaparate para ser vistos y comprados —sí, comprados; que tampoco ellos son amateurs—, porque ni siquiera tienen la libertad de soñar con pertenecer a las mejores ligas del mundo sin ser considerados traidores a la patria y que se les niegue el derecho de regresar a la tierra que los vio nacer. Y si regresaran, devueltos por las policías del mundo ante su intento ilegal de deserción, verse despojados de sus medallas y sus glorias por haber intentado el escape.
Que son culpa de las mafias deportivas las derrotas de los cubanos en Beijing, dicen las Reflexiones del Comandante en Jefe. Y que fue culpa de la lluvia que mojó la pista de tartán que Dayron Robles no rompiera el récord olímpico en los 110 con vallas. ¡Qué sería de Fidel sin las conspiraciones del imperialismo y las inclemencias del clima! ¿A quién le hubiera echado la culpa de cada desacierto? Y que los chinos se excedieron en la excelencia de sus instalaciones teniendo un pueblo sumido en la pobreza… ¡como si él no hubiera hecho unos Panamericanos en 1991 que fueron el toque de diana de una miseria nacional que emuló a la reconcentración de Weyler y al machadato!
A pesar de todo, el comandante considera que hay que darle una medalla de oro al honor. ¿A cuál honor?, me pregunto. Si éstas no son imágenes del desastre, que baje Dios y lo diga.

martes, 19 de agosto de 2008

Citius, altius, fortius

Del guantanamero Dayron Robles se espera la medalla de oro
para Cuba el jueves en los 110 con vallas



Por Irving Saladino, Mijaín López, César Cielo Filho,
Juan Esteban Curuchet y Walter Fernando Pérez,
nuestros nuevos campeones olímpicos latinoamericanos.
Y por los que vendrán en los próximos días.



Estuve a punto de quedarme despierta la madrugada del viernes esperando a que Juan René Serrano, el representante mexicano en el tiro con arco olímpico, ganara la medalla que todo parecía augurarle después de haber quedado primero en la ronda clasificatoria. Hice bien en no desvelarme, porque sólo hubiera postergado el sueño para verlo perder dos veces y no alcanzar nananina en tres patines, como decíamos en Cuba quienes nunca oímos La Tremenda Corte —prohibida cuando sus protagonistas emigraron— y no reconocíamos en esa frase a los personajes del programa cómico.
“No hay manera de que estos muchachos dejen de decepcionarnos”, he pensado al amanecer de cada uno de estos días olímpicos, que siempre nos depara la mala nueva de una eliminación azteca y cada vez menos posibilidades de mejorar en el medallero. Volví a pensarlo anoche, cuando después de comandar la prueba por un buen rato, el triatlonista Francisco Serrano fue relegado a la posición 44 y esta mañana, cuando vimos caer al clavadista Yahel Castillo no sólo del trampolín, sino también del muy propicio y esperanzador cuarto lugar con el cual había pasado a la final.
A los deportistas, creo, hay que inculcarles, además de la fuerza y la constancia físicas, el espíritu militar, ése que permite saberse merecedor de la victoria y, para lograrla, aplastar sin contemplaciones a quien se le ponga delante. Que no en vano los primeros atletas fueron los soldados griegos y el mundo antiguo enarbolaba su Mens sana in corpore sano o, lo que es lo mismo, además de corporeidad y técnica impecables, fortaleza de espíritu. Porque justificar las derrotas con la presión de la competencia es absolutamente absurdo: ¿cuál será el torneo que no vaya a tenerla como elemento consustancial?, ¿acaso la mecánica del deporte no se trata, precisamente, de superar la presión e imponer la voluntad?
Acostumbrados a derrotas históricas que se les recuerdan y recalcan cada día como machote imborrable en el cerebro y el alma, los mexicanos —y buena parte de los latinoamericanos— tienen un temperamento resignado y conformista. Fatalista incluso. Los cubanos —a quienes todavía no les va muy bien en Beiging— nacimos, en cambio y a pesar de, en una nación donde no importaban las batallas perdidas, ni aun las más contundentes: los reveses se convertían en victorias. Con ese espíritu crecimos las generaciones posteriores a la revolución de 1959, creyéndonos el ombligo del mundo, aprendiendo a vivir como guerreros que no tienen otra opción que ganar. Y así aprendimos —y aprehendimos— las glorias del olimpismo: viendo a Alberto Juantorena darle la vuelta al óvalo con esas zancadas tremendas; a Stevenson mandar a la lona a cuanta mole le pusieran enfrente; a Sotomayor tocar el cielo en cada salto; a las negritas del voleibol —¡aquella Mireya Luis!— rompiendo las duelas con los remates. Y, por si fuera poco, compartimos como propios los triunfos de Nadia Comaneci, Marita Koch, Kornelia Ender o Sergei Bubka con “nuestros hermanos” del campo socialista.
En los pueblos modernos, donde las guerras son mal vistas y el afán de colectividad aplasta las individualidades, los deportistas son los únicos capaces de llenar ese vacío epopéyico que nos ha dejado la “civilización”. Y tener héroes es una necesidad para alentar las autoestimas nacionales y también el progreso económico. Eso lo saben muy bien los gobiernos que, para respaldar sus intereses políticos o comerciales, imponen su presencia global también en el ámbito deportivo. En busca de esa reafirmación internacional, los estados socialistas de Europa del Este —a los que se adscribía el cubano aunque estuviera al otro lado del mundo— invirtieron todos los recursos posibles en el deporte. Era parte de la guerra fría, de la correlación de fuerzas, de la propaganda comunista. Esa misma búsqueda de presencia internacional y reafirmación respalda en estos momentos al deporte asiático y al español.
América Latina, en cambio, pareciera conformarse esperando a que alguna personalidad individual despunte, pero casi convencida de que eso no sucederá. Ese mismo pensamiento está sembrado en sus deportistas: se les escucha decir que van a tratar de hacer lo mejor que puedan. El llamado extra de los campeones sólo lo tienen quienes están convencidos de serlo y luchan por ello hasta el límite de sus fuerzas e incluso más allá. Ésa es una condición del espíritu fortalecido en la confianza, entrenado para ello. Es el caso de Michael Phelps, Usain Bolt, Elena Isinbaeva o Yang Wei, cada uno en sus lejanos confines, disciplinas atléticas y circunstancias nacionales: sólo hay que verles la cara para saber que no conciben otra posibilidad que el triunfo. Un campeón nunca piensa que será un gran logro quedarse con el bronce. Quienes van a hacer lo mejor posible, siempre esperan un golpe de suerte, un error del contrario, la bondad del azar, un milagro de Dios… cosas externas. Y así no se gana ni un chícharo.
A veces pareciera que nuestros países eternizan la noción del fracaso predestinado por encima de las posibilidades de superación y éxito. El grito de “Sí se puede” o “Sí se pudo” lo deja muy claro: el triunfo es algo que difícilmente se puede conseguir. Así, salvo las honrosas excepciones que no hacen más que confirmar la regla, nuestros países enfrentan como talón de Aquiles, además de la indiferencia gubernamental y los desmanes de sus directivos, la actitud derrotista de sus competidores. Pienso en el comportamiento arrogante y despectivo de Ana Gabriela Guevara, el icono más contundente del deporte azteca en las últimas décadas. Ella se sabía una campeona. Tanto que cuando se supo sin posibilidades de triunfo, prefirió armar el numerito del retiro antes que ir a perder a Beiging. Y no es que tengan que ser bofes, pero ¿no será posible meterles en la cabeza a los demás que también pueden ser campeones? ¿Para qué se incorpora alguien al deporte profesional sino para ganar todos los torneos habidos y por haber, especialmente olimpiadas y mundiales? Un atleta que no tenga ése como su objetivo vital, no llegará muy lejos o, lo que es peor, se conformará con cualquier décimo lugar. Un reportero de Televisa le preguntó hace unos días a Gary Kasparov qué significaba para él la medalla de plata y el gran ajedrecista ruso respondió: “La plata es mejor que el bronce, pero para mí ganar era sólo obtener la medalla de oro”.
En las transmisiones de estos juegos, el ex campeón gimnasta Bart Conner decía que si un atleta escoge una rutina de alto grado de dificultad, aunque cometa un error tendrá ventaja sobre sus competidores; ergo: no conformarse con poquito. ¿Será posible enseñarles esas ambiciones y esas estrategias a nuestros deportistas y a sus entrenadores? ¿Enseñarles a venir de abajo y no dejarse aplastar al primer traspié? ¿Tatuarles en el alma el significado de Citius, altius, fortius?

martes, 12 de agosto de 2008

Ponzoña

Como avispa, Neo en la saga Matrix



El jueves, en el metro, una avispa me picó la nuca. ¿Qué hacía una avispa a tanta profundidad?, eso mismo me he preguntado sin receso desde entonces. Que la traía en la ropa desde afuera, me han dicho algunos. ¿Pero de dónde iba a sacar una avispa si anduve la misma ruta de todos los días sobre la avenida contaminada y ruidosa? Que la traían otros y voló hacia mí ya dentro del vagón. ¿Pero cómo nadie me alertó?
La cuestión es que a la altura de la estación Miguel Ángel de Quevedo —poético el asunto, a decir verdad—, o sea, llevando unas seis paradas de trayecto, sentí en la parte posterior de mi cuello la cosquilla de unas patas diminutas. Instintivamente eché hacia allí un zarpazo y en el mismo instante en que tomaba en mi mano un insecto mucho mayor del que esperaba encontrar, sentí su estocada traicionera y un estilete de dolor agudo llegando hasta el omóplato.
La tiré contra la puerta y entonces pude observarla. Negra, espigada, brillosa, con sus alitas transparentes a lo largo del cuerpo como en postura militar. La vigilé con ojo atento lo que restó de viaje, no sé si con temor de que se despabilara o con pena de que muriera minutos después. "¿No la mataste?", me preguntó Orlandito, incrédulo. Si no soy capaz de desearle mal a quienes me hacen daño, ¿cómo iba a ultimar al pobre animalito que lo único que hizo fue defenderse? Además, aunque pionera en su especie, no es la primera que me clava su aguijón y me deja el veneno adentro.
Siempre he necesitado explicaciones otras. Que una avispa me pique dentro del metro no puede ser un suceso normal. Que no pululan esos insectos por el laberinto subterráneo buscando cuellos propicios. ¿Cuántos ataques de este tipo pueden acontecer al año en la red metropolitana?... Por algo ese animal me mancilló el cogote precisamente a mí. ¿Y por qué a mí?, insisto y recuerdo a Maya, que siempre dice que la pregunta correcta no es ¿por qué? sino ¿para qué?
¿Para qué pues?, reflexiono mientras me palpo la bola dura y caliente como del tamaño de un limón, y de pronto aparece ante mis ojos el broquel que tienen en la nuca los personajes de Matrix. Mmm, pensé, tal vez necesitaba un hoyo por el que entrara a mi cuerpo toda la preciosa energía que despidió la apertura del Portal de Orión, suceso cósmico que según los expertos aconteció el 8 del 8 del 8, o sea, la jornada siguiente al ataque de la avispa.
Días atrás había observado en las noches, con el rabillo del ojo, unas sombras oscuras desplazándose alrededor. Más que sombras, grandes bloques de realidad que se movían, sobreponiéndose unos a otros, serpenteando al ritmo de los latidos de mi corazón. Como un rompecabezas cuyas piezas no embonaran perfectamente o se salieran de lugar. Como el tremor que dejan los jumpers en la pantalla de la vida al saltar de un escenario geográfico a otro. Como si el programa de la matriz se hubiera desconfigurado y estuviera fallando. ¿A qué explicación adscribirme? ¿Demasiado estrés, alta tensión del ojo… o polvo de fantasmas y puertas interdimensionales?
¿Qué sería de la vida sin la fantasía y la magia de esas explicaciones otras? El llano aburrimiento de la razón y la lógica. Sé que hay quienes gustan de realidades sin orlas, ¿pero qué sería de mí si no pienso que esto es sólo una espera, un entrenamiento, y que después de tanta chatez cotidiana vendrá —¡tiene que venir!— una recompensa amable o, al menos, tiempos más animados, menos conformistas?
Por eso atravieso el ojo dorado que veo detrás de mis párpados cada mañana mientras me lavo la cara —¿el ojo de Dios?— y ya estoy en una aséptica estación de metro, blanquísima e iluminada como el limbo, donde una niña que se parece a mí me da instrucciones, en una lengua incomprensible, como un canto antiguo, de hacia dónde debo dirigirme. A lo lejos, casi imperceptible, un violín rechina una danza húngara o un huapango.
Me subo a un tren vacío, silencioso, veloz —¿así será la muerte?—, y desemboco en la gran sala donde se celebra una especie de congreso de confederados galácticos. Ancianos de batilongos blancos y barbas crecidas; gallardos comandantes en sus trajes espaciales. Discuten —siempre otros; nunca nosotros mismos— la verdad o apariencia del supuesto cambio climático que nos llevará a los tiempos del fin, la sucesión de eventos catastróficos que conducirán al mismo desenlace y nos permitirán entender a los terrícolas cuán chiquitos e irresponsables somos, la ocurrencia de guerras futuristas con sables de hoja láser o tradicionales puñaladas traperas, la salvación del puñado que trascenderá a la nueva era después de recibir el punzonazo ponzoñoso de un insecto inesperado o el mensaje de “Follow the white rabbit”.
Bah, puras películas de Spielberg, Lucas y los Wachowski, dirán algunos, pero el viernes, cuando abrí los ojos y miré el reloj eran las 8:08 de la mañana del 8 de agosto de 2008. En Pekín, ahora Beijing, se estaban inaugurando los Juegos Olímpicos y en el cielo se abría el Portal de Orión. ¿Por qué no desperté a las 8:07 o a las 8:09? Quienes digan: casualidad, no me convencen. Si todo fuera casual, no existirían las casualidades.
Cinco veces 8 es 40. Cuatro y cero: 4; los cuatro caminos, el número de Elegguá. 5 es el dígito de los cambios; 4, el equilibrio; 8, la omega, el símbolo del infinito, el número de la comunicación con otras dimensiones. Mmm, reflexiono, hoy debe ser efectivamente un día muy especial; el primero de un buen ciclo. Y justo en el momento en que todo esto anotaba en mi libreta, salió el tren del túnel en CU y toda la luz de las diez de la mañana cayó sobre mis letras.

martes, 5 de agosto de 2008

El pasado y el cielo

La ciudad de México en 1628,
grabado de Juan Gómez de Trasmonte



Estos años son el pasado del cielo.
Silvio, el viejo


Y de pronto estoy bailando con Karina una de esas rancheras o norteñas, nunca sé bien, en las que se dan saltitos y el hombre te lleva de la cintura alterando a ratos el ritmo con pasos largos que te dejan literalmente colgando de sus brazos. Estamos en una de aquellas fiestas raras de la casa vieja, llena de muchachos rebeldes y comprometidos que hacían las revistas La Guillotina y Las Brujas y para quienes Barry era algo así como un gurú.
De pronto estoy borrachísima, sacando la cabeza por la ventanilla del carro de Jorge, a ver si el viento me despeja, la noche en que recibí en la UNAM el premio Punto de Partida. Vamos hacia aquel edificio del Olivar del Conde, imperio de cubanos —Miliki, Carralero y Gisela con Jorgito pequeño, Susana Montero, Madeline Cámara—, a que alguien me abrazara el solitario corazón en esa hora feliz. Y allí estaba Elena, con Nazim y Osvaldo recién llegados, abriéndonos su puerta casi en la madrugada. Que como en Cuba, allí no había hora para los amigos.
O voy con Efraín, Carlitos y Omar a Cuernavaca aquellos fines de semana en los que conocí al charro negro [tequila con coca cola] y la piscina helada me contrajo de tal modo los músculos del pecho, que creí tener un infarto. Esa madrugada escribí una carta de despedida para mi madre y el número confidencial de una tarjeta que tenía una fortuna como de 700 pesos —unos 200 dólares de entonces; 70 de ahora—, el monto de mi primer salario en México, recibido a cambio de ser secretaria, recepcionista, capturista, correctora y jefa de redacción de dos revistas. Las ventajas de la inmigración ilegal para los empresarios aguzados; que no en vano los mexicanos lo dicen con “b”, abusados, sabiendo que precisamente de abusos se trata esa destreza.
Y me veo echada en la colchoneta del depto de Tacubaya con el gato Pericles sobre el pecho, señorial él como buen emperador griego, escuchando el The Wall de Pink Floyd, a Queens, Deep Purple y Jethro Tull. Aquel depto donde una noche de marzo nos sorprendió la noticia del asesinato de Colosio, candidato presidencial priista en plena campaña, y otra noche prepararon los carteles para la marcha del orgullo.
Después de unas cervezas Bohemia cuando Sanborns todavía era un lugar agradable —¿será que alguna vez lo fue realmente?—, recuerdo un concierto de Pablito [Milanés, por supuesto] y Mercedes Sosa en el Auditorio Nacional, al que fui con Minerva, Rita y Marta Valdés; y uno de Argelita Fragoso en Radio UNAM. Me acuerdo de haber escuchado a Jorge Hernández y a Elena Burke, La Señora Sentimiento, en el reducidísimo espacio del Mamá Rumba original, el de Querétaro y Medellín, donde aquella noche bailamos “Ya vienen llegando”, cuando todavía creíamos inminente que “nuestro día” llegara. De eso hace casi veinte años y seguimos en las mismas…
Sentada en los escalones del Auditorio, mientras esperaba a Ricardo Bernal, miraba los hoteles de Polanco, contaba uno a uno sus pisos y me preguntaba que tenía aquel Hilton que no tuviera el antiguo Hilton de La Habana… Ricardo, al que conocí en la Casa Internacional del Escritor de Bacalar, mi primera escala en este país, fue quien me invitó a la ciudad de México y me mostró sus rincones básicos en aquel inicio del verano del 92. Mi primer momento mágico fue la noche de mi llegada, cuando salimos a la plancha del Zócalo. La imponente catedral iba apareciendo poco a poco ante mis ojos, bajo una llovizna finísima y copiosa, mientras ascendía cada peldaño de la escalera del metro. Era una visión indescriptible y sobrecogedora que todavía evoco cada vez que mis pasos me llevan a ese sitio.
Con Ricardo y Adriana Casas conocí las callecitas empedradas de Coyoacán, los murales de CU, los museos de Chapultepec, el eco de las voces en la cúpula del metro Insurgentes, las piedras milenarias de la antigua Tenochtitlan, de Tlatelolco y Teotihuacan, antes de que esta ciudad se convirtiera en la verbena de cafecitos en las aceras, centros comerciales y franquicias que es ahora. Así empezó mi fascinación por esta tierra y lo que hay debajo de ella: esa telaraña luminosa que es la red del metro. El inframundo, diría Normita. Allí donde el tiempo transcurre en otro ritmo y los trayectos infinitos pueden ser sueños o pesadillas.
Aquellos fueron tiempos de descubrir, caminando, la ciudad, calle por calle. Esa especie de mapa/radar que tengo en la cabeza para ubicarlo todo en un segundo, me llevaba sin rodeos al apartamento de Lichi en Pacífico o al de Eliseo, Bella y Fefé en la calle de Amores, donde al enorme poeta lo sorprendió la muerte lejos de la Calzada de Jesús del Monte. Allí, donde la última vez que nos vimos le dije, con ese atrevimiento de la juventud: “Cuídese, Poeta, que de los buenos quedamos pocos” y él sonrió, sabio y amable como era.
Y de pronto estoy rodeada de gente que baila en el Anyway o el Enigma, de donde regreso al amanecer, ya despuntando el día, después de unos tacos bien picosos, a casa de Pablo Picardi, de Efraín o de Dalid. O a casa de Marta e Ydalia, ese lugar donde hallé calor de hogar, en cuya sala una Noche de Brujas me convenció de quedarme. Y de pronto estoy sola con mi máquina de escribir en un diminuto cuarto de azotea en Santa Mónica, donde despierto en las madrugadas aterrorizada, soñando una vez más el ruido de unas botas militares que suben la escalera de caracol para apresarme y deportarme. Mis primos de Miami insistían en venir por mí a la frontera de Texas, que aún había que cruzar con polleros y coyotes, como cualquier mojado, porque no existía la Ley de Ajuste Cubano que nos hace exclusivos y privilegiados a las puertas del monstruo y sus entrañas.
Aquellos días en que, en medio de un peregrinar de abogados y mentiras, estafas y más estafas, al entrar al edificio de Migración en la glorieta del metro Insurgentes me registraba como Lucrecia Borgia porque temía que, de poner mi nombre, me dejaran detenida. Aquellos de recorrer la ciudad buscando teléfonos mágicos para llamar a Cuba y a todos los lugares donde estaban los amigos y parientes que acabábamos de salir de la isla como de un surtidor. Los aparatos comunicaban gratis y delante de ellos se formaba una cola interminable de extranjeros de todas las latitudes. Tiempo después —que todo se perfecciona y se moderniza—, los teléfonos descompuestos fueron sustituidos por claves de mil dígitos que podían marcarse desde cualquiera y que, se decía, usaban los narcos o los judiciales para coordinar sus acciones encubiertas.
Con Marta e Ydalia fui a una cantina por el Toreo de Cuatro Caminos donde la variedad era un muchacho que imitaba muy bien a Juan Gabriel —después supe que parodiar al Divo de Juárez es uno de los hobbies nacionales—; allí me comí el primer T-Bonne de mi vida y creo que el único. Y hablando de toreos, con ellas asistí a mi primera corrida de toros en la monumental Plaza México, con chaleco y bota de vino, como la resurrección de mi abuelo José. Meses después fui a la segunda y última —a excepción de una de Cristina Sánchez que vimos por tele en casa de Claudia Catelli—, con una muchacha de boina que no me hizo ningún caso. Porque no quiero quitarles la ilusión a quienes me imaginan como la conquistadora irresistible de mis cuentos, pero la verdad es que nunca me hicieron mucho caso las muchachas. Definitivamente no es Casanovas mi apellido. “Escribir es el placer de los eunucos”.
Todo esto me vuelve a la memoria mientras leo Lenguas en erección, el primer poemario de Juan Carlos Bautista, al que pertenece ese verso: Escribir es el placer de los eunucos. Cuaderno que acaba de ser reeditado por Quimera donde, dicho sea de paso, saldrá en un par de meses mi primera novela: Espejo de tres cuerpos, gracias al atento afán de Sergio Téllez-Pon. Leo los versos de Juan Carlos, viajo al pasado y al cielo, y me lo encuentro una tarde de los primeros noventa en el Centro Cultural Universitario, jóvenes y hermosos los dos, de pelo crecido, listos para poetizar lo que desde entonces era nuestro y tal vez no lo sabíamos.

martes, 29 de julio de 2008

Fiebre de sábado en la noche y domingo al mediodía

Éste era la imagen de la camiseta que me regalaron
en 1978 mis primas de la comunidad



Me fui de vacaciones a uno de esos hoteles de playa all inclusive, tan estandarizados que siempre parece que se está en el mismo, con su plan de ruidosas actividades alrededor de la piscina diseñado para que nadie pueda descansar, sus bufetes temáticos y sus espectáculos nocturnos. Uno de ellos, dedicado a la música disco, me trasladó a aquellas noches de los setenta, de las fiestas de la secundaria y el pre, de una música que conocíamos como en sueños.
Porque cuando empezamos a oír a Silver Convention, KC and the Sunshine Band, Donna Summer o los Bee Gees no sabíamos cómo se bailaban esos ritmos y les inventamos nuestras propias coreografías, sin más nociones que la creatividad propia de la juventud. Dábamos una serie de saltos consecutivos que no eran, ni con mucho, parecidos al flotar de los danzantes de la disco music. Saturday night fever (1977), Grease (1978) o Fame (1980), aquellas academias fílmicas, nunca pasaron en los cines cubanos y las vimos en televisión ya bien avanzados los ochenta.
La música era un poco más fácil de conseguir, pero siempre con ese hálito de complicidad y contrabando. Quienes tenían amistades en las emisoras de radio, podrían gestionar que les hicieran alguna copia en aquellas enormes grabadoras de carretes; ésas siempre quedaban mejor que las que copiábamos directamente del aparato de radio en rudimentarias caseteras, artefactos de lujo a los que no todos podíamos aspirar. Y como estábamos en la edad del entusiasmo hormonal, nunca faltaban las malísimas canciones románticas de José Augusto, los Pasteles Verdes o Roberto Carlos, prohibido por entonces vaya usted a saber por qué. Así, de mano en mano, se iban haciendo las copias y armando las fiestas de los sábados en la noche.
1978 fue el escenario de dos sucesos fundamentales en la inopia insular: negociaciones entre Jimmy Carter y el gobierno de la isla permitieron el regreso de los cubanos asentados desde hacía más de una década en Estados Unidos, con los cuales habíamos tenido tácitamente prohibida toda comunicación. Con el retorno de los parientes de la comunidad llegaron —además de otras cosas deslumbrantes y exóticas como tenis, pantalones de mezclilla y equipos de música— los discos de moda: a nosotras, las primas de Miami nos llevaron un long play de los Bee Gees; Manolito y Violeta tenían Rivers of Babylon de Bonnie M; Adita y Sara, una recopilación de lo mejor del disco con Tavares, los Bee Gees, Barbra Streisand y Barry Gibbs, entre otros miles de artistas a los que amábamos. Los amigos de Piri tenían grabaciones de Michael Jackson y Kool & the Gang y hasta había adaptaciones al español-cubano de algunas de aquellas canciones que se gritaban a coro en las fiestas, como la que decía: “Eh, pa’ la USA/ a comprar pitusa/ y popis también”... Se había despertado nuestro espíritu consumista. Traducción: pitusa llamamos a los jeans; popis a los zapatos deportivos.
El segundo suceso ocurrido ese año fue el inicio de un programa —tal vez sería más apropiado decir un fenómeno— que reuniría a la familia cubana todos los domingos a las dos de la tarde ante la televisión: Para bailar. Sobre la base de una simple competencia de baile, había demostraciones y clases rápidas de los ritmos “desterrados”. En este país en el que me ha tocado vivir, siempre me asombra, como al Beny, la soltura con que bailan los mexicanos el danzón, el mambo o el chachachá. Los cubanos nacidos con la revolución no supimos danzar esos ritmos —y solíamos despreciarlos— hasta que surgió Para bailar.
Porque hasta eso pareció querer quitarnos la adustez de la dirigencia política. Como dice una de mis mejores amigas: los tiranos no saben bailar. No se sueltan, no se divierten, les parece ridículo. Y así parecieron sancionarlo los de mi país cuando declararon “impropia” toda gozadera —a no ser la que ellos autorizaran— y hasta el bolerístico sufrir de la tradición musical cubana anterior a 1959. Hace unos meses mi amiga salvadoreña Dina Posada me mandó una presentación en Power Point dedicada a recordar a grandes cantantes cubanos; la mayoría de ellos (Xiomara Alfaro, Zoraida Marrero, Fernando Albuerne, Desi Arnaz, Enrique Chia, Guillermo Portabales Olga Choens y Tony Álvarez) eran completamente desconocidos para mí, proscriptos como fueron. Justo eso pasó con los viejitos del Buena Vista Social Club: tuvo que irlos a “rescatar” Ry Corder del sepulcro en vida en que vegetaban.
Ayer mismo, después de leer la entrevista a Olga Guillot que anda circulando por internet desde hace unos días, Maya se asombraba de saber que a la gran santiaguera no la programan las emisoras cubanas. Ni a Celia Cruz, querida Maya, ni a la Sonora Matancera, ni a Rolando Laserie, ni a ninguno de los gusanos traidores y apátridas que se fueron después del ‘59... Y si se portaban mal, ni a Barbarito Diez ni a Joseíto Fernández, que al fin y al cabo “La guantanamera” la canta hasta Rosita Fornés.
Ahora —ya lo he dicho en otras ocasiones—, nos es fácil entender que muchas de aquellas “prohibiciones” deben haber respondido, más que al aspecto puramente político, a una imposibilidad de pagar los derechos de reproducción y distribución que exigen las empresas disqueras y los agentes artísticos en el resto del mundo. Pero, lógicamente, aquel orgulloso prefería hacer ver que él prohibía a los enemigos que confesar la otra verdad, que hubiera sido como aceptar públicamente que no éramos el ombligo del mundo, como nos hacían creer, sino sólo una islita dejada de la mano de Dios con un cancerbero muy gritón. Musicalmente hablando, no olviden aquello de “odio quiero más que indiferencia/ porque el rencor duele menos que el olvido”...
Para bailar fue, entonces, un parteaguas. Con sus lógicas limitaciones, porque era un programa con supervisión estatal, como todos los canales de televisión —es decir los dos que había: el 6 y Tele Rebelde—, que eran —lo son aún— monopolio del gobierno. El equipo de conductores fue excelente: Salvador, Cary, Lili, Albertico y Néstor eran cinco muchachos simpáticos, alegres, de sangre ligera. A ellos se le unieron —o llegaron luego en sustitución de los que salían— Mara y el pesado de Carlos Otero. Allí se bailó y se enseñó a bailar de todo: desde guagancó hasta charleston, desde areíto hasta ruedas de casino y música disco.
Toda Cuba bailaba entonces. Como las discotecas tampoco existían más que en los hoteles, limitada la entrada a los huéspedes, las fiestas eran en nuestras casas. Cada viernes se preguntaba: “¿adónde es fiesta?”, y siempre había quién tenía la lista de todas las que habría en la ciudad. E íbamos aunque no fuéramos invitados; incluso aunque no conociéramos al dueño de la fiesta. Se hacían molotes de muchachos en las puertas de las casas y, como en todas las discotecas del mundo, se reservaba el derecho de admisión. Si no nos permitían el acceso o ya no había cupo en la más popular, siempre habría otras dos o tres a las que acudir.
Ya adentro, tomábamos sólo agua o alguna bebida preparada con alcohol de 90° robado de algún hospital, rebajado con agua en una proporción de 50/50 o, en el mejor de los casos, mezclado con extracto de menta robado en alguna fábrica de licores, o un chorrito de café que le diera sabor. Generalmente no se ofrecía nada de comer —quién podría alimentar y emborrachar a tal cantidad de muchachos, la mayor parte de ellos desconocidos—. Eran espacios sólo para bailar. Porque el cubano no concibe una fiesta donde no haya baile. Fiesta y baile son sinónimos.
Muchas veces, como estábamos en esa ya referida etapa del descocamiento y los cubanos solemos ser bastante precoces y procaces, después de una primera tanda de brincos simiescos y profuso sudor, acabábamos apretando en lo oscurito con los novios al amparo del gato que está triste y azul o de los riquísimos gemidos calenturientos de love to love you baby... Entonces venía el verdadero show: las mamás encendiendo la luz y los hijos apagándola, una y otra vez, hasta que las más puritanas o autoritarias terminaban la fiesta de un solo alumbrón.
Last dance, last chance for love… canta dentro de mi cabeza aquella negra portentosa del veraniego apellido. Let’s dance toooniiiiiiiiight… le contesto, me enredo en la nuca el brazo de Tony Manero, el personaje de Travolta en Saturday night fever, y doy vueltas y vueltas mientras la bola de vidrio echa puñales de colores resplandecientes a nuestro alrededor.

martes, 1 de julio de 2008

Los amigos perdidos

Aquiles y Patroclo, amigos en la eternidad



Escribir este blog me ha costado algunas amistades. No ocasionales o coyunturales, como suele ser la amistad en algunas de sus variantes, sino de las viejas y profundas, de las del corazón y las entrañas. Al menos cuatro personas se han alejado tajantemente sin decir razones. Las intuyo, porque al buen entendedor, pocas palabras, sobre todo tratándose de los amigos: mi insistencia en hablar de Cuba y de la homosexualidad —esas dos esencias— con términos cuestionadores. Yo digo que no era para tanto, que había lazos más importantes que preservar entre nosotros, pero cada quien tiene sus propios límites y son absolutamente respetables.
Aunque en cuestiones íntimas o domésticas suelo ser dócil y evitar problemas, en los ámbitos públicos siempre fui muy lenguaraz. Retadora. A veces más de la cuenta. Quienes me conocen desde chiquitica saben, además, que aunque a ratos huraña, siempre he sido muy amiguera. Estas pérdidas me dejan, entonces, un tanto descalabrada, cantando como Alberto Cortés: “Cuando un amigo se va/ queda un espacio vacío/ que no lo puede llenar/ la llegada de otro amigo”.
Que si he olvidado que mi padre fue combatiente de la clandestinidad, dijo hace unos días a propósito de algunos relatos y reflexiones de este Parque del Ajedrez otro amigo santiaguero queriendo escarbar “hondo allá en lo blando”, como diría Silvio el viejo. Cómo habría de olvidarlo imbuido en el entusiasmo de su generación y de su tiempo, con la barba crecida a lo Camilo Cienfuegos en las zafras del pueblo, entonando para mí como canciones de cuna el Himno invasor, De pie, América Latina o La Internacional. Lo recuerdo perfectamente; pero ésa fue su causa, no la mía. Cuando nací, la revolución ya estaba ahí, hecha, servida en bandeja de plata, jodiéndonos o salvándonos la vida, según fuera el caso. Porque para “salvar” a mucha gente hay que joder a la otra mitad; no es de otro modo. No conocí las “desgracias” anteriores y aunque me las contaran, no eran las mías. Tendría otras “desgracias” de las que quejarme. Lo que para la generación de mi padre fueron logros, para mí era la vida normal.
Días después, a través de un compatriota que reside en España, protestó otro viejo amigo de la infancia: que es inconsistente y parece rabia de frustrados que hable de torturas y no mencione más que el apodo de Peteco; que los chilenos y argentinos de las dictaduras militares siempre dieron los datos de sus verdugos y se hallaron huellas físicas, fosas comunes que no podrán encontrarse en Cuba porque es falso lo que digo/decimos los de afuera. Este muchacho que consulta la prensa cubana como única fuente de información no puede conocer noticias como, por ejemplo, el reciente informe del Consejo de Relatores de Derechos Humanos en Cuba, que reporta, con nombres y apellidos de cada una de las víctimas, más de cuarenta muertes documentadas de presos en cárceles de la isla en lo que va de año. No debidas a lo que tradicionalmente se conoce como torturas, es cierto; sí por "suicidios, infartos y otras enfermedades generadas por la subalimentación, mala asistencia médica, infrahumanas condiciones de vida, palizas y otros malos tratos carcelarios". Justo lo que solapan todas esas cartas firmadas por mundiales intelectuales de izquierda que obstaculizan la visita de cualquier relator de la ONU, veedor de derechos humanos, a cárceles de la isla.
Tampoco ha de conocer mi aguerrido amigo, más que tal vez a modo de rumor que corre, bajito, de oído a oído, la represión de que fue objeto la marcha del orgullo gay que pretendían hacer desde el Parque del Quijote hasta el Ministerio de Justicia un grupo de homosexuales en La Habana, donde evidentemente sólo las “acciones reivindicativas” del grupo de Mariela Castro son permitidas y aplaudidas. Para el resto nada ha cambiado: siguen sin derecho de expresión ni de manifestación.
Que no siga hablando tanta cascarita ‘e piña, dice, y que los ayude a comprender cosas importantes, como por ejemplo las UMAP (unidades militares de apoyo a la producción). Qué querrá comprender que sea distinto a lo de siempre: el autoritarismo rampante que dispone de la vida del resto como si fueran sus soldaditos de plástico. Qué quiere que le explique, qué podría explicarle si entonces yo era tan niña como él y de las UMAP se hablaba menos que de Dios, que también estaba prohibido. Lo que he sabido lo supe después y no me fue difícil comprenderlo porque así eran los planes escuela al campo a los que fuimos; sólo que entonces ya no nos sacaban de las casas a la fuerza en aquellos camiones de la madrugada, sino que íbamos mansamente, de propia voluntad. Así curtió siempre el gallego a sus criaturas: a sol y a sereno, a paso de conga.
Que si todo fue malo, pregunta; que si no hubo nada bueno. La respuesta aceptaría dos perspectivas: lo que nos pareció bueno allí y lo que a estas alturas, visto desde esta (no tan) sana distancia, nos lo sigue pareciendo. Para no complicarnos demasiado le contesto que sí, claro que hubo cosas buenas: las pizzas de La Fontana, los copelitas de los primeros tiempos, aquella carne rusa uruguaya de los mercaditos de los ochenta, las fiestas de Manolito y Violeta, las de Heriberto y las mías, los sábados en Caletón Blanco, los regalos —descubrimientos para nosotros— que llevaron los parientes de la comunidad, La Escalera, las noches culturales del Cabildo, el Parque del Ajedrez, la Casa del Joven Creador… Los amigos, todo ese inmenso universo-mundo aparte que se llama los amigos.
Y dentro de él, el arte que nos dejaron hacer mientras no molestábamos. Porque en cuanto empezamos a cuestionar… ¡todos p’afuera! Con la fachada del gobierno magnánimo que no negaba ni un permiso de salida con tal de que los jóvenes creadores dieran a conocer el arte de la revolución por todo el mundo… ¡Pinga! Todo estaba fríamente calculado: los revoltosos lejos, para que no nos sonsaquen al resto y, de paso, que mantengan al país —media familia afuera, media familia adentro— mientras se desbarranca el heroico campo socialista que nos mantuvo por décadas como a hijos bobos, mientras acaba de desmantelarse la industria azucarera y se consolida la del turismo sexual. Fue una gran jugada. De las mejores.
Pero hablaba de los amigos, del dolor que constituye su pérdida, de la confusión que siembra. Suelo usar con facilidad y soltura la palabra amigo. Algunos dirían que con ingenuidad; creo que más bien con naturalidad. Para mí no es un simple deseo aquella canción de Roberto Carlos y Valladares: Yo quiero tener un millón de amigos y así más fuerte poder cantar… ¡Yo tengo un millón de amigos! Y le doy gracias a la Vida por ellos y, sobre todo, les doy gracia a ellos. A ustedes, mis amigos.
Y con ésta me voy de vacaciones, que ya hace falta darle un poco de aire a este Parque antes de que se vuelva irrespirable. Nos vemos a fin de mes o iniciando agosto, cuando este espacio cumple un año de existencia. Les dejo este poema, hasta ahora inédito.

HILOS

Mis amigos habitan en el aire
un hilo los sostiene de la nada
e inventa entre la hondura aquel piélago gris
un murmullo de hijos en forma de poema
una nube flotando.
Mis amigos escapan de la muerte
como de las rutinas
y saltan sobre el fuego y los despojos.
Hermosos como dioses
me escuchan desde lejos
se acomodan al pie de la ventana
brindan a mi salud.
Yo los convoco en la luz
y en las tormentas
les enciendo una antorcha junto a mi corazón.
Son la razón de esta brisa vespertina
mi propia voz que regresa en un eco.